
Carla Guelfenbein
___________________________________________

__________________________________________________________
Carla Guelfenbein estudió biología en la Universidad de Essex. También estudió diseño gráfico en la Escuela de Arte St. Martin de Londres. De regreso en Chile, trabajó como directora de arte en BBDO y editora de moda en ELLE. Es autora de las novelas El revés del alma, La mujer de mi vida, El resto es silencio, Nadar desnudas, Contigo en la distancia y de varios cuentos que han aparecido en importantes revistas y antologías. Su obra ha sido traducida a 14 idiomas por las editoriales más prestigiosas de Europa. Guelfenbein es uno de los últimos fenómenos best-seller de la narrativa chilena. Su segunda novela desbancó a Dan Brown del primer puesto del ranking. Contigo en la distancia, ganó el importante premio Alfaguara, y se lanzó simultáneamente en España y Latinoamérica.
_________________________________________________
Carla Guelfenbein studied biology at Essex University. She also studied graphic design at St. Martin’s School of Art in London. Back in Chile she worked as Art director in BBDO and fashion editor at ELLE. She is the author of the novels El revés del alma, La mujer de mi Vida, El Resto Es Silencio, Nadar desnudas, Contigo en la distancia, and a number of short stories tenat have appeared in important magazines and anthologies. Her work has been translated into 14 languages by the most prestigious editorial houses in Europe. Guelfenbein is one of the last bestselling phenomenas of the Chilean narrative. Her second novel ousted Dan Brown in the top of the ranking. Contigo en la distancia, won the important Alfaguara prize, and was simultaneously launched in Spain and Latin America.
___________________________________________________
Contigo en la distancia — Resumen
Vera Sigall, ahora de 80 años, ha vivido una vida misteriosa y ascética, alejada del foco literario. Este poderoso personaje tiene un profundo impacto en quienes la rodean: Daniel, arquitecto, vecino y amigo suyo, infeliz en su matrimonio y su carrera; Emilia, una estudiante franco-chilena que viaja a Santiago para escribir una tesis sobre la esquiva Vera; y Horacio, un aclamado poeta con quien Vera tuvo un romance tumultuoso y apasionado en su juventud. A medida que Daniel, Emilia y Horacio cuentan sus historias, reconstruyen el pasado de Vera y buscan sus propias identidades.
______________________________________
With You in the Distance — Summary
Vera Sigall, now 80 years old, has lived a mysterious, ascetic life far from the limelight of literary circles. This powerful character has a profound effect on those around her — Daniel, an architect and her neighbor and friend, unhappy in his marriage and career; Emilia, a Franco-Chilean student who travels to Santiago to write a thesis on the elusive Vera; and Horacio, an acclaimed poet with whom Vera had a tumultuous, passionate affair in her youth. As Daniel, Emilia and Horacio tell their stories, they reconstruct Vera’s past and search for their own identities.
_______________________________________________________________________________
Capítulo 6
Mi tutor de la universidad me había conseguido una beca, pero esta apenas cubría mis gastos. Por eso, con algunos ahorros, me compré una bicicleta Pashley de se-gunda mano y me ofrecí para hacer de repartidora en la verdulería del barrio. Don José, el dueño, aceptó de inmediato. Era hijo de inmigrantes españoles llegados en el Winnípeg. Nunca había vivido en España, pero conserva-ba el acento que debió heredar de sus padres. Llevaba boina, bigotes y un par de suspensores, entre los cuales emergía una gruesa panza. A la verdulería se entraba bajando tres escalones, donde un gato negro solía recostar-se. Cada mañana, después de hacer el reparto, me dirigía en mi bicicleta hacia la Biblioteca Bombal, en la calle Condell.
El primer día, una mujer delgada y menuda me abrió la puerta. Sin ser del todo anciana, llevaba un bastón y tenía el cabello cano. Apenas entré, me hizo pasar a un cuarto ocupado casi enteramente por un escritorio de caoba. La luz entraba apenas, a través de unos largos cortinones de terciopelo. Todo allí parecía haberse asentado hacía largo tiempo, y los colores y las cosas se fundían en una sola materia uniforme.
La biblioteca había sido fundada por la heredera de una gran fortuna en los años cincuenta. Buscaban reunir y rescatar textos de narradoras y poetas latinoamericanas, pero también tenían una colección de poemas y cartas de mujeres anónimas de origen sajón del siglo XIX.
-Mi nombre es Rosa Espinoza. En qué puedo ayudarle -me dijo una vez que ambas estuvimos senta-das, ella uas el escritorio atestado de libros y yo frente a ella.
Me llamó la atención su nombre. O sus padres lo habían hecho a propósito -lo que habría sido una cruel-dad- o no se habían percatado de lo que hacían.
Nada más sentarme, la señora Espinoza comenzó a hacerme una retahíla de preguntas: dirección, edad, señas de mis tutores en Francia, estudios. Asuntos de esa índole. En su anticuado computador anotaba las respuestas con lenta severidad, mientras tras sus gafas me escrutaba como si dentro de mi morral ocultara una bomba.
-¿Y qué pretende hacer aquí? -me preguntó
por fin.
Se sacó los anteojos, los cerró y, sosteniéndolos como un arma punzante, cruzó los brazos sobre la mesa. Me resultaba difícil entender lo que estaba ocurriendo. Horacio Infante me había insistido en que tan solo tenía que llegar hasta ahí y comenzar a trabajar.
-¿No lo sabe realmente?
La mujer negó con un gesto de la cabeza. Sus aros de perlas dejaban caer destellos sobre sus hombros. Iba vestida de colores claros que hacían juego con su pelo cano. Permanecí en silencio. No quería hablar del verdadero motivo que me había llevado hasta allí. Resguarda-do en mi interior, los confines a los cuales podía llegar eran ilimitados. Nombrarlo, en cambio, hubiera sido una forma de apresarlo y mutilarlo. Por eso había ideado un proyecto que me sirviera de pantalla: catalogar los papeles y archivos que Vera Sigall había donado hacía dos años y que según las averiguaciones de monsieur Roche, habían permanecido intocados.
-Quizás, antes de explicarme, quiera servirse una taza de té.
Sus ojillos rodeados de arrugas brillaron con un raro fulgor.
-Me encantaría -dije, y ella desapareció.
A través de la gruesa cortina entornada divisé las ramas desnudas de los árboles que se recortaban contra el cielo gris, formando una filigrana. Un mundo de árboles sin estrellas, murmuré. Eran las últimas palabras de Javier, el personaje principal de la primera novela de Vera Sigall.
La señora Espinoza volvió con un hombre que, tras ella, sostenía una bandeja de plata con una tetera azul grisácea y dos tazas del mismo color. El hombre dejó la bandeja sobre el escritorio, ayudó a la señora Espinoza a desembarazarse de su bastón y luego a sentarse.
-Gracias, Efraín -sonrió ella-. Efraín es el jardinero, mi chofer y el guardián de todo esto -añadió después de que él hubo desaparecido.
El aroma del té con especias llenó la estancia. La señora Espinoza lo sirvió con parsimonia.
-Está un poco caliente, tenga cuidado -hizo una pausa y luego continuó-: Ahora tal vez pueda decirme cuál es el objetivo de su visita a este lugar.
Levantó la cabeza, esperando que de mis palabras surgiera algo inesperado pero a la vez conocido, como una paloma del sombrero de un mago.
-Lo que quiero hacer… -dije, y me detuve.
-Vamos, hable.
Su voz sonaba dulce pero firme.
Apoyó la cabeza en el respaldo de su silla y fijó sus ojos desprovistos de ornamentación en los míos.
-Bueno, lo que quiero es analizar los distintos sentidos de los astros y los planetas en los escritos de Vera Sigall. Descubrir su origen. Eso a grandes rasgos. Llevo un tiempo en este estudio y no he llegado muy lejos.
No sé por qué lo hice, pero frente a esa mujer nombré por vez primera lo que me había llevado hasta ahí. Lo que me había dado la fuerza para atravesar el charco. Tenía la intuición de que había algo oculto en las estrellas de Vera Sigall. Algo que traspasaba las narraciones, los personajes y sus historias. Incluso las palabras. Intuía también que, hallándolo, encontraría algo de mí misma. Era una percepción que resultaba tan vaga e inasible que muchas veces se desvanecía. Bajé los ojos. Las manos me sudaban.
-Apenas la vi, supe que Horacio Infante estaba equivocado, y que su verdadero objetivo no era catalogar la obra de Vera Sigall. Usted no tiene cara de catalogadora. Yo no sabía abrazar a las personas. Pero añoré haber podido hacerlo.
Junto a ella, recorrí la biblioteca, un inmueble de dos pisos de estilo inglés. El primero albergaba la amplia estancia dispuesta para los estudiosos. Una vitrina con un taburete que había pertenecido a Alfonsina Storni se asomaba en un rincón. Según me explicó la señora Espinoza, Alfonsina lo llevaba con ella en sus largas caminatas por los páramos y se sentaba en él a pensar. La biblioteca se encontraba en el segundo piso. Eran tres grandes salas y en una de ellas había un gran mueble con cajones, clasificados por autora. Alcancé a distinguir a algunas: Clarice Lispector, Elena Garro, Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik.
Al cabo de un rato, ya estaba sentada en el primer piso frente a una de las cajas que Vera Sigall había donado a la biblioteca. Me llamó la atención un grupo de fotografías sujetas con una cinta negra. Los retratos de Vera Sigall son escasos. La prensa y los editores suelen reproducir siempre el mismo, uno en que, tras una incisiva seriedad, pareciera querer ocultar su belleza. Deshice el nudo con cuidado. Eran cinco fotografías en blanco y negro. Cuatro de ellas mostraban a personas que me resultaron desconocidas. La quinta era una fotografía de Vera junto a sus padres, Arón y Emma Sigall. Es una imagen ovalada. La madre, de rostro grueso y tosco, mira hacia la cámara con expresión preocupada, como si el destino le deparara un futuro difícil y ella con reciedumbre lo anticipara. El padre, con un traje humilde de quien está acostumbrado al trabajo, observa la cámara con determi-nación y severidad. Vera, una niña de no más de siete años, despide un aire intranquilo, misterioso.
En uno de los libros más importantes editados so-bre la obra de Vera Sigall, Benjamín Moser -su autor-puntualiza que todo lo que se refiere a sus datos biográfi-cos es ambiguo y muchas veces contradictorio. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos años tenía cuando sus padres hu-yeron de la aldea de Chechelnik, en Ucrania, escapando de los pogromos. Según lo que él logró averiguar, llegaron a Moldavia por el río Dniester en una canoa. La exacta fecha de su arribo a Rumania y el viaje que hicieron después para llegar a Chile se pierden en una nebulosa. A lo largo de su vida, Vera se rodeó de enigmas y en las escasas entrevistas que aceptó, solía escudarse tras la misma res-puesta: «Mi gran misterio es que no tengo misterio».
Recuerdo la primera vez que leí uno de sus textos. El lenguaje mutaba en sus manos. Las palabras se reflejaban y reproducían unas a otras, como en las imágenes de los espejos cruzados, creando una sensación de desconcierto.
Dejé la fotografía sobre la mesa y cerré los ojos. Necesitaba absorber la emoción que me producía estar en el mundo de Vera Sigall. Pensé que tal vez había por fin encontrado mi lugar, entre esas paredes vetustas, entre las almas de todas esas mujeres. Allí nadie me alcanzaría. Nadie exigiría de mí lo que nunca podría darles.
Volví en mi bicicleta antes de que oscureciera. Los rayos de sol cruzaban el cielo como dardos, rebotando en mis ventanas de los altos edificios acristalados. Subía las escaleras hacia mi altillo, cuando me encontré con mis vecinos del piso nueve. Se presentaron como Juan y Franisco. Juan era alto y moreno, de modales pausados, vestía con escrupulosidad y elegancia. Francisco era bajo y for-aido, de mechas enhiestas y claras, ojos vivos, y en sus jeans gastados y en su suéter traía rezagos de pintura.
-Emilia Husson, ¿verdad? -me preguntó Juan.
.\.fe tendió una mano grande y oscura, con una amable formalidad. Yo asentí sin coger la suya. Él, leyendo quizás en mis ojos que no se trataba de un gesto de desdén, hizo caso omiso de mi falta y continuó-: Ya ves, hemos hecho nuestras averiguaciones con el conserje. Eres Emilia y vienes llegando de París.
-Bueno, no precisamente de París, vivo en Grenoble, pero para el caso supongo que da lo mismo.
Ambos sonrieron con franca simpatía.
-Hace más de un año que nadie vive en el altillo. Estábamos preocupados de quién podría llegar. Me alegro que seas tú, Emilia -dijo Juan mientras sacaba unas llaves de su bolsillo. -Esperamos verte seguido -dijo Francisco, y ambos desaparecieron tras la puerta de su departamento.
Cuando llegué a mi altillo, lavé los platos que había dejado de la cena y luego encendí mi computador. Tenía un largo mail de Jérome. Al día siguiente, partí a una de sus excursiones de montañismo. Esta vez intentaría llegar a la cima del Elbrús. Después de leerlo, le conté mi encuentro con the seńora Espinosa, el olor a polvo, la solemnidad de Efrain, el jardinero, el té aromático que mutó el orden de las cosas como un brebaje. También le conté de la fotografía de que había hallado, de sus ojos inquietos que parecían esperar algo.
__________________________________________________________

________________________________________________
Chapter 6.
My university advisor had gotten me a scholarship, but it barely covered my expenses. So, with some savings, I bought a secondhand Pashley bicycle and offered to work as a delivery girl for the neighborhood greengrocer. Don José, the owner, accepted immediately. He was the son of Spanish immigrants who had arrived on the Winnipeg. He had never lived in Spain, but he still had the accent he must have inherited from his parents. He wore a beret, a mustache, and a pair of suspenders, between which a thick belly peeked out. The greengrocer’s entrance was down three steps, where a black cat often lay. Every morning, after making my deliveries, I rode my bicycle to the Bombal Library on Condell Street.
The first day, a thin, petite woman opened the door for me. While not exactly elderly, she used a cane and had gray hair. As soon as I entered, she showed me into a room almost entirely occupied by a mahogany desk. Light filtered in, barely filtering through long velvet curtains. Everything there seemed to have settled long ago, and the colors and objects blended into a single, uniform mass.
The library had been founded in the 1950s by the heiress to a vast fortune. They sought to collect and preserve texts by Latin American women writers and poets, but they also had a collection of poems and letters by anonymous women of Anglo-Saxon origin from the 19th century.
“My name is Rosa Espinoza. How can I help you?” she said once we were both seated, she at the desk piled high with books and I across from her.
Her name caught my attention. Either her parents had chosen it on purpose—which would have been cruel—or they hadn’t realized what they were doing.
No sooner had I sat down than Mrs. Espinoza began bombarding me with questions: address, age, contact information for my guardians in France, education. Matters of that nature. She meticulously recorded my answers on her antiquated computer, while behind her glasses she scrutinized me as if I were hiding a bomb in my backpack.
“And what do you intend to do here?” she finally asked.
She took off her glasses, closed them, and, holding them like a sharp weapon, crossed her arms on the table. I found it difficult to understand what was happening. Horacio Infante had insisted that I simply had to get there and start working.
“Don’t you really know?”
The woman shook her head. Her pearl earrings shimmered on her shoulders. She was dressed in light colors that complemented her gray hair. I remained silent. I didn’t want to talk about the real reason that had brought me there. Sheltered within myself, the limits to which I could reach were boundless. To name it, however, would have been a way of imprisoning and mutilating it. That’s why I had devised a project to serve as a smokescreen: cataloging the papers and files that Vera Sigall had donated two years ago and which, according to Monsieur Roche’s investigation, had remained untouched.
“Perhaps, before I explain, you’d like to pour yourself a cup of tea.”
Her small, wrinkled eyes shone with a rare brilliance.
Vera Sigall. I thought that perhaps I had finally found my place, among those ancient walls, among the souls of all those women. There, no one could reach me. No one would demand of me what I could never give them.
I returned on my bicycle before dark. The sun’s rays crossed the sky like darts, bouncing off
the windows of the tall glass buildings. I was climbing the stairs to my loft when I ran into my neighbors from the ninth floor. They introduced themselves as Juan and Franisco. Juan was tall and dark-haired, with a measured manner, and dressed with meticulousness and elegance. Francisco was short and thin, with spiky, light-colored hair, lively eyes, and traces of paint on his worn jeans and sweater.
“Emilia Husson, right?” Juan asked me.
He extended a large, dark hand, with a polite formality. I nodded without taking his. He, perhaps reading in my eyes that it wasn’t a gesture of disdain, ignored my oversight and continued: “You see, we’ve checked with the concierge. You’re Emilia, and you’ve just arrived from Paris.”
“Well, not exactly from Paris, I live in Grenoble, but for all intents and purposes, I suppose it’s the same thing.”
They both smiled with genuine warmth.
“It’s been over a year since anyone has lived in the attic. We were worried about who might move in. I’m glad it’s you, Emilia,” said Juan as he took some keys from his pocket. “We hope to see you often,” said Francisco, and they both disappeared behind the door of their apartment.
When I got back to my attic, I washed the dishes I’d left from dinner and then turned on my computer. I had a long email from Jérôme. The next day, I left for one of his mountaineering excursions. This time I would try to reach the summit of Elbrus. After reading it, I told him about my encounter with Señora Espinosa, the smell of dust, the solemnity of Efraín, the gardener, the aromatic tea that altered the order of things like a brew. I also told him about the photograph I had found, about her restless eyes that seemed to be waiting for something.
_____________________________________________________________________________
Libros de Carla Guelfenbein/Books by Carla Guelfenbien






______________________________________________________________________________________














































