Carla Guelfenbein–Novelista judío-chilena/Chilean Jewish Novelist–“Contigo en la distancia”/”With You in the Distance”–un fragmento de la novela/an excerpt from the novel

Carla Guelfenbein

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Carla Guelfenbein estudió biología en la Universidad de Essex. También estudió diseño gráfico en la Escuela de Arte St. Martin de Londres. De regreso en Chile, trabajó como directora de arte en BBDO y editora de moda en ELLE. Es autora de las novelas El revés del alma, La mujer de mi vida, El resto es silencio, Nadar desnudas, Contigo en la distancia y de varios cuentos que han aparecido en importantes revistas y antologías. Su obra ha sido traducida a 14 idiomas por las editoriales más prestigiosas de Europa. Guelfenbein es uno de los últimos fenómenos best-seller de la narrativa chilena. Su segunda novela desbancó a Dan Brown del primer puesto del ranking. Contigo en la distancia, ganó el importante premio Alfaguara, y se lanzó simultáneamente en España y Latinoamérica.

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Carla Guelfenbein studied biology at Essex University. She also studied graphic design at St. Martin’s School of Art in London. Back in Chile she worked as Art director in BBDO and fashion editor at ELLE. She is the author of the novels El revés del alma, La mujer de mi Vida, El Resto Es Silencio, Nadar desnudas, Contigo en la distancia, and a number of short stories tenat have appeared in important magazines and anthologies. Her work has been translated into 14 languages by the most prestigious editorial houses in Europe. Guelfenbein is one of the last bestselling phenomenas of the Chilean narrative. Her second novel ousted Dan Brown in the top of the ranking. Contigo en la distancia, won the important Alfaguara prize, and was simultaneously launched in Spain and Latin America.

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Vera Sigall, ahora de 80 años, ha vivido una vida misteriosa y ascética, alejada del foco literario. Este poderoso personaje tiene un profundo impacto en quienes la rodean: Daniel, arquitecto, vecino y amigo suyo, infeliz en su matrimonio y su carrera; Emilia, una estudiante franco-chilena que viaja a Santiago para escribir una tesis sobre la esquiva Vera; y Horacio, un aclamado poeta con quien Vera tuvo un romance tumultuoso y apasionado en su juventud. A medida que Daniel, Emilia y Horacio cuentan sus historias, reconstruyen el pasado de Vera y buscan sus propias identidades.

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Vera Sigall, now 80 years old, has lived a mysterious, ascetic life far from the limelight of literary circles. This powerful character has a profound effect on those around her — Daniel, an architect and her neighbor and friend, unhappy in his marriage and career; Emilia, a Franco-Chilean student who travels to Santiago to write a thesis on the elusive Vera; and Horacio, an acclaimed poet with whom Vera had a tumultuous, passionate affair in her youth. As Daniel, Emilia and Horacio tell their stories, they reconstruct Vera’s past and search for their own identities.

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Mi tutor de la universidad me había conseguido una beca, pero esta apenas cubría mis gastos. Por eso, con algunos ahorros, me compré una bicicleta Pashley de se-gunda mano y me ofrecí para hacer de repartidora en la verdulería del barrio. Don José, el dueño, aceptó de inmediato. Era hijo de inmigrantes españoles llegados en el Winnípeg. Nunca había vivido en España, pero conserva-ba el acento que debió heredar de sus padres. Llevaba boina, bigotes y un par de suspensores, entre los cuales emergía una gruesa panza. A la verdulería se entraba bajando tres escalones, donde un gato negro solía recostar-se. Cada mañana, después de hacer el reparto, me dirigía en mi bicicleta hacia la Biblioteca Bombal, en la calle Condell.

El primer día, una mujer delgada y menuda me abrió la puerta. Sin ser del todo anciana, llevaba un bastón y tenía el cabello cano. Apenas entré, me hizo pasar a un cuarto ocupado casi enteramente por un escritorio de caoba. La luz entraba apenas, a través de unos largos cortinones de terciopelo. Todo allí parecía haberse asentado hacía largo tiempo, y los colores y las cosas se fundían en una sola materia uniforme.

La biblioteca había sido fundada por la heredera de una gran fortuna en los años cincuenta. Buscaban reunir y rescatar textos de narradoras y poetas latinoamericanas, pero también tenían una colección de poemas y cartas de mujeres anónimas de origen sajón del siglo XIX.

-Mi nombre es Rosa Espinoza. En qué puedo ayudarle -me dijo una vez que ambas estuvimos senta-das, ella uas el escritorio atestado de libros y yo frente a ella.

Me llamó la atención su nombre. O sus padres lo habían hecho a propósito -lo que habría sido una cruel-dad-  o no se habían percatado de lo que hacían.

Nada más sentarme, la señora Espinoza comenzó a hacerme una retahíla de preguntas: dirección, edad, señas de mis tutores en Francia, estudios. Asuntos de esa índole. En su anticuado computador anotaba las respuestas con lenta severidad, mientras tras sus gafas me escrutaba como si dentro de mi morral ocultara una bomba.

-¿Y  qué pretende hacer aquí? -me  preguntó

por fin.

Se sacó los anteojos, los cerró y, sosteniéndolos como un arma punzante, cruzó los brazos sobre la mesa. Me resultaba difícil entender lo que estaba ocurriendo. Horacio Infante me había insistido en que tan solo tenía que llegar hasta ahí y comenzar a trabajar.

-¿No lo sabe realmente?

La mujer negó con un gesto de la cabeza. Sus aros de perlas dejaban caer destellos sobre sus hombros. Iba vestida de colores claros que hacían juego con su pelo cano. Permanecí en silencio. No quería hablar del verdadero motivo que me había llevado hasta allí. Resguarda-do en mi interior, los confines a los cuales podía llegar eran ilimitados. Nombrarlo, en cambio, hubiera sido una forma de apresarlo y mutilarlo. Por eso había ideado un proyecto que me sirviera de pantalla: catalogar los papeles y archivos que Vera Sigall había donado hacía dos años y que según las averiguaciones de monsieur Roche, habían permanecido intocados.

-Quizás, antes de explicarme, quiera servirse una taza de té.

Sus ojillos rodeados de arrugas brillaron con un raro fulgor.

-Me encantaría -dije, y ella desapareció.

A través de la gruesa cortina entornada divisé las ramas desnudas de los árboles que se recortaban contra el cielo gris, formando una filigrana. Un mundo de árboles sin estrellas, murmuré. Eran las últimas palabras de Javier, el personaje principal de la primera novela de Vera Sigall.

La señora Espinoza volvió con un hombre que, tras ella, sostenía una bandeja de plata con una tetera azul grisácea y dos tazas del mismo color. El hombre dejó la bandeja sobre el escritorio, ayudó a la señora Espinoza a desembarazarse de su bastón y luego a sentarse.

-Gracias, Efraín -sonrió ella-. Efraín es el jardinero, mi chofer y el guardián de todo esto -añadió después de que él hubo desaparecido.

El aroma del té con especias llenó la estancia. La señora Espinoza lo sirvió con parsimonia.

-Está un poco caliente, tenga cuidado -hizo una pausa y luego continuó-: Ahora tal vez pueda decirme cuál es el objetivo de su visita a este lugar.

Levantó la cabeza, esperando que de mis palabras surgiera algo inesperado pero a la vez conocido, como una paloma del sombrero de un mago.

-Lo  que quiero hacer… -dije, y me detuve.

-Vamos, hable.

Su voz sonaba dulce pero firme.

Apoyó la cabeza en el respaldo de su silla y fijó sus ojos desprovistos de ornamentación en los míos.

-Bueno, lo que quiero es analizar los distintos sentidos de los astros y los planetas en los escritos de Vera Sigall. Descubrir su origen. Eso a grandes rasgos. Llevo un tiempo en este estudio y no he llegado muy lejos.

No sé por qué lo hice, pero frente a esa mujer nombré por vez primera lo que me había llevado hasta ahí. Lo que me había dado la fuerza para atravesar el charco. Tenía la intuición de que había algo oculto en las estrellas de Vera Sigall. Algo que traspasaba las narraciones, los personajes y sus historias. Incluso las palabras. Intuía también que, hallándolo, encontraría algo de mí misma. Era una percepción que resultaba tan vaga e inasible que muchas veces se desvanecía. Bajé los ojos. Las manos me sudaban.

-Apenas la vi, supe que Horacio Infante estaba equivocado, y que su verdadero objetivo no era catalogar la obra de Vera Sigall. Usted no tiene cara de catalogadora. Yo no sabía abrazar a las personas. Pero añoré haber podido hacerlo.

Junto a ella, recorrí la biblioteca, un inmueble de dos pisos de estilo inglés. El primero albergaba la amplia estancia dispuesta para los estudiosos. Una vitrina con un taburete que había pertenecido a Alfonsina Storni se asomaba en un rincón. Según me explicó la señora Espinoza, Alfonsina lo llevaba con ella en sus largas caminatas por los páramos y se sentaba en él a pensar. La biblioteca se encontraba en el segundo piso. Eran tres grandes salas y en una de ellas había un gran mueble con cajones, clasificados por autora. Alcancé a distinguir a algunas: Clarice Lispector, Elena Garro, Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik.

Al cabo de un rato, ya estaba sentada en el primer piso frente a una de las cajas que Vera Sigall había donado a la biblioteca. Me llamó la atención un grupo de fotografías sujetas con una cinta negra. Los retratos de Vera Sigall son escasos. La prensa y los editores suelen reproducir siempre el mismo, uno en que, tras una incisiva seriedad, pareciera querer ocultar su belleza. Deshice el nudo con cuidado. Eran cinco fotografías en blanco y negro. Cuatro de ellas mostraban a personas que me resultaron desconocidas. La quinta era una fotografía de Vera junto a sus padres, Arón y Emma Sigall. Es una imagen ovalada. La madre, de rostro grueso y tosco, mira hacia la cámara con expresión preocupada, como si el destino le deparara un futuro difícil y ella con reciedumbre lo anticipara. El padre, con un traje humilde de quien está acostumbrado al trabajo, observa la cámara con determi-nación y severidad. Vera, una niña de no más de siete años, despide un aire intranquilo, misterioso.

En uno de los libros más importantes editados so-bre la obra de Vera Sigall, Benjamín Moser -su autor-puntualiza que todo lo que se refiere a sus datos biográfi-cos es ambiguo y muchas veces contradictorio. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos años tenía cuando sus padres hu-yeron de la aldea de Chechelnik, en Ucrania, escapando de los pogromos. Según lo que él logró averiguar, llegaron a Moldavia por el río Dniester en una canoa. La exacta fecha de su arribo a Rumania y el viaje que hicieron después para llegar a Chile se pierden en una nebulosa. A lo largo de su vida, Vera se rodeó de enigmas y en las escasas entrevistas que aceptó, solía escudarse tras la misma res-puesta: «Mi gran misterio es que no tengo misterio».

Recuerdo la primera vez que leí uno de sus textos. El lenguaje mutaba en sus manos. Las palabras se reflejaban y reproducían unas a otras, como en las imágenes de los espejos cruzados, creando una sensación de desconcierto.

Dejé la fotografía sobre la mesa y cerré los ojos. Necesitaba absorber la emoción que me producía estar en el mundo de Vera Sigall. Pensé que tal vez había por fin encontrado mi lugar, entre esas paredes vetustas, entre las almas de todas esas mujeres. Allí nadie me alcanzaría. Nadie exigiría de mí lo que nunca podría darles.

Volví en mi bicicleta antes de que oscureciera. Los rayos de sol cruzaban el cielo como dardos, rebotando en mis ventanas de los altos edificios acristalados. Subía las escaleras hacia mi altillo, cuando me encontré con mis vecinos del piso nueve. Se presentaron como Juan y Franisco. Juan era alto y moreno, de modales pausados, vestía con escrupulosidad y elegancia. Francisco era bajo y for-aido, de mechas enhiestas y claras, ojos vivos, y en sus jeans gastados y en su suéter traía rezagos de pintura.

-Emilia Husson, ¿verdad? -me  preguntó Juan.

.\.fe tendió una mano grande y oscura, con una amable formalidad. Yo asentí sin coger la suya. Él, leyendo quizás en mis ojos que no se trataba de un gesto de desdén, hizo caso omiso de mi falta y continuó-: Ya ves, hemos hecho nuestras averiguaciones con el conserje. Eres Emilia y vienes llegando de París.

-Bueno, no precisamente de París, vivo en Grenoble, pero para el caso supongo que da lo mismo.

Ambos sonrieron con franca simpatía.

-Hace más de un año que nadie vive en el altillo. Estábamos preocupados de quién podría llegar. Me alegro que seas tú, Emilia -dijo Juan mientras sacaba unas llaves de su bolsillo. -Esperamos verte seguido -dijo Francisco, y ambos desaparecieron tras la puerta de su departamento.

Cuando llegué a mi altillo, lavé los platos que había dejado de la cena y luego encendí mi computador. Tenía un largo mail de Jérome. Al día siguiente, partí a una de sus excursiones de montañismo. Esta vez intentaría llegar a la cima del Elbrús. Después de leerlo, le conté mi encuentro con the seńora Espinosa, el olor a polvo, la solemnidad de Efrain, el jardinero, el té aromático que mutó el orden de las cosas como un brebaje. También le conté de la fotografía de que había hallado, de sus ojos inquietos que parecían esperar algo.

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My university advisor had gotten me a scholarship, but it barely covered my expenses. So, with some savings, I bought a secondhand Pashley bicycle and offered to work as a delivery girl for the neighborhood greengrocer. Don José, the owner, accepted immediately. He was the son of Spanish immigrants who had arrived on the Winnipeg. He had never lived in Spain, but he still had the accent he must have inherited from his parents. He wore a beret, a mustache, and a pair of suspenders, between which a thick belly peeked out. The greengrocer’s entrance was down three steps, where a black cat often lay. Every morning, after making my deliveries, I rode my bicycle to the Bombal Library on Condell Street.

The first day, a thin, petite woman opened the door for me. While not exactly elderly, she used a cane and had gray hair. As soon as I entered, she showed me into a room almost entirely occupied by a mahogany desk. Light filtered in, barely filtering through long velvet curtains. Everything there seemed to have settled long ago, and the colors and objects blended into a single, uniform mass.

The library had been founded in the 1950s by the heiress to a vast fortune. They sought to collect and preserve texts by Latin American women writers and poets, but they also had a collection of poems and letters by anonymous women of Anglo-Saxon origin from the 19th century.

“My name is Rosa Espinoza. How can I help you?” she said once we were both seated, she at the desk piled high with books and I across from her.

Her name caught my attention. Either her parents had chosen it on purpose—which would have been cruel—or they hadn’t realized what they were doing.

No sooner had I sat down than Mrs. Espinoza began bombarding me with questions: address, age, contact information for my guardians in France, education. Matters of that nature. She meticulously recorded my answers on her antiquated computer, while behind her glasses she scrutinized me as if I were hiding a bomb in my backpack.

“And what do you intend to do here?” she finally asked.

She took off her glasses, closed them, and, holding them like a sharp weapon, crossed her arms on the table. I found it difficult to understand what was happening. Horacio Infante had insisted that I simply had to get there and start working.

“Don’t you really know?”

The woman shook her head. Her pearl earrings shimmered on her shoulders. She was dressed in light colors that complemented her gray hair. I remained silent. I didn’t want to talk about the real reason that had brought me there. Sheltered within myself, the limits to which I could reach were boundless. To name it, however, would have been a way of imprisoning and mutilating it. That’s why I had devised a project to serve as a smokescreen: cataloging the papers and files that Vera Sigall had donated two years ago and which, according to Monsieur Roche’s investigation, had remained untouched.

“Perhaps, before I explain, you’d like to pour yourself a cup of tea.”

Her small, wrinkled eyes shone with a rare brilliance.

Vera Sigall. I thought that perhaps I had finally found my place, among those ancient walls, among the souls of all those women. There, no one could reach me. No one would demand of me what I could never give them.

I returned on my bicycle before dark. The sun’s rays crossed the sky like darts, bouncing off

the windows of the tall glass buildings. I was climbing the stairs to my loft when I ran into my neighbors from the ninth floor. They introduced themselves as Juan and Franisco. Juan was tall and dark-haired, with a measured manner, and dressed with meticulousness and elegance. Francisco was short and thin, with spiky, light-colored hair, lively eyes, and traces of paint on his worn jeans and sweater.

“Emilia Husson, right?” Juan asked me.

He extended a large, dark hand, with a polite formality. I nodded without taking his. He, perhaps reading in my eyes that it wasn’t a gesture of disdain, ignored my oversight and continued: “You see, we’ve checked with the concierge. You’re Emilia, and you’ve just arrived from Paris.”

“Well, not exactly from Paris, I live in Grenoble, but for all intents and purposes, I suppose it’s the same thing.”

They both smiled with genuine warmth.

“It’s been over a year since anyone has lived in the attic. We were worried about who might move in. I’m glad it’s you, Emilia,” said Juan as he took some keys from his pocket. “We hope to see you often,” said Francisco, and they both disappeared behind the door of their apartment.

When I got back to my attic, I washed the dishes I’d left from dinner and then turned on my computer. I had a long email from Jérôme. The next day, I left for one of his mountaineering excursions. This time I would try to reach the summit of Elbrus. After reading it, I told him about my encounter with Señora Espinosa, the smell of dust, the solemnity of Efraín, the gardener, the aromatic tea that altered the order of things like a brew. I also told him about the photograph I had found, about her restless eyes that seemed to be waiting for something.

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Yisgai Jusidman — Artista judío-mexicano/Mexican Jewish Artist — Serie Auschwitz y otras obras–The Ausshwitz Series and other works

Yisgai Jusidman

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Yishai Jusidman es un pintor contemporáneo y crítico de arte ocasional. Nació en la Ciudad de México, reside en Los Ángeles y pronto emigrará al moshav Tal Shachar. Su obra se ha exhibido en prestigiosas exposiciones internacionales en todo el mundo. Una serie reciente, “Azul de Prusia”, aborda los desafíos estéticos de la conmemoración del Holocausto a través del arte y se exhibe en el Museo Memorial de Auschwitz-Birkenau hasta octubre de 2026. Sus escritos se han publicado en Artforum, Art Issues, Los Angeles Times, Cleveland Review of Books y más.

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Yishai Jusidman is a contemporary painter and occasional art critic, born in Mexico City, based in Los Angeles and soon migrating to moshav Tal Shachar. His artwork has been shown worldwide in prestigious international exhibitions. A recent series, “Prussian Blue”, deals with the aesthetic challenges of Holocaust remembrance through art, and it is on view at the Auschwitz-Birkenau Memorial Museum through October 2026. His writing has been published in Artforum, Art Issues, Los Angeles Times, Cleveland Review of Books, and more.

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Prussion Blue

En mi serie Azul de Prusia, abordo el Holocausto en la pintura buscando generar la impresión pictórica de un silencio tan solemne y directo como elocuente, ofreciendo así una alternativa a las restricciones fatalistas que han frenado la producción de obras que abordan este tema.

Pintura azul de Prusia: El producto Zyklon B, utilizado como agente letal entre 1940 y 1945, solía producir manchas azules en las paredes de las cámaras de gas debido a una reacción química con el ladrillo y el mortero. Dichas manchas aún son muy visibles en las estructuras de Majdanek. El compuesto de cianuro y hierro de estas manchas es químicamente idéntico al pigmento del pintor, conocido como Azul de Prusia. — Yisgai Jusidman

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In my Prussian Blue series, I address the Holocaust in painting by seeking to generate the pictorial impression of a silence as solemn and forthright as it is eloquent, thus furnishing an alternative to the fatalistic strictures that have stifled the production of works dealing with this subject.

Prussian blue paint: The Zyklon B product that was used as a killing agent from 1940 through 1945 often produced blue stains on the walls of the gas chambers by way of a chemical reaction with the brick and mortar. Such stains are still very much apparent in the structures at Majdanek. The cyanide-iron compound of these stains is chemically identical to the painter’s pigment known as Prussian Blue.

Mutatis Mutandi

He manipulado elementos basados ​​en objetos y tecnología para llamar la atención sobre el efecto pictórico, colocando lo táctil contra lo óptico, lo literal contra lo metafórico, los fenómenos contra el discurso. – Yisgai Jusidman

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I have manipulated object-based and technology-based elements so as to call attention to the painterly effect, by placing the tactile against the optical, the literal against the metaphorical, phenomena against discourse.  — Yisgai Jusidman

en*treat*ment

Clowns

Clownspheres

Dibujos/Drawings

Sumo

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Eduardo Mosches — Poeta judío-mexicano/Mexican Jewish Poet–“Nubes y venas” y otros poemas/”Clouds and Veins” and other poems

Eduardo Mosches

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Eduardo Mosches es mexicano de origen argentino. Nació en Buenos aires en 1944. Vivió en Israel de 1963 a 1970. Tomó un avión en 1970 hacia Berlín, donde estudió Ciencias Sociales en la Universidad Libre en, Alemania y se dirigió hacia Argentina en 1974. Después en 1976, se fue rumbo a México, donde entabló varios retos, entre otros el de estudiar Cinematografía en la UNAM. Reside en México desde ese año. Fue coordinador editorial en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México(2002-2012). Fundador y director de la revista literaria Blanco Móvil, desde 1985. Ha publicado los poemarios Los lentes y Marx, Los tiempos mezquinos, Cuando las pieles riman, Viaje a través de los etcéteras, Como el mar que nos habita, Molinos de Fuego, Susurros de la memoria, Avatares de la memoria (antología poética 1979-2006) , El ojo histórico (2014), Los enemigos del silencio ( 2014) y el libro de prosa Caminos sin ruta. Ha colaborado en periódicos y revistas en México, Argentina, Alemania, Brasil, España, Estados Unidos, Israel, Italia, Chile, entre otros. Ha recibido varios premios nacionales como poeta y editor de revistas literarias. Ha sido traducido al alemán, italiano, portugués, hebreo e inglés.

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Eduardo Mosches is a Mexican of Argentine origin. He was born in Buenos Aires in 1944. He lived in Israel from 1963 to 1970. In 1970, he went to Berlin, where he studied Social Sciences at the Free University of Berlin, Germany, and then returned to Argentina in 1974. In 1976, he went to Mexico, where he undertook several challenges, including studying Cinematography at the National Autonomous University of Mexico (UNAM). He has resided in Mexico since that year. He was the editorial coordinator at the Autonomous University of Mexico City (2002-2012). Founder and editor of the literary magazine Blanco Móvil since 1985. He has published the poetry collectionsLos lentes y Marx, Los tiempos mezquinos, Cuando las pieles riman, Viaje a través de los etcéteras, Como el mar que nos habita, Molinos de Fuego, Susurros de la memoria, Avatares de la memoria (poetic anthology 1979-2006), El ojo histórico (2014), Los enemigos del silencio (2014), and the prose work Caminos sin ruta. He has contributed to newspapers and magazines in Mexico, Argentina, Germany, Brazil, Spain, the United States, Israel, Italy, Chile, and other countries. He has received several national awards as a poet and editor of literary magazines. His work has been translated into German, Italian, Portuguese, Hebrew, and English.

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Nubes y venas

Las gotas de lluvia golpeaban en un ritmo pausado de somnolencia, las veladuras de grises ingresaban a través del cristal, enfriaban las tazas de un café por beberse a sorbos lentos mientras la mano tatuada por venas infladas, ríos congelados por la pesada edad, desnudas de líquido, descansan un momento tomadas entre sí, como trapecios en el descanso. El río de las venas se oculta mientras los árboles crecen al ritmo que los pantalones se achican.  Nubes de conversaciones se inclinan como ramas cargadas de frutos carnosos, envueltos en la piel de
recuerdos.
Los caballos se lanzan veloces a galopar en el patio empedrado, giran como en un carrusel con  que se  arma el pentagrama  de los sucesos infantiles, donde la figura del abuelo, alta y ceremoniosa, juez de la vida y las hazañas,  se va dibujando en trazos finos deslavados, para ir llegando a toparse con la mítica imagen de  espalda tan amplia como una meseta, la  que sostiene la caída ominosa de terrosas bolsas de granos. La voz lenta, animosa, nos dice de cómo salva la vida del hermano, en su niñez de rodillas raspadas y uñas mordidas, el cual años más tarde, muere en un salto desde un techo sin violín alguno.
Narrando está mi padre, mientras el café en la taza va adquiriendo una tonalidad muy negruzca, azulada, como la noche que avanza sobre el crepúsculo de un día de invierno, en alguna ciudad puerto.

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 Clouds and Veins

The raindrops pattered with a languid, sleepy rhythm, veils of gray seeped through the glass, chilling the cups of coffee sipped slowly while the hand, tattooed with swollen veins, rivers frozen by the weight of age, bare of liquid, rested for a moment, clasped together, like trapezes at rest. The river of veins hides as the trees grow at the same pace as the trousers shrink. Clouds of conversation bend like branches laden with fleshy fruit, wrapped in the skin of memories.

The horses burst into a gallop across the cobbled courtyard, circling like a carousel, forming the musical staff of childhood memories. There, the figure of the grandfather, tall and ceremonious, judge of life and deeds, is sketched in fine, faded strokes, eventually colliding with the mythical image, his back as broad as a plateau, supporting the ominous fall of earthen sacks of grain. His slow, spirited voice tell he saved his brother’s life in his childhood, knees scraped and his nails bitten, a brother who, years later, died jumping from a roof, without a violin in sight.

My father is narrating, while the coffee in the cup takes on a very dark, bluish hue, like the night advancing over the twilight of a winter’s day in some port city.

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VII

Momento de gateo
refugio del pavor
el eco de los gritos o la oscuridad
las horas y el angustiado temor del hambre
calor cobijador de ciertas patas caninas
Aroma de recuerdo    bosque de abedules
perfumadas tardes acompañadas de pardos eucaliptos
mientras el frío se omitía
crecían en el vaho nubes de vapores otoñales
la lluvia se deslizaba en su sonido parco
sueño logrado por el vientre protector
que compartió su refugio
con ese niño que era yo

Ven perro, perro, sin un ladrido, desolación

El recuerdo es acción del cuento oral
algunas horas barridas en la angustia de los otros
mientras soñaba con suma placidez
                   tranquilidad del reposo
sobre el perro almohada de pelos cálidos
oscuridad y tibieza
Es posible que cierto lejano familiar
mordiese muslos que   bajaban de los trenes
en Treblinka o Auschwitz
rasgase pantalones junto con los músculos
en algún lugar cercado por el miedo:
Altamirano Trelew o Kosovo

Todo esto fue antes
que creciera la sombra de un bigote
y enfrentase otros dientes amenazantes
en alguna manifestación en contra o a favor.

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Whispers of Memory (fragment)

VII

Moment of crawling

refuge from terror

the echo of screams or the darkness

the hours and the anguished fear of hunger

the comforting warmth of certain canine paws

Scent of memory, birch forest

perfumed afternoons accompanied by brown eucalyptus trees

while the cold was omitted

clouds of autumnal vapors grew in the mist

the rain slid in its sparse sound

sleep achieved by the protective womb

that shared its refuge

with that child who was me

Come, dog, dog, without a bark, desolation

Memory is the action of oral storytelling

some hours swept away in the anguish of others

while I dreamed with utmost placidity

the tranquility of repose

on the dog, a pillow of warm fur

darkness and warmth

It is possible that a certain distant relative

bite thighs that came down from the trains

in Treblinka or Auschwitz

ripping trousers along with the muscles

somewhere surrounded by fear:

Altamirano, Trelew, or Kosovo

All this was before

the shadow of a mustache grew

and faced other threatening teeth

in some demonstration for or against.

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Los tiempos mezquinos (fragmento)

V

Los olivos murmuran
sobre las zanjas que fueron casas
o en los trozos de loza
que alguna vez
cobijaron redondos
panes árabes
que                     sonreían                     blanco
a los dientes.
Un trago lento y leve
de agua fresca
lavado el paladar
de ese café pastoso
un corto ademán
de entretejerse dedos
en el mismo momento
en que la explosión
hacía hondo
el instante del silencio.

Las bocas de todos los asesinados
fragmentan
a la historia
en un gemido largo.

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The Mean Times (excerpt)

V

The olive trees murmur

over the ditches that were once houses

or on the pieces of pottery

that once

sheltered round

Arabian loaves that smiled white

at the teeth.

A slow, light sip

of fresh water washes the palate

of that thick coffee, a brief gesture

of interlacing fingers

at the very moment

when the explosion

deepened

the instant of silence.

The mouths of all the murdered

fragment history

in a long moan.

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Dejando atrás

La ciudad se cubre los ojos
respira agitada entre el temor y la angustia.

Las nubes se llenan de pájaros oscuros
 revolotean sobre los cadáveres que van a existir.

La letanía de los mensajes penetra por las uñas,
se deslizan a través de las venas,
surcan el cuerpo afiebrando al miedo.

Huir de los otros cuerpos,
no acariciarse,
los ojos esquivos,
 mirar ese otro cuerpo los otros cuerpos,
las manos y sus pies
 con las náuseas del posible sufrimiento.

Las lajas de los cementerios
cubren con pesadez
el espíritu de los vecinos.
Las bocas respiran a través del tejido
no hablar no comer no besarse.

Los caballos atraviesan el horizonte a trote cansino,
pisan pesadamente en las osamentas de los deseos,
el cerrojo de las prohibiciones abre su boca ávida,
 hundir los dientes   revolotean los vampiros
las alas se llenan de tabúes,
mientras las sotanas marchan y marchan
al sonido de los tambores del pasado.

La ciudad y su gente se revuelve
arrullada por las hojas de los árboles afiebrados,
una nube abre su ojo y la lluvia humedece
los hombros las cabelleras los huesos los tejidos,
toda flota sobre ese río de las nubes.

El sol entibia los cuerpos,
el mío y el de ella
y jugamos al no me importa
mientras las pieles se sonríen,
se rebelan pintando nuevas pecas gozosas,
componen la música de los susurros y quejidos
dejan atrás las letanías de las prohibiciones.

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Leaving Behind

The city covers its eyes,

breathes raggedly between fear and anguish.

The clouds fill with dark birds,

fluttering above the corpses that are yet to come.

The litany of messages seeps through the fingernails,

slides through the veins,

rides the body, feverish with fear.

Fleeing from other bodies,

not touching each other,

eyes averted,

looking at that other body, those other bodies,

hands and feet,

with the nausea of ​​possible suffering.

The flagstones of the cemeteries

heavily cover

the spirits of the neighbors.

Mouths breathe through the fabric,

not speaking, not eating, not kissing.

Horses cross the horizon at a weary trot,

their feet crunch heavily on the bones of desires,

the bolt of prohibitions opens its eager mouth,

vampires flutter, sinking their teeth,

their wings fill with taboos,

while the cassocks march on and on

to the beat of the drums of the past.

The city and its people stir,

lulled by the leaves of feverish trees,

a cloud opens its eye and the rain dampens

shoulders, hair, bones, fabrics,

everything floats on that river of clouds.

The sun warms our bodies,

mine and hers,

and we play at not caring,

while our skin smiles,

rebels, painting new, joyful freckles,

composing the music of whispers and moans,

leaving behind the litanies of prohibitions

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Dolor y tiempo

El dedo pulgar de esa mano izquierda
refrenda el dolor
de una cantidad ampliada de días

La pinza de esos dedos ha aprisionado no pocas veces
frutos coloridos y jugosos
alguna carta que ha llegado del pasado
en esa larga travesía de los mares amorosos
para crear la cueva cálida
de mano con mano
 y atravesar la corriente fría de las despedidas
Una vuelta en el cerrojo de la propia puerta

El atardecer se carga en el vaho aceitoso
de los automóviles circulando
en las calles de esta ciudad
que anuda en su misterio diario
a muchos otros pulgares

El cuerpo susurra el tiempo. 

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Pain and Time

The thumb of that left hand

confirms the pain

of an expanded number of days

The pinch of those fingers has often grasped

colorful and juicy fruits

some letter that has arrived from the past

on that long voyage across the seas of love

to create the warm cave

hand in hand

and cross the cold current of farewells

A turn in the lock of one’s own door

The sunset is laden with the oily vapor

of the cars circulating

in the streets of this city

that binds in its daily mystery

many other thumbs

The body whispers time.

Translations by Stephen A. Sadow

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De la cubierta de la revista El móvil/From the cover of the El móvil magazine

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Las sinagogas de la Ciudad de Panamá/The Synagogues of Panama City

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Las sinagogas de Panamá son una especie de federación: si perteneces a una, perteneces a todas, sin importar tu afiliación como sefardí o asquenazí. En la Ciudad de Panamá, los judíos están unidos como una sola comunidad.

Los hermosos y amplios edificios de las sinagogas pueden albergar varias congregaciones. Shevet Ahim es el corazón de la comunidad sefardí panameña. En una de las fotografías, verás que al entrar al vestíbulo, puedes elegir entrar a uno de los diferentes santuarios (congregaciones) dentro del mismo edificio. Además, dado que el gran edificio de la sinagoga alberga diferentes congregaciones, en una fotografía puedes ver el horario de los servicios diarios, mostrando varios servicios disponibles para cada congregación en distintos horarios.

Nuestro guía nos comentó que la mayoría de los judíos en la Ciudad de Panamá son de Siria, pero que en los últimos 20 años, aproximadamente, algunos también han venido de Venezuela y Colombia. Nos comentó que Panamá es un país muy tolerante, ya que, como resultado, algunos judíos se han mudado a la Ciudad de Panamá desde Aventura, Florida, donde emigraron originalmente muchos judíos sudamericanos. Hay 65 restaurantes, cafeterías y empresas de catering kosher. Recorrimos un hermoso barrio judío llamado Punta Paitilla. Otro se llama Punta Pacífica. Ambos están compuestos por altos y lujosos edificios de apartamentos. Algunos de los edificios están ocupados 100% por judíos, de ahí el apodo de dos de ellos: “Kibbeh 1” y “Kibbeh 2”. La vida judía es evidente: la proximidad de los edificios de apartamentos a las sinagogas, los restaurantes kosher, los nombres de las clínicas y tiendas, etc.

Mi impresión general es que la comunidad judía es vibrante, muy cohesionada y generosa con sus instituciones, su gente y la comunidad de la Ciudad de Panamá en general. Por ejemplo, las sinagogas donan dinero a otras organizaciones sin fines de lucro y organizan comidas comunitarias semanales para personas necesitadas.

Judy Kalman, Curadora invitada, Fotógrafa Ex-presidenta de Congregation B’nai Shalom, Westborough, MA, EE.UU.

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The synagogues of Panama are a federation of sorts – – if you belong to one, you belong to all, no matter your affiliation as a Sephardic or Ashkenazi.  In Panama City, the Jews are united as one community.  

The beautiful large synagogue buildings may house several congregations.  Shevet Ahim is the heart of the Panamanian Sephardic community.  You’ll see in one of the photographs that when you enter the lobby, you can then choose to enter one of several different sanctuaries (congregations) within the same building.  Also, because the large synagogue building houses different congregations, in one photograph you can see a schedule of the daily services, showing several services available for each congregation at various times.  

Our guide told us that most of the Jews in Panama City are from Syria, but that in the last 20 years or so, some have come from Venezuela and Colombia as well.  He told us that Panama is very tolerant as, a result, some Jews have moved to Panama City from Aventura FL, to where many South American Jews had originally emigrated.  There are 65 kosher restaurants, cafes, and caterers.  We drove through a beautiful Jewish neighborhood called Punta Paitilla.  Another is called Punta Pacifica.  Both are composed of tall, luxurious apartment buildings.  Some of the buildings are 100% Jewish occupied, hence the nickname of two of these buildings are “Kibbeh 1” and “Kibbeh 2.”  Evidence of Jewish life is clear – the proximity of the apartment buildings to the synagogues, the kosher restaurants, the names on the clinics and stores, etc. 

My overall impression is that the Jewish community is vibrant, very cohesive, and generous to its institutions, people, and the greater Panama City community.  For example, the synagogues give money to other not for profits and run weekly community meals for people in need.

Judy Kalman, Guest Curator, Photographer. Former president of Congregation B’nai Shalom, Westborough, MA, USA.

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Esta obra del artista Nissim Bassan de Panamá ganó la competición de arte inspirado por el ataque del 7 de octubre./

This work by the Panamanian artist Nissim Bassan won the art competition for art inspired by the attack on October 7.

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Sinagoga Shevet Ahim — Exterior/Shevet Ahim Synagogue–Exterior

Foto de:/Photo from: www.Shevetahim.com.

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Sinagoga Central Shevet Ahim. Alberga varias sinagogas, ya que Shevet Ahim es una Federación de Sinagogas. Santuario.

Shevet Ahim Central synagogue. It houses several synagogues, because Shevet Ahim is a Federation of synagogues. Sanctuary.

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Interior

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La Sinagoga Ateret Yosef, que comparte estructura con Ahavat Sión en Paitilla, es una rama de la gran congregación Shevet Ahim, que une a la comunidad judía de la Ciudad de Panamá.

Ateret Yosef Synagogue, which shares a structure with Ahavat Sion in Paitilla. These congregations are a branch of the large Shevet Ahim umbrella that unites the Jewish community of Panama City. 

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Sinagoga Ateret Yosef. Santuario. Aron Hakodesh. Es de metal y se abre como una Torá./

Ateret Yosef Synagogue. Sanctuary. Aron Hakodesh. It is metal and opens like a Torah.

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Sinagoga Ateret Yosef que forma parte del grupo de la sinagoga Shevet Achim. Santuario./

Ateret Yosef synagogue. Part of the Shevet Achim synagogue group. Sanctuary.
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Sinagoga Ahavat Sion que forma parte del grupo de la sinagoga Shevet Achim. Santuario./


Ahavat Zion synagogue. Part of the Shevet Achim synagogue group. Sanctuary,

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Sinagoga Ahavat Sión/Ahavat Sion Synagogue

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Sinagoga Bet Max Ve Sara/Max ve Sara Sinagogue

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Sinagoga Bet Max ve Sarah./Max ve Sarah Synagogue

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Sinagoga Bet Max Ve Sara/Max ve Sara Sinagogue

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Mikve de la Sinagoga Bet Max Ve Sarah. Se considera la mikve más hermosa de la Ciudad de Panamá. Vestíbulo. /

Mikvah of the Synagogue Bet Max Ve Sarah. It is considered the most beautiful Mikvah in Panama City. Lobby.

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Mikve Synagoga Bet Max Ve Sarah

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Horario de los servicios en los sinagogas /Schedule of the services in the synagogues

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El barrio judío de la Ciudad de Panamá se llama Pallatin. Está bordeado por la Rue d’Italia. La mayoría de los edificios están ocupados casi al 100% por judíos y hay muchos restaurantes y supermercados kosher en la zona./

Jewish neighborhood of Panama City called Pallatin. It is boarded by the Rue d’Italia. Most of the buildings are 100% or close to 100% occupied by Jews and there are many kosher restaurants and supermarkets in the area.

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Otra vista/Another view

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