Hernan Rodríguez Fisse — Novelista judío-chileno — “Prefiero Chile”/ “I Prefer Chile” — fragmentos de la novela sobre el éxito de los inmigrantes judíos de Chile/Excerpts from the novel about the success of Jewish Immigrants in Chile

Hernan Rodríguez Fisse

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Hernan Rodríguez Fisse nació en Santiago de Chile en 1950, siendo su padre nacido en Edirne y su madre en Estambul. Ambas familias descienden de judíos exiliados de España en 1492. Emigraron a Chile en 1949. Es Licenciado en Administración Pública por la Universidad de Chile y Postgraduado en Periodismo por la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Ciencias Políticas y un Doctorado en Relaciones Internacionales. Es profesor de negocios internacionales y negociación empresarial y resolución de conflictos en la Universidad de Chile, Universidad de Santiago y Universidad Federico Santa María. Es Director y Editor de la revista de arte, ciencia y literatura Zejel y Colaborador permanente de las revistas El Amaneser de Estambul, Aki Yerushalayim de Israel, Foro de México. Ha sido líder de la comunidad sefardí de Santiago durante los últimos treinta años y en la actualidad enseña ‘djudezmo’ a los miembros.

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Hernan Rodríguez Fisse was born in Santiago de Chile in 1950, his father being born in Edirne and his mother in Istanbul. Both families descend from Jews exiled from Spain in 1492. They emigrated to Chile in 1949. He has a degree in Public Administration from Universidad de Chile and a graduate degree in Journalism from Catholic University of Chile. He has a Master of Arts in Political Science and a Doctor in International Relations. He teaches international business and business negotiation and conflict resolution at the Universidad de Chile, Universidad de Santiago, and Universidad Federico Santa Maria. He is Director and Editor of the Art, Science and Literature magazine Zejel and a permanent Collaborator of the magazines El Amaneser of Istanbul, Aki Yerushalayim of Israel, Foro of Mexico. He has been a leader of the Sephardic community of Santiago for the past thirty years and at present teaches ‘djudezmo’ to the

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La obra ganadora de la 26ª versión del Premio Revista de Libros, en la categoría biografías y memorias, organizado por CMPC y El Mercurio, corresponde a un bello retrato de una familia de inmigrantes provenientes de Turquía a comienzos de los años 30. Jacques Rodríguez –turco sefardita– es el protagonista de esta historia de viajeros, inmigrantes, trabajadores y entusiastas; una vuelta por el mundo que arranca en Estambul, sigue por París y termina en Valparaíso, Santiago y Osorno, arraigándose definitivamente en Chile.

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The prize-winning work of the 26th version of the Revista de Libros Award, in the biographies and memoirs category, organized by CMPC and El Mercurio, corresponds to a beautiful portrait of a family of immigrants from Turkey in the early 1930s. Jacques Rodríguez – Sephardic Turk – is the protagonist of this story of travelers, immigrants, workers and enthusiasts; a tour of the world that starts in Istanbul, continues through Paris and ends in Valparaíso, Santiago and Osorno, definitively taking root in Chile.

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Las camisas y corbatas que Jacques vendía en la tienda eran de la marca Wings y estaban fabricadas por una empresa nacional de propiedad de dos socios, los señores Luis Nun y Max German, cuyas oficinas estaban ubicadas en la calle Salas 344 de Santiago. Los pedidos eran tomados por vendedores viajeros, quienes visitaban todas las tiendas y casas comerciales del país viendo lo que faltaba. Lo mismo ocurría con la ropa destinada a la venta. Cuando algún producto se agotaba, la tienda enviaba un telegrama a la fábrica o al proveedor, especificando el detalle de los despachos que requería. El vendedor viajero era quien se encargaba de visitar todas las casas comerciales y de revisar los stocks, y ganaba un porcentaje de las ventas totales. Al día siguiente del cumpleaños de Jacques, en agosto de 1939, Luis Nun, uno de los propietarios de la fábrica de camisas Wings, visitó la tienda de Osorno, y después de reunirse con los dueños de La Femme Chic saludó personalmente a cada uno de los vendedores. Al momento de estrechar su mano, Jacques sintió que le depositó un pequeño papel muy doblado y le guiñó el ojo, sin que nadie de los presentes se diera cuenta. Al retirarse, Jacques se fue a un costado del local para abrir el papel y leyó: «Lo espero a almorzar en el Jockey Club». Muy extrañado concurrió a la cita, con la misma sensación de cuando trabajaba en la Casa Rosemblitt de Santiago, antes de llegar a Osorno. Fue así como el dueño de las camisas Wings le ofreció el trabajo de vendedor viajero de la zona entre Rancagua y Puerto Montt, y la representación de su marca. Le pagarían una comisión del diez por ciento por las ventas a todas las casas comerciales. Además le permitían incluir otras marcas, siempre que no fueran competencia directa, es decir, ni camisas ni corbatas. Con este nuevo trabajo Jacques podría aumentar sus ingresos de manera significativa, aunque el sueldo no incluía el pago de viáticos y debía financiar los hoteles, el transporte y la comida por su propia cuenta. Si bien esto último implicaba un gran riesgo —porque involucraba gastos antes de las primeras pagas—, Jacques quedó muy entusiasmado con la oferta y le daría su respuesta a don Luis en un plazo máximo de treinta días, vía telegrama. Durante ese tiempo Jacques conversó con cada uno de los vendedores viajeros que llegaron a la tienda, entre los cuales estaba Rafael Conforti, quien representaba a Tejidos Caffarena. Conforti le explicó que el trabajo no era fácil por el tiempo que se estaba fuera de casa, que sumado equivalía a unos seis meses al año. Él hacía un mínimo de cinco giras al año recorriendo los negocios de Rancagua, San Fernando, Curicó, Talca, Linares, Chillán, Concepción, Los Ángeles, Temuco, Valdivia, Osorno y Puerto Montt. Le enfatizó que era fundamental tener varias marcas para incrementar sus ingresos; él, por ejemplo, le vendía a La Femme Chic solo los productos Caffarena, pero también tenía los calzados Guante y las telas Yarur, entre las marcas más importantes que ofrecía entre sus clientes. Luego de mucho meditar, Jacques tomó la decisión y mandó a Santiago el siguiente telegrama: «Acepto trabajo ofrecido. Siempre y cuando obtenga otras muestras. Agradezco contactos con firmas comerciales». Dos semanas después le llegó la respuesta: «Impermeables Búfalo necesita vendedor viajero».

Jacques se puso en contacto con aquellas firmas a las que podría ofrecer sus servicios de vendedor viajero por el sur. Se reunió con León Cherniavsky, quien le entregó la representación de los impermeables Búfalo, que tenían un popular eslogan que daban por radio: «Cuando llueve todos se mojan, menos los que usan impermeables Búfalo». Don León, delante de Jacques, llamó a la fábrica de casacas de Grossman y Cía. y le dijo al dueño que tenía al mejor vendedor para el sur, así que le recomendó entregarle muestras, ya que en enero iniciaría su primera gira. Apenas cortó se comunicó con otro amigo, de apellido Mireman, y le pidió que preparara su mejor muestrario de pañuelos para el nuevo vendedor estrella. Al día siguiente, mientras retiraba las muestras, Jacques le comentó a Grossman que le gustaría vender también ropa interior masculina y calcetines, por lo que lo contactó con los dueños de las fábricas de camisetas y calzoncillos Smart y calcetines Peruggi. En ambas obtuvo la representación, así que reunió más de seis marcas y siete productos diferentes, tal como se lo había recomendado Conforti. Preparó, con mapa en mano, su primera gira nacional entre Rancagua y Puerto Montt.

Tras el descanso del feriado, llegó a la fábrica de camisas Wings, donde le tenían preparado un completo muestrario con diferentes diseños, incluyendo uno de cuello paloma que se usaba con «humitas». Los colores y diseños de las corbatas eran muy combinables y le adjuntaron una lista con los precios de cada artículo. Le hicieron entrega, además, de un bloc para anotar los pedidos, hecho con tres copias y calcos, ya que debía dejar una para el cliente, otra para solicitar los despachos y la tercera para él a modo de respaldo. Hizo lo mismo con cada una de las marcas de la cual era representante y, al llegar a retirar las casacas, el señor Grossman le informó que lo había visitado el dueño de la fábrica de paraguas Cosmos, quien era su amigo, y le había dejado un muestrario, por si le interesaba llevárselo, respetando la comisión del diez por ciento de las ventas. Jacques aceptó, pero cuando le entregaron los impermeables Búfalo, se arrepintió de haber aceptado los paraguas, ya que la cantidad de mercadería superaba lo imaginado. Sumó en total cuatro valijas y dos baúles, más la maleta donde pondría su ropa. Su pasaje en el tren hasta Osorno tenía fecha para el 6 de enero de 1940 y le había costado doscientos cuatro pesos. Llamó de inmediato a su amigo Julio Recordón Burnier para reservar una habitación en su hotel. Este le ofreció ir a buscarlo a la estación, y tras contarle Jacques la cantidad de muestras que llevaba consigo calcularon que tendrían que hacer por lo menos dos viajes con su Buick. Jacques estaba agradecido y emocionado por el ofrecimiento de su amigo sureño. En el Hotel Burnier le facilitaron uno de los salones de reuniones para su trabajo. Se instaló en el cubículo de la telefonista y fue llamando, uno por uno, a todos los dueños o encargados de compras en los locales que vendían ropa de hombre, a quienes citó en distintos horarios. La gran mayoría concurrió a su improvisado «salón de ventas», donde exhibía sus muestrarios mientras un mozo del hotel les ofrecía café con galletas o un pisco sour, si era la hora del aperitivo. Toda su gestión comercial fue una verdadera revolución, ya que, hasta ese momento, lo habitual era que el vendedor viajero se presentara en el local con sus maletas, sin ninguna privacidad. Al cuarto día de trabajo, el total de ventas hizo que Jacques vislumbrara un futuro muy positivo.

Al quinto día hizo un análisis con las muestras de mayor venta y partió con ellas, en tren, hasta Puerto Montt, recorriendo más liviano los ciento treinta kilómetros de distancia. En 1940 Puerto Montt no tenía infraestructura hotelera, ni siquiera algo parecido al Burnier. Jacques se alojó dos noches en una residencial e hizo las ventas al estilo tradicional, visitando local por local. Puerto Varas tenía un antiguo hotel llamado Bellavista, y allí se quedó, pero como eran pocas las tiendas en la ciudad, prefirió visitarlas personalmente. Con el dueño de la Casa Kauak inició una larga amistad y jugaba con él al dominó, al mediodía o por la tarde, una vez que cerraba la tienda, contemplando el volcán Osorno y su nieve eterna. En Temuco se alojó en el Hotel La Frontera, cuyo dueño era Julio Recordón Borel, padre de su amigo del mismo nombre. Allí le dieron facilidades similares a las del Hotel Burnier, permitiéndole usar un salón para recibir a los clientes. La estrategia de Jacques fue visitar personalmente todos los locales de venta de ropa masculina e invitar a los propietarios o encargados al hotel para una exhibición de la mercadería. En esta ciudad existían numerosos inmigrantes provenientes de ciudades que pertenecieron al Imperio Otomano, como Monastir, Salónica, y la mayoría de ellos hablaban en castellano antiguo, por lo que Jacques fue muy bien recibido —incluso lo invitaban a cenar a sus casas— y aseguró sus ventas en la zona. Informado de que en Valdivia tendría el mismo problema que en Puerto Montt respecto a la falta de hoteles, decidió viajar desde Temuco con menos muestras, y durmió en una modesta residencial donde amaneció con el cuerpo picado de pulgas. La amistad con un señor Ergas, dueño de la principal tienda de la calle Picarte en Valdivia, le permitiría en el futuro alojarse en su residencia. Asimismo, el dueño de la Casa Taboada lo invitaba a cenar a su casa cada vez que cerraban un negocio. Valdivia, con su río que cruzaba la ciudad, le recordaba Estambul con su Bósforo. Quedó maravillado con la ciudad y aprovechó de pasear en un pequeño vapor por Niebla, Mancera y Corral. Escuchó que los alemanes pronunciaban faldivia y los chilenos le decían que era «la perla del Calle-Calle». Después de Viña del Mar y Puerto Varas, Valdivia se convertiría en su tercera ciudad favorita. Años después se haría cliente frecuente de los mazapanes que allí se fabricaban y de la tortilla de erizos que preparaban en el Club Español. Concepción fue desde un principio una gran incógnita para Jacques, pues no sabía cómo funcionaba su comercio tras el terremoto del año anterior. Llegó al Claris Hotel en la calle Caupolicán, pero como no estaban los dueños, no le dieron ninguna facilidad para exhibir la mercadería. Sus ventas no serían muy auspiciosas, ya que solo le compraron sus mercancías en dos negocios de la ciudad: La Sastrería Inglesa, en la calle Aníbal Pinto, y Casa García, en Barros Arana. Años después, Concepción se convertiría en la mejor plaza comercial del sur de Chile. En la vecina ciudad de Los Ángeles logró vender mucho más que en la capital regional; recién se había construido el Hotel Mariscal Alcázar y recurrió a sus clubes sociales para almorzar y cenar. En Chillán observó que la reconstrucción avanzaba a paso acelerado, pero como el daño había sido tan grande, la preocupación principal de su población era obtener alimentos antes que comprar ropa.

Luego de treinta y cinco días de intenso trabajo, Jacques regresó a Santiago con la certeza de que debía introducir algunos cambios en su próxima gira, la cual comenzaría en abril. La principal modificación consistiría en dividir su periplo en tres etapas. En un primer viaje cubriría desde Puerto Montt a Temuco y regresaría a Santiago. Luego partiría para vender en Concepción, Los Ángeles y Chillán. Y finalmente se concentraría en las ciudades más cercanas a la capital, llegando solo hasta Linares. Tenía claro que esto significaba un aumento en el gasto de transporte, pero no sería tan agotador al hacerlo de un modo más eficiente, aprovechando la venida a Santiago para visitar las fábricas y apurar los pedidos de sus clientes. Los encargados de los despachos se convirtieron en sus fieles aliados, gracias a los generosos obsequios que Jacques les ofrecía.

Su segunda gira de ventas fue mucho más exitosa gracias a sus mejoras y obtuvo muy buenas comisiones. Trabajar viajando era lo que más disfrutaba Jacques, pues calzaba muy bien con su personalidad, y lo tenía muy entusiasmado. Su buen gusto lo ayudó a mejorar, poco a poco, los muestrarios según sus conocimientos del cliente sureño. Y se concentró además en los artículos de mayor rotación, dejando de lado los de muy baja venta. Se dio cuenta de que las camisas y corbatas que él usaba tenían mayores ventas y aprovechó entonces su porte para exhibir sus propios artículos. Pero el entusiasmo que sentía Jacques por su trabajo se opacaba al enterarse de lo que ocurría en Europa en medio de la Segunda Guerra Mundial. Una foto del diario le informaba que las tropas alemanas desfilaban bajo el Arco de Triunfo en París el 14 de junio de 1940. Un terrible nudo se apoderó de su garganta.

Transcurrido menos de un año desde que tuvieron su primera salida, Jacques adquirió en la Joyería París un anillo de compromiso y le pidió matrimonio. Amelia le dijo que sí y fijaron como fecha el mes de septiembre de 1942 para realizar la boda, determinando, además, que sería en una sencilla ceremonia en el Registro Civil, de modo que cada uno pudiera mantener sus respectivas creencias religiosas: ella era católica, él, judío. Asumieron que cada uno profesara su fe libremente, con respeto y sin interferencias, y acordaron que los hijos serían judíos. Se retrataron juntos en el mismo estudio fotográfico de aquella primera vez

No habían pasado ni tres días cuando una carta de su hermano David se cruzó con la suya. Llegó al domicilio de Ernesto. «Tenemos boda en Estambul. Me voy a casar con Fortunée Fisse Cohen, prima de las mellizas Cohen que tú conocías. Estamos de novios hace bastante tiempo, pero como me han llamado al Ejército tres veces, porque no se sabía si Turquía participaría de la guerra, hemos estado postergando la fecha del matrimonio. Será el 22 de marzo de 1942, en la sinagoga Apollon, si es que no se presenta ningún inconveniente. Estoy contento con mi novia, es muy dulce, cariñosa y por supuesto muy linda. Es la tercera de cinco hermanas y tiene un solo hermano, que es el mayor. El padre es dueño de un negocio en el Bazar de las Especias de Estambul, por lo que los aliños no faltarán en nuestras comidas».

El 8 de septiembre, en la oficina del Registro Civil de la comuna de Santiago, se efectuó la ceremonia de matrimonio entre Jacques y Amelia. Ernesto fue el testigo de boda de Jacques, y de Amelia fue su hermano Carlos. Por la noche realizaron una sencilla fiesta en el Hotel Crillón, de la calle Ahumada, y partieron a las Termas de Jahuel a disfrutar de su luna de miel

De equipar el nuevo hogar se encargó Amelia, quien a partir de la boda se hizo cargo de administrar todo el ingreso familiar, dejando en poder de Jacques solo lo indispensable para sus giras. Dos años después serían los primeros clientes que abrieron una cuenta corriente bipersonal a nombre de ambos en el recién inaugurado Banco Israelita, que estaba en la calle San Antonio esquina Moneda.

En marzo del mismo año, un especialista confirmó el embarazo de Amelia. . . El 3 de octubre de 1943 nació un robusto varón en la Clínica Central de la calle San Isidro, a quien llamaron David, dejando muy contenta a la familia en Estambul. A la semana de nacido, el primogénito fue circuncidado por un rabino, de acuerdo a los preceptos de la religión judía. Pronto comenzarían a llamarlo Davico, para diferenciarlo del tío. La foto del recién nacido, con sus datos escritos al reverso en letra verde, fueron enviados por correo hasta Turquía. Jacques estaba dichoso, era padre y a su vez convertía en abuelos a los suyos. La generación de los nacidos en Chile había comenzado. La decisión del inmigrante, de quedarse en Chile, daba su primer fruto.

Hernán Rodríguez Fisse. Prefiero Chile (Spanish Edition) . Ediciones El Mercurio. Kindle Edition.

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Libros de Hernan Rodríguez Fisse/Books by Hernan Rodríguez Fisse

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members.

Alejandra Kohan psicoanalista y escritora judío-argentina/Argentine Jewish Psychoanalyst and Writer– “Y sin embargo, no dudo cuando digo soy judía”./”And, nevertheless, I don’t hesitate when I say I am Jewish.”

Alejandra Kohan

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ALEXANDRA KOHAN nació en Mar del Plata en 1971. Es psicoanalista y magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Integra, junto con José Luis Juresa, el espacio de investigación y lectura Psicoanálisis Zona Franca. Colabora habitualmente en ElDiarioAr, las revistas Polvo y otros medios. Tiene una columna semanal en Dinero y Amor, programa de Blender. Es autora de Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019) y de los ensayos Y sin embargo, el amor (2020) y Un cuerpo al fin (2022), ambos traducidos al italiano.

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ALEXANDRA KOHAN was born in Mar del Plata in 1971. She is a psychoanalyst and has a master’s degree in Literary Studies from the Faculty of Philosophy and Letters of the University of Buenos Aires. Together with José Luis Juresa, she is a member of the research and reading space Psicoanálisis Zona Franca. She regularly collaborates with ElDiarioAr, the magazine Polvo and other media. She has a weekly column in “Dinero y Amor”, a program on Blender. She is the author of Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019) and the essays Y sin embargo, el amor (2020) and Un cuerpo al fin (2022), both translated into Italian.

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ElDiarioAR 7, Buenos Aires, de septiembre de 2021 

“Y sin embargo, no dudo cuando digo soy judía”

Este año fui invitada por LimudBA a participar de esa lindísima celebración que se llama Rosh Hashaná Urbano. Un acontecimiento que emociona por la alegría que suscitan los lazos comunitarios que se construyen.

La idea, como siempre para Limud, es celebrar la diversidad. Me animaría a decir que se trata de sacar lo judío a la ciudad, de que se mezcle en lo público, de ser parte de algo que no se encierre en un “nosotros” -subrayo que no se encierre-. Fue una experiencia de vitalidad y entusiasmo en medio de una época en la que no abundan. Siguen siendo momentos difíciles para todos y considero que estos espacios nos muestran que, a pesar de todo lo que se rompió, a pesar de que la pandemia no haya terminado, la vida sigue siendo posible, sigue siendo posibilidad. Voy a estar siempre agradecida a LimudBA por ese momento.

Una parte del texto que sigue fue leído ese día:

Yo no sabía que era judía cuando íbamos a lo de mi tía Raquel a comer kreplaj y varenikes

Yo no sabía que era judía cuando mi mamá hacía un leicaj riquísimo, unos knishes espectaculares, o un guefilte fish exquisito.

Yo no sabía que era judía cuando veía el carnet de mi papá de socio vitalicio de Hebraica.

Yo no sabía que era judía cuando mi papá decía tujes shikse.

Yo no sabía que era judía cuando pregunté un día qué quería decir que mi hermano estuviera circuncidado. 

Yo no sabía que era judía cuando mi papá decía “(tal) es paisano”. 

Yo no sabía que era judía cuando iba al templo para los casamientos de los amigos de mi hermana.

Yo no sabía que era judía cuando iba a los Bar Mitzvah de algunos amigos. 

Yo no sabía que era judía cuando escuchaba a mis amigos decir potz.

Yo no sabía que era judía porque en mi casa nadie había dicho nunca “sos judía” ni “somos judíos” ni “soy judío”. 

Sé, por mi querido amigo Facundo Milman, que Emmanuel Levinas dice: “no se puede ser judío sin saberlo”, pero yo era judía, aunque no lo supiera, pero lo sabía: Como el inconsciente, que es un saber no sabido. 

Y un día supe qué era un matrimonio “mixto”. Porque resulta que, para algunos judíos, yo no era judía, por el vientre de mi mamá, pero tampoco era católica por el apellido de mi papá. ¿Y entonces? 

Y entonces pensé que eso también era lo judío en mí: esa errancia, esa expulsión, ese ir de un lugar al otro sin ser alojada del todo, manteniendo siempre una extrañeza en lo familiar, siendo un poco extranjera en lo propio.

En mi familia no se practicó jamás ningún ritual religioso, no se celebró jamás ninguna fiesta judía.

Y sin embargo, no dudo cuando digo soy judía. 

El psicoanálisis me enseñó que una identidad no es algo natural y dado y que, en cambio, se construye a partir de múltiples escrituras, identificaciones, legados, determinaciones, muchas de ellas, la mayoría, inconscientes. Sé, porque estudié psicoanálisis, que la identidad es un palimpsesto que se construye con otros, en la alteridad. Que no hay Yo sin otro y que la identidad es siempre un poco precaria, movediza, inestable; que el ser es una ficción -verdadera como toda ficción-.

Y sin embargo, no dudo cuando digo soy judía. 

La identidad es un palimpsesto que se construye con otros, en la alteridad. Que no hay Yo sin otro y que la identidad es siempre un poco precaria, movediza, inestable. Y sin embargo, no dudo cuando digo soy judía. 

Las lecturas que hice a lo largo de mi vida me enseñaron que los esencialismos son una usina de prejuicios, que se trata de que sospechemos de eso que tiende a la naturalización, que los esencialismos funcionan como un modo de obturar preguntas y coagular estereotipos, de conformar odios y segregaciones. Comparto lo que dice Milman: “ser judío no es una esencia, es la imposibilidad de ser total”. Eso también me lo enseñó el psicoanálisis.

Y sin embargo, no dudo cuando digo soy judía.

Yo, que creo con vehemencia, que pensar es dudar, hacer vacilar las certidumbres; que pensar es hacer preguntas, abrir hiatos, interrogar las certezas, no dudo cuando digo soy judía.

Quizás porque no dudo del poder performativo de la palabra, acaso porque sé que la palabra no es sólo un decir, sino que es un hacer, acaso porque sé que el ser es un efecto del decir, acaso porque sé que la palabra funciona en la medida en que se responda por ella, es que no dudo cuando digo soy judía.

Me gustó mucho lo que dijo Wally Liebhaber en otra edición del Rosh Hashaná urbano: “el judaísmo es esa pregunta constante que no termina (…) nadie puede arrogarse el derecho a decir quién es judío y quién no (…) cada uno tiene su manera de ser judío”. Gershom Scholem también había dicho: “¿qué es ser judío? seguir preguntándoselo”. Martín Kohan lo dice así: “Me preguntaba, pues, por mi judaísmo. ¿Era judío? ¿había dejado de serlo? Claro que era judío, ¿pero en qué sentido lo era? Me hacía la pregunta, y no daba con la respuesta. Me llevó algún tiempo advertir que el judaísmo radicaba en la pregunta. En la pregunta, antes que en cualquier respuesta”.

¿De qué está hecho mi judaísmo? y no ¿qué es mi judaísmo? Dice Diana Sperling: “el acento más puesto en el hacer que en el ser, y el hacer no constituye identidad porque nunca se aquieta, es dinámico”. Me gusta pensar ahí, en eso que me fue legado sin saber, en eso que me fue transmitido sin aleccionamientos. Quizás porque en mi familia no hubo dogmatismos es que puedo decir soy judía sin tener que dar explicaciones. Quizás porque uno de los legados más importantes de mi papá fue el de practicar la diversidad. No solo casándose con una mujer no judía, sino evitando hacer de eso una épica. Y es que sí, como dice Diana Sperling, “lo que caracteriza a lo judío es la diversidad”.

Quizás porque en mi familia no hubo dogmatismos. Quizás porque uno de los legados más importantes de mi papá fue el de la diversidad. No solo casándose con una mujer no judía, sino evitando hacer de eso una épica. 

Acaso por ese amor, entendido como don, es que mi mamá sabía cocinar tan bien comida judía. Y es así que pienso que mi ser judía está hecho de esos pedazos, fragmentos, dispersiones, errancias, en las antípodas de cualquier identidad férrea.

Me gusta decir que la expresión humor judío es un pleonasmo. Todos los chistes judíos que sé, los sé o por mi papá o por mi libro preferido de toda la obra de Freud: El chiste y su relación con lo inconsciente, que tiene muchísimos chistes judíos y que iba a ser originalmente un libro sobre humor judío. Y es que el chiste funciona, justamente, para hacer caer la autoridad opresiva, hace trastabillar eso que se viene encima de manera fatal. El humor como legado.

Hay legados que se transmiten, muchas veces, sin saber. Por eso Freud cita a Goethe y dice “lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para que sea tuyo”. Lo que supone una operación sobre eso que viene dado, sobre eso que nos l egan. ¿Qué se hace con eso que recibimos del otro? Los legados no se reciben pasivamente. Porque eso sería estar obligados a reproducirlos. “Ser judío”, sigue Milman, “también implica ser responsable de nuestras herencias”. Ahí hay una posición ética: responder también por eso.

Para mí, pensar siempre es pensar con otros. Y entonces encuentro que Facundo Milman dice “pensamos desde la alteridad -desde la responsabilidad, desde la herencia de una tradición, desde el otro-, eso es ser judío. Podría delimitar así una zona en común entre mi judaísmo y mi práctica del psicoanálisis. Justamente ahí donde considero que se pueden practicar en la medida en que no se erijan en un dogma, en la medida en que se los pueda seguir leyendo. Porque el judaísmo también es lectura, interpretación. Y leer está, para mí, en las antípodas de las repeticiones religiosas.

Sé que decir “soy judía” es problemático, que ahí empieza el problema. Pero necesito partir de ahí para poder expandir la pregunta, esa que sabemos que hace falta formular. Ese judaísmo no me fue legado, sino en la medida en que decidí tomarlo, no voluntariamente, sino contingentemente, mi judaísmo es un hallazgo. Quizás por eso mi recorrido es el inverso al de muchos testimonios, en los que se trata de sacarse de encima los dogmatismos para empezar a hacer una vida propia. En mi caso, la vida propia, porque no recibí dogmatismos, es con esos fragmentos de judaísmo y habiendo incorporado esa pregunta: qué es ser judío. Una pregunta que no cesa y que tampoco está dada. Como dice Diana Sperling, “también hay que aprender a preguntar”. Quizás ahí esté el mayor legado: hacer preguntas que no tienen respuesta y, aun así, seguir haciéndolas. Soportar estar en una pregunta sin aplastar nuestras existencias con respuestas, esas que se formularon saltándose la pregunta.

Freud se definió a sí mismo como un judío sin dios. En el prólogo a la edición en hebreo de su texto Tótem y Tabú, dice que espera coincidir con sus lectores en el convencimiento de que la ciencia sin prejuicios no puede permanecer fuera del espíritu del nuevo judaísmo. Al mismo tiempo, Freud no dejó de plantear que las resistencias al psicoanálisis tenían que ver, también, con que él fuera judío. Lo dice así: “quizá tampoco sea simple casualidad el hecho de que el primer representante del psicoanálisis fuese un judío. Para profesar esta ciencia era preciso estar muy dispuesto a soportar el destino del aislamiento en la oposición, destino más familiar al judío que a cualquier otro hombre”. En una carta a la B’nai B’rith dice que “como judío estaba preparado para oponerme y arreglármelas sin el acuerdo de la compacta mayoría”. No caben dudas de que la subversión del descubrimiento freudiano sigue, aún hoy, siendo resistido por la “compacta mayoría”.

Por último, quería retomar la idea de cómo la hostilidad y el odio de los otros nos lleva a constituirnos como judíos en un gesto de resistencia. Lo dijo Hannah Arendt y lo realiza de manera magistral Woody Allen en la escena de Annie Hall llamada I Can’t Believe this Family: el protagonista conoce a la familia de Annie y la abuela, definida por él como una clásica “jew hater”, lo ve directamente como un rabino ortodoxo. Se puede ver acá. Esa operación, la de Woody Allen, es exactamente eso: resaltar lo judío ante el odio del otro. Ese es un legado que me importa mucho. Peter Gay subraya cómo Freud se hacía más judío en tiempos de hostilidad. En 1926, pensando en la situación política contemporánea, dice en una entrevista: “mi lengua es el alemán. Mi cultura, mis realizaciones, son alemanas Me consideré intelectualmente alemán hasta que advertí el crecimiento del prejuicio antisemita en los alemanes y en la Austria alemana. Desde ese momento, prefiero llamarme judío”.

Me apena muchísimo cuando alguien relativiza el antisemitismo de las redes sociales diciendo “es la red”, como si la ficción que armamos en nuestras autonarraciones no fueran verdaderas. Si alguien se hace el nazi, un poco nazi es.  No hay máscara y detrás de la máscara, otra verdad más real. La máscara es ya lo verdadero. Por eso, toda ficción produce efectos de verdad. Creer que una ficción es una mentira es no entender qué es la ficción, pero también es creer que la verdad acerca de uno podría no ser ficcional -en el sentido en que está hecha de un modo no natural-. Hay demasiada tolerancia ante el antisemitismo. Diré que me espeluzna.

Shaná Tová umetuká. 

es una iniciativa de alcance internacional presente en Argentina desde el año 2007, liderada por voluntarios. Producimos y desarrollamos distintos eventos de educación judía no formal en distintos formatos, con el fin de promover la tradición, valores y cultura judía.

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ElDiarioAR 7, Buenos Aires, de septiembre de 2021 

This year I was invited by LimudBA to participate in this beautiful celebration called Urban Rosh Hashanah. An event that excites because of the joy that comes from the community ties that are built.

The idea, as always for Limud, is to celebrate diversity. I would dare say that it is about bringing the Jewish into the city, about mixing it in the public, about being part of something that is not enclosed in a “we” – I emphasize that it is not enclosed. It was an experience of vitality and enthusiasm in the midst of a time when they are not abundant. These are still difficult times for everyone and I believe that these spaces show us that, despite everything that was broken, despite the fact that the pandemic is not over, life is still possible, it is still a possibility. I will always be grateful to LimudBA for that moment.

A portion of the following text was read that day:

I didn’t know I was Jewish when we went to my aunt Raquel’s to eat kreplach and varenikes.

I didn’t know I was Jewish when my mom made delicious leikach, spectacular knishes, or exquisite gefilte fish.

I didn’t know I was Jewish when I saw my dad’s Hebraica lifetime membership card.

I didn’t know I was Jewish when my dad said tujes or shikse.

I didn’t know I was Jewish when I asked one day what it meant that my brother was circumcised.

I didn’t know I was Jewish when my dad said “(so and so) is a countryman.”

I didn’t know I was Jewish when I went to the temple for my sister’s friends’ weddings.

I didn’t know I was Jewish when I went to some friends’ Bar Mitzvahs.

I didn’t know I was Jewish when I heard my friends say potz.

I didn’t know I was Jewish because in my house no one had ever said “you are Jewish” or “we are Jews” or “I am Jewish.”

I know, from my dear friend Facundo Milman, that Emmanuel Levinas says: “you cannot be Jewish without knowing it,” but I was Jewish, even if I didn’t know it, but I knew it: Like the unconscious, which is an unknown knowledge.

And one day I learned what a “mixed” marriage was. Because it turns out that, for some Jews, I was not Jewish, because of my mother’s womb, but I was not Catholic either because of my father’s last name. So what?

And then I thought that this was also what was Jews in me: this wandering, this expulsion, this going from one place to another without being fully welcomed, always maintaining a strangeness in the familiar, being a bit of a foreigner in my own.

In my family no religious ritual was ever practiced, no Jewish holiday was ever celebrated.

And yet, I do not hesitate when I say I am Jewish.

Psychoanalysis taught me that an identity is not something natural and given and that, instead, it is built from multiple writings, identifications, legacies, determinations, many of them, most of them, unconscious. I know, because I studied psychoanalysis, that identity is a palimpsest that is built with others, in otherness. That there is no I without another and that identity is always a bit precarious, shifting, unstable; that being is a fiction – true like all fiction.

And yet, I do not hesitate when I say I am Jewish.

Identity is a palimpsest that is built with others, in otherness. That there is no I without another and that identity is always a little precarious, shifting, unstable. And yet, I do not hesitate when I say I am Jewish.

The readings I have done throughout my life have taught me that essentialisms are a factory of prejudices, that it is about making us suspicious of that which tends to naturalization, that essentialisms function as a way of blocking questions and coagulating stereotypes, of forming hatreds and segregations. I share what Milman says: “being Jewish is not an essence, it is the impossibility of being total.” Psychoanalysis also taught me that.

And yet, I do not hesitate when I say I am Jewish.

I, who vehemently believe that thinking is doubting, making certainties waver; that thinking is asking questions, opening gaps, questioning certainties, I do not hesitate when I say I am Jewish.

Perhaps because I do not doubt the performative power of the word, perhaps because I know that the word is not just a saying, but a doing, perhaps because I know that being is an effect of saying, perhaps because I know that the word works to the extent that it is answered by it, I do not doubt when I say I am Jewish.

I really liked what Wally Liebhaber said in another edition of the urban Rosh Hashanah: “Judaism is that constant question that never ends (…) no one can claim the right to say who is Jewish and who is not (…) “each one has his own way of being Jewish.” Gershom Scholem had also said: “what is it to be Jewish? keep asking yourself that.” Martin Kohan puts it like this: “I wondered, then, about my Judaism. Was I Jewish? Had I stopped being Jewish? Of course I was Jewish, but in what sense was I? I asked myself the question, and I could not find the answer. It took me some time to realize that Judaism was rooted in the question. “In the question, rather than in any answer.”

What is my Judaism made of? and not what is my Judaism? Diana Sperling says: “the emphasis is more on doing than on being, and doing does not constitute identity because it never quiets down, it is dynamic.” I like to think about that, about what was passed down to me without knowing, about what was transmitted to me without teaching. Perhaps because there were no dogmatisms in my family, I can say I am Jewish without having to give explanations. Perhaps because one of my father’s most important legacies was to practice diversity. Not only by marrying a non-Jewish woman, but by avoiding making an epic out of it. And yes, as Diana Sperling says, “what characterizes being Jewish is diversity.”

Perhaps because there were no dogmatisms in my family. Perhaps because one of my father’s most important legacies was diversity. Not only by marrying a non-Jewish woman, but by avoiding making an epic out of it.

Perhaps it was because of that love, understood as a gift, that my mother knew how to cook Jewish food so well. And so I think that my Jewish being is made of those pieces, fragments, dispersions, wanderings, at the antipodes of any ironclad identity.

I like to say that the expression Jewish humor is a pleonasm. All the Jewish jokes I know, I know them either because of my father or because of my favorite book of all Freud’s work: Jokes and Their Relationship to the Unconscious, which has many Jewish jokes and was originally going to be a book about Jewish humor . And the joke works, precisely, to bring down oppressive authority, it makes that which is coming upon us in a fatal way stumble. Humor as a legacy.

There are legacies that are transmitted, many times, without knowing. That is why Freud quotes Goethe and says “what you have inherited from your parents, acquire it so that it is yours.” What this means is an operation on what is given, on what is bequeathed to us. What is done with what we receive from others? Legacies are not received passively. Because that would be obligated to reproduce them. “Being Jewish,” Milman continues, “also implies being responsible for our inheritances.” There is an ethical position: to answer for that as well.

For me, thinking is always thinking with others. And then I find that Facundo Milman says “we think from otherness – from responsibility, from the inheritance of a tradition, from the other – that is being Jewish.” I could thus delimit a common zone between my Judaism and my practice of psychoanalysis. Precisely there where I consider that they can be practiced to the extent that they are not erected into a dogma, to the extent that they can continue to be read. Because Judaism is also reading, interpretation. And reading is, for me, at the antipodes of religious repetitions.

I know that saying “I am Jewish” is problematic, that the problem begins there. But I need to start from there in order to expand the question, the one that we know needs to be formulated. That Judaism was not bequeathed to me, but to the extent that I decided to take it, not voluntarily, but contingently, my Judaism is a discovery. Perhaps that is why my journey is the opposite of that of many testimonies, in which it is about getting rid of dogmatisms in order to start making a life of one’s own. In my case, my own life, because I did not receive dogmatisms, is with those fragments of Judaism and having incorporated that question: what is it to be Jewish? A question that does not cease and that is not given. As Diana Sperling says, “you also have to learn to ask.” Perhaps that is where the greatest legacy lies: asking questions that have no answer and, even so, continuing to ask them. Enduring being in a question without crushing our existences with answers, those that were formulated by skipping the question.

Freud defined himself as a Jew without a god. In the prologue to the Hebrew edition of his text Totem and Taboo, he says that he hopes to agree with his readers in the conviction that science without prejudice cannot remain outside the spirit of the new Judaism. At the same time, Freud did not fail to suggest that resistance to psychoanalysis was also related to the fact that he was Jewish. He put it this way: “Perhaps it is not a mere coincidence that the first representative of psychoanalysis was a Jew. To profess this science one had to be very willing to endure the fate of isolation in opposition, a fate more familiar to the Jew than to any other man.” In a letter to B’nai B’rith he says that “as a Jew I was prepared to oppose and to manage without the agreement of the compact majority.” There is no doubt that the subversion of Freud’s discovery continues, even today, to be resisted by the “compact majority.”

Finally, I wanted to return to the idea of ​​how the hostility and hatred of others leads us to constitute ourselves as Jews in a gesture of resistance. Hannah Arendt said it and Woody Allen does it masterfully in the scene from Annie Hall called I Can’t Believe this Family: the protagonist meets Annie’s family and the grandmother, defined by him as a classic “Jew hater”, sees him directly as an Orthodox rabbi. You can see it here. That operation, Woody Allen’s, is exactly that: highlighting the Jewish in the face of the hatred of the other. That is a legacy that is very important to me. Peter Gay underlines how Freud became more Jewish in times of hostility. In 1926, thinking about the contemporary political situation, he says in an interview: “My language is German. My culture, my achievements, are German. I considered myself intellectually German until I noticed the growth of anti-Semitic prejudice among Germans and in German Austria. From that moment on, I prefer to call myself Jewish.”

It saddens me greatly when someone relativizes the anti-Semitism of social networks by saying “it’s the network,” as if the fiction we create in our self-narrations were not true. If someone pretends to be a Nazi, he is a bit of a Nazi. There is no mask and behind the mask, another, more real truth. The mask is already the truth. That is why all fiction produces effects of truth. To believe that a fiction is a lie is to not understand what fiction is, but it is also to believe that the truth about oneself might not be fictional – in the sense that it is made in an unnatural way. There is too much tolerance for anti-Semitism. I will say that it creeps me out.

Shana Tova umetuka.

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Libros de Alejandra Kohan/Books by Alejandra Kohan

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Andrea Jeftanovic–Novelista judío-chilena/Chilean Jewish Novelist–“Hasta que se apaguen las estrelllas”/”Until the Stars Go Dark” — fragmento del cuento de una hija y su padre/excerpt from the short-story about a daughter and her father

Jeftanovic, Andrea. No aceptes caramelos de extranjeros Barcelona.Editorial Comba. Kindle, 2015.

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Andrea Jetanovic es narradora, ensayista y docente judío-chilena. De primera formación socióloga y luego Doctora en Literatura Hispanoamericana (Universidad de California en Berkeley). Es autora de siete libros. Entre los títulos de ficción están Escenario de guerra, Geografía de la lengua, No aceptes caramelos de extraños y Destinos errantes. En el campo del ensayo, publicó Conversaciones con Isidora AguirreHablan los hijos y Escribir desde el trapecio. La mayoría de ellos cuentan con ediciones en diversos países de habla hispana y han sido traducida al danés, inglés, portugués, serbio; entre otros.  Su obra ha recibido diversos reconocimientos, entre los que destacan Pen Translates Awards (Reino Unido), Círculo de Críticos de Arte de Chile, Consejo Nacional del Libro/Ministerio de las Culturas Chile, Premio Municipal, Juegos Literarios Gabriela Mistral. Además, ha sido invitada a residencias fuera de Chile por la DAAD, AECI- Española, Fundación Ford y por universidades en Estados Unidos y Europa. Como investigadora ha trabajado en la línea de la memoria y las pos-memorias en autores de Europa y el Cono Sur. También, ha explorado en dramaturgia latinoamericana. En su afán de rescate de autoras y creadoras, ha fungido de antologadora del trabajo de Pía Barros (Una antología Insumisa), de la brasilera Clarice Lispector y una extensa colaboración con la fotógrafa chilena Julia Toro. Combina su labor literaria con su rol docente en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Santiago de Chile.

De su Website

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Andrea Jeftanovic is Chilean Jewish writer, author of the novels Escenario de Guerra , (published in UK by Charco Press) and Geografía de la lengua (Love in a Foreign Language), and of two volumes of short stories: No aceptes caramelos de extraños (Don’t Take Candy from Strangers) and Destinos errantes (Roving Destinations). In addition, has published the essays Conversaciones con Isidora Aguirre (Dialogues with Isidora Aguirre), Hablan los hijos (Children Speak), y Escribir desde el trapecio (Write from the Trapezoid.) Her work has received several prizes, including the Chilean Art Critics Circle Award and the National Book and Reading Council Award, Pen Translates Awards. Her books has been translated into several languages and it appears in international as well as local anthologies. As a researcher, she has worked in the field of memory and post-memories in authors from Europe and the Southern Cone. She has also explored Latin American dramaturgy. In her quest to rescue female authors and creators, she has compiled anthologies of the work of Pía Barros (Una antología insumisa) and the Brazilian Clarice Lispector, and has collaborated extensively with the Chilean photographer Julia Toro. She studied sociology at the Catholic University in Santiago de Chile and afterwards she did a PhD in Latin American Literature at the University of California, Berkeley. Jeftanovic is a theater critic, combines her literary work with academics at Universidad de Santiago de Chile. From her Website

Médico chileno con su paciente

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Mi padre, un enfermo orientado en el tiempo y en el espacio, memoria de largo plazo impecable, confusos los últimos diez años, contacto visual, personalidad retraída, dificultad para expresarse oralmente, disfonía por rigidez en las cueras vocales. cuerdas vocales. Un tedioso gesto que perdía bajo los efectos de la marihuana, es más, su habla se volvía nítida, modulada.

Después de unas degluciones pensativas, esa forma que tienen los viejos de razonar con la boca.

Apuntaba con el dedo trémulo y giraba el cuello como un muñeco a cuerda por la falta de dopamina. Sacábamos la cabeza por un extremo de la ventana, contábamos astros, adivinábamos galaxias, trazábamos la elipse de los planetas. Fantaseábamos con una visión de telescopio. El cielo, un tejado para nuestras minúsculas existencias. Mi padre con su conocimiento enciclopédico me corregía, yo siempre confundía los planetas con las estrellas, erraba la ubicación de las constelaciones, no distinguía la luz de los satélites del parpadeo de los aviones. Dejábamos derivar cuando teníamos la punta de la z demasiado helada.

Cuando fumábamos, mi padre tenía un tos fijo, se reía del calendario de la d, se quedaba quieto en el cinco de t o en el veintitrés de octubre o el ocho de enero. Un anuario regalado el departamento de adulto mayor de la municipalidad, junto con la caja de víveres fin de año. Sus labios balbuceando algo.

Mi padre hecho de cosas por decir.

….

   —¿Cómo se llama el caballero? Tu nombre, probablemente no completé tu nombre.

    —¿Usted es su hija, no? El señor está grave. ¿Qué opina de la ventilación mecánica? Yo, impávida, esperando que adivinara la respuesta que no me atrevía a emitir:

   —Firme aquí, por favor.

   —Si fuera mi padre, yo no firmaría así.

   La mano no me tembló frente al formulario, es tan difícil    despedir a alguien durante tantos años, verlo consumirse, deteriorarse, dejar de ser la persona original, sentir lástima, ver su sufrimiento, el dolor encubierto, los días largos y tediosos, perder a los amigos, perderse a sí mismo, ¿Qué día es hoy? ¿Quién es el presidente de Chile?

   —Presidenta, Presidenta, papá.

   —No importa, porque nosotros en Chacabuco…

—Y tú dale con Chacabuco.

   En cierto momento vi los ojos húmedos de mi padre, yo desnuda en mi frialdad, por suerte un pañuelo en mi bolso para sorber tristezas. Conté uno, dos, tres, cuatro, cinco. No podía ser yo su madre si era su hija; no lo cogía en brazos porque no tenía la fuerza física necesaria; si lo acurrucaba, sentiría temor a que ordenasen que nos separáramos de manos, de abrazos. Mis piernas acalambradas, mareada por el olor a medicinas, el doctor en el umbral de la puerta con una crucecita en la mitad del pecho.

   —No quiero molestar, pero debo examinarlo, señor.

Mi padre contemplaba con fervor casi religioso a ese muñeco con bata y estetoscopio que empujaba con el dedo, balanceaba la barriga en un vaivén nervioso, una corriente de aire estimulaba sus opiniones.

—Escucho una arritmia por ahí, los pulmones están algo obstruidos, la orina demasiado oscura. ¿Ha podido evacuar? Mi padre asintiendo, el análisis de azúcar a la espera, el médico con el índice en el resultado; «setenta y ocho años no son setenta y ocho meses, amigo, tenga paciencia, para esto estamos nosotros, usted tranquilo y esto es un disgusto, no es más, un problema de la edad, cosas del paso del tiempo, resignarse».

   —¿Señor, ha perdido el apetito?

   Mi padre negando, mi padre sabiendo y no sabiendo su estado de gravedad, observando al médico antes de observarme a mí, admitiendo que era un conjunto de palitos de huesos, unas vísceras flácidas, el paciente de la cama de al lado vino a despedirse de nosotros. Esa noche la enfermera se quedó más tiempo en la sala de pacientes críticos, el kinesiólogo vino sin interesarse en nada: «¿Para qué me llaman si este señor ya no…?» Le dirigí una mirada de odio, porque mi padre estaba vivo y requería ayuda para salir del anquilosamiento corporal tras tantos días recostado. Le pregunté con sorna si había kinesiólogos forenses y me fui.

    —Doctor, ¿no podría pasar dos veces al día?

    —Esto es algo entre un hospital y una clínica privada, tengo otros pacientes a la espera.

Sonrisa correcta, olor a jaboncillo, una mano que se extiende en un «buenas noches» bajito. Le doy el alta mañana bajo su responsabilidad. Firme aquí, su pulgar, tendrá que traerme una declaración notarial. Yo apoyaba la cabeza en el ventanal de esta clínica-hospital y echaba un vistazo a los adornos navideños en los árboles, el río Mapocho un delgado hilo zigzagueante, de reojo contemplaba la silla de la habitación con los exámenes finales de mis alumnos aún sin corregir. Tenía avidez de la ciudad afuera, contaba cinco estrellas, un reno, un viejo pascuero, dos pesebres. Calculaba los beneficios del plan del seguro, si son tres días y el ochenta por ciento del día cama, pero el cien por ciento de las medicinas, el setenta y cinco de los exámenes radiológicos.  

    ¿Cuánto daba? ¿Cuánto ya debíamos al establecimiento? ¿Y si lo traslado a otro centro médico con mejor cobertura? Despertó abruptamente y me abordó:

   —¿En qué piensas?

Mi padre girando el cuello con la rigidez del Parkinson.

Mi padre con el leve temblor de manos del Parkinson.

Mi padre caminando con los pasos arrastrados del Parkinson. Mi padre garabateando algo en la servilleta con la letra diminuta del Parkinson.

Mi padre hablando con las masticaciones del Parkinson.

En el Hogar la enfermera con labial color carmín se confesaba con cada pariente, se quejaba, «yo que no le he hecho mal a nadie para soportar el relato de estas vidas minúsculas». Reanudaba la marcha obligando al hombre de la bolsa de orina a alcanzarla cuando estaba a punto de rebalsarse, palabras que luchaban unas con otras en las cartas inventando promesas. El hervidor se encendería en un chasquido, un fulgor y nada, las enfermeras del turno de noche esperando las burbujas para un té deslavado, se notaba cómo engordaba por su cuello de iguana, una chispa; ellas conversando entre sí, qué bien las entendía a pesar de su mudez. De vez en cuando, la enfermera depositaba un sobre en mi bolsillo. ¿La mensualidad? ¿El testamento de mi padre? ¿La cuenta de los insumos médicos de la última neumonía? No me atrevía a abrir el sobre hasta llegar a casa. Los días lunes era el control médico en el Hogar, una doctora tan anciana como ellos los examinaba uno a uno, balanzas de pesar esqueletos, porque no existían músculos ni tendones, huesos sí, el cuerpo transformándose en otra cosa, las enfermeras les cogían las manos, los alineaban en la camilla exhibiendo evidencias de un sospechoso lunar en el hombro, otra verruga pequeña, varices inflamadas. Todos salían con recetas de medicamentos y los familiares abordaban las farmacias de noche con frascos y cajas de laboratorios extranjeros.

   —Le gustan mis dedos de pianista, ¿no se nota? Las enfermeras buscaban los cierres de vestidos, de faldas, de los pantalones de caballero para permitir la revisión de los abdómenes, de la piel, el control de la escara sacra en la zona alta de los glúteos.

   —Ayúdenos con los botones, ande, no sea malito. —A su papá le faltan pañales, ya no alcanza con los tres diarios. La enfermera me lo dice en voz demasiado alta, mi padre siente vergüenza y mira por la ventana.

   —Mañana.

   Mascullo en voz baja: «Sabe, hace unos años, unas dos décadas atrás, este hombre que se orina en los pantalones se la habría cogido, me escucha, porque era varonil, seductor, no, no era este viejito enclenque, medía más de un metro ochenta porque caminaba erguido, su musculatura era fuerte porque practicaba deporte, tenis, atletismo, equitación, lo que le pidieran. No, no dependía de otros para bañarse ni para comer. Sí, la hubiese seducido y usted le habría devuelto risas coquetas. En la escuela era campeón de cien metros planos, con o sin obstáculos, volaba por los aires con sus zapatillas de clavo que rozaban las vallas. Uno, dos, tres, el disparo de la carrera que se redondeaba en doce segundos, un récord entre los colegios ingleses, vamos corre a la velocidad del rayo y cruza la meta rompiendo la tensa y delgada cuerda que se corta con el impulso del torso.»

Mi padre, una noche, extraño, saltándose la rutina de la lectura de los diarios, el semblante más definido tras varios redondeos:

   —Me da vergüenza decirlo, promete que no te enojarás conmigo. Hablaba con una revista delante de la cara: —No me mires que si no, no me atrevo… Estoy enamorado.

   —¿De quién?

   —De la Olguita, la de la habitación 314.

   —¿Y desde cuándo?

   —Fue en el paseo a la playa.

   —¿Y es mutuo?

   —No te rías, no sé.

   —No, pero estoy sorprendida, y ¿qué vas a hacer?

    Se encogió de hombros. Hacia el fin de año organizaban un paseo a la costa, un bus municipal los llevaba por el día, en la mañana había trajín, los ancianos con sombreros de ala ancha, protector solar, algo de espíritu de paseo de curso, de niños preparándose para la aventura, vigilados por las enfermeras que no vestían delantales, sino pantalones de licra que dejaban al descubierto abdómenes abultados. La dueña escoltándolos en una camioneta. Loncheras, medicamentos en cajitas, tanques de oxígeno, sillas de ruedas. Mi padre y su novia juntos sin importar lo que pudiesen decir, dos viejoscomo en las bodas verdaderas, caminando sendero arriba en medio de un torbellino de hortensias. Se protegían, se escondían de los demás, siempre tomados de la mano en el comedor, frente al televisor, en los talleres de memoria, de manualidades, de cine. Mi padre la observaba con ternura desde su corazón amorfo, su diabetes controlada, sus arterias del cerebro amenazadas por el colesterol, sus manos temblorosas, su cuello rígido por el Parkinson.

    Visitaba a la Olguita en su habitación después de varios cuidados: peinarse, el perfume, el pañuelito. Los observo con una pizca de celos. Su novia tiene ochenta años, la pobre, casi ochenta y es una niña, separa del sofá apoyándose en los codos y se detiene a mitad de camino oyendo no sé qué, asegura que es el teléfono y el teléfono nada; la semana pasada juraba que era la máquina de coser y ahora que es el motor del auto de su hija que no ha venido nunca a visitarla. Comparten la afición por las fotografías. Se sientan en el sofá de dos cuerpos frente a un álbum que aprecian con lentitud, se detienen en algunas imágenes en una especie de sonrisa dirigida a la infancia. Pero, de pronto, alguna página se cierra de golpe y ella hunde la cabeza en el pecho de mi padre. Solloza, hipea, no la voz de mujer, sino la voz de una niña acobardada. Mi padre acomodándose los lentes y haciéndonos señas, el pulgar hacia la derecha y hacia la izquierda, un rumor en tus ojos que no quise percibir y la garganta tragando de nuevo, creí que mi nombre, ¿fue en el almuerzo con los compañeros, señora?, ¿qué compañeros? Al despedirnos, al momento en que creí oírte decir mi nombre, yo hice una pregunta que no entró a tu campo auditivo.

   Mi padre hecho de cosas por decir.

   Susurrándome «soy el que tiene la pierna rota, un relámpago en la mano». Me recuerdo paralizada, incapaz de fabular, hasta que observaba que la enfermera jefe, imperfecta en su carmín en los labios, era un perro de rebaño conduciendo a aquellas ovejas a lo largo de los pocos días que les quedaban. Un hombre sin nombre sustituyó al señor de la cama próxima.

   En las salas los muebles escasos amplificaban los ecos. Miré hacia la puerta, la enfermera jefe hizo el ademán de levantarse, pero siguió sentada con la cabeza entre las manos. La enfermera y el carmín, el maquillaje disimula, la blusa nueva disimula, al cambiar de ropa el cuerpo cambia igualmente aunque esté deprimida, pide un vaso de agua, aprovecha el descanso y hojea una revista, una segunda revista, se aburre de las revistas, pone música, la música la entristece, le caen unas lágrimas por las mejillas mofletudas. «No me río de nada.»

    Me recuerda a no sé qué persona de hace varios lustros, de la época en que yo aún era una niña. Tambalea, le sugiero que vuelva a sentarse, perovella en medio del cuarto, lista para quejarse, despertando una ojeada inquisitiva.

   —Estos viejos lo ensucian todo.

   —Tenga paciencia, es un mal día.

     —¿Hace cuánto tiempo que nadie se acerca a mí?

     —¿Por qué hay tanto humo acá?

     —¿Fuman? ¿Qué fuman?

    Mi padre no dejando de aspirar y exhalar, respirando la nube de humo y sonriendo, parlanchín, divagando para sí. Algunas disgregaciones con la quijada algo trabada.

   —Váyase, señorita o señora, o llamamos a la Jefa.

   La enfermera pone los brazos en la cintura y me mira ofuscada.

   —Esto es inconcebible, váyase a su casa.

  Mi padre comenzó a hablar de cólicos, cerraba los ojos y le daba una punzada, en la oscuridad buscando con la palma sosegar su abdomen. ¿Otra punzada? Más malestar que náusea, un sabor ácido, una languidez que desaparecía antes de los resultados. Dolores que estremecen, atento al cuarto del fondo, atravesando el pasillo, observando la puerta, demorándose, con las manos en los bolsillos, llaman a la enfermera del carmín, siguió llamando durante hora, minutos, siglos, sigue llamando a las enfermeras y ellas asombradas conmigo. Después del incidente, de haber sido citada por la dueña del Hogar, comencé a traer bizcochos rellenos de hierba. La marihuana mezclada con la harina y el huevo daba una contextura áspera, pero igual de eficaz.

   —¿Papá, has escuchado del Valle del Elqui?

   —Sí, claro, hippies y la Madre Cecilia; todos unos embusteros.

   —Ya se fueron, quiero llevarte allá.

   —¿Y qué hay allá?

   —Muchas estrellas, el mejor cielo del planeta, las estrellas fugaces más nítidas. También hay laderas de viñas, olivos, ríos, valles, caminos de tierra; te va a gustar.

   —¿Y cuándo?

   —El viernes, en dos días más.

Lo escuchaba en el cuarto de baño entre grifos rabiosos; yo, nerviosa por miedo que lo viesen salir con un pequeño bolso sin permisos ni excusas. Yo, sentada en el banquito en el que deja ella en medio del cuarto, lista para quejarse, despertando una ojeada inquisitiva.

llevarte allá.

   —¿Y qué hay allá?

   —Muchas estrellas, el mejor cielo del planeta, las estrellas fugaces más nítidas. También hay laderas de viñas, olivos, ríos, valles, caminos de tierra; te va a gustar.

   —¿Y cuándo?

   —El viernes, en dos días más.

   Lo escuchaba en el cuarto de baño entre grifos rabiosos; yo, nerviosa por miedo a que lo viesen salir con un pequeño bolso sin permisos ni excusas. Yo, sentada en el banquito en el que deja ropa. Salió a medio vestir, agitado. Llamé a la enfermera para impedir que se pusiese los zapatos sin calcetines, los tobillos demasiado pálidos pidiendo ayuda, yo con un hilito de voz. La enfermera observando displicente.

   —Mi padre no anda descalzo, ¿ha oído? La enfermera atando cordones y maniobrando calzadores, ya sin prestar atención:

   —No me toque, qué cosa, déjeme el cuello en paz.

   —Señor, no lo he rozado siquiera.

   —Me ha rasgado el pantalón, me ha hecho daño. Al final los calcetines en el bolsillo de la chaqueta, un retoque a las solapas, la corbata perfecta, el exceso de chaqueta en su cuerpo encogido. Escribe en una libreta una frase que no entiendo, articula palabras como si los diptongos fuesen bisagras.

   —Despídete de la Olguita.

Miró no con los ojos lánguidos, con las cuencas vacías.

   —Son unas vacaciones, no dramatices. No vale la pena que te aflijas.

   Expresé un atisbo dubitativo.

   —¿De todas maneras seguimos el plan?

   —Sí, claro. Lo dijo frunciendo las mejillas y los ojos grises también pasmados, sin valor de pedir que lo terminaran de vestir. Regresó varios minutos después con los ojos acuosos, pero decidido. Las ambulancias en el garaje sin conectar las sirenas de pánico, la enferma despidiéndose en la puerta y la convicción de no más hospitales con hortensias, caminando con cautela debido al corazón, la diabetes, a una vena en el cerebro que al secarse podría llevarse dos tercios de los recuerdos consigo. Creí que iba a llorar, pero no, comprobaba el pañuelo en el bolsillo de la chaqueta gastada.

En el asiento del copiloto una caja de perfume llena de hierba. Mi padre la tomó, la abrió, olió con una profunda aspiración y sonrío.

   —Escóndela debajo del asiento, nos pueden parar los pacos. Mi padre y yo en el auto rumbeando hacia el norte, en el primer peaje preguntó.

   —¿Por cuánto tiempo nos vamos de viaje?

   —¿Quieres una medida de tiempo precisa? Encogió los hombres, levantó una ceja y contempló el trébol de autopistas.

—Hasta que se apaguen las estrellas.

Mi padre con su conocimiento enciclopédico me corregía, yo

siempre confundía los planetas con las estrellas, erraba la

ubicación de las constelaciones, no distinguía la luz de los

satélites del parpadeo de los aviones. Un mecanismo de

        corazón precario que se atrasaba constantemente uno o dos

pasos en relación con la vida.

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Milky Way Arch over the Atacama Desert ...

La Vía Láctea sobre el desierto de Atacama en Chile/The Milky Way over the Atacama Desert in Chile

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Andrea Jeftanovic. No aceptes caramelos de extraños. Editorial Comba. Barcelona. Kindle Edition

My father, a patient oriented in time and space, impeccable long-term memory, confusing the last ten years, eye contact, withdrawn personality, difficulty expressing himself orally, dysphonia due to rigidity in the vocal cords. vocal cords. A tedious gesture that he lost under the effects of marijuana, in fact, his speech became clear, modulated.


After some thoughtful swallows, that way old people have of reasoning with their mouths.
He pointed with a trembling finger and turned his neck like a wind-up doll due to the lack of dopamine. We stuck our heads out of the window, counted stars, guessed galaxies, and traced the ellipse of the planets. We fantasized about a telescope vision. The sky, a roof for our tiny existences. My father, with his encyclopedic knowledge, corrected me, I always confused the planets with the stars, I misplaced the constellations, I did not distinguish the light of satellites from the flickering of airplanes. We let it drift when the tip of the z was too frozen.
When we smoked, my father had a constant cough, he laughed at the D calendar, he would sit still on the fifth day or the twenty-third of October or January eighth. A yearbook was given to the municipality’s senior department, along with the end-of-year grocery box. His lips babbling something.

My father made of things to say.

….

   —What is the gentleman’s name? Your name, I probably didn’t fill in your name.

   —You are his daughter, aren’t you? The gentleman is in a serious condition. What do you think about mechanical ventilation? I’m impassive, waiting for him to guess the answer that I didn’t dare to give:

   —Please sign here.

   —If he were my father, I wouldn’t sign.

    My hand didn’t shake in front of the form, it’s so difficult to say goodbye to someone for so many years, to see them waste away, deteriorate, stop being the original person, feel pity, see their suffering, the hidden pain, the long and tedious days, lose friends, lose yourself, what day is it today? Who is the Mr. President of Chile?

   —Madam President. Madam President, Dad.

   —It doesn’t matter, because we in Chacabuco…

    —Come on! Chacabuco!

   At one point I saw my father’s wet eyes, I was naked in my coldness, luckily, I had a handkerchief in my bag to soothe my sadness. I counted one, two, three, four, five. I couldn’t be his mother, if I was his daughter; I didn’t hold him in my arms because I didn’t have the physical strength; if I hugged him, I would be afraid they would order us to separate–from holding hands, from hugging. My legs were cramped, I was dizzy from the smell of medicine, the doctor was standing in the doorway with a little cross in the middle of his chest.

   —I don’t want to bother you, but I must examine you, sir.

   My father looked with almost religious fervor at that doll with a lab coat and stethoscope that pushed with his finger, his belly swayed nervously, a current of air stimulated the doctor’s conclusions.

     —I hear an arrhythmia there, his lungs are somewhat obstructed, his urine too dark. Have you been able to evacuate? My father nodding, waiting for the sugar test, the doctor with his index finger on the result; “seventy-eight years are not seventy-eight months, my friend, be patient, we are here for this, you can be calm, and this is a disappointment, it is nothing more, a problem of age, things that come with the passage of time, accept it.

   —Sir, have you lost your appetite?

   My father denying it, my father knowing and not knowing about his serious condition, looking at the doctor before looking at me, admitting that he was a set of bone sticks, flaccid viscera, the patient in the next bed came to say goodbye to us. That night the nurse stayed longer in the critical patient room, the kinesiologist came without being interested in anything: “Why are you calling me if this man is no longer…?” I gave him a look of hatred, because my father was alive and needed help to get out of the bodily stiffness after so many days lying down. I asked him sarcastically if there were forensic kinesiologists and I left him

   —Doctor, couldn’t you come by twice a day?

  —This is something between a hospital and a private clinic, I have other patients waiting.

   Correct smile, smell of soap, a hand that extends a soft “good night.” I’m discharging him tomorrow; you will be responsible for him. Sign here, your thumb, you’ll have to bring me a notarized statement. I leaned my head against the window of this clinic-hospital and glanced at the Christmas decorations on the trees, the Mapocho River, a thin zigzag thread, out of the corner of my eye, I looked at the chair in the room with my students’ final exams still uncorrected. I was eager for the city outside, I counted five stars, a reindeer, a Santa Claus, two Nativity scenes. I calculated the benefits of the insurance plan, if it’s three days and eighty percent of the bed day, but one hundred percent of the medicines, seventy-five percent of the x-ray tests. How much would they give? How much did we already owe the establishment? What if I transfer him to another medical center with better coverage? He woke up abruptly and approached me:

   —What are you thinking about?

My father turning his neck with the stiffness of Parkinson’s.

My father with the slight trembling of Parkinson’s hands.

My father walking with the shuffling steps of Parkinson’s. My father scribbling something on the napkin in the tiny handwriting of Parkinson’s.

My father speaking with the chewing of Parkinson’s.

   At the Home, the nurse with the carmine-colored lipstick confessed to each relative, complained, “I who have done no harm to anyone have to bear the story of these tiny lives.” She would resume her march, forcing the man with the urine bag to catch up with her when it was about to overflow, words that fought each other in the letters inventing promises. The kettle would turn on with a click, a flash and nothing, the nurses on the night shift waiting for the bubbles for a watered-down tea, you could see how she was getting fatter on her iguana neck, a spark; They were talking to each other, I understood them so well despite their muteness. From time to time, the nurse would put an envelope in my pocket. The monthly payment? My father’s will? The bill for the medical supplies from the last pneumonia? I didn’t dare open the envelope until I got home. Mondays were the medical check-ups at the Home, a doctor as old as they were examined them one by one, scales weighing skeletons, because there were no muscles or tendons, bones yes, the body transforming into something else, the nurses took their hands, lined them up on the examination table displaying evidence of a suspicious mole on the shoulder, another small wart, swollen varicose veins. They all left with prescriptions for medicine, and the relatives approached the pharmacies at night with bottles and boxes from foreign laboratories.

     —You like my pianist fingers, didn’t you notice? The nurses looked for the zippers on dresses, skirts, or the men’s trousers to allow the examination of the abdomen, the skin, the control of the sacral scar in the upper part of the buttocks.

    —Help us with the buttons, come on, don’t be difficult. —Your father is out of diapers, the three a day are not enough. The nurse tells me in a very loud voice, my father feels ashamed and looks out the window.

   —Tomorrow.

     I mutter in a low voice: «You know, a few years ago, about two decades ago, this man who wets his pants would have fucked you, listen to me, because he was manly, seductive, no, he wasn’t this weak old man, he was more than six feet tall as he walked upright, his muscles were strong because he played sports, tennis, athletics, horseback riding, whatever they asked of him. No, he didn’t depend on others to bathe or eat. Yes, he would have seduced you, and you would have returned flirtatious laughter. At school he was a champion in the hundred-meter dash, with or without obstacles, he flew through the air with his spiked shoes that brushed the hurdles. One, two, three, the time of the race that was rounded off in twelve seconds, a record among English schools, come on, he runs at lightning speed and crosses the finish line breaking the tense, thin rope cut by the momentum of his torso. »

My father, one night, a stranger, skipping the routine of reading the newspapers, his face more defined after several rounds:

   —I’m ashamed to say it, promise you won’t get angry with me. He spoke with a magazine in front of his face: —Don’t look at me, otherwise I wouldn’t dare… I’m in love.

    —With whom?

    —With Olguita, from room 314.

    —And since when?

   —It was on the walk to the beach.

   —And is it mutual?

   —Don’t laugh, I don’t know.

   —No, but I’m surprised, and what are you going to do?

   He shrugged. Towards the end of the year they organised a trip to the coast, a municipal bus took them for the day, in the morning there was hustle and bustle, the old people in wide-brimmed hats, sunscreen, a bit of a school trip spirit, children preparing for the adventure, watched over by nurses who didn’t wear aprons but Lycra trousers that left bulging abdomens exposed. The owner escorting them in a van. Lunch boxes, medicines in boxes, oxygen tanks, wheelchairs. My father and his fiancée together, no matter what they might say, two old folks like at a real wedding, walking up the path in the middle of a whirlwind of hydrangeas. They protected each other, they hid from the others, always holding hands in the dining room, in front of the television, in the memory workshops, in crafts, in film. My father watched her tenderly from his amorphous heart, his controlled diabetes, his brain arteries threatened by cholesterol, his trembling hands, his neck stiff from Parkinson’s.

   He visited Olguita in her room, after taking various preparations: combing his hair, perfume, handkerchief. I watch them with a hint of jealousy. His girlfriend is eighty years old, poor thing, almost eighty and she is a child, she moves away from the sofa leaning on her elbows and stops halfway listening to I don’t know what, she assures me it is the telephone and then not the telephone; last week she swore it was the sewing machine and now it is the engine of the car of daughter who has never come to visit her. They share the love of photography. They sit on the two-seater sofa in front of an album that they look at slowly, they stop at some images with a kind of smile directed at childhood. But suddenly, some page closes suddenly and she buries her head in my father’s chest. She sobs, hiccups, not a woman’s voice, but the voice

of a frightened child. My father adjusting his glasses and making signs to us, thumbs to the right and thumbs to the left,

a murmur in your eyes that I did not want to perceive and my throat swallowing again, I thought it was my name, was it at lunch with the colleagues, madam?, what colleagues? When we said goodbye, at the moment when I thought I heard my name, I asked a question that did not enter your hearing field.

    My father full of things to say.

   Whispering to me “I am the one with the broken leg, a lightning bolt in his hand.” I remember being paralyzed, unable to fabulate, until I observed that the head nurse, imperfect in her lipstick, was a flock dog leading those sheep throughout the few days they had left. A man without a name replaced the man in the next bed.

   In the wards the sparse furniture amplified the echoes. I looked towards the door, the head nurse made the gesture of beginning to get up but remained seated with her head in her hands. The nurse and the lipstick, the makeup conceals, the new blouse conceals, when she changes clothes the body changes just the same even though she is depressed, she asks for a glass of water, takes advantage of the break and looks through a magazine, a second magazine, she gets bored of the magazines, she puts on music, the music saddens her, a few tears fall down her chubby cheeks. “I don’t laugh at anything.”

   She reminds me of someone from several decades ago, from the time when I was still a child. She staggers, I suggest she sit down again, but she stands in the middle of the room, ready to complain, awakening an inquisitive glance.

—These old men dirty everything.

—Be patient, it’s a bad day.

—How long has it been since anyone came near me?

—Why is there so much smoke here?

—Do they smoke? What do they smoke?

My father, breathing in and out, smiling, chattering, rambling to himself. Some ramblings are with his jaw slightly locked.

         —Go away, Miss or Madam, or we’ll call the Chief.

   The nurse puts her arms on her waist and looks at me angrily.

   —This is inconceivable, go home.

   My father began to talk about colic, he closed his eyes and felt a pang, in the darkness trying to calm his abdomen with his palm. Another pang? More discomfort than nausea, a sour taste, a languor that disappeared before the results. Pains that shake, attentive to the back room, crossing the corridor, watching the door, lingering, with hands in pockets, they call the nurse in lipstick, he continued calling for hours, minutes, centuries, he continues calling the nurses and they were amazed at me. After the incident, after having been summoned by the owner of the Home, I began to bring biscuits filled with pot. The marijuana mixed with flour and egg gave a rough texture, but it was just as effective.

   —Dad, have you heard of the Elqui Valley?

   —Yes, of course, hippies and Mother Cecilia; all liars.

   —They’ve already left, I want to take you there.

   —And what’s there?

   —Lots of stars, the best sky on the planet, the clearest shooting stars. There are also slopes of vineyards, olive trees, rivers, valleys, dirt roads; you’ll like it.

    —And when?

   —On Friday, in two days.

   I listened to him in the bathroom between raging faucets; me, nervous for fear that they would see him leave with a small bag without permission or excuses. Me, sitting on the stool, she leaves in the middle of the room, ready to complain, awakening an inquisitive glance.

take you there.

   —And what’s there?

    —Lots of stars, the best sky on the planet, the clearest shooting stars. There are also vineyard slopes, olive trees, rivers, valleys, dirt roads; you’ll like it.

   —And when?

   —On Friday, in two days.

   I listened to him in the bathroom between raging taps; me, nervous for fear of being seen leaving with a small bag without permission or excuses. Me, sitting on the stool where he leaves clothes. He came out half-dressed, agitated. I called the nurse to stop him from putting on his shoes without socks, his ankles too pale asking for help, me with a thread of voice. The nurse watching indifferently.

    —My father doesn’t walk barefoot, did you hear? The nurse tying laces and maneuvering shoehorns, no longer paying attention:

    —Don’t touch me, what a thing, leave my neck alone.

    —Sir, I haven’t even touched it.

   —He ripped my pants, he hurt me. In the end, the socks were in the pocket of the jacket, a touch-up to the lapels, the perfect tie, the excess of jacket on his shrunken body. He writes in a notebook a sentence that I don’t understand, he articulates words as if the diphthongs were hinges.

   —Say goodbye to Olguita.

   He looked at me not with languid eyes, but with empty sockets.

   —It’s a vacation, don’t be dramatic. It’s not worth it for you to grieve.

   I expressed a doubtful look.

—Are we going to continue with the plan anyway?

—Yes, of course. He said it with his cheeks furrowed and his grey eyes also stunned, without the courage to ask to finish dressing him. He returned several minutes later with watery eyes but determined. The ambulances in the garage not turning on the panic sirens, the sick woman saying goodbye at the door and the conviction of no more hospitals with hydrangeas, walking cautiously because of the heart, diabetes, a vein in the worn-out brain that, when it dried out, could take two-thirds of the memories with it. I thought he was going to cry, but no, he was checking the handkerchief in the pocket of his worn jacket.

   On the passenger seat was a perfume box full of pot. My father took it, opened it, sniffed deeply, and smiled.

   —Hide it under the seat, the cops might stop us. My father and I were in the car heading north, at the first toll booth. he asked.

    —How long are we going on the trip?

   —Do you want a precise measure of time? He shrugged, raised an eyebrow, and looked at the cloverleaf of highways.

   –Until the stars go out.

My father, with his encyclopedic knowledge, corrected me. I

always confused planets with stars, misplaced the

constellations, could not distinguish he light of

satellites from the blinking of airplanes.

A precarious heart mechanism

that was constantly

one or two steps behind

in relation to life.

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Nessim Bassan–artista visual judío-panameño/Panamenian Jewish Artist — “Buscando la perfección”/”Seeking Perfection”

 

Nessim Bassan 
​Panamá, b. 1950

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Nessim Bassan nació en la ciudad de Panamá en 1950. Bassan comenzó a exponer desde muy temprano, en 1968, donde obtuvo un gran éxito. Su arte fue admirado y valorado por reconocidos críticos de arte y curadores como Thomas Messer del Museo Solomon R. Guggenheim de Nueva York y Lester Cooke de la Galería Nacional de Arte de Washington DC. En 1970, José Gómez-Sicre, lo invitó a exponer en la Organización de Estados Americanos en Washington DC, lo que posteriormente propició su participación en la Bienal de Sao Paulo de 1981. Después de este sorprendente comienzo en su carrera artística, se tomó un descanso del mundo del arte, dedicó su tiempo a su familia y comenzó a pintar por sí mismo. A finales de la década de 1990, comenzó a pintar todos los días y dedicó plenamente su tiempo a su arte. . Comenzó a explorar más a fondo el arte cinético, incorporando madera y pintura. Su visión de la cinética tiene una fuerte estética abstracta geométrica moderna, que da como resultado cientos de capas de pintura y texturas entrelazadas, que evocan fantasías conceptuales. Esta técnica refleja además una perfecta armonía entre mediciones matemáticas controladas, oscilando entre la gravedad y las ilusiones ópticas que son aparentemente simples pero intrincadas. El atractivo de las infinitas composiciones de Bassan es que son delicadas y elegantes ilusiones ópticas, con un impecable equilibrio y precisión visual. Nessim Bassan tuvo una importante exposición que inició en noviembre de 2022, en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá, y viajó al Museo Nacional de Identidad de Honduras, el Museo de Arte de El Salvador finalizó en el Museo de Arte Moderno Carlos Mérida en Guatemala. . El artista vive y trabaja en Panamá.

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Nessim Bassan was born in Panamá City in 1950. Bassan started exhibiting very early on, in 1968, where he found great success. His art was admired and valued by renowned art critics and curators such as Thomas Messer from the Solomon R. Guggenheim Museum in New York and Lester Cooke from the National Gallery of Art in Washington DC. In 1970, José Gómez-Sicre, invited him to exhibit at the Organization of American States in Washington DC, which later lead to his participation in the 1981 Sao Paulo Biennial. After this astonishing start to his artistic career, he took a break from the art world and dedicated his time to his family, and began painting for himself.During the late 1990s, he started painting every day, and fully dedicated his time to his art. He started to further explore kinetic art, incorporating wood and paint. His take on kinetics has a strong modern geometric abstract aesthetic, resulting in hundreds of layers of paint and interwoven textures, evoking conceptual fantasies. This technique further reflects a perfect harmony between controlled mathematical measurements, oscillating between gravity and optical illusions that are seemingly simple yet intricate. The allurement in Bassan’s infinite compositions is that they are delicate and elegant optical illusions, with an impeccable balance and visual precision. Nessim Bassan had a significant exhibition that began in November of 2022, at the Contemporary Art Museum in Panamá, and traveled\ to the National Identity Museum of Honduras, The Museum of Art of El Salvador ended  at the Museum of Modern Art Carlos Mérida in Guatemala. The artist lives and works in Panamá. 

Gallery

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