Myriam Moscona (1955) es poeta y periodista. Es autor de nueve libros, entre ellos Vísperas 1996), El que nada (México, 2006) y De par en par ( México, 2009). Su libro De frente y de perfil (DDF, México, 1996), presenta retratos literarios de 75 poetas mexicanos, con fotografías de Rogelio Cuéllar. Tela de sevoya (2012) y León de Lidia (2024) es una narración híbrida que entrelaza la memoria y la ficción; el telón de fondo del libro es el idioma familiar de Moscona, el ladino o el judeoespañol. Su secuencia de libro, Ivory Black (Negro marfil)”, traducido del español por Jen Hofer, recibió el Premio Harold Morton Landon 2012 de la Academia de Poetas Americanos. Moscona ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Traducción de Poesía; Ella es beneficiaria del Sistema Nacional de Creadores de Arte, y recibió una beca de la Fundación Guggenheim. Selecciones de su trabajo también se han traducido al alemán, italiano, francés, hebreo, árabe, ruso, búlgaro, chino y sueco.
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Myriam Moscona (1955) is a poet and journalist. She is the author of nine books, including Vísperas (1996), El que nada (Mexico, 2006) and De par en par (Mexico, 2009). Her book De frente y de perfil ( Mexico, 1996), presents literary portraits of 75 Mexican poets, with photographs by Rogelio Cuéllar. Tela de sevoya (2012) and León de Lidia (2024) are hybrid narratives that intertwine memory and fiction; the book’s backdrop is Moscona’s familiar language, Ladino or Judeo-Spanish. Her book sequence, Ivory Black (Negro marfil),” translated from Spanish by Jen Hofer, received the 2012 Harold Morton Landon Award from the Academy of American Poets. Moscona has received numerous awards, including the Aguascalientes Poetry Prize and the National Poetry Translation Prize; she is a beneficiary of the National System of Art Creators, and received a Guggenheim Foundation Fellowship. Selections of her work have also been translated into German, Italian, French, Hebrew, Arabic, Russian, Bulgarian, Chinese, and Swedish.
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“Tela de cebolla”
DISTANCIA DE FOCO
¿Todos los abuelos de la tierra hablarán con esos giros tan extraños? Esther Benaroya creció envuelta en ese español entreverado con palabras de otros mundos. El judeo-español no fue la lengua de sus estudios pero sí la que escuchó de sus padres y abuelos. Más adelante vino a hablarla lejos, “adonde arrapan al güerko: Meksiko? Meksiko era para mozotros, en la karta, solo un payis ke de la banda izkyedra le enkolgava una lingua larga kon el nombre de la Basha Kalifornia”. Al poco tiempo de su llegada, Esther Benaroya, la abuela paterna, decide ir a Sears Roebuck, aquella tienda departamental, abierta ante sus ojos alterados por luz de neón. Necesita comprar pasadores para aplacarse los rizos. Sube las escaleras eléctricas con un temor que nadie parece distinguir. Se encamina al segundo piso y, muy segura de lo que busca, aborda a una dependienta: “senyorita, kero merkar unas firketas para los kaveyos”. “¿Unas qué?” “trokas, firketas”. La empleada no alcanza a comprender. Desde hace algunas semanas, se aprendió la palabra “chingada” y luego “chingadera” pero ella prefiere el diminutivo: “chingaderika”. Así pues, se corrige: “kero unas chingaderikas, bre”. La empleada se sonroja y va disparada en busca del gerente. Esther Benaroya sale con un empaque de cartón lleno de pasadores con punta engomada. La hace feliz desesperar a la gente. Ya se la dicho que la palabra “chingadera” es una majadería en ese país, pero ella no se inmuta. Es su forma de decir “agora avlo vuestro espanyol komo lo avlash vosotros en la Espanya i en Meksiko”. Unos se escandalizan, otros la ignoran o se carcajean ante sus chifladuras. Antes de llegar a México, sólo podía decir que era un país lejano donde se usaban chapeos de charro y se comía picante en forma exagerada. “Dize el marido miyo ke los mushos le kedan kemando dospues de estas komidas de foegos” Al desembarcar en estas tierras pensó por un momento que todos los mexicanos eran de sangre judía. Todos hablaban español, esa lengua de los sefardís de Turquía y de Bulgaria. “Ama aki lo avlan malo, malo… no saven dezir las kozas kon su muzika de orijín”.
MOLINO DE VIENTO
En mi otra vida, la que recuerdo sólo en fragmentos, la que irrumpe a media mañana con mensajes de otros mundos, en esa vida, digo, me he visto al lado de un hombre que me recibe de frente y sin ningún miramiento comienza a desnudarse. Me ofrece todo lo que se quita. “Te regalo esta ropa vieja” –me dice. “Úsala aunque esté gastada”. Cuando me pruebo los pantalones siento cómo se me escurren del cuerpo, no hay forma de ceñirlos a mi cintura. “Usa otra parte de ti para apretarlos”, me dice pausadamente. Capto sus indicaciones. Llevo una trenza larga. Con un instrumento que él pone en mis manos, la corto de tajo. La trenza me sirve para tejer un cinturón y atarme la ropa al cuerpo. Es un hombre de mediana estatura. Ojos grandes, brillosos. Conozco su cara, sus gestos. Lo veo mirarme y siento un impulso casi incontrolable de abrazarlo. Hay algo que me detiene. Me tomo la cabeza con las manos, cierro los ojos cuando irrumpe su voz al leerme estas líneas de un libro en caracteres cirílicos: Quiero darte un consejo. Nunca pronostiques una muerte trágica en lo que escribes porque la fuerza de las palabras es tal, que ella, con su poder de evocación, te conducirá a esa muerte vaticinada. Yo he llegado a esta edad porque siempre he eludido hacer predicciones sobre mí mismo. Algo me hace explotar en llanto. Cuando vuelvo en mí, lo busco. Ya no está. Sólo aparece cuando lo olvido. ¿Lo olvido?
DISTANCIA DE FOCO
Muerto en su cama, en México, a sus cuarenta y siete años. Me prometió un cochecito de cuerda que se desliza por la pared y nunca me lo dio. Me regaló una muñeca con chaleco rojo a cuadros y pelo crespo. No me gustan las muñecas aunque ésta sabe decir algunas frases con una voz aguda y fea, pero ¡sabe hablar! Expulsa las palabras desde un disco interno, allí pego la oreja, sobre sus pechos duros, de plástico. Sus palabras y las de mi padre muerto son igual de falsas. Un rostro con líneas borrosas, apenas las distingo. Mi padre es de Plovdiv, una ciudad en las montañas de Bulgaria. Sé poco de él. Sé que de niño lo llevaron a vivir a Estambul, en su casa se hablaba ladino, volvió a Plovdiv ya en su juventud. Cuando comenzó la Segunda Guerra, a los judíos de Bulgaria se les impidió circular libremente por las calles; podían hacerlo dos o tres horas al día y volver al toque de queda, siempre a una hora convenida. Debían usar esa estrella amarilla pegada a su ropa. No en las mangas, como en Europa Central, sino arriba del pecho en un lugar muy visible para diferenciarse de los otros. Sus casas y negocios también debían distinguirse con claridad. Un ideólogo antisemita de Bulgaria de nombre Alexsander Belev (a quien le llamaban “el rey judío”), amigo cercano del representante de la Gestapo en su país, había pasado una temporada en la Alemania nazi para estudiar las leyes antisemitas. Era un convencido del exterminio judío, vivía ansioso de colaborar con ese “noble propósito” y desde el Ministerio del Interior se encargó de preparar la nueva política judía del Estado Búlgaro que mantenía en esos momentos excelentes relaciones con los nazis. Empezó a fertilizar el terreno para preparar los convoyes con buenos resultados, aunque a última hora se frustró su plan: el tren fue detenido y la gente que iba a ser entregada en los campos de concentración fue puesta en libertad. De uno de esos vagones, vagones, incrédulo, agradecido, descendió en 1943 mi padre, con sus ojos grandes, envuelto en un abrigo gastado, casi al incio de la primavera.
DEL DIARIO DE VIAJE
Algunos pasajeros del avión se parecen a mi familia materna. Boca ancha y el corte de huesos de la cara. Mientras se escuchan los avisos de aterrizaje pienso en aquellas cosas que debieran hacerse a solas. Ahora, en este tiempo, a esta edad, llegar a Bulgaria por primera vez. Hacer el recuento, pensar en las decenas de generaciones que vivieron en este país y hablaron el judezmo. Las palabras son frágiles y la memoria que tengo de ellas está rodeada de calor. Llega el avión a Sofia, rasgada por una lluvia delgada, constante. Hay algo que hace fricción. Es la memoria: el eslabón abierto de una larga cadena. Esa abertura que me une y me separa es la que me ha traído aquí. Ande topes una senyal, alevanta la kara. Eso hago en la sinagoga de la ciudad levantada en 1909. Subo la mirada a la lámpara más grande en los Balcanes: tiene 460 luces que equivalen a 460 plegarias. La influencia árabe, la sillería, las columnas verdes, los contrastes de tono. “This is the life”, dice el cuidador. “Our style is colorful, is warmer”. En el fondo, arriba del tabernáculo, hay una inscripción en hebreo. “Conoce frente a quién estás parado”. (Haga lo que haga, sé que Dios me mira, incluso en el baño me observa como un cíclope y yo le pido perdón. Suelto frente al tabernáculo un tembloroso “guay de mi-no”. Así, como me enseñó la abuela). A la salida, enciendo dos velas sobre un pequeño estanque de aceite. Una por ella y otra por él, como en los viejos tiempos. Doy la vuelta en la esquina, veo el nombre de la calle Ekzarh Yosif. Casi el de mi abuelo. Sonrío. ¿Mencioné a las dos madres? Ahora espero a una mujer mayor, reducida a un metro cincuenta. “En la chikez fui una mujer de alturas”, me dice cerrándome un ojo después de saludarme en la lengua que me hace evocar un título del escritor israelí de origen rumano Aharon Appelfeld: La herencia desnuda. Eso se aproxima al calor del judeo-español en sus capas cubrientes. Y luego la mujer con su voz nasal, venida de Pasarjik, a cien kilómetros de Sofia. Allí pasó su infancia. Yo, en cambio, en mi herencia desnuda, más allá de la lengua, en los cuerpos que rodean mi chikez, papá y mamá, traigo, digo, la necesidad de inventarles biografías porque los perdí de vista, por eso vine, porque me dijeron que aquí podría descubrir la forma de atar los cabos sueltos.
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FOCAL DISTANCE
Do all grandparents on Earth speak with such strange twists of phrase? Esther Benaroya grew up surrounded by that Spanish interspersed with words from other worlds. Judeo-Spanish wasn’t the language of her studies, but it was the one she heard from her parents and grandparents. Later, she came to speak it far away, “where they catch the güerko: Meksiko? Meksiko was for us, in the karta, only a peasant who from the left-wing gang would utter a long language called Basha Kalifornia.” Shortly after her arrival, Esther Benaroya, her paternal grandmother, decides to go to Sears Roebuck, that department store, opened before her neon-lit eyes. She needs to buy hairpins to tame her curls. She takes the escalator with a fear that no one seems to recognize. She heads up to the second floor and, very sure of what she’s looking for, approaches a saleswoman: “Lady, I want some firketas for the kids.” “Some what?” “Trucks, firketas.” The clerk doesn’t understand. A few weeks ago, she learned the word “chingada” and then “chingadera,” but she prefers the diminutive: “chingaderika.” So she corrects herself: “I want some chingaderikas, bre.” The clerk blushes and rushes off to find the manager. Esther Benaroya comes out with a cardboard box full of glue-tipped bobby pins. It makes her happy to drive people crazy. I’ve already told you that the word “chingadera” is a swear word in that country, but she doesn’t flinch. It’s her way of saying, “Now I have your Spanish, just like you have it in Spain and in Mexico.” Some are shocked, others ignore her or laugh at her antics. Before arriving in Mexico, all she could say was that it was a faraway country where people wore charro hats and ate spicy food to excess. “My husband says his muscles are burning after eating these fires.” Upon landing in these lands, she thought for a moment that all Mexicans were of Jewish blood. They all spoke Spanish, the language of the Sephardim of Turkey and Bulgaria. “My dear, they speak badly here, badly… they can’t sing their songs with their traditional music.”
WINDMILL
In my other life, the one I remember only in fragments, the one that bursts in mid-morning with messages from other worlds, in that life, I say, I have found myself next to a man who greets me head-on and without any consideration begins to undress. He offers me everything he takes off. “I’m giving you these old clothes,” he tells me. “Wear them even if they’re worn out.” When I try on the pants, I feel them slipping from my body; there’s no way to cinch them around my waist. “Use another part of you to tighten them,” he tells me slowly. I take his instructions. I have a long braid. With an instrument he places in my hands, I cut it short. I use the braid to weave a belt and tie the clothes to my body. He is a man of medium height. Large, shiny eyes. I know his face, his gestures. I see him looking at me and I feel an almost uncontrollable urge to hug him. There’s something that stops me. I hold my head in my hands and close my eyes as his voice breaks in, reading me these lines from a book in Cyrillic script: I want to give you some advice. Never predict a tragic death in what you write, because the power of words is such that, with their evocative power, they will lead you to that predicted death. I’ve reached this age because I’ve always avoided making predictions about myself. Something makes me burst into tears. When I come to, I look for it. It’s gone. It only appears when I forget it. Do I forget it?
FOCAL DISTANCE
Dead in his bed, in Mexico, at forty-seven years old. He promised me a wind-up car that slides along the wall and never gave it to me. He gave me a doll with a red checked vest and curly hair. I don’t like dolls, although this one can say a few phrases in a high-pitched, ugly voice, but it can talk! It ejects words from an internal disk; I press my ear to it, against its hard, plastic breasts. Its words and those of my dead father are equally false. A face with blurred lines, I can barely distinguish them. My father is from Plovdiv, a city in the mountains of Bulgaria. I know little about him. I know that as a child he was taken to live in Istanbul; Ladino was spoken in his house; he returned to Plovdiv in his youth. When World War II began, Bulgarian Jews were prevented from moving freely in the streets; they could do so for two or three hours a day and return at curfew, always at an agreed-upon time. They had to wear that yellow star attached to their clothing. Not on the sleeves, as in Central Europe, but above the chest in a highly visible place to distinguish them from others. Their homes and businesses also had to be clearly distinguished. An anti-Semitic ideologue from Bulgaria named Alexsander Belev (who was nicknamed “the Jewish king”), a close friend of the Gestapo representative in his country, had spent time in Nazi Germany studying anti-Semitic laws. He was convinced of the need to exterminate the Jews, eager to collaborate with that “noble purpose,” and from the Ministry of the Interior, he was in charge of preparing the new Jewish policy of the Bulgarian state, which at the time maintained excellent relations with the Nazis. He began to lay the groundwork for the convoys with good results, although at the last minute his plan was thwarted: the train was stopped, and the people who were to be handed over to the concentration camps were released. From one of those wagons, wagons, incredulous, grateful, my father descended in 1943, with his big eyes, wrapped in a worn coat, almost at the beginning of spring.
FROM THE TRAVEL DIARY
Some of the plane’s passengers resemble my maternal family. Wide mouths and the cut bones of their faces. As the landing announcements are heard, I think about those things that should be done alone. Now, at this time, at this age, arriving in Bulgaria for the first time. Taking stock, thinking about the dozens of generations who lived in this country and spoke Judezmo. Words are fragile, and the memory I have of them is surrounded by heat. The plane arrives in Sofia, torn by a light, constant rain. There’s something that creates friction. It’s memory: the open link in a long chain. That opening that unites and separates me is what brought me here. And when you touch a sign, raise your kara. That’s what I do in the city’s synagogue, built in 1909. I raise my gaze to the largest lamp in the Balkans: it has 460 lights, equivalent to 460 prayers. The Arabic influence, the ashlar, the green columns, the contrasting tones. “This is life,” says the caretaker. “Our style is colorful, it’s warmer.” In the background, above the tabernacle, there’s an inscription in Hebrew: “Know before whom you stand.” (Whatever I do, I know God is watching me; even in the bathroom, He watches me like a Cyclops, and I ask for His forgiveness. I let out a shaky “Woah de mi-no” in front of the tabernacle. Just like Grandma taught me.) On the way out, I light two candles over a small pool of oil. One for her and one for him, just like in the old days. I turn the corner and see the name of Ekzarh Yosif Street. Almost my grandfather’s name. I smile. Did I mention the two mothers? Now I’m waiting for an elderly woman, reduced to about five feet five inches. “As a child, I was a woman of heights,” she tells me, winking after greeting me in a language that evokes a title by the Romanian-born Israeli writer Aharon Appelfeld: The Naked Inheritance. That approximates the warmth of Judeo-Spanish in its covering layers. And then the woman with her nasal voice, from Pasarjik, a hundred kilometers from Sofia. That’s where she spent her childhood. I, on the other hand, in my naked heritage, beyond language, in the bodies that surround my child, my father and mother, I bring, I say, the need to invent biographies for them because I’ve lost sight of them, that’s why I came, because they told me that here I could discover the way to tie up the loose ends.
Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969, apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol. En 1973 recibió al Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras(1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010). “No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de miles de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”. Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años. En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una compilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.
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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969 apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol. En 1973 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras (1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010). “No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de millas de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”. Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años. En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una recopilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.
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El Segundo Templo Judío en Jerusalén/ The Second Jewish Temple in Jerusalem– 536 BC to 70 CE
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“El sembrador de estrellas”
Siempre esperando, pero sin buscar nada, sigue su camino.
Martín Buber, Yo y Tú
Él llegaba todas las mañanas a barrer el templo. Ésa había sido su tarea desde que tenía memoria, desde que su madre viniera a entregarlo como sirviente, desde las primeras espigas de la primera cosecha que recordaba y los primeros rayos del sol que mojaran sus ojos somnolientos acostumbrados a abrirse apenas antes del mediodía, desde la primera sangre tibia que salpicara sus rodillas y se le cuajara en la pupila atónita y el olfato asqueado. Todo estaba ya vivido, meado; no sabía desde dónde, ni cuándo el recuerdo se encontró ya ahí, completo en sus mínimos detalles, como una arquilla harto familiar cuyo contenido fuera desplegándose ante él sin titubeos ni faltantes. Y él lo reconocía, igual, sin vacilación alguna. De su cuartito en la parte baja de la ciudad hasta los umbra les del templo tenía que atravesar el serpenteo de callejuelas del barrio de teñidores, su olor acre y áspero, su desorden de paños abatanados, trapos percudidos y macetones floridos, y subir al alba para empezar un quehacer que, insensible y silencioso, pasó a transformarse en la razón de su existencia. Aprendió a levantarse aun antes de que despuntaran los rezos en la alta madrugada, antes de que la montaña y los senderos se cubrieran de rocío, ese súbito relente que en un cerrar de ojos descendía y desaparecía como el ondeo de un finísimo cendal antes de que el augur y el sacerdote empezaran con su trajín de fuentes, copas, tazones y vasos, y de hornillos, anafres, sebos y torcidas, antes, mucho antes de que nada, ni siquiera el revoloteo de cualquier palomilla parpadeara o chispeara bajo el cielo en esa invisible hora nocturna en que el aliento de las cosas quietas y de los seres vivos se pasma con asombro de recién parido. Salvo las estrellas, que nunca duermen y siempre están abiertas. Así fue como supo identificarlas, las más distantes y solitarias -porque las estrellas son lejanas entre si y caladas de soledad-, las pequeñas, las brillantes, las vagabundos-por la calle principal y que arrancaban casi desde el cruce de caminos donde venían a encontrarse las vías más importantes de la comarca con sus caravanas de mercaderes y peregrinos, para observarlas a su albedrío, sin prisa. Y no sólo por eso.
A esa hora, pues se le tenía prohibido acercarse al templo, embozado y silente, de tanto en tanto, llegaba el leproso ciego, aquel de quien se decía fue profeta y favorito entre reyes y sobre el que cayera el mal divino nunca se supo bien a bien a causa de cuáles transgresiones ocurridas en el santuario -lo sagrado es into cable muchacho, no intentes nunca cruzar el umbral ni descorrer el velo, aunque tire de ti, aunque te empuje su voz: resiste, date media vuelta, no mires, no alargues la mano-, aquel que hablaba con los espíritus y conocía el nombre de los ángeles y nombraba sin equívoco a cada uno de los moradores de la ciudad. Él le habló de ellas. Dijo que eran diosas, de ahí que parecieran tan vivas, y que cada una anhelaba en la tierra a su gemelo. Las había terribles, puntualizó, estrellas malditas devoradoras de almas, otras lascivas y melancólicas, insaciables todas, traviesas, sedientas de luz y almizcles, guerreras algunas, pastoras, tamborileras. Se hubiese dicho que hablaba de un fluido sutil que tras pasaba con su filigrana de murmullos las paredes de las casas y los sayos de sus habitantes, un fluido que religaba sin interrupción la vida de los espacios allá arriba y la de los meses y los días aquí abajo. Y él se fue habituando a mirar así, sin fragmentar, sin separar, como cuando barría después de los servicios del atardecer y con la basura de desperdicio que se mezclaban los objetos perdidos y rara vez reclamados, cinchos, fajas, pañuelos , saquitos llenos de sal o de especias aromáticas, piedras preciosas, fíbulas, arrancadas, amuletos, una variedad a find de cuentas bastante bastante finita de enseres basaban a formar parte de los bienes del templo y redistribuían a los menesterosos. Nunca había hurtado o codiciado nada para sí. Salvo la amatistas–su fuerza es sobrenatural, protegen a los hechizos y de la nostalgia–. para sembrarlas consagradas a alguna estrella y arbustos del huerto en la luna nueva. Después de la escalinatas barría las tres calzadas, limpiaba los espejos de agua, el gran atrio, y sólo al último penetraba en las salas de del santuario. Aguardaba no sabía qué exactamente y alargaba el momento de entrar seguro de que algo iba a detenerlo. Era una tirantez dentro del cuerpo que en ek origen con la espera del leproso, con la escucho de su paso firme y el leve golpe de su báculo al apoyarse. Pero más tarde, era justo cuando él partía que la expectativa se tornaba cas una zozobra, la certeza de ese algo inminente por ocurrir– desengáñate, el Destino nada tiene que con nuestras urgencias, y el llamado puede ni venir nunca. Aunque también, suele acontecer que ni siquiera nos percatemos del insta te en que se ha ofrecido–parecía caer sobre él como una mano pesado. Con los muchachos de su edad se fue a los bosques, a entregar su semilla en las hieródulas, a solazarse a bajo de las frondas en el deleite de los cuerpos, a buscarse en los juegos y en los sacrificios, las ofrendas y los festines. Un estupor vacío le quedaba al retorno. Y en la inmediatez del contentamiento su devoción fue concentrándose poco a poco hacia los misterios más ocultos del recinto sagrado, los rituales del encendido de las lámparas, la limpieza de los ceniceros, aspersorios y braserillos, el degüello de pichones y tórtolas, la calcinación de los panes ázimos. Le dieron una celda a un costado del patio de las purificaciones y, además, el cargo de portero. Empezó a rastrear en los gestos y miradas de los peregrinos y de aquellos que acudían regularmente a los servicios, un signo, el bruñido, la irisación de las creadoras estelares. Adivinaba, bajo los rasgos distintos de los rostros, una misma súplica, una misma distorsión, almas mustias y asoladas, corazones sonámbulos y acanallados, la bios codiciosos, pesadumbre en las mejillas, soberbia en las frentes, dolor, a veces una chispa de alegría, un reto, un mentís a lo irrevocable; la esperanza ávida, la paz. Tomaba a las mujeres según se le ofrecían, sin preguntas, cauteloso, porque sabía que era posible perderse en ellas sin restitución, y porque le atemorizaban esos seres secretos y sus indescifrables demandas. Si alguna quería quedarse, él objetaba sus quehaceres en el templo, su accesoria labor de hortelano, su constante vigilia, su espera.
Un día el profeta no regresó ni se supo más de su paradero, aunque un mil historias sobre su desaparición se contaron, que si lo habían visto en el Norte; que no, que hacia el Sur, del lado de los desiertos; que si recuperó la vista y bajo su pelliza no había ya señales del mal; que si fue arrebatado desde los cielos por un carro ígneo; que si tal que si cual. Fue entonces cuando él empezó a sentir su presencia mientras barría mientras sembraba. Creía ver sus mensajes entre las cenizas de los holocaustos, y escuchar su voz cuando hablaba con las estrellas -me traspasa un lejano llanto, un hueco abierto al desamparo, mí grito llama en todas las gargantas desde hace siglos, tan tos siglos. Todo termina y nada acaba, ¿en qué lecho tibio descansaremos por fin?-, cuando engarzaba las amatistas en la raíz de los rosales, los granados y los almendros. Quiso adquirir sabiduría y pidió al augur y al sacerdote que lo instruyeran. Aumentó la tesura en su cuerpo. El aprendizaje era lento largo. Le angustió saberse tan ignorante. La zozobra y la certeza eran una dolencia hermanada un pinchazo de espina viva en la sangre1 en el pensamiento. Había cumplido quinientas ochenta y ocho lunas y aún le era nebuloso su destino.
–Itamar despierta. El gallo ya cantó tres veces. Estás borracho…-
Ocurrió en la época de la sequía. La gente acudió desde alejadas comarcas acosada por el hambre y las epidemias para rogarle al Dios de la Montaña del Templo e implorar sus misericordias. Se corrió la voz de que en las cámaras interiores había reservas inmensas de trigo y aceite, y que se les daría provisión y vestido a los más necesitados: huérfanos, viudas y ancianos principalmente. Ni los sacerdotes ni los soldados del rey lograron contener a aquella masa afiebrada que, de penitente contrito -todas nuestras acciones influyen en el orden del universo, tanto si son para bien como si son para mal; incluso lo que fraguas en tu corazón y en tu mente dará su fruto tarde o temprano-, terminó por transformarse en una fauce arrasadora. ¿Qué caso tenía, frente a la extenuación, pedir arrepentimiento y ayuno; frente a la enfermedad y la muerte, fe y caridad? Saquearon los graneros de las casas ricas y asaltaron los corrales del palacio. Una lucha fratricida desmanteló incluso los cobertizos en los barrios pobres y en el ala del templo donde se cobijaban los animales para inmolar. Y de no haber sido por la lluvia intempestiva, el fuego hubiese dado cuenta de la ciudad entera. Fueron tres días de pesadilla con sus noches completas. Él llenaba los cálices del candelabro con el aceite de oliva cuando Ella entró. Venía herida y con las ropas chamuscadas. La lavó, le aplicó ungüentos y le frotó bálsamos, reconfortó su cuerpo con potingues y templó su ánimo con salmos y consejas. Tuvo la sensación de que nadaban a contracorriente y de que Ella no se dejaba rescatar. Él se reconoció en la profundidad de esas aguas lejanas, luminiscentes. Y la amó una tarde, en el huerto, in terminable atardecer, hasta que lo venció el sueño. Le habría pedido que se quedara, pero cuando el sacerdote lo sacudió para despertarlo imputándole ebriedad, Ella ya no estaba ahí junto a él, ni en ninguna parte. Salvo en el hueco de ternura que sus manos le dejaran sobre el rostro. en ninguna parte. Salvo en el hueco de ternura que sus manos le dejaran sobre el rostro
Corrieron ciento veintinueve lunas más. Aquellos sucesos formaban ya parte de las hablillas populares, que si la tormenta fue mila grosa, que si los justos y piadosos resucitaron, que si hasta hoy en día, en el templo, durante los rezos, las almas de los difuntos impenitentes aprovechan los susurros de los vivos para mezclar sus propias murmuraciones, sus propios pasos furtivos, pasos que se prolongan fuera, por las calles de la ciudad, incesante romper de olas menudas murmuraciones como aletas de peces flotando azulosas por en cima de las cabezas de los orantes. El cotidiano fluir no se había interrumpido. Los campos de algodón los avellanos la lana trasquilada y las nieves blanquearon el horizonte a su tiempo, y a su tiempo también se le blanqueó el cabello y se le serenaron los recuerdos. No así la espera de ese algo impreciso y cierto. El desasosiego y la mordedura se ahondaron con el estudio. Igual que la soledad -has pecado por cuanto no serviste a tu Dios con alegría y gozo de corazón, por la abundancia de todas las cosas-, y la carencia. Ahora era él quien sabía nombrar por su nombre a las estrellas y determinar su influjo en la vida de los hombres. Curandero reputado y escriba, llegaba, no obstante todas las mañanas, después de atravesar el serpenteo de callejuelas del barrio de curtidores, a barrer el templo. Y una madrugada, antes de que la montaña y los senderos se cubrieran de rocío, los vio subir por las anchas escalinatas de piedra. De inmediato supo quiénes eran. El niño tenía el mismo mirar de Ella, el fulgor, la sonrisa…
-Viene a quedarse contigo, Itamar. Es tu hijo.
Y desapareció, como aquella tarde, sin que él supiera cuándo mientras levantaba al niño en brazos.
Always waiting, but seeking nothing, he goes on his way.
Martin Buber, I and Thou
He came every morning to sweep the temple. That had been his task for as long as he could remember, since his mother came to hand him over as a servant, since the first ears of corn of the first harvest he remembered and the first rays of the sun that wet his sleepy eyes accustomed to opening just before noon, since the first warm blood that splashed his knees and coagulated in his astonished pupil and disgusted nose. Everything had already been lived, pissed on; he did not know from where, or when the memory was already there, complete in its smallest details, like a familiar little chest whose contents were unfolding before him without hesitation or lack thereof. And he recognized it, just the same, without any hesitation. From his little room in the lower part of the city to the threshold of the temple he had to cross the winding streets of the dyeing district, its acrid and harsh smell, its disorder of worn cloth, shabby rags and flower pots, and go up at dawn to begin a task that, insensible and silent, became the reason for his existence. He learned to rise even before the dawn of prayers, before the mountain and the paths were covered with dew, that sudden dew that in the blink of an eye descended and disappeared like the flutter of fine silk before the augur and the priest began their bustle of platters, goblets, bowls and glasses, and stoves, braziers, fats and twisted meats, before, long before anything, not even the fluttering of a moth, flickered or sparkled beneath the sky in that invisible night hour when the breath of still things and living beings is amazed with the wonder of a newborn. Except the stars, which never sleep and are always open. That was how he knew how to identify them, the most distant and solitary ones – because the stars are far away from each other and soaked in solitude -, the small ones, the bright ones, the vagabonds – along the main street and that started almost from the crossroads where the most important roads of the region met with their caravans of merchants and pilgrims, to observe them at his leisure, without hurrying. And not only for that.
At that hour, for he was forbidden to approach the temple, muffled and silent, from time to time there came the blind leper, he who was said to have been a prophet and a favourite among kings, and on whom divine evil fell no one knew for certain what transgressions had occurred in the sanctuary – what is sacred is untouchable, boy, never try to cross the threshold or draw back the veil, even if he pulls you, even if his voice pushes you: resist, turn around, do not look, do not reach out your hand – he who spoke with the spirits and knew the names of the angels and named unmistakably each one of the inhabitants of the city. He spoke to him of them. He said they were goddesses, that is why they seemed so alive, and that each one longed on earth for her twin. There were terrible ones, he pointed out, cursed stars that devoured souls, others lascivious and melancholic, all insatiable, mischievous, thirsty for light and musk, some warriors, shepherds, drummers. One would have said that he spoke of a subtle fluid that passed with its filigree of murmurs through the walls of the houses and the robes of their inhabitants, a fluid that linked without interruption the life of the spaces up there and that of the months and days down here. And he grew accustomed to looking like this, without fragmenting, without separating, as when he swept after the evening services and mixed with the rubbish of waste that was lost and rarely claimed, belts, sashes, handkerchiefs, bags full of salt or aromatic spices, precious stones, brooches, amulets, a variety of items that were quite finite and that were used to form part of the temple’s property and redistributed to the needy. He had never stolen or coveted anything for himself. Except the amethysts – their power is supernatural, they protect against spells and nostalgia – to plant them consecrated to some star and bushes in the garden during the new moon. After the steps he swept the three roads, cleaned the pools, the great atrium, and only at the end did he enter the halls of the sanctuary. He waited, not knowing what exactly, and he put off the moment of entering, certain that something would stop him. It was a tension inside his body that originally came from the wait of the leper, from the hearing of his firm step and the light knock of his staff as he leaned on it. But later, it was just when he left that the expectation became almost a feeling of anxiety, the certainty of something imminent about to happen – forget it, Destiny has nothing to do with our urgencies, and the call may never come. Although it also often happens that it does not even come. nowhere. Except in the hollow of tenderness that her hands had left on his face.
One hundred and twenty-nine more moons passed. Those events were already part of popular tales, that the storm was miraculous, that the just and pious were resurrected, that even today, in the temple, during prayers, the souls of the impenitent dead take advantage of the whispers of the living to mix their own murmurings, their own furtive steps, steps that continue outside, through the streets of the city, incessant breaking of small waves, murmurings like fish fins floating blue above the heads of those praying. The daily flow had not been interrupted. The cotton fields, the hazel trees, the shorn wool and the snows whitened the horizon in their time, and in their time his hair also whitened and his memories calmed down. Not so the wait for that something vague and certain. The restlessness and the dullness deepened with the study. As did the loneliness – you have sinned because you did not serve your God with joy and gladness of heart, for the abundance of all things – and the lack. Now it was he who knew how to name the stars and determine their abundance of all things, and lack. Now it was he who knew how to name the stars and determine their influence on the lives of men. A renowned healer and scribe, he nevertheless arrived every morning, after traversing the winding streets of the tanners’ quarter, to sweep the temple. And one morning, before the mountain and the paths were covered with dew, he saw them climbing the wide stone steps. He immediately knew who they were. The child had the same look as Her, the glow, the smile…
“He’s coming to stay with you, Itamar. He’s your son.”
And he disappeared, like that afternoon, without him knowing when as he lifted the child in his arms.
Nacido en 1930 en Connecticut, el rabino Marshall T. Meyer comenzó su lucha espiritual en Dartmouth College, donde tuvo la suerte de encontrar un maestro superlativo, Abraham Joshua Heschel, quizás el filósofo judío más influyente de su tiempo. Mientras el rabino Meyer creaba una gran comunidad judía en Argentina, se convirtió en uno de los pocos críticos abiertos de la represiva junta militar argentina que se apoderó del país. Fue el único no argentino designado para la Comisión Nacional de Investigación de Desaparecidos. Ganador del premio más alto de Argentina otorgado a un no ciudadano, fue una figura de renombre mundial que dinamizó el judaísmo estadounidense cuando regresó a Estados Unidos en 1985. Murió en 1993.
Jane Tsay
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Born in 1930 in Connecticut, Rabbi Marshall T. Meyer began his spiritual struggle at Dartmouth College, where he was fortunate enough to find a superlative teacher, Abraham Joshua Heschel, perhaps the most influential Jewish philosopher of his time. While Rabbi Meyer was creating a large Jewish community in Argentina, he became one of the few outspoken critics of the repressive Argentine military junta that took over the country. He was the only non-Argentine appointed to the National Commission for the Investigation of the Disappeared. Recipient of Argentina’s highest award granted to a non-citizen, he was a figure of world renown who energized American Judaism when he returned the the United States in 1985. He died in 1993.
Jane Tsay
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Cómo puedo quejarme de pesadillas? ¿Por qué mi corazón no se llena de gratitud? Después de todo, ninguno de mis hijos desapareció. Mi esposa no desapareció. No desaparecí. Sufro de insomnio; desde la adolescencia he padecido insomnio. (La mayor parte de mis pensamientos y meditaciones se concentran durante las horas nocturnas, en el silencio y la oscuridad). Es un pequeño precio a pagar por haber vivido en Argentina durante veinticinco años (1959-1984) y ser activo en la lucha por los derechos humanos. movimiento allí durante ese período agotador. En esa línea de siglo hubo quince presidentes, de los cuales sólo seis fueron elegidos en elecciones democráticas por el pueblo argentino. Siete presidentes representaron juntas militares que pisotearon no muy gradualmente los derechos civiles y humanos hasta llegar al punto más bajo del infierno entre 1976 y 1983.
¿Qué significa ser uno de los desaparecidos? ¿Quién lo sabía? ¿Quién hizo algo para ayudar? ¿Quién eligió a los que iban a desaparecer? ¿Hubo algún motivo para la desaparición? ¿Las desapariciones siguieron un patrón? ¿Cómo fue vivir en una ciudad altamente cosmopolita y sofisticada como Buenos Aires y escuchar en la escuela, en la universidad o en el trabajo que el niño o la niña (o el hombre o la mujer) que ayer estaba sentado a tu lado desapareció anoche? ¿Cómo es entrar al dormitorio de tu ser querido y encontrarlo no allí? ¿Ni hoy, ni mañana, ni nunca? ¿Cómo es estar de luto sin un cadáver que enterrar? ¿Cómo sería no tener la más mínima noción de lo que le pasó a tu hijo, o hija, o hermano, o hermana, o amigo?
Las tropas aliadas encontraron listas porque los nazis mantenían archivos completos de los prisioneros de los campos de concentración: quién fue incinerado y quién fue fusilado, quién fue gaseado y quién murió de hambre. Pero en Argentina las únicas listas que existen son esas listas incompletas hechas por los padres y familiares y amigos que lenta y tortuosamente decidieron que no ayudaban con su silencio a sus hijos ni a sus seres queridos; que simplemente no era cierto lo que tantas instituciones y personas decían: “Será mejor que no presentes un recurso de hábeas corpus porque sólo le pondrás las cosas más difíciles a tu hijo”; o “No es prudente acudir a la policía, ni al Ministerio del Interior, ni al ejército, ni a la marina, ni a la fuerza aérea. Sólo torturarán más a su hijo si lo hace. No haga escándalo. Ya veremos, dentro de unos días volverá a estar en casa”.
Quizás el peor dolor sea la duda persistente: ¿Soy culpable de algo? ¿Mi hijo o hija estuvo involucrado en una banda terrorista? Después de todo, todo el mundo dice: “Por algo será. En algo habrá estado metido”. (Debe haber alguna razón. Debe haber estado involucrado en algo.) Respondes tu propia respuesta: “Eso es ridículo. Sé perfectamente bien que no estuvo involucrado en ninguna organización política”.
Por otro lado, los periódicos y muchos otros sugieren que los terroristas de extrema izquierda matan a sus propios miembros para que no revelen ningún secreto. Otros afirman que muchas personas se han hecho desaparecer y se han escapado a otros países. “Pero mi hijo o mi hija no me harían eso. ¡No estábamos distanciados!”
Conforme va pasando el tiempo, empiezas a conocer a otras personas que te cuentan historias similares. A medida que pasan los años, cada vez más personas conocen a alguien que ha “desaparecido”. Si se leen los periódicos correctos (muy pocos) -“La Opinión”, el diario inglés “The Buenos Aires Herald”, “Nueva Presencia”-, los nombres de los desaparecidos comienzan a aparecer regularmente. Cada vez más editoriales y cartas a El editor apareció bajo el título “Nombre oculto”. Poco a poco se hace evidente que la nación se está convirtiendo en un infierno. La vida es insoportable para aquellos cuyos seres queridos han desaparecido. Los incómodos intentos de sus amigos por consolarlo a usted–nunca a costa de perder el sueño o el dinero o arriesgar la posición-hacen el infierno todo lo más insoportable.
Hay algún juez ocasional que intenta trabajar dentro del debido proceso legal, ese precioso proceso que es el último refugio de la jungla de la muerte totalitaria. Pero esos jueces también desaparecen. La gente dijo que ésta es una “guerra sucia” -como si alguna vez hubiera guerras “limpias”- y que la única manera de acabar con el terrorismo es mediante el uso del terror. No hubo muchas voces que proclamaran que eso engendra terror; que cuando un Estado emplea medios que anulan el debido proceso legal, el Estado mismo se convierte en un instrumento de terror. Lo más aterrador de todo fue que para la mayoría de los argentinos la vida seguía…El silencio era la consigna y la cobardía reinaba.
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CUANDO DECIR KADDISH-NO ESTÁ PERMITIDO
Quizás hayas leído sobre las “madres locas”, mujeres que llevaban bordados en sus pañuelos blancos los nombres de sus hijos desaparecidos y que caminaban en silencio todos los jueves a las 15.30 horas, alrededor del obelisco de la Plaza de Mayo. Cuando las madres de Plaza de Mayo acudían a los servicios en mi sinagoga, muy pocas personas caminaban con ellas. Podrías contarlos con unos pocos dedos. Sabes lo que significa cuando alguien a quien amas llega tarde a casa. Trate de imaginar cómo se siente cuando ha estado esperando durante seis o siete años, esperando recibir un cadáver sobre el cual decir Kaddish (la oración del doliente).
Un hombre entró en mi estudio, se arremangó y me mostró los números. “¿Por esto me salvaron de Auschwitz? Rabino, tengo una pregunta halájica (legal). Se llevaron a mis dos hijos. ¿Tengo derecho a decir Kadish?” Respondí: “¿Me lo preguntas como rabino, halájicamente?” “Sí”, dijo. Me tenía agarrado por el cuello en ese momento. Le dije: “Si no puedes probar que están muertos y sólo han pasado un par de meses, tienes que esperar”. Su respuesta angustiada: “¿Cómo puedes pedirme que espere más?” Él todavía está esperando.
BERLÍN NO DEBE SER OLVIDADA DE NUEVO
Al hablar públicamente contra las acciones del gobierno, sabía que estaba poniendo en peligro mi vida y la de mi familia. Por otro lado, sentí que estaría poniendo en peligro mi alma si permanecía en silencio. Cuando estuve en Argentina no tomé posiciones por una corriente política específica, sino que mi activismo emanó de las fuentes de mi propio judaísmo. Yo creía que si uno tomaba la Biblia en serio, simplemente no se podía ver suceder estas cosas y guardar silencio; no si eres un cristiano creyente o un judío creyente. Era parte integrante de mi propio judaísmo; Simplemente no podía callarme. Especialmente después de saber lo que había sucedido en Europa en los años del Holocausto.
Creo que yo, como rabino, no podría perdonarme si repitiera el silencio de los rabinos de Europa en los años treinta. Los enemigos de la paz y la justicia siempre se basan en el miedo y en el silencio de la población. Hoy en Argentina hay demasiadas fuerzas que intentan bloquear la luz de la esperanza de un mañana de paz y creatividad. Cada uno de nosotros tiene la santa obligación de mantener viva al menos una pequeña chispa de esta luz.
NO HAY PERDÓN-NINGUNO
Las fuerzas armadas de Argentina afirmaron que sólo la historia puede juzgar y determinar con precisión quién es responsable de los métodos injustos empleados y de las vidas inocentes perdidas. Este documento (que declara amnistía para los militares después de la “guerra sucia”), hermanos y hermanas judíos, es hilul hashem, una profanación y profanación del nombre de Dios. Aún más escandaloso, los autores de este documento tienen la audacia de utilizar el nombre de Dios, sugiriendo que Dios perdone a los subversivos, sin mencionar nada sobre los asesinos que mataron a tantos inocentes. Este documento es una profanación del nombre de Dios y su publicación trae una impureza radical a esta tierra y a esta república.
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How can I complain of nightmares? Why isn’t my heart filled with gratitude? After ali, none of my children disappeared. My wife didn’t disappear. I didn’t disappear. I suffer from insomnia-since adolescence I have been an insomniac. (Most of my thinking and meditating comes into focus during the night hours in the silence and darkness.) It is a small price to pay for having lived in Argentina for twenty-five years (1959-1984) and being active in the human rights movement there during that grueling period. That guarter of a century saw fifteen presidents, of whom only six were chosen in a democratic election by the people of Argentina. Seven presidents represented military juntas which not too gradually trampled on civil and human rights until the absolute nadir of hell was plumbed from 1976 until 1983.
What does it mean to be one of the disappeared? Who knew about it? Who did anything to help? Who chose the ones to disappear? Was there any reason for the disappearance? Did the disappearances follow a pattern? What was it like to live in a highly cosmopolitan, sophisticated city like Buenos Aires and to hear in school or at the university or at work that the boy or girl (or man or woman) who was sitting next to you yesterday disappeared last night? What is it like to walk into your loved one’s bedroom and find him or her not there; not today, not tomorrow, not ever? What is it like to be in mourning without a cadaver to bury? What would it be like not to have the slightest notion of what happened to your son, or daughter, or brother, or sister, or friend?
The allied troops found lists because the Nazis kept complete archives of the concentration camp inmates: who was cremated and who was shot, who was gassed and who died of starvation. But in Argentina the only lists that exist are those incomplete lists made by the parents and relatives and friends who slowly and torturously decided that they were not helping their children or loved ones with their silence; that what so many institutions and people were saying simply wasn’t true: “You’d better not present a writ of habeas corpus because you’ll only make things more difficult for your child;” or “It’s not wise to go to the Police, or the Ministry of Interior, or the Army, or the Navy, or the Air Force. They’ll only torture your child more if you do. Don’t make waves. You’ll see, in a few days he or she will be home again.”
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Perhaps the worst pain is the gnawing doubt: Am I guilty of something? Was my son or daughter involved in a terrorist gang? After al, everyone says: “Por algo será. En algo habrá estado metido.” (There must be some reason. He must have been involved in something.) You shoot back your own answer: “That’s ridiculous. I know perfectly well that he was not involved in any political organization.”
On the other hand, the newspapers and many others suggest that the extreme left-wing terrorists kill their own members so that they won’t divulge any secrets. Still others claim that many people have made themselves disappear, sneaking off to other countries. “But my son or daughter wouldn’t do that to me. We were not estranged!”
As time goes by, you begin to meet other people who tell you similar stories. As the years pass, more and more people know someone who has “disappeared.” If you read the right newspapers (very few in number)- “La Opinión,” the English daily “The Buenos Aires Herald,’ “Nueva Presencia”-the names of the disappeared begin to appear regularly. More and more editorials and letters to the editor appeared. under the byline “Name withheld” Slowly it becomes evident that the nation is turning into hell. Life is unbearable for those whose loved ones have disappeared. Awkward attempts by friends to console you never at the cost of losing any sleep or money or risking one’s position-make the hell all the more unbearable.
There is an occasional judge who tries to work within the due process of law, that precious process that is the last refuge from the jungle of totalitarian death. But those judges, too, disappear. The people told that this is a “dirty war”-as though there were ever “clean` wars-and that the only way to do away with terrorism is via the use of terror. There were not many voices proclaiming that engenders terror; that when a state employs means that abrogate the due process of law, the state itself becomes an instrument of terror. What was most frightening of all was that for most Argentines life went on…Silence was the watchword and cowardice reigned supreme.
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WHEN SAYING KADDISH-IS NOT PERMITTED
You may have read about the “mad mothers,” women who have the names of their missing sons and daughters embroidered on their white kerchiefs, and who walked in silence every Thursday at 3:30 P.M., around the obelisk in the Plaza de Mayo. When the mothers of the Plaza de Mayo carne to services at my synagogue, very few people were walking with them. You could count them on a few fingers. You know what it means when someone you love comes home late. Try to imagine how it feels when you have been waiting for six or seven years, waiting to receive a cadaver over which to say Kaddish (mourner’s prayer).
One man carne into my study, rolled up his sleeve, and showed me the numbers. “For this I was saved from Auschwitz? Rabbi, I have a halakhic (legal) question. They took my two sons. Do I have a right to say Kaddish?” l answered: “Are you asking me as a rabbi, halakhically?” “Yes,” he said. He had me by the throat at this point. I said: “If you can’t prove that they’re dead and it’s only been a couple of months, you’ve got to wait.” His anguished reply: “How can you ask me to wait any longer?” He is still waiting.
BERLIN MUST NOT RE FORGOTTEN
By speaking out publicly against the actions of the government, I knew that I was placing my life, and the life of my family, in jeopardy. On the other hand, I felt that I would be putting my soul in jeopardy if I stood silent. When I was in Argentina I didn’t take positions because of a specific political persuasion, but rather my activism emanated from the wellsprings of my own Judaism. If one was to take the Bible seriously, I believed, you just couldn’t watch these things happen and maintain silence; not if you’re a believing Christian or a believing Jew. I t was part and parcel of my own J Judaism; I just couldn’t shut up. Especially after knowing what had happened in Europe in the Holocaust years.
I believe that I, as a rabbi, could not forgive myself if I repeated the silence of the rabbis of Europe in the 1930s. The enemies of peace and justice always rely on fear and on the silence of the population. In Argentina today there are too many forces trying to block out the light of hope for a tomorrow of peace and creativity. Every one of us has the holy obligation to keep alive at least a small spark of this light.
NO FORGIVENESS-NONE
The armed forces of Argentina asserted that only history can accurately judge and determine who is responsible for the unjust methods employed and the innocent lives lost. This document (declaring amnesty for the military after the “dirty war”), Jewish brothers and sisters, is hilul hashem, a desecration and profanation of the name of God. Even more outrageous, the authors of this document have the audacity to use the name of God-suggesting that God should forgive the subversives, without mentioning anything about the murderers that killed so many innocent individuals. This document is a profanation of the name of God and its publication brings a radical impurity to this earth and this republic.
Eduardo Cohen nació en la Ciudad de México, en 1939. Se formó en la Academia de San Carlos, en el México City College (hoy Universidad de las Américas) y los talleres de dibujo y pintura de los maestros Arnold Belkin, Silva Santamaría, Antonio Rodríguez Luna y Muñoz Medina… Su obra estuvo cargada de pasión, sensualidad, humor, mirada crítica y una reiterada perspectiva irónica que intentaba despojar a los objetos y a los seres de esa pomposa solemnidad tras la que a menudo se esconden otras “realidades” distintas que Cohen se empeñó en descubrir al tiempo que construir. De ahí su inclinación hacia el dibujo expresionista como vía que opta por mostrar la realidad, no tal cual aparece a nuestros sentidos sino como la percibe una mirada intensamente subjetiva que cambia, trastoca y altera nuestras acostumbradas convenciones para expresar una emoción profundamente personal. La búsqueda constante de Cohen dio pie a una insólita versatilidad. Sus referencias eran explícitas: consciente de su admiración a Francis Bacon, Grosz, Góngora, Schielle y Orozco, por citar algunos ejemplos, exploraba esos caminos compartidos con el resultado de que tales referencias eran rebasadas finalmente al imponerse en su obra su sello absolutamente personal.Hacia fines de los años ochenta el dibujo minucioso deja paso a un ímpetu informalista de trazos violentos y simplificados a partir de los cuales su virtuosismo se manifiesta en una nueva y más libre vertiente… El pastel va a ser usado por Cohen cada vez con más frecuencia y ello da pie a que el color ingrese en su mundo plástico como un elemento a la vez enriquecedor y desafiante… En esos mismos años es cuando Cohen recibe la misión de pintar un mural para una sinagoga y realizar poco después dos series de vitrales para bibliotecas de escuelas judías. Estos encargos, además de estimularlo a una ardua labor de investigación en referencia a los temas elegidos –el ritual festivo judío, los profetas bíblicos y la creación del mundo según una libérrima interpretación del texto bíblico– lo vuelcan hacia el descubrimiento de la sensualidad del trabajo en dimensiones espaciales mayores. A su muerte, acaecida el 15 de junio de 1995, guardaba en su estudio cerca de tres mil obras.
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Eduardo Cohen was born in Mexico City, in 1939. He trained at the Academia de San Carlos, at the México City College (today the University of the Americas) and the drawing and painting workshops of the masters Arnold Belkin, Silva Santamaría, Antonio Rodríguez Luna and Muñoz Medina… His work was full of passion, sensuality, humor, a critical gaze and a repeated ironic perspective that attempted to strip objects and beings of that pompous solemnity behind which other different “realities” are often hidden that Cohen insisted on discovering. time to build. Hence his inclination towards expressionist drawing as a way that chooses to show reality, not as it appears to our senses but as it is perceived by an intensely subjective gaze that changes, disrupts and alters our usual conventions to express a deeply personal emotion. Cohen’s constant search gave rise to unusual versatility. His references were explicit: aware of his admiration for Francis Bacon, Grosz, Góngora, Schielle and Orozco, to name a few examples, he explored those shared paths with the result that such references were finally surpassed as his absolutely personal stamp was imposed on his work. Towards the end of the eighties, the meticulous drawing gave way to an informalist impetus of violent and simplified strokes from which his virtuosity manifested itself in a new and freer aspect… Pastel was going to be used by Cohen each time with more frequently and this gives rise to color entering his plastic world as an element that is both enriching and challenging… In those same years is when Cohen receives the mission of painting a mural for a synagogue and shortly after creating two series of stained glass for Jewish school libraries. These assignments, in addition to stimulating him to carry out arduous research work in reference to the chosen topics – the Jewish festive ritual, the biblical prophets and the creation of the world according to a very free interpretation of the biblical text – turned him towards the discovery of the sensuality of work. in larger spatial dimensions. At his death, on June 15, 1995, he kept nearly three thousand works in his studio.
Una familia de inmigrantes judíos en una comida en su nuevo hogar ecuatoriano en la década de 1940. (Cortesía Eva Zelig)/A family of Jewish immigrants at a meal in their new Ecuadorian home in the 1940s. (Courtesy Eva Zelig)
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Ecuador como refugio judío
Si bien muchos países hicieron menos de lo que podían cuando los judíos buscaron refugio del Holocausto, la pequeña nación sudamericana de Ecuador tuvo un impacto enorme. La antigua colonia española, que lleva el nombre del ecuador, se convirtió en un refugio improbable para entre 3.200 y 4.000 judíos entre 1933 y 1945. Pocos de estos refugiados sabían español al llegar, y muchos no lograban localizar su nuevo hogar en el mapa. Sin embargo, algunos emigrados lograron éxito en diversos campos, desde la ciencia hasta la medicina y las artes, ayudando a Ecuador a modernizarse en el camino. La creciente amenaza de Hitler y Mussolini estimuló la inmigración judía a Ecuador, apoyada por la pequeña comunidad judía local. El presidente José María Velasco Ibarra promovió el país como un destino para científicos y técnicos judíos alemanes repentinamente desempleados debido al antisemitismo nazi.
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El autor y académico radicado en Ecuador Daniel Kersffeld publicó un libro en español sobre esta historia poco conocida, “La migración judía en Ecuador: Ciencia, cultura y exilio 1933-1945”. “Inmigración judía en Ecuador: ciencia, cultura y exilio 1933-1945”. El autor examinó 100 relatos biográficos al escribir el libro. En una entrevista por correo electrónico, Kersffeld dijo que alrededor de 20 de las personas que describió tienen una importancia significativa para el desarrollo económico, científico, artístico y cultural de Ecuador. En plena forma. Entre ellos se encuentra el refugiado austriaco Paul Engel, quien se convirtió en un pionero de la endocrinología en su nueva patria. , manteniendo una carrera literaria separada bajo un seudónimo Diego Viga; Trude Sojka, superviviente del campo de concentración, que soportó la pérdida de casi toda su familia y se convirtió en una artista de éxito en Ecuador; y tres judíos italianos (Alberto di Capua, Carlos Alberto Ottolenghi y Aldo Muggia) que fundaron una empresa farmacéutica que sentó precedentes, Laboratorios Industriales Farmacéuticos Ecuatorianos, o LIFE.
Marcado por el Amazonas y los Andes, Ecuador no podría haber parecido un destino menos probable. Eso cambió después del pogromo de la Kristallnacht en Alemania y Austria en 1938, las Leyes Raciales en Italia el mismo año, la ocupación de gran parte de Checoslovaquia en 1939 y la caída de Francia en 1940. Ecuador se convirtió en “uno de los últimos países americanos en mantener abiertas sus fronteras”. la posibilidad de inmigración en sus distintos consulados en Europa”, escribe Kersffeld. “Una de las últimas alternativas cuando todos los demás puertos de entrada a las naciones americanas ya estaban cerrados”.
El cónsul en Estocolmo, Manuel Antonio Muñoz Borrero, expidió 200 pasaportes a judíos y fue admitido póstumamente en 2011 como el primer Justo entre las Naciones de su país en Yad Vashem. Otro cónsul, José I. Burbano Rosales en Bremen, salvó a 40 familias judías entre 1937 y 1940. Pero Muñoz Borrero y Burbano fueron relevados de sus deberes después de que el gobierno ecuatoriano supo que estaban ayudando a judíos. Burbano fue trasladado a Estados Unidos, mientras que Muñoz Borrero permaneció en Suecia y extraoficialmente continuó sus esfuerzos. Recientemente, el gobierno ecuatoriano honró a Muñoz Borrero cuando restableció al difunto diplomático como miembro de su cuerpo.
Daniel Kersffeld habla en una ceremonia del gobierno ecuatoriano en honor al difunto cónsul Manuel Antonio Muñoz Borrero el 9 de noviembre de 2018. Durante el Holocausto, Borrero rescató judíos a través de su puesto de cónsul en Suecia, pero el gobierno ecuatoriano lo despojó de su puesto. La ceremonia del 9 de noviembre lo reintegró como miembro del servicio exterior ecuatoriano./Daniel Kersffeld speaks at an Ecuadorian government ceremony honoring the late consul Manuel Antonio Munoz Borrero on November 9, 2018. During the Holocaust, Borrero rescued Jews through his position of consul in Sweden, but the Ecuadorian government stripped him of his position. The November 9 ceremony reinstated him as a member of the Ecuadorian foreign service. (Courtesy Daniel Kersffeld)
Inmigrantes judíos en el barco hacia Ecuador./Jewish immigrants on the boat to Ecuador. (Eva Zelig)
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“Creo que la mayoría [de los judíos] que fueron a Ecuador lo vieron como un trampolín”, dijo. “Nadie sabía dónde estaba en los mapas”. Pero, dijo, “siento una enorme gratitud. (Eva Zelig“/”I think most [Jews] who went to Ecuador saw it as a stepping-stone,” she said. “Nobody knew where it was on maps.”But, she said, “I feel tremendous gratitude. (Eva Zelig)
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Ecuador as a Shelter for Jews
While many countries did less than their all when Jews sought refuge from the Holocaust, the tiny South American nation of Ecuador made an outsized impact. Named for the equator, the former Spanish colony became an unlikely haven for an estimated 3,200-4,000 Jews from 1933 to 1945. Few of these refugees knew Spanish upon arrival, and many could not quite locate their new home on the map. Yet some emigres achieved success in diverse fields, from science to medicine to the arts, helping Ecuador modernize along the way. The growing menace of Hitler and Mussolini spurred Jewish immigration to Ecuador, supported by the small local Jewish community. President Jose Maria Velasco Ibarra promoted the country as a destination for German Jewish scientists and technicians suddenly unemployed due to Nazi anti-Semitism. Ecuador-based academic and author Daniel Kersffeld published a book in Spanish about this little-known story, “La migracion judia en Ecuador: Ciencia, cultura y exilio 1933-1945.” “Jewish Immigration in Ecuador: Science, Culture and Exile 1933-1945.” The author surveyed 100 biographical accounts in writing the book. In an email interview, Kersffeld said that around 20 of the individuals he profiled hold significant importance for Ecuador’s economic, scientific, artistic, and cultural development.They include Austrian refugee Paul Engel, who became a pioneer of endocrinology in his new homeland, while maintaining a separate literary career under a pseudonym; concentration camp survivor Trude Sojka, who endured the loss of nearly all of her family and became a successful artist in Ecuador; and three Italian Jews — Alberto di Capua, Carlos Alberto Ottolenghi and Aldo Muggia — who founded a precedent-setting pharmaceutical company, Laboratorios Industriales Farmaceuticos Ecuatorianos, or LIFE.
Kersffeld learned that LIFE’s co-founders had been expelled from Italy in 1938 after the passage of dictator Benito Mussolini’s anti-Semitic Racial Laws. He found they represented a wider story in Ecuador from 1933 to 1945 — “a larger number of Jewish immigrants who were scientists, artists, intellectuals or who were in distinct ways linked to the high culture of Europe.”
Marked by the Amazon and the Andes, Ecuador could not have seemed a less likely destination. That changed after the Kristallnacht pogrom in Germany and Austria in 1938, the Racial Laws in Italy the same year, the occupation of much of Czechoslovakia in 1939 and the Fall of France in 1940. Ecuador became “one of the last American countries to keep open the possibility of immigration in its various consulates in Europe,” Kersffeld writes. “One of the last alternatives when all the other ports of entry to American nations were already closed.” The consul in Stockholm, Manuel Antonio Munoz Borrero, issued 200 passports to Jews and was posthumously inducted in 2011 as his country’s first Righteous Among the Nations at Yad Vashem. Another consul, Jose I. Burbano Rosales in Bremen, saved 40 Jewish families from 1937 to 1940.But Munoz Borrero and Burbano were both relieved from their duties after the Ecuadorian government learned they were helping Jews. Burbano was transferred to the US, while Munoz Borrero stayed in Sweden and unofficially continued his efforts. Recently, the Ecuadorian government honored Munoz Borrero when it restored the late diplomat as a member of its fore.
Ecuador’s Jewish-exile community in the 1940s at the Equatorial monument in Quito, Ecuador
Emigrantes a Ecuador al campo/Jewish immigrantes to Ecuador in the countryside
Artista judío-checo-ecuatoriana Trude Sojke/Czech-Ecuadoran Jewish Artist Trude Sojke
Emigrante judío A Horvath que trajo la tecnología del transmisor radial a las selvas amazonas, cuando ayudaba a Shell Oil a buscar el petroleo durante los 1940s/ Jewish immigrant Al Horvath brought radio transmitter technology to the Amazon jungle in Ecuador while helping Shell Oil look for petroleum there in the 1940s. (Courtesy / Daniel Kersffeld)
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Adaptado de The Times of Israel/Adapted from the The Times of Israel
Judith Laikin Elkin was born in Baltimore MD in 1928; she had lived in Ann Arbor since 1980. Married for 47 years to Sol M. Elkin, who pre-deceased her. She was the mother of Alissa Ruth Leonard and the late Susannah (Stephen) Zisk. She is survived by four grandchildren: Sarah, Talia, and Abigail Leonard, and Sam Zisk. Educated in Detroit Public Schools and the Farband Folk Shule, Judith earned a BA in English from the University of Michigan (1948) and an MA in International Relations from Columbia University (1950). After raising her children, she returned to the University of Michigan to earn her Ph.D. in history (1976). Identifying a gap in historical studies, she founded the Latin American Jewish Studies Association to support research in that area and served as its president for 13 years. She was the author of numerous books and articles on this subject, including The Jews of Latin America, the foundational text for the field. Judith was one of the few women commissioned as a United States Foreign Service Officer prior to passage of the 1964 Civil Rights Act. She served as vice consul to India, Pakistan, Burma (Myanmar), Ceylon (Sri Lanka), and Afghanistan, where she traveled extensively. A memoir of her experiences was published as Krishna Smiled: Assignment in South Asia. She later was assigned to London, England, as visa officer, where she had experiences recounted in her memoir, Walking Made My Path. She resigned her commission in order to be free to marry and found a family. Back home in Detroit, she wrote a column on foreign affairs for the Detroit Free Press and Toledo Blade. From 1989 on, she was an associate of the Frankel Center for Judaic Studies at the University of Michigan. While conducting research as an independent scholar, Judith taught history and political science at Albion College, Wayne State University, Ohio State University, and The University of Michigan. She also held administrative positions at Albion College, Great Lakes Colleges Association, and Union Steel. She was encouraged in her work by grants and fellowships from the National Endowment for the Humanities, the Fulbright Association, Memorial Foundation for Jewish Culture, American Jewish Archives, American Association of University Women, Touro National Heritage Foundation, and American Council of Learned Societies. She served as an elected member of the Albion school board, the board of the Michigan Chapter of the Fulbright Association, and the board of the Jewish Community Center of Greater Ann Arbor. Ann Arbor News
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Judith Laikin Elkin nació en Baltimore MD en 1928; había vivido en Ann Arbor desde 1980. Casada durante 47 años con Sol M. Elkin, quien falleció antes que ella. Era la madre de Alissa Ruth Leonard y de la fallecida Susannah (Stephen) Zisk. Le sobreviven cuatro nietos: Sarah, Talia, Abigail Leonard y Sam Zisk. Educada en las Escuelas Públicas de Detroit y en Farband Folk Shule, Judith obtuvo una licenciatura en inglés de la Universidad de Michigan (1948) y una maestría en Relaciones Internacionales de la Universidad de Columbia (1950). Después de criar a sus hijos, regresó a la Universidad de Michigan para obtener su doctorado. en la historia (1976). Al identificar una brecha en los estudios históricos, fundó la Asociación de Estudios Judíos Latinoamericanos para apoyar la investigación en esa área y fue su presidenta durante 13 años. Fue autora de numerosos libros y artículos sobre este tema, incluido Los judíos de América Latina, el texto fundacional del campo. Judith fue una de las pocas mujeres comisionadas como funcionaria del Servicio Exterior de los Estados Unidos antes de la aprobación de la Ley de Derechos Civiles de 1964. Se desempeñó como vicecónsul en India, Pakistán, Birmania (Myanmar), Ceilán (Sri Lanka) y Afganistán, donde viajó mucho. Se publicó una memoria de sus experiencias como Krishna Smiled: Assignment in South Asia. Más tarde fue asignada a Londres, Inglaterra, como oficial de visas, donde contó sus experiencias en sus memorias, Walking Made My Path. Renunció a su cargo para poder casarse y fundar una familia. De regreso a Detroit, escribió una columna sobre asuntos exteriores para Detroit Free Press y Toledo Blade. A partir de 1989 fue asociada del Centro Frankel de Estudios Judaicos de la Universidad de Michigan. Mientras realizaba investigaciones como académica independiente, Judith enseñó historia y ciencias políticas en Albion College, Wayne State University, Ohio State University y The University of Michigan. También ocupó cargos administrativos en Albion College, Great Lakes Colleges Association y Union Steel. Su trabajo la alentaron las subvenciones y becas del Fondo Nacional de Humanidades, la Asociación Fulbright, la Fundación Memorial para la Cultura Judía, los Archivos Judíos Estadounidenses, la Asociación Estadounidense de Mujeres Universitarias, la Fundación del Patrimonio Nacional Touro y el Consejo Estadounidense de Sociedades Cultas. Se desempeñó como miembro electa de la junta escolar de Albion, la junta del Capítulo de Michigan de la Asociación Fulbright y la junta del Centro Comunitario Judío de Greater Ann Arbor. Ann Arbor News
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Judith Laikin Elkin nasceu em Baltimore, MD, em 1928; morava em Ann Arbor desde 1980. Casado há 47 anos com Sol M. Elkin, que faleceu antes dela. Ela era a mãe de Alissa Ruth Leonard e da falecida Susannah (Stephen) Zisk. Ela deixa quatro netos: Sarah, Talia, Abigail Leonard e Sam Zisk. Educada nas Escolas Públicas de Detroit e no Farband Folk Shule, Judith obteve bacharelado em Inglês pela Universidade de Michigan (1948) e mestrado em Relações Internacionais pela Universidade de Columbia (1950). Depois de criar os filhos, ela voltou para a Universidade de Michigan para obter seu doutorado. na história (1976). Identificando uma lacuna nos estudos históricos, ela fundou a Associação de Estudos Judaicos Latino-Americanos para apoiar pesquisas nessa área e serviu como sua presidente por 13 anos. Ela foi autora de vários livros e artigos sobre o tema, incluindo The Jews of Latin America, o texto fundador da área. Judith foi uma das poucas mulheres comissionadas como oficial do Serviço de Relações Exteriores dos Estados Unidos antes da aprovação da Lei dos Direitos Civis de 1964. Ela serviu como vice-cônsul na Índia, Paquistão, Birmânia (Myanmar), Ceilão (Sri Lanka) e Afeganistão, onde ele viajou muito. Um livro de memórias de suas experiências foi publicado como Krishna Smiled: Assignment in South Asia. Mais tarde, ela foi designada para Londres, Inglaterra, como oficial de vistos, onde contou suas experiências em seu livro de memórias, Walking Made My Path. Ele renunciou ao cargo para poder se casar e constituir família. Retornando a Detroit, ele escreveu uma coluna sobre relações exteriores para o Detroit Free Press e o Toledo Blade. A partir de 1989, ela foi associada do Centro Frankel de Estudos Judaicos da Universidade de Michigan. Enquanto conduzia pesquisas como acadêmica independente, Judith ensinou história e ciências políticas no Albion College, na Wayne State University, na Ohio State University e na University of Michigan. Ele também ocupou cargos administrativos no Albion College, na Great Lakes Colleges Association e na Union Steel. Seu trabalho foi incentivado por doações e bolsas do National Endowment for the Humanities, da Fulbright Association, da Memorial Foundation for Jewish Culture, dos American Jewish Archives, da American Association of University Women, da Touro National Heritage Foundation e do American Council of Sociedades Cultuadas. Ela serviu como membro eleito do conselho escolar de Albion, do conselho do Capítulo de Michigan da Associação Fulbright e do conselho do Centro Comunitário Judaico da Grande Ann Arbor. Ann Arbor News
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Books/Libros/Livros
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Judith Laikin Elkin. The Jews of Latin America. 3rd, Edition. Boulder, CO: Lynne Rienner, 2014, 296-301:
English/Español/Português:
The Challenge of Religion
Absence of a religious core to Jewish life came to be seen as a principal reason for the accelerating rate of exogamy, which brought with it the prospect of the disappearance of Judaism from the continent. Of course, the disappearance of Judaism is not the same as disappearance of Jews physically, and Jews differ as to Judaism’s enduring value. Persons “of Jewish descent” continue to live and thrive (or not) as citizens of their country of adoption, while memories of kehillah life retreat farther and farther beyond parents’ and grandparents’ horizons. Increasing numbers of Jews melt into national versions of the melting pot, while Orthodox Jews recoil from the “horror” of assimilation. A contest between very different proposed directions for Latin American Jewish life is ongoing at this time; two of several opposed religious visions are described here. The choices made will shape the way in which Jews adapt to, and are accepted by, Latin American societies.
Renewal
As leader of the newly founded Comunidad Bet El of Buenos Aires in the 1960s and 1970s, American rabbi Marshall Meyer took as his mission the renewal of Judaism and the reattachment of young secular Jews to Jewishness. Influenced by Liberation Theology-the realization of religious belief through social connection-Meyer worked to move the synagogue from the periphery or Argentine Jewish life to its center. He began by generating an atmosphere that would attract the entire family: men and women lo be incorporated into the religious service, and Hebrew prayers translated into Spanish. These innovations had been rejected when Meyer proposed them at Congregación Israelita de la República Argentina (CIRA) and were the cause of the congregational split.
Although he himself was educated in the Conservative movement, Meyer enlisted a Moroccan rabbi to provide himself with an Orthodox anchor. (Conservatism bridges Orthodoxy and Reform, retaining essential teachings of Judaism while allowing customs that are deemed obsolete to lapse.) With his help, Meyer founded a Seminario Rabinico to begin training young men (and eventually women) to fill the need for Spanish-speaking religious personnel educated in both religious and secular modes. Unlike rabbis imported from abroad, students at the Buenos Aires seminary would also matriculate at an Argentine university, closing the gap that formerly had existed between congregations and their spiritual leaders. The seminario opened a day school for elementary through high school grades, initiated adult education courses and a teacher training program, established a library of Judaica and Hebraica, and arranged for the translation of basic religious works from Hebrew into Spanish. The seminario began the revival of moribund congregational life by legitimizing a conversion process (still controversial) that brought spouses who had not been born Jewish into the community, instead of excluding members who married non-Jews. . .
Unlike would-be reformers of the Catholic Church, Conservative Jews had no institutional opponent in their effort to liberate Jews from a tradition they believed had lost its relevance to the modem world. In 1970, the Seminario Rabinico achieved full status as a seminary for the training of rabbis and became an affiliate of the Jewish Theological Seminary of New York, the academic, cultural, and religious center for Conservative Judaism. From then on, students and faculty transitioned between the Seminario and Comunidad Bet El. By 1988, some fifty Conservative congregations were functioning in Argentina, Chile, Peru, Brazil, Colombia, and Mexico, thirty of these with Seminario-trained rabbis and embraced over on hundred thousand congregants. By 2013, Seminary had ordained ninety rabbis, including 10 women. This growth was not the result of missionary activity, but occurred when existing synagogues realized that their survival depended on attracting new congregants and that these were joining the Conservative wave. At that point, many requested the seminario to recommend a rabbi to guide the conversation to a progressive interpretation of Judaism.
Marshall Mayer’s version of Conservative Judaism, combining religious faith and social action, filled a specific need in Argentine society. It attracted the children and grandchildren of leftist and secular Jews who had been alienated from religion because of its apparent disconnection from the problems of the day. Importantly, it provided an outlet for politically and socially aware Jews at a time when military oppression made political and social action dangerous. Meyer and the Seminario began a process from converting Judaism in Latin America from a set of rules and obligations without apparent relevance to the modern world to an ethical way of life informed by the past and applicable to contemporary life. By founding a rabbinical seminary for the training of spiritual leaders in a progressive mode, who are prepared to assume leadership roles in in their communities, Meyer also made it possible for Argentine Jews to accept an overture by the Church, should an opening occur.
Return
The contemporary turn to ultra-Orthodoxy, viewed as a return or tshuvah originated in the 1940s as an attempt to explain the ongoing horror of the Holocaust. As interpreted by Menahem Mendel Schneerson (1902-1994), seventh rebbe of the Chabad Lubavich dynasty, Jewish are going through a “spiritual holocaust: the secularization of Jewish life in America.” This spiritual impoverishment can be reversed by a return to authentic Jewish tradition, and only that return with bring about the advent of the Messianic Age. Under this banner, Chabad and other ultra-religious sects pioneered a global mission to transform seculars, liberals, and unbelievers into Orthodox Jews (these groups have no interest in converting non-Jews to Judaism) . . .
Orthodox emissaries are dispatched to live in areas where secularism and liberalism are believed to be decimating Jewish life. Chabad, writes Mary Topel, to awaken the spark of divinity, has transformed itself into a transnational empire with an aggressive policy of proselytization. These emissaries must keep the religious precepts themselves, setting an example of the moral life by fulfilling the commandments of halacha, including marrying and raising large families. Militants regard themselves as waging a spiritual war to awaken the spark of divinity that resides in every Jew but that has been covered over by the influence of the larger society. This militancy in the service of a righteous cause impels young missionaries to places like Mumbai, Kinshasa or São Paulo in order to locate non-observant Jews and them into a life of Jewish spirituality. The goal is the creation of new orthodox families and communities. These missions have been success in many cities across the Americas, of which São Paulo provides an example. In 1985, there were four orthodox rabbis in that city. In 2000, following the arrival of the Chabad missions, more than one hundred rabbis were active there. There were also fifteen new synagogues, three yeshivas, two religious academies for adults, facilities for kosher slaughter of meat, ritual baths, and five children’s schools, which had eclipsed the existing three secular schools. Kosher restaurants, bookstores and study centers had appeared by the 1990s, and rabbis were organizing youth activities, seminars, pizza parties, and other activities that attracted people who might not have been thinking about teshuva but who enjoyed getting together with other people like themselves. As more people connected to the hospitable Chabad Houses, Jewish spaces that had formerly been secular became Orthodox.
The movement responded to the needs of Jews who might have made it in the material world, but who were searching for transcendence in their spiritual lives, which they could not find in the Catholic ambience. Within Jewish spaces where they felt a sense of belonging, they accepted the leadership of rabbis who gave assurance of the unchanging values of Judaism, which had guided their ancestors and still could teach one how to live in the modem world. The evolution of the Hebrew schools, which in Sao Paulo, as elsewhere, had been secular, exemplifies Chabad’s proselytizing methods. In accord with an agreement with a philanthropist who contributed the necessary funds, the schools brought Orthodox teachers onto their staffs. Parents did not object: instead of making do with volunteer or underprepared teachers, their children would now be studying Judaism from knowledgeable rabbis. Charismatic teachers gained the students’ attention and their parents’ support. But these well-regarded teachers soon refused to teach girls in the existing mixed classes; then objected to teaching the children of mixed marriages, whom they did not consider Jewish. Bat mitzvah (the coming-of-age ceremony for girls, parallel to the bar mitzvah for boys) was downgraded by assigning the girls to a separate room and not allowing them to voice their prayers aloud. Principals who objected to these changes were silenced by their board in the interest of retaining the conditional financing. Unlike the comparable situation in Israel, where attempts to impose orthodoxy on the population have met with resistance, by the year 2000, Sao Paulo Jews were on their way to accepting orthodoxy.
Chabad was an early and enthusiastic adopter of technology. Its website carries a directory of Chabad centers worldwide (in 2012, there were eleven in Brazil, fifteen in Argentina, two in Venezuela, and one in Paraguay). Tabs on this site conveniently bring up lessons in Jewish law, sermons, kosher cookery, as well as the humorous stories that Hasidim tell to intrigue listeners and personalize religious concepts The tab marked “ask the rabbi” was deleted because it was receiving thousands of queries from non-Jews. Three groups Chabad particularly avoids: Pentecostals, people who believe they are descended from Marranos, and those who wish to convert to Judaism in order to qualify for emigration to Israel.
La ausencia de un núcleo religioso en la vida judía llegó a ser vista como la razón principal del ritmo acelerado de la exogamia, que trajo consigo la perspectiva de la desaparición del judaísmo del continente. Por supuesto, la desaparición del judaísmo no es lo mismo que la desaparición física de los judíos, y los judíos difieren en cuanto al valor perdurable del judaísmo. Las personas “de ascendencia judía” continúan viviendo y prosperando (o no) como ciudadanos de su país de adopción, mientras que los recuerdos de la vida en kehillah se alejan cada vez más de los horizontes de los padres y abuelos. Un número cada vez mayor de judíos se funden en versiones nacionales del crisol, mientras que los judíos ortodoxos retroceden ante el “horror” de la asimilación. En este momento está en curso una pugna entre direcciones propuestas muy diferentes para la vida judía latinoamericana. Aquí se describen dos de varias visiones religiosas opuestas. Las decisiones que se tomen determinarán la forma en que los judíos se adapten a las sociedades latinoamericanas y sean aceptados por ellas.
Renovación
Como líder de la recién fundada Comunidad Bet El de Buenos Aires en las décadas de 1960 y 1970, el rabino estadounidense Marshall Meyer asumió como misión la renovación del judaísmo y la reinserción de los jóvenes judíos seculares al judaísmo. Influenciado por la Teología de la Liberación (la realización de la creencia religiosa a través de la conexión social), Meyer trabajó para trasladar la sinagoga de la periferia de la vida judía argentina a su centro. Comenzó por generar un ambiente que atrajera a toda la familia: hombres y mujeres incorporados al servicio religioso, y oraciones hebreas traducidas al español. Estas innovaciones habían sido rechazadas cuando Meyer las propuso en la Congregación Israelita de la República Argentina (CIRA) y fueron la causa de la división entre congregaciones.
Aunque él mismo fue educado en el movimiento conservador, Meyer reclutó a un rabino marroquí para que le proporcionara un ancla ortodoxa. (El conservadurismo une la ortodoxia y la reforma, conservando las enseñanzas esenciales del judaísmo y al mismo tiempo permitiendo que caduquen costumbres que se consideran obsoletas). Con su ayuda, Meyer fundó un Seminario Rabínico para comenzar a capacitar a hombres jóvenes (y eventualmente a mujeres) para satisfacer la necesidad de estudiantes de habla hispana. personal religioso educado tanto en modalidad religiosa como secular. A diferencia de los rabinos importados del extranjero, los estudiantes del seminario de Buenos Aires también se matricularían en una universidad argentina, cerrando la brecha que antes existía entre las congregaciones y sus líderes espirituales. El seminario abrió una escuela diurna para los grados de primaria a secundaria, inició cursos de educación para adultos y un programa de formación de profesores, estableció una biblioteca de judaica y hebraica y organizó la traducción de obras religiosas básicas del hebreo al español. El seminario inició el resurgimiento de la moribunda vida congregacional al legitimar un proceso de conversión (aún controvertido) que incorporó a la comunidad a cónyuges que no habían nacido judíos, en lugar de excluir a los miembros que se casaron con no judíos. . .
A diferencia de los aspirantes a reformadores de la Iglesia católica, los judíos conservadores no tenían ningún oponente institucional en su esfuerzo por liberarlos de una tradición que creían que había perdido su relevancia para el mundo moderno. En 1970, el Seminario Rabínico alcanzó el estatus pleno de seminario para la formación de rabinos y se convirtió en afiliado del Seminario Teológico Judío de Nueva York, el centro académico, cultural y religioso del judaísmo conservador. A partir de entonces, los estudiantes y profesores hicieron la transición entre el Seminario y la Comunidad Bet El. En 1988, funcionaban unas cincuenta congregaciones conservadoras en Argentina, Chile, Perú, Brasil, Colombia y México, treinta de ellas con rabinos formados en el Seminario y acogían a más de cien mil feligreses. En 2013, el Seminario había ordenado noventa rabinos, incluidas diez mujeres. Este crecimiento no fue el resultado de la actividad misionera. Pero ocurrió cuando las sinagogas existentes se dieron cuenta de que su supervivencia dependía de atraer nuevos feligreses y que éstos se estaban uniendo a la ola conservadora. En ese momento, muchos pidieron al seminario que recomendara un rabino para guiar la conversación hacia una interpretación progresista del judaísmo.
La versión del judaísmo conservador de Marshall Mayer, que combinaba fe religiosa y acción social, satisfizo una necesidad específica de la sociedad argentina. Atrajo a los hijos y nietos de judíos izquierdistas y seculares que habían sido alienados de la religión debido a su aparente desconexión de los problemas de la época. Es importante destacar que proporcionó una salida para judíos política y socialmente conscientes en un momento en que la opresión militar hacía peligrosa la acción política y social. Meyer y el Seminario iniciaron un proceso para convertir el judaísmo en América Latina de un conjunto de reglas y obligaciones sin relevancia aparente para el mundo moderno a una forma de vida ética informada por el pasado y aplicable a la vida contemporánea. Al fundar un seminario rabínico para la formación de líderes espirituales de manera progresista, que estén preparados para asumir roles de liderazgo en sus comunidades, Meyer también hizo posible que los judíos argentinos aceptaran una propuesta de la Iglesia, en caso de que se produjera una apertura.
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O desafio da religião
A ausência de um núcleo religioso na vida judaica passou a ser vista como o principal motivo do ritmo acelerado da exogamia, que trouxe consigo a perspectiva do desaparecimento do judaísmo do continente. É claro que o desaparecimento do Judaísmo não é o mesmo que o desaparecimento físico dos Judeus, e os Judeus divergem quanto ao valor duradouro do Judaísmo. As pessoas “de ascendência judaica” continuam a viver e a prosperar (ou não) como cidadãos do seu país de adoção, enquanto as memórias da vida em kehillah se afastam cada vez mais dos horizontes dos pais e avós. Um número crescente de Judeus funde-se em versões nacionais do caldeirão cultural, enquanto os Judeus Ortodoxos recuam perante o “horror” da assimilação. Atualmente está em curso uma luta entre propostas de direções muito diferentes para a vida judaica latino-americana; Duas das várias visões religiosas opostas são descritas aqui. As decisões tomadas determinarão como os judeus se adaptarão e serão aceitos pelas sociedades latino-americanas.
Renovação
Como líder da recém-fundada Comunidade Bet El de Buenos Aires nas décadas de 1960 e 1970, o rabino americano Marshall Meyer assumiu como missão renovar o judaísmo e reintegrar jovens judeus seculares ao judaísmo. Influenciado pela Teologia da Libertação (a realização da crença religiosa através da conexão social), Meyer trabalhou para mover a sinagoga da periferia da vida judaica argentina para o seu centro. Começou criando um ambiente que atraiu toda a família: homens e mulheres incorporados ao serviço religioso e orações hebraicas traduzidas para o espanhol. Estas inovações foram rejeitadas quando Meyer as propôs na Congregação Israelita da República Argentina (CIRA) e foram a causa da divisão congregacional.
Embora ele próprio tenha sido criado no movimento conservador, Meyer recrutou um rabino marroquino para lhe fornecer uma âncora ortodoxa. (O conservadorismo une a Ortodoxia e a Reforma, preservando os ensinamentos essenciais do Judaísmo, ao mesmo tempo que permite que os costumes considerados obsoletos expirem.) Com a ajuda deles, Meyer fundou um Seminário Rabínico para começar a treinar jovens (e eventualmente mulheres) para atender à necessidade de estudantes de língua espanhola. pessoal religioso educado nos modos religioso e secular. Ao contrário dos rabinos importados do estrangeiro, os seminaristas de Buenos Aires também se matriculariam numa universidade argentina, fechando a lacuna que existia anteriormente entre as congregações e os seus líderes espirituais. O seminário abriu uma escola diurna para o ensino fundamental até o ensino médio, iniciou cursos de educação de adultos e um programa de formação de professores, estabeleceu uma biblioteca judaica e hebraica e organizou a tradução de obras religiosas básicas do hebraico para o espanhol. O seminário iniciou o renascimento da vida congregacional moribunda ao legitimar um processo de conversão (ainda controverso) que trouxe para a comunidade cônjuges que não nasceram judeus, em vez de excluir membros que se casaram com não-judeus. . .
Ao contrário dos pretensos reformadores da Igreja Católica, os judeus conservadores não tinham oponentes institucionais no seu esforço para os libertar de uma tradição que acreditavam ter perdido a sua relevância para o mundo moderno. Em 1970, o Seminário Rabínico alcançou o status pleno de seminário para a formação de rabinos e tornou-se afiliado do Seminário Teológico Judaico de Nova York, o centro acadêmico, cultural e religioso do Judaísmo Conservador. A partir de então, alunos e professores fizeram a transição entre o Seminário e a Comunidade Bet El. Em 1988, cerca de cinquenta congregações conservadoras funcionavam na Argentina, Chile, Peru, Brasil, Colômbia e México, trinta delas com rabinos formados no Seminário. e acolheu mais de cem mil paroquianos. Em 2013, o Seminário ordenou noventa rabinos, incluindo dez mulheres. Este crescimento não foi resultado da atividade missionária. Mas isso aconteceu quando as sinagogas existentes perceberam que a sua sobrevivência dependia da atração de novos fiéis e que estavam a aderir à onda conservadora. Na época, muitos pediram ao seminário que recomendasse um rabino para orientar a conversa em direção a uma interpretação progressista do Judaísmo.
A versão do judaísmo conservador de Marshall Mayer, que combinava fé religiosa e ação social, atendeu a uma necessidade específica da sociedade argentina. Atraiu filhos e netos de judeus esquerdistas e seculares que haviam sido alienados da religião devido à sua aparente desconexão com as questões da época. É importante ressaltar que proporcionou uma saída para judeus política e socialmente conscientes numa época em que a opressão militar tornava perigosa a acção política e social. Meyer e o Seminário iniciaram um processo para converter o Judaísmo na América Latina de um conjunto de regras e obrigações sem relevância aparente para o mundo moderno para um modo de vida ético informado pelo passado e aplicável à vida contemporânea. Ao fundar um seminário rabínico para a formação de líderes espirituais de forma progressiva, preparados para assumir funções de liderança em suas comunidades, Meyer também possibilitou que os judeus argentinos aceitassem uma proposta da Igreja, em caso de abertura.
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Retorno
El giro contemporáneo hacia la ultra-ortodoxia, visto como un retorno o tshuvá, se originó en la década de 1940 como un intento de explicar el horror actual del Holocausto. Según lo interpreta Menahem Mendel Schneerson (1902-1994), séptimo Rebe de la dinastí Jabad Lubavich, los judíos están atravesando un “holocausto espiritual: la secularización de la vida judía en Estados Unidos.” Este empobrecimiento espiritual puede revertirse mediante un retorno a la auténtica tradición judía, y sólo ese retorno traerá el advenimiento de la Era Mesiánica. Bajo esta bandera, Jabad y otras sectas ultra-religiosas fueron pioneras en una misión global para transformar a seculares, liberales e incrédulos en judíos ortodoxos (estos grupos no tienen ningún interés en convertir a los no judíos al judaísmo). . .
Se envían emisarios ortodoxos a vivir en zonas donde se cree que el secularismo y el liberalismo están diezmando la vida judía. Jabad, escribe Mary Topel, para despertar la chispa de la divinidad, se ha transformado en un imperio transnacional con una agresiva política de proselitismo. Estos emisarios deben guardar los propios preceptos religiosos, dando ejemplo de vida moral cumpliendo los mandamientos de la halajá, incluido casarse y formar familias numerosas. Los militantes se consideran a sí mismos librando una guerra espiritual para despertar la chispa de la divinidad que reside en cada judío pero que ha sido cubierta por la influencia de la sociedad en general. Esta militancia al servicio de una causa justa impulsa a jóvenes misioneros a lugares como Mumbai, Kinshasa o São Paulo para ubicar a los judíos no observantes y a ellos en una vida de espiritualidad judía. El objetivo es la creación de nuevas familias y comunidades ortodoxas. Estas misiones han tenido éxito en muchas ciudades de América, de las cuales São Paulo es un ejemplo. En 1985 había cuatro rabinos ortodoxos en esa ciudad. En el año 2000, tras la llegada de las misiones de Jabad, más de cien rabinos estaban activos allí. También hubo estaban activos allí. También había quince nuevas sinagogas, tres ieshivá, dos academias religiosas para adultos, instalaciones para el sacrificio de carne kosher, baños rituales y cinco escuelas para niños, que habían eclipsado a las tres escuelas seculares existentes. En la década de 1990 habían aparecido restaurantes, librerías y centros de estudio kosher, y los rabinos organizaban actividades para jóvenes, seminarios, fiestas con pizza y otras actividades que atraían a personas que quizá no estaban pensando en la teshuvá pero que disfrutaban de reunirse con otras personas como ellos. A medida que más personas se conectaron a las hospitalarias Casas de Jabad, los espacios judíos que antes habían sido seculares se volvieron ortodoxos.
El movimiento respondió a las necesidades de los judíos que podrían haber triunfado en el mundo material, pero que buscaban una trascendencia en su vida espiritual que no podían encontrar en el ambiente católico. Dentro de los espacios judíos donde sintieron un sentido de pertenencia, aceptaron el liderazgo de rabinos que les daban seguridad de los valores inmutables del judaísmo, que habían guiado a sus antepasados y todavía podían enseñarles a uno cómo vivir en el mundo moderno. La evolución de las escuelas hebreas, que en Sao Paulo, como en otros lugares, había sido secular, ejemplifica los métodos proselitistas de Jabad. Según un acuerdo con un filántropo que aportó los fondos necesarios, las escuelas incorporaron profesores ortodoxos a su plantilla. Los padres no pusieron objeciones: en lugar de conformarse con maestros voluntarios o mal preparados, sus hijos ahora estudiarían judaísmo con rabinos expertos. Maestros carismáticos obtuvieron ron la atención de los estudiantes y el apoyo de sus padres. Pero estos profesores bien considerados pronto se negaron a enseñar a niñas en las clases mixtas existentes; Luego se opuso a enseñar a los hijos de matrimonios mixtos, a quienes no consideraban judíos. Bat mitzvah (la ceremonia de mayoría de edad para las niñas, paralela al bar mitzvah para los niños) fue degradada al asignar a las niñas a una habitación separada y no permitirles expresar sus oraciones en voz alta. Los directores que se opusieron a estos cambios fueron silenciados por su junta directiva con el fin de conservar la condicional financiación. A diferencia de la situación comparable en Israel, donde los intentos de imponer la ortodoxia a la población han encontrado resistencia, en el año 2000 los judíos de Sao Paulo estaban en camino de aceptar la ortodoxia.
Jabad fue uno de los primeros y entusiastas en adoptar la tecnología. Su sitio web contiene un directorio de centros de Jabad en todo el mundo (en 2012, había once en Brasil, quince en Argentina, dos en Venezuela y uno en Paraguay). Pestañas en este sitio ofrece convenientemente lecciones de ley judía, sermones, cocina kosher, así como historias humorísticas que los jasidim cuentan para intrigar a los oyentes y personalizar conceptos religiosos. La pestaña marcada “pregúntale al rabino” se eliminó porque estaba recibiendo miles de consultas de no -judíos. tres grupos. Jabad evita particularmente: los pentecostales, las personas que creen que descienden de los marranos y aquellos que desean convertirse al judaísmo para calificar para emigrar a Israel.
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O desafio de la religião
A ausência de um núcleo religioso na vida judaica passou a ser vista como o principal motivo do ritmo acelerado da exogamia, que trouxe consigo a perspectiva do desaparecimento do judaísmo do continente. É claro que o desaparecimento do Judaísmo não é o mesmo que o desaparecimento físico dos Judeus, e os Judeus divergem quanto ao valor duradouro do Judaísmo. As pessoas “de ascendência judaica” continuam a viver e a prosperar (ou não) como cidadãos do seu país de adoção, enquanto as memórias da vida em kehillah se afastam cada vez mais dos horizontes dos pais e avós. Um número crescente de Judeus funde-se em versões nacionais do caldeirão cultural, enquanto os Judeus Ortodoxos recuam perante o “horror” da assimilação. Atualmente está em curso uma luta entre propostas de direções muito diferentes para a vida judaica latino-americana, Duas das várias visões religiosas opostas são descritas aqui. As decisões tomadas determinarão como os judeus se adaptarão e serão aceitos pelas sociedades latino-americanas.
Renovação
Como líder da recém-fundada Comunidade Bet El de Buenos Aires nas décadas de 1960 e 1970, o rabino americano Marshall Meyer assumiu como missão renovar o judaísmo e reintegrar jovens judeus seculares ao judaísmo. Influenciado pela Teologia da Libertação (a realização da crença religiosa através da conexão social), Meyer trabalhou para mover a sinagoga da periferia da vida judaica argentina para o seu centro. Começou criando um ambiente que atraiu toda a família: homens e mulheres incorporados ao serviço religioso e orações hebraicas traduzidas para o espanhol. Estas inovações foram rejeitadas quando Meyer as propôs na Congregação Israelita da República Argentina (CIRA) e foram a causa da divisão congregacional.
Embora ele próprio tenha sido criado no movimento conservador, Meyer recrutou um rabino marroquino para lhe fornecer uma âncora ortodoxa. (O conservadorismo une a Ortodoxia e a Reforma, preservando os ensinamentos essenciais do Judaísmo, ao mesmo tempo que permite que os costumes considerados obsoletos expirem.) Com a ajuda deles, Meyer fundou um Seminário Rabínico para começar a treinar jovens (e eventualmente mulheres) para atender à necessidade de estudantes de língua espanhola. pessoal religioso educado nos modos religioso e secular. Ao contrário dos rabinos importados do estrangeiro, os seminaristas de Buenos Aires também se matriculariam numa universidade argentina, fechando a lacuna que existia anteriormente entre as congregações e os seus líderes espirituais. O seminário abriu uma escola diurna para o ensino fundamental até o ensino médio, iniciou cursos de educação de adultos e um programa de formação de professores, estabeleceu uma biblioteca judaica e hebraica e organizou a tradução de obras religiosas básicas do hebraico para o espanhol. O seminário iniciou o renascimento da vida congregacional moribunda ao legitimar um processo de conversão (ainda controverso) que trouxe para a comunidade cônjuges que não nasceram judeus, em vez de excluir membros que se casaram com não-judeus. . .
Ao contrário dos pretensos reformadores da Igreja Católica, os judeus conservadores não tinham oponentes institucionais no seu esforço para os libertar de uma tradição que acreditavam ter perdido a sua relevância para o mundo moderno. Em 1970, o Seminário Rabínico alcançou o status pleno de seminário para a formação de rabinos e tornou-se afiliado do Seminário Teológico Judaico de Nova York, o centro acadêmico, cultural e religioso do Judaísmo Conservador. A partir de então, alunos e professores fizeram a transição entre o Seminário e a Comunidade Bet El. Em 1988, cerca de cinquenta congregações conservadoras funcionavam na Argentina, Chile, Peru, Brasil, Colômbia e México, trinta delas com rabinos formados no Seminário. e acolheu mais de cem mil paroquianos. Em 2000, o Seminário ordenou noventa rabinos, incluindo dez mulheres. Este crescimento não foi resultado da atividade missionária. Mas isso aconteceu quando as sinagogas existentes perceberam que a sua sobrevivência dependia da atração de novos fiéis e que estavam a aderir à onda conservadora. Na época, muitos pediram ao seminário que recomendasse um rabino para orientar a conversa em direção a uma interpretação progressista do Judaísmo.
A versão do judaísmo conservador de Marshall Mayer, que combinava fé religiosa e ação social, atendeu a uma necessidade específica da sociedade argentina. Atraiu filhos e netos de judeus esquerdistas e seculares que haviam sido alienados da religião devido à sua aparente desconexão com as questões da época. É importante ressaltar que proporcionou uma saída para judeus política e socialmente conscientes numa época em que a opressão militar tornava perigosa a acção política e social. Meyer e o Seminário iniciaram um processo para converter o Judaísmo na América Latina de um conjunto de regras e obrigações sem relevância aparente para o mundo moderno para um modo de vida ético informado pelo passado e aplicável à vida contemporânea. Ao fundar um seminário rabínico para a formação de líderes espirituais de forma progressiva, preparados para assumir funções de liderança em suas comunidades, Meyer também possibilitou que os judeus argentinos aceitassem uma proposta da Igreja, em caso de abertura.
Retornar
A viragem contemporânea em direcção à ultraortodoxia, vista como um regresso ou tshuva, teve origem na década de 1940 como uma tentativa de explicar o actual horror do Holocausto. Conforme interpretado por Menahem Mendel Schneerson (1902-1994), sétimo Rebe da dinastia Chabad Lubavich, os judeus estão passando por um “holocausto espiritual”: a secularização da vida judaica na América. Este empobrecimento espiritual pode ser revertido através de um regresso à autêntica tradição judaica, e só esse regresso provocará o advento da Era Messiânica. Sob esta bandeira, Chabad e outras seitas ultra-religiosas foram pioneiras numa missão global para transformar seculares, liberais e incrédulos em judeus ortodoxos (estes grupos não têm interesse em converter não-judeus ao judaísmo…
Emissários ortodoxos são enviados para viver em áreas onde se acredita que o secularismo e o liberalismo estão dizimando a vida judaica. Chabad, escreve Mary Topel, para despertar a centelha da divindade, foi transformado num império transnacional com uma política agressiva de proselitismo. Estes emissários devem manter os seus próprios preceitos religiosos, dando um exemplo de vida moral ao cumprir os mandamentos da halacha, incluindo casar-se e constituir famílias numerosas. Os militantes consideram-se travadores de uma guerra espiritual para despertar a centelha de divindade que reside em cada judeu, mas que foi ofuscada pela influência da sociedade em geral. Esta militância a serviço de uma causa justa leva jovens missionários a lugares como Mumbai, Kinshasa ou São Paulo para colocar judeus não-observantes e eles mesmos em uma vida de espiritualidade judaica. O objetivo é a criação de novas famílias e comunidades ortodoxas. Essas missões têm tido sucesso em muitas cidades da América, das quais São Paulo é um exemplo. Em 1985 havia quatro rabinos ortodoxos naquela cidade. Em 2000, após a chegada das missões Chabad, mais de cem rabinos atuavam ali. Também estavam ativos lá. Havia também quinze novas sinagogas, três yeshivas, duas academias religiosas para adultos, instalações kosher para sacrifício de carne, banhos rituais e cinco escolas para crianças, que eclipsaram as três escolas seculares existentes. Na década de 1990, surgiram restaurantes, livrarias e centros de estudo kosher, e os rabinos organizaram atividades para jovens, seminários, festas de pizza e outras atividades que atraíram pessoas que talvez não estivessem pensando em teshuvá, mas que gostavam de se encontrar com eles. eles. À medida que mais pessoas se conectavam às hospitaleiras Casas Chabad, os espaços judaicos que antes eram seculares tornaram-se ortodoxos.
O movimento respondeu às necessidades dos judeus que poderiam ter tido sucesso no mundo material, mas que procuravam uma transcendência nas suas vidas espirituais que não conseguiam encontrar no ambiente católico. Dentro dos espaços judaicos onde eles sentiram um sentimento de pertencimento, aceitaram a liderança dos rabinos que lhes deram garantias dos valores imutáveis do Judaísmo, que guiaram seus ancestrais e ainda poderiam ensinar como viver no mundo moderno. A evolução das escolas hebraicas, que em São Paulo, como em outros lugares, tinha sido secular, exemplifica os métodos de proselitismo de Chabad. Sob um acordo com um filantropo que forneceu os fundos necessários, as escolas acrescentaram professores ortodoxos ao seu quadro de funcionários. Os pais não levantaram objecções: em vez de se contentarem com professores voluntários ou mal preparados, os seus filhos estudariam agora o Judaísmo com rabinos experientes. Professores carismáticos ganharam a atenção dos alunos e o apoio dos pais. Mas estes professores conceituados logo se recusaram a ensinar meninas nas classes mistas existentes; Ele então se opôs a ensinar filhos de casamentos mistos, que eles não consideravam judeus. O bat mitzvah (a cerimônia de maioridade para as meninas, paralela ao bar mitzvah para os meninos) foi degradado ao designar as meninas para uma sala separada e não permitir que elas fizessem suas orações em voz alta. Os administradores que se opuseram a estas mudanças foram silenciados pelo seu conselho de administração, a fim de preservar o financiamento condicional. Ao contrário da situação comparável em Israel, onde as tentativas de impor a Ortodoxia à população encontraram resistência, no ano 2000 os judeus de São Paulo estavam no caminho da aceitação da Ortodoxia.
Chabad foi um dos primeiros e entusiasmados adotantes da tecnologia. Seu site contém um diretório de centros Chabad em todo o mundo (em 2012, havia onze no Brasil, quinze na Argentina, dois na Venezuela e um no Paraguai). As guias deste site oferecem convenientemente aulas de lei judaica, sermões, culinária kosher, bem como histórias humorísticas que os hassidim contam para intrigar os ouvintes. A aba marcada “pergunte ao rabino” foi removida porque estava recebendo milhares de perguntas de não-judeus. três grupos. Chabad evita particularmente: os pentecostais, pessoas que acreditam ser descendentes dos marranos e aqueles que desejam se converter ao judaísmo para se qualificarem para imigrar para Israel.
Víctor Perera, escritor guatemalteco. Nacido en Guatemala de padres judíos sefardíes que habían emigrado de Jerusalén, Perera emigró a los Estados Unidos a los doce años. Educado en Brooklyn College (B.A., 1956) y en la Universidad de Michigan (M.A., 1958), se convirtió en reportero, escritor y editor del New Yorker, New York Times Magazine, Atlantic, Harper’s y muchas otras revistas. Sus artículos, cuentos y ensayos, que a menudo tratan sobre América Latina y temas judíos, se destacan por su sensibilidad y perspicacia. A su primera novela, La conversión (1970), le siguieron obras de no ficción, entre ellas Los últimos señores de Palenque: los mayas lacandones de la selva tropical mexicana (con Robert D. Bruce, 1982), Ritos: una niñez guatemalteca (1986), y Promesas rotas: la tragedia guatemalteca (1991). Recibió la beca de escritura creativa NEA (1980), el premio de ficción sindicado PEN (1986) y el premio de escritura Lila Wallace-Reader’s Digest Fund (1992–94). Su último proyecto fue un libro sobre ballenas. Sufrió un derrame cerebral en 1998 y nunca se recuperó por completo.
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Víctor Perera, Guatemalan writer. Born in Guatemala to Sephardic Jewish parents who had emigrated from Jerusalem, Perera immigrated to the United States at age twelve. Educated at Brooklyn College (B.A., 1956) and the University of Michigan (M.A., 1958), he became a reporter, writer, and editor for the New Yorker, New York Times Magazine, Atlantic, Harper’s, and many other magazines. His articles, stories and essays, which often deal with Latin America and Jewish themes, are noted for their sensitivity and insight. His first novel, The Conversion (1970), was followed by nonfiction works, including The Last Lords of Palenque: The Lacandon Maya of the Mexican Rainforest (with Robert D. Bruce, 1982), Rites: A Guatemalan Childhood (1986), and Broken Promises: The Guatemalan Tragedy (1991). He received the NEA Creative Writing Fellowship (1980), the PEN Syndicated Fiction Award (1986), and the Lila Wallace-Reader’s Digest Fund Writing Award (1992–94). His last project was a book about whales. He suffered a stroke in 1998 and never fully recovered.
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From: Rites: A Guatemalan Boyhood. San Francisco: Mercury House, 1996.
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Mar Abramowitz
Poco después de mi decimo cumpleaños, el rabino Musan advirtió a papá que su descuido de mi formación religiosa amenazaba con convertirme en un hereje ateo. Alarmado, papá alzó la mirada de sus registros e inventarios y comprobó que el rabino tiene razón. Su primogénito y único hijo varón, a tres años de bar-mitzvah no sabía leer una sola palabra de Torah. Esto no era del todo culpa mía. Nuestro medio de comunicación hogareño era una olla podrida de vernáculo indígena y judeo-español: “Mangia tu okra, isto: escapa ya tus desmodres”, gritaba mamá”, siendo ésta una de sus idiosincrasias que me inculcaba con gestos amenazantes. (“La letra con sangre entra” reza uno de los dichos consagradas por nuestros ancestros.) En casa, el hebreo lo usaban mis Papás para chistes sucios y secretos entre ellos.
La alarma de Papá creció al enterarse que su único hijo heredero varón era un renuente que se colocaba clandestinamente en la catedral; cuyo mejor amigo era un goy mestizo de escasos méritos académicos—un heredero varón, para colmo. Que le miraba boquiabierto como un imbécil cuando le citaban el Talmud o le pedían que recitara los diez mandamientos.
La primera medida que tomó Papá fue de enseñarme una oración en hebreo que yo debía recitar cada noche antes de acostarme. La segunda medida fue más drástica. Tras años de identificarnos como “judíos de las tres fiestas” comenzamos a celebrar Shabbat. Los viernes en la tarde al ponerse el sol, Papá me llevaba a la sinagoga, donde pretendía enseñarme el aleph-bet. Pero él no derrochaba demasiada paciencia conmigo y su atención acababa por desviarse hacia asuntos de la tienda. Si yo no pronunciaba las sílabas extrañas con exactitud en mi segundo o tercero intento él me rozaba las narices con la punta de su talit o cerraba el libro violentamente, lo cual cerraba mi cerebro con cual violencia y me emplomaba la lengua. Después de cinco o seis sesiones logré memorizar el rezo al Torah que concluye: “Baruch attah Adonai noten hatorah” (Bendito seas Señor que nos das el Torah). El Shabbat siguiente el rabino Musan me llamó al bimah y recité la bendición antes y después de fingir leer un trozo del Torah, moviendo mis labios síncronamente con los del rabino como muñeco del ventrílocuo.
Las lecciones de Papá duraban solamente hasta Yom Kippur, cuando los inventarios prenavideños lo obligaron quedarse en la tienda los viernes y el día entero del sábado. Papá renunció a enseñarme personalmente y contrató para mi instrucción religiosa a un refugiado de guerra Mar Israel Abramowitz.
Mar Abramowitz no asistía a los servicios de nuestro templo. Él y una docena de correligionarios askenazíes de Europa Oriental rezaban en una pequeña galería citadina de la cual se rumoraba, por personas que nunca habían entrado en ella, que olía a mantequilla rancia y arenque curtido. Únicamente durante las fiestas importantes se permitía a los polacos y los litvaks acudir a nuestra sinagoga, además se les obligaba a sentarse detrás de las mujeres.
Aunque no aprendí hebreo hasta que pasaron otros ocho años, de muy niños fui instruido en el evangelio de la casta sefardí. Si todos los judíos eran electos, éramos la élite de los electos. Nosotros los sefardíes éramos herederos únicos de una lejana pero gloriosa Edad de Oro, de cuyo legado podíamos alimentarnos, sin mejor esfuerzo de nuestra parte, hasta el día del Juicio Fina. Al final de la Edad de Oro habíamos sufrido con insigne nobleza la Inquisición, que culminó con la Expulsión y nuestro consiguiente reasentamiento en un lugar llamado la Diáspora. En un día ya señalado habíamos de reunirnos todos en la tierra santa, Eretz Israel, donde emprenderíamos nuestra segunda y aún más gloriosa Edad de Oro, con la bendición de Dios.
La primera prueba primicia de nuestro legado se manifiesta durante Yom Kippur. En el momento álgido de la liturgia, poco antes de que sonaron el shofar o cuerno de carnero que indicaba la presencia de Dios entre nosotros, dos congregantes comparecían delante del Arca: el flaquísimo y sin-quijada Eliezar Cohen, y el gordo famosamente cornudo Shlomo Kahan, cuyos patronímicos los identificaron como miembros de la élite sacerdotal, empezaban rezando en voz delante del Arca. A la señal del rabino los dos hombres se cubrían los sombreros con sus talit o mantos de rezo y se enfrentaban a la congregación con rostros tapados. Al instante se transformaban en intermedios sacerdotales, encarnaciones vivientes del misterio de Dios; meciéndose al unísono con los brazos enarbolados, recitaban las palabras de Adonai en frases sonoras y altisonantes.
Por supuesto, jamás se me ocurrió que los Ashkenazim pudieran hacer gala de sus propios Cohens y Kahans para comunicar la bendición de Dios.
Mar Israel Abramowitz había sido un abogado exitoso en Varsovia antes de que fuera invadida por las Nazis. Papá dijo que había estado en un campo de concentración, pero Mar Abramowitz evitaba mencionar este tema y nunca se me ocurrió preguntarle. Yo no estaba del todo seguro de qué era un campo de concentración, y me flaqueaba la curiosidad de averiguarlo. Lo que sí sabía es que se trataba de un lugar donde los judíos sufrían.
El sufrimiento parecía ser la vocación primordial de Mar Abramowitz. Era un hombre grueso y cincuentón, con penachos blancos a ambos lados de su cabeza cuadrada y calva. Lentes gruesos de doble enfoque magnificaban sus ojos negros y brillantes de penitente angustiados. Su hálito era maloliente la mayoría de las veces, y su dentadura de apariencia negruzca y deforme. Además, Mar Abramowitz no cesaba de sobarse la uña de su pulgar derecho. Transcurrieron varias semanas antes de convencerme de que los gemidos y suspiros que marcaban sus lecciones no tenían nada que ver conmigo.
Mar Abramowitz logró aleccionarme en el Aleph-bet hasta que pude leer algo de Las Escrituras, pero su sufrimiento se apoderó de él antes de iniciarme en la comprensión. No tardé en aprender a tomar ventaja de sus vulnerabilidades. Si su hálito hedía más que de lo usual y se sobaba la uña del pulgar sin cesar, yo sabía que podía zafarme de los ejercicios y persuadirlo que en su lugar me contase historias de la Biblia. Me gustaban estos cuentos exóticos que Mar Abramowitz pronunciaba con su acento eslávico y su aspecto trágico y afligido. Según se adentraba en el tema, sin embargo, sus ojos amansaban y su voz crecía en elocuencia a pesar de su castellano escaso. Las historias del Antiguo Testamento evidentemente mitigaban su sufrimiento a la vez que alimentaban mi afán de delincuente al saberme absuelto de estudiar en serio.
Como joven sagaz que yo mismo me consideraba, reconocía que la Biblia trataba mayormente de fábulas. No le prestabas ni más ni menos credibilidad una serpiente que hable con la gente, o a un arbusto que arde espontáneamente o a un Mar Rojo cuyas aguas se dividen para dar paso a los israelitas, de la que prestaría al príncipe que se convirtió en sapo o a un Billy Batson capaz de transmutarse en el Capitán Maravilla con la simple mención del rubro mágico “Shazam”.
Las guerras y matanzas, por lo contrario, no necesitaban de racionalización alguna. David y Goliat, Holofernes y Judit, las canaanitas y los babilonios, todos ellos me resultaron perfectamente comprensibles. Las batallas encarnizadas entre las fuerzas del bien y del mal—esto era algo que sabía igual que lo sabían Tarzán y Kit Carson y Buck Rogers y lo reconocía nada menos que el Presidente Roosevelt—eran interminables, pues pertenecen al legado primordial de la raza humana.
Existía la costumbre de nuestro templo de hacer subasta de los honores rituales durante las fiestas altas. El rabino Musan o su asistente se pasaban por los pasillos, recitando las ofertas en hebreo—y llevando la cuenta con las hebras de su talit—de manera que a duras penas se diferenciaban de las sílabas litúrgicas: “Tengo treinta y cinco para abrir el Arca de nombre de Isaac Sultán en bendición del Señor…cuarenta…cuarenta y cinco de Lázaro Sabbaj en bendición del Señor. Shemuel Benchom ofrece cincuenta quezalim para abrir las puertas del Arca en bendición del Señor sea su Nombre…”
Para Simjat Torah, en recompensa por las escasas frases de hebreo que Mar Abramowitz logró implantarme en el cerebro sin pena ni sangre, Papá me compró el honor de transportar el Torah desde el Arca hasta la Bimah, o Altar. Me deslice por los pasillos del temple con el pergamino forrado de terciopelo rojo aplastado contra el pecho co un escudo acanalado, cadenas de plata y otros ornamentos pagados por miembros de la congregación. Mi temor atroz de dejar caer el Torah y profanar la Escritura Sagrada me hacían temblar los pies dentro de las botas ortopedas que usaba para corregir mis plantas planas.
Mi complemento de este honor ceremonial evidentemente calmó la conciencia de Papá, pues resultó el único que me compró.
La semana siguiente Mar Abramowitz faltó a nuestra lección porque—según me dijo Mamá—no se sentía bien. (Ella usó el modismo judeo-español “hazino” para dignificar su padecimiento.) Pero yo adiviné que de lo único que padecía era de sufrimiento. Lo imaginé acurrucado en un rincón de su habitación, exhalando su hálito maloliente y sobándose la uña del dedo pulgar. Los ojos angustiados hundidos en las cuencas. Mar Abramowitz tampoco se presentó la semana siguiente ni la que seguía. Cuando al fin compareció, apenas lo reconocí. Se había transformado fe hombre corpulento y maduro en un anciano encorvado. Los hombros caídos por debajo de su chaqueta mal tallada le deban el aspecto abandonado de un mendigo. El único rasgo de ser viviente estaba en el brillo de sus ojos negros y consumidos. Los lentes de doble enfoque exageraban lo que supe identificar aún entonces como la mirada fulgurante y fantasmal de un demente.
Mar Abramowitz había venido a excusarse por no poder continuar nuestras lecciones debido a su enfermedad. Sus excusas eran incoherentes y se prolongaban aún después de que Mamá le aseguraba que comprendía perfectamente y que lo había disculpado. De repente, Mar Abramowitz empezó a gemir y llorar en voz alta en medio de nuestra antesala, causando reverberaciones en toda la casa que me llenaron de congoja. Mamá buscó su cartera y puso en la mano húmeda y huesuda de Mar Abramowitz un billete plegado en cuatro. Restregándose los ojos se embolsó el billete, inclinándose para besar la mano de Mamá antes de dar la vuelta y salir a la calle con su paso lento y encorvado.
Tres años más tarde, al regresar de un viaje a los Estados Unidos, supimos que Mar Abramowitz se ha degollado.
Traducciónpor Stephen A. Sadow
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“Mar Abramowitz”
Soon after my tenth birthday, Rabbi Toledano warned Father that he had neglected my religious education and said that I was in danger of growing up a godless heathen. Alarmed, Father looked up from his ledgers and registers and say that Rabbi Toledano was right. His first-born and only son, three short years from Bar Mitzvah, could not read a word of Scripture. This was hardly my fault. Our lingual tender at home was a secular hash of native slang and Ladino Spanish: “Manga tu okra, ishto: ‘scapa ya tus desmodres” (Eat your okra, animal, enough of your foolishness). Hebrew was for off-color jokes and adult secrets.
Father’s alarm grew when he learned that his only male heir was a renegade who stole visits inside the cathedral, whose best friend was a mestizo goy of scant scholastic attainments—a male heir, furthermore, who gaped imbecility when you quoted Talmud at him or asked him to recite the Commandments.
Father’s first step was to teach me a Hebrew prayer that I was to repeat every night before retiring. The second was more drastic. After years of getting by as three-holiday Jews, we began to observing Sabbath. At dusk on Friday evenings, Father took me to the synagogue, where he tried to teach me my Aleph-Bet. But his patience was short, and his mind would drift continually to business matters. If I did not pronounce the strange syllables on my second or third attempt, he would snap his prayer shawl in my face or slam the book shut, which instantly slammed my mind shut and turned my tongue to lead. After a half-dozen lessons, I succeeded in memorizing the blessing to the Torah, which ends: “Baruch attah Adonai, noten hatorah” (Blessed art Thou, oh Lord, who giveth the Torah). On the following Sabbath Rabbi Toledano called me to the altar and I recited the blessing before and after, pretending to read a passage from the scroll, moving my lips to Rabbi Toledano’s words like a ventriloquist’s dummy.
Father’s lessons lasted only through Yom Kippur, after which the Christmas rush set in and he had to be in the store late on Friday evenings and all day on Saturdays. He gave up trying to teach me himself and engaged for my religious a Polish war refugee, Mar Israel Abramowitz.
Mar Abramowitz did not attend service in our temple. With a dozen or so Ashkenazi refugees from Eastern Europe, he worshiped in a tiny downtown loft that was said, by those who had never been inside it, to smell of rancid butter and pickled herring. Only on the High Holidays were the Poles and the Litvaks allowed to defile out synagogue, and they had to sit toward the rear, next to the women.
Although I did not learn Hebrew for another two years, I was very early inculcated with the gospel of the Sephardic caste. If all other Jews were Chosen, we were the Elect. We Sephardim were sole heirs to a remote but glorious Golden Age whose legacy we could batten on, without any effort on our part, until of the Day of Judgment. At the end of the Golden Age, we had nobly suffered the Inquisition, which resulted in the Expulsion from Spain and resettlement in a place called Diaspora. One day we would all reunite in the Promised Land, Eretz Israel, and begin an even more glorious second Golden Age, with God’s blessing.
My earliest remembered “proof” of our legacy cam at Yom Kippur. Toward the middle of the liturgy, before the blowing of the ram’s horn that signaled God’s presence among us. Two men were summoned to the Ark: chin-less, rail-thin Eliezar Cohen, a failure at business, and fat, famously hen-pecked Sholomo Kahan, whose names identified them as the priestly elite, first prayed in unison before the Ark. At a signal from Rabbi Toledano, they draped their prayer shawls over their homburgs and turned to the congregation faceless. They were instantly transformed into hieratic mummers, impersonators of God’s mystery, as they swayed from side to side with both arms raised, chanting His words in antiphonal responses.
Of course, it never occurred to me that Ashkenazim might have their own Cohens and Kahans to communicate God’s blessing.
Mar Israel Abramowitz had been a successful lawyer in Warsaw before the Nazis came. Father said that he had spent years in a concentration camp, but Mar Abramowitz did not talk of this, and I never thought to ask him. I was not at all certain what a concentration camp was, and I had no special curiosity to find out. I only knew that it was a place where Jews suffered.
Suffering seemed to be Mar Abramowitz’s chief occupation. He was a thick-set man in his middle fifties, with tufts of gray hair at either side of a squarish head. His bifocal glasses magnified a hollow look of grief in his eyes. His breath stank most of the time; nearly all his remaining teeth were black stumps. He had an ingrown right thumbnail, which he continually stroked. It was several sessions before I understood the sighs and moans punctuating our lessons had no connection to me.
Mar Abramowitz managed to teach me enough Aleph-Bet so I could read a little Hebrew, but his suffering got the better of him before we could start on comprehension. I soon learned to take advantage of his infirmity. If his breath smelled especially rank and he stroked his nail more than usual, I knew I could get out of doing the drills and coax him into telling Bible stories instead. I liked these exotic tales, which Mar Abramowitz delivered with a heavy Slavic accent and his usual grieved expression. As soon as he got into them, however, his eyes would soften and he would grow almost eloquent, despite his poor Spanish. The Old Testament stories seemed to ease his suffering as much as they enhanced my tonic sense of truancy from serious study.
I my youthful wisdom, I knew they were mostly fables. I lent no more credence to a talking snake, the burning bush, the parting of the Red Sea than I gave the prince who turned into a frog, or to Billy Batson’ instant metamorphosis into Captain Marvel with the magical word Shazam. The fighting and the killing, on the other hand, I understood perfectly: David and Goliath, Holofernes and Judith, the Canaanites, and the Babylonians, these made eminent sense. The battle between the forces of good and evil, as I realized and Kit Carson and Buck Rogers and President Roosevelt, I realized was unending—and part of man’s natural estate.
There was a custom on our temple of auctioning of ritual honors on the High Holidays. Rabbi Toledano or his sexton would pass up and down the aisles, chanting the bids aloud in Hebrew (while keeping the score on the fringes of his shawl) so they sounded to my ears indistinguishable from the liturgy: “I have thirty-five to open the Ark from Isaac Sultan in praise of the Lord…Forty…forth-five from Lázaro Sabbaj in praise of the Lord bids fifty qetezalim to open the Ark in praise of the Lord, blessed be his Name…”
On Simchat Torah, in reward for the scant Hebrew phrases Mar Abramowitz had dinned to my head, Father brought me the bearing of the Scroll from Ark to the Bimah. I crept along the aisle with the red velvet Torah—junior size—hugged to my chest as the worshipers crowed around to kiss it. The Scroll was weighed down with a chased shield, chains, silver horn, and other ornaments, each separately bid for by the congregation. My fear of dropping the Torah and profaning the Holy Scripture caused my feet to throb inside corrective boots I wore for fallen arches.
My performance of this ceremonial honor evidentlyassuaged Father’s conscious, for he never bought me another.
One week Mar Abramowitz if noy did not show up for our lesson, because Mother said he wasn’t feeling well. (She used the Ladino hazino to dignify his unwellness.) But I guessed ha was only suffering. I pictured him crouched in a corner of his room, breathing his foul breath, stroking his ingrown toe bail, the grief-stricken sunk deeper than ever in their sockets. He failed to come the following week and the week after that. When he finally arrived, I hardly recognized him. He had shrunk from a corpulent middle-aged man to a wizened gnome. The sag of his shoulders inside the loose-fitting jacket gave him the derelict look of a tramp. Only his sunken black eyes had life. The bifocals exaggerated what I recognized even though as the haunted, pinpoint gleam of madness.
Mar Abramowitz had come to excuse himself that he could no longer keep up my lessons because of his illness. His apology was rambling and disconnected and went on long after Mother assured him that she quite understood, and he was forgiven. Then, to my immense shame, Mar Abramowitz began to moan and cry aloud, right in our hallway, so that the sounds reverberated throughout the house. Mother fetched her handbag and placed int Mar Abramowitz’s bony hand a folded bill. Brushing his eyes, he executed a courtly bow, pocketed the bill, and kissed Mother’s hand before he shuffled out the door.
Three years later, on returning from the States, we learned that Mar Abramowitz had hanged himself.
El artista judío nacido en Chile, Mauricio Avayu,(1968- ) dijo: “Al principio quería hacer toda la Torá, pero cuando comencé a estudiar para el proyecto me di cuenta de que sería imposible”, aunque comenzó el proyecto a fines de 2013 y solo completó la sección del mural para Génesis. Cada libro de la Torá se representará a través de ocho pinturas; incluirá 40 pinturas que representarán secuencialmente los eventos de la Torá. Avayu se refiere constantemente a la Torá antes de continuar con su trabajo. Su proceso consiste en leer la Torá , Midrash y Rashi varias veces; solo entonces las imágenes comienzan a venir a su cabeza, dice: “La parte difícil en comparación con lo que he hecho antes es que aquí no soy totalmente libre”, dice Avayu. “Con otros proyectos, tendría la inspiración y las herramientas y comenzaría a pintar. Con este proyecto, no puedo hacer eso. Tengo que comenzar a estudiar, y solo después de eso puedo comenzar mi trabajo”. Comenzó a asistir a la escuela judía en Ecuador a los 10 años y realizó dibujos de personajes y eventos de la Biblia para el anuario escolar. Hasta el momento, la obra solo se ha exhibido en Chile y EE. UU. Fue inaugurada la primera noche de Hanukkah en diciembre de 2013 en la casa del presidente de Chile.
Chilean-born Jewish artist Mauricio Avayu (1968- ) said, “At first I wanted to do the whole Torah, but when I started studying for the project I realized it would be impossible,” though he started the project in late 2013 and only completed the mural section for Genesis. Each book of the Torah will be represented through eight paintings; It will include 40 paintings that will sequentially represent the events of the Torah. Avayu constantly refers to the Torah before continuing his work. His process involves reading the Torah, Midrash, and Rashi multiple times; only then do the images start to come to her head, she says, “The hard part compared to what I’ve done before is that I’m not totally free here,” says Avayu. “With other projects, I would have the inspiration and the tools and start painting, “says Avayu. “With other projects, I would have the inspiration and the tools and start painting. With this project, I can’t do that. I have to start studying, and only after that can I start my work.” He began attending a Jewish school in Ecuador at the age of 10 and drew pictures of characters and events from the Bible for the school yearbook. So far, the work has only been exhibited in Chile and the United States. It was inaugurated on the first night of Hanukkah in December 2013 in the house of the President of Chile.
En México los judíos desarrollaron una pertenencia comunitaria basada en los países de donde llegaron. Paralelamente, se crearon comunidades judías en Guadalajara, Monterrey y Tijuana, y, más recientemente, en Cancún y San Miguel de Allende. Son sinagogas fuera de la capital. Estas comunidades brindan servicios religiosos, sociales, culturales, educativos, de asistencia social y de conciliación y arbitraje. Una gran variedad de revistas, periódicos y medios digitales son publicados reflejando, las distintas tendencias ideológicas de las comunidades e instituciones.
De acuerdo con datos del Censo 2020 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), actualmente hay casi 60,000 devotos de la religión judía en México.
In Mexico, the Jews developed a type of community belonging based on the of the countries they came from. At the same time, Jewish communities were created in Guadalajara,Monterrey and Tijuana, and more recently in Cancún and San Miguel de Allende. These communities provide religious, social, cultural, educational, social assistance, and conciliation and arbitration services. A wide variety of magazines, newspapers and digital media are published reflecting the different ideological trends of communities and institutions.
According to data from the 2020 Census of the National Institute of Statistics and Geography (INEGI), there are currently almost 60,000 devotees of the Jewish religion in Mexico.
Casa del rabino en Mérida, Yucatán, donde planean edificar una sinagoga/ The rabbi’s home in Merida, Yucatan, where they are planning to build a synagogue
Pablo A. Freinkel (Bahía Blanca, Argentina, 1957). Licenciado en Bioquímica. Periodista y escritor. Sus artículos y notas se han dado a conocer en Buenos Aires, New York y Jerusalem; y en medios online nacionales y extranjeros. Es autor de cinco libros: Diccionario Biográfico Bahiense, el ensayo Metafísica y Holocausto, y las novelas El día que Sigmund Freud asesinó a Moisés y Los destinos sagrados. Escribió el guión del documental Matthias Sindelar: un gol por la vida. Ha dictado conferencias sobre Spinoza, Maimónides y literatura judía argentina actual, en diferentes instituciones del país. El lector de Spinoza acaba de publicarse.
Pablo A. Freinkel (Bahía Blanca, Argentina, 1957) who has a degree in biochemistry. He is a journalist and writer. His articles and notes have been published in Buenos Aires, New York and Jerusalem, in Argentine and international online media. Freinkel is the author of five books: Diccionario Biográfico Bahiense, Metafísica y Holocausto, and the novel El día que Sigmund Freud asesinó a Moisés and Los destinos sagrados. He wrote the script for Matthias Sindelar: un gol por la vida. He has lectured on Spinoza, Maimonides and on contemporary Argentine-Jewish literature throughout Argentina. His El lector de Spinoza has just been published.
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Baruj Spinoza
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Baruch Spinoza logró escribir una serie de textos que definirían sus corrientes filosóficas. Uno de sus primeros trabajos fue Breve tratado acerca de Dios, el hombre y su felicidad (1658). En esta obra, Spinoza realizó una ardua crítica contra la biblia y la iglesia católica, partiendo de un pensamiento racionalista, el cual se mantendría en el resto de sus investigaciones y postulados filosóficos.
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Baruch Spinoza managed to write a series of texts that would define his philosophical currents. One of his first works was a short treatise on God, man and their happiness (1658). In this work, Spinoza made an arduous criticism against the Bible and the Catholic Church, starting from a rationalist thought, which would be maintained in the rest of his investigations and philosophical postulates.
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“El lector de Spinoza”
Don Segismundo está leyendo de un cuaderno personal:
“Poco antes del mediodía”, leyó, “vino un hombre de mediana estatura, delgado, cabellera amplia, oscura, de hasta veinticinco años, no más. Al principio, me pareció tímido, apocado, como si no supiera qué solicitar. Echó un vistazo por el salón, dejó vagar los ojos por anaqueles y mesas hasta que irresoluto, como luchando consigo mismo, se acercó hasta el mostrador. Al verlo a tan poca distancia, me pareció percibir una luz diferente ardiendo en sus pupilas. Se dirigió a mí con corrección y voz clara, sin falsas cadencias. „Buen día, señor‟, saludó. „Estoy averiguando sobre algunos libros del filósofo Baruj Spinoza. ¿Lo conoce?‟
“Me llamó la atención porque no daba el tipo spinoziano y por la pregunta final. Me sonaba más como una broma; sin embargo, la seriedad con que me interpeló hizo que pronto se disiparan mis dudas”. ¿Busca algún título en particular o se está iniciando en su estudio?‟ Pareció dudar tal vez porque no había considerado esta situación-. „Si este es el caso, podría empezar con un estudio general sobre su obra, una introducción, para después proseguir con sus textos. Usted debe saber que la erudición de Spinoza es complicada si no se tiene un concepto previo‟.
“Sí, comprendo‟.
“El ímpetu del que había hecho lucimiento al principio se fue diluyendo y lo reflejaba su rostro con rapidez. Intuí que debía ponerme al frente de la situación e intentar un rescate de emergencia”. „Vamos a hacer lo siguiente. En primer lugar, ¿por qué desea usted tomar conocimiento de la obra de Spinoza?”
“La decepción iba en continuo crecimiento y le quitaba edad a sus facciones. Ahora no semejaba tener más de veinte años. La duda lo carcomía por dentro; le faltaba el impulso para decidirse a hablar. Yo ya no sabía cómo darle ánimos sin caer en la categoría de indiscreto”. „Todo empezó en un Kabalat Shabat, por una crítica del… sacerdote…‟, “dudó al emplear la palabra”. ¿Rabino?‟, “Lo corregí. No me escuchó. En cambio, me miró como calibrando mi aspecto antes de hacer la pregunta que consideraba crucial”. „Disculpe, señor… ¿Usted es judío?”
“Bueno, bueno”, pensé. “Basta que todo esto no derive en una cuestión de antisemitismo. Pero me arriesgué y respondí afirmativamente”.
Don Segismundo dejó de leer para mirarme directamente a la cara.
-Marquitos, vos no podés imaginarte la cara de alivio de ese muchacho. Ahora sí, no le daba más de veinte años, con una sonrisa radiante, sus ojos limpios de toda nube de aprensión. Todavía recuerdo la imagen y me emociona. Sigo.
Volvió al cuaderno.
“Sí.refería a la fe, a los creyentes, a la fuerza y la misericordia de Adonai. En un momento, se desvió de su prédica y empezó a atacar a los que rechazan la existencia de Dios, propagan falsas interpretaciones, niegan las verdades eternas transmitidas por los santos profetas y responsabilizó al hereje holandés Baruj Spinoza, expulsado de la Casa de Israel justamente por envenenar la mente de los piadosos. Nadie comprendía nada, muy pocos o ninguno habíamos escuchado alguna vez el nombre de esa persona…‟
“Esto despertó mi atención. Lo interrumpí. “¿De dónde viene usted?‟
“El muchacho permaneció en silencio mientras pensaba con rapidez. Entregaba una imagen de tanto candor que sus reacciones dibujaban los gestos de su cara. „De un pequeño pueblo al oeste. No tenemos shill y los que queremos recibir y honrar el shabat vamos a una localidad cercana, que tiene un rabino‟.¿Ese sitio tiene nombre?,‟ pregunté. „Compréndame si prefiero no dar detalles. Ahora mismo no sé si hago bien en estar hablando de esto con usted‟. „Claro. No quiero comprometerlo‟. „Al término de la ceremonia me acerqué al rabino y con algún temor le pregunté quién era ese Spinoza que había recibido una crítica tan severa de su parte. Enojado, de malas maneras, me ordenó que me mantenga apartado de él, era un impío, un traidor. Por supuesto, lejos de convencerme, me animó a averiguar algo más sobre ese personaje. Regresé a mi casa y consulté un diccionario. En dos o tres renglones me informó que era un filósofo holandés, las fechas de nacimiento y muerte, y que su divisa era una frase en latín, creo, que no recuerdo…‟ „Deus, sive Natura, dije‟. „¿Perdón?‟ „Así se define su filosofía: Dios, o sea la Naturaleza‟. „Ah. No sabía qué significaba‟. „Ahora lo sabe. ¿Qué pasó después?‟ Pasé el fin de semana obsesionado con Spinoza. En realidad, no tenía nada qué pensar sobre él porque lo ignoraba todo. Además, en el pueblo no había nadie con los conocimientos necesarios para aclararme el panorama. Me volvían a la memoria las palabras inusitadamente implacables del rabino, por lo común amable, tranquilo. El lunes le pedí a mi padre unas horas libres, yo estoy empleado en su comercio, y volví a la ciudad. Fui a la Biblioteca Pública, donde solicité consultar una enciclopedia. Cuando le dije a la anciana bibliotecaria el tema que quería conocer, me miró con asombro y desconfianza. Sin embargo, me orientó en la búsqueda. Al entrar a la sala de lectura, llevaba en mis manos un antiguo volumen, las letras doradas del lomo gastadas por el tiempo y el uso; cuando lo abrí, el crujido de las hojas resecas, amarillas, me produjo un temblor que fue casi como una advertencia. Rápidamente, encontré lo que buscaba. Spinoza, Benito. Filósofo judío nacido en Ámsterdam, de familia sefardita. Anoté los datos en unas hojas sueltas; en especial, los libros que había escrito. El punto que me más me afectó fue enterarme que había sido expulsado del judaísmo por sus posiciones heréticas. Al devolver el libro, pregunté a la encargada si la Biblioteca contaba con algún libro de ese autor. Dijo que no y al ver la mueca de desencanto que seguramente esbozó mi rostro, me observó con muy detenimiento.
Entonces, quiso saber por qué yo, una persona tan joven, buscaba escritos de un hombre que había vivido tantos años atrás y dejado una reputación tan mala en religión y filosofía. No supe qué contestarle, pero algo me decía que allí podría haber una oportunidad para averiguar algo más. „Escuché que alguien hablaba de sus enseñanzas y me despertó la curiosidad, respondí a medias‟.
„En ese caso, es muy poco lo que podrá recoger aquí. Si está tan interesado como dice, hay en la Capital una librería atendida por un señor muy especial que podrá ayudarlo en su pesquisa. Es discreto y muy buen intencionado. Vaya a verlo‟. „Tomó un papel de los que se utilizaban para anotar los pedidos y rápidamente garabateó unas líneas‟. „Espero que le sea útil para resolver sus dudas. Pero no crea demasiado lo que tiene Spinoza para decir. Buenos días‟. „No me dio tiempo a nada, ni siquiera a agradecerle pues desapareció en una oficinita anexa‟.
Don Segismundo detuvo la lectura y alzó la vista como para enfocar un acontecimiento del pasado que circulara por delante de sus ojos.
-Supongo innecesario aclarar que le dirección que le entregó la buena señora era de la librería. Cuando la inauguré, remití creo que cientos de cartas de presentación a bibliotecas públicas y privadas en una amplia zona alrededor de esta ciudad. Me alegra saber que algunas llegaron y fueron bien valoradas.
-¿Tiene alguna lista de destinatarios? –pregunté ansioso.
-Las ubiqué en una guía de teléfonos. Ésa fue mi lista. Lo siento.
-Está bien.
Nuestro anfitrión volvió a la lectura y al relato de su inesperado cliente: „Pasaron varias jornadas de duda e indecisión. Me preguntaba si para satisfacer un capricho debía sacrificar un día de trabajo, además del dinero para el pasaje en tren y después si se justificaba gastar en libros de destino impreciso. Pero allí permanecía el ansia de saber y cada tanto retornaba azuzándome con su aguijón. Hasta que hoy por la mañana me di cuenta de que no podía luchar más contra esta idea fija. Inventé una excusa para demorar mi ingreso al negocio y aquí me tiene. ¿En qué puede ayudarme para salvar esta situación? Lo único que yo puedo hacer es ofrecerle libros para que conozca al personaje y su doctrina. Tal vez pueda darle algunas precisiones o detalles, pero nada mejor que leer a los eruditos sobre un tema para conocerlo a fondo‟.
“Pensé por unos instantes cuáles podían ser los textos que le servirían como introducción a un asunto tan complejo y se me ocurrió una recurso que podría resultar favorable. „Espere un segundo‟, le dije.
“Fui hasta unos anaqueles que reunían distintos autores y asuntos filosóficos, tomé dos volúmenes y regresé hasta donde estaba el joven, impaciente. Al verlo en este estado, le pregunté si se sentía bien. „Sí, replicó. Lo que pasa es que tengo que presentarme en el trabajo en poco tiempo. Mi papá empieza a sospechar que ando en algo raro‟. „Bueno, aprovechemos el tiempo de la mejor manera. Aquí tengo un material con el cual usted podrá tomar contacto por primera vez con el maestro de Ámsterdam. Una biografía escrita por Karl Gebhardt, creo que es un material comprensible para un neófito y el Tratado Teológico Político que, aunque por su título parece catastrófico, su estilo permite un rápido acceso; claro, tiene su dificultad, no se lo voy a negar, pero Spinoza es un maestro en el arte de hacer asequible lo complicado‟.
“Le entregué los libros y él los miró como objetos de otro mundo. Recorrió las hojas sin mirar nada específico, hasta que con un tono de resignación me confesó: „No los puedo comprar; el dinero no me alcanza‟.
“Entonces hice algo que nunca había hecho hasta entonces y que muy pocas veces lo repetí en el futuro: „Llévelos, con confianza. Los va pagando a medida que pueda‟.
„Pero usted no me conoce. Ni siquiera sabe mi nombre, protestó‟. „No crea, lo conozco más de lo que usted piensa. Además, un nombre no hace ninguna diferencia. Importa la persona‟.
“Me miró con un brillo lacrimal en los ojos. A continuación, buscó en el bolsillo de su pantalón, extrajo un billete de muy baja denominación y me lo extendió. „Gracias. Yo después lo apunto‟.
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“The Reader of Spinoza”
Don Segismundo is reading from a personal diary:
“A little before noon,” he read, “a man of average stature, thin, with a lot of hair on his head, dark, perhaps twenty-five years old, no more, came in. At first, he appeared timid to me, shy, as if he didn’t know what to ask for. He took a quick look at the store, he let his eyes wander through the shelves and tables until, hesitant, as if her were fighting with himself, he approached the counter. Seeing him up close, I seemed to perceive a strange kind of light burning in his pupils. He turned to me addressed me with care and a clear voice, without false cadences. “Good day, sir.” He greeted me.
“I am looking for some books by the philosopher Baruj Spinoza. Do you know him?” ”This caught my attention because he didn’t to be the Spinozan type and for the last question. It sounded like a joke to me: nevertheless, the seriousness with which he questioned me caused my doubts to dissipate.” “Are you looking for a specific title or are you beginning your study?” “He seemed doubtful, perhaps because he had never considered this possibility. “If that is the case, you could begin with a general study of his works, an introduction, in order to later proceed with his texts. You need to know that Spinoza’s erudition is complicated if you don’t have a prior concept of it.”
“Yes, I understand.”
The impetus that had shown at the beginning was failing, and it was quickly showing in his face. I intuited that I ought to take charge of the situation and try for an emergency rescue. “Let’s do the following. First of all, why do why to you want to learn about Spinoza’s work?” “The disappointment was continually growing, and it made his face look younger. Doubt was eating inside of him: he lacked the desire to speak. I didn’t know how to prompt him without out being indiscreet.” “Everything began in a Kabbalat Shabbat, with the criticism of the. . .priest,” “He was doubtful about using that word.” “Rabbi?” I corrected him. “He didn’t listen to me. Instead, he looked at me, calculating my look, before asking the question that considered crucial.” “Forgive me, sir . . .Are you Jewish?” “Good, good, I thought. “I hope that this doesn’t come out of question of anti-Semitism. But I took a risk and answered affirmatively.”
Don Segismundo stopped reading to look me straight in the face. “Marquitos, you can’t imagine the face of relief that this boy had. Now, he didn’t seem to be more twenty years old, with a radiant smile, his eyes cleansed of any cloud of apprehension. I still remember the picture, and it moves me. I continue. He turned back to the notebook.
The boy remained silent while he thought rapidly. He gave off an image of such candor that his reactions were drawn of the movements of his face. “From a small town to the west. We don’t have a shul and those who want to receive and honor the Shabbat go to a nearby locale, that has a rabbi.” “Does that place have a name?” I asked, “Please understand if I prefer not to get into details. At this moment, I don’t know if I’m doing the right thing by speaking with you.” “Of course. I don’t want to compromise you.” “At the end of the ceremony a approached the rabbi a with some fear, I asked him who was that Spinoza who had received such severe criticism. Angered, bad-mannered, he ordered that I keep away from Spinoza, that he was impious, a traitor. Of course, far from convincing me, I was encouraged to find out something more about that personage. I returned home and I consulted a dictionary. In two or three lines, it informed me that he was a Dutch philosopher. The dates of his birth and death, and that his motto was a phrase in Latin that I don’t remember. . . “Deus sive Natura,” I said. “Excuse me” “That is how his philosophy is defined: God, or be it Nature.” “Ah. I didn’t know what it meant.” “Now he knew. What happened next?” “I spent the weekend obsessed by Spinoza. Truthfully, I didn’t have anything to think about him, because I didn’t know anything. Also, in the town, there wasn’t anyone with the knowledge necessary to clarify the panorama. The unusually implacable words of the rabbi came back to me; he is a man generally friendly and tranquil. On Monday, I asked my father for a few hours off, I am employed in his business, and I returned to the city.”
“Yes, yes, of course, I wanted to say rabbi,” he corrected himself,” blushing. “Yes. he was referring to the faith, to the believers, to the force and mercy of Adonai. In a moment, he went off his sermon and began to attack those who reject the existence of God, put out false interpretations, deny the eternal truths transmitted by the holy prophets and put the responsibility on the Dutch heretic Baruj Spinoza, justly expelled from the House of Israel for poisoning the minds of the pious. Nobody understood anything, very few or no one had ever heard the name of that man. . .”
“That caught my attention.” I interrupted him. “Where are you from?”
The boy remained silent while he thought rapidly. He gave off an image of such candor that his reactions were drawn of the movements of his face. “From a small town to the west. We don’t have a shul and those who want to receive and honor the Shabbat go to a nearby locale, that has a rabbi.” “Does that place have a name?” I asked, “Please understand if I prefer not to get into details. At this moment, I don’t know if I’m doing the right thing by speaking with you.” “Of course. I don’t want to compromise you.” “At the end of the ceremony a approached the rabbi a with some fear, I asked him who was that Spinoza who had received such severe criticism. Angered, badly mannered, He ordered that I keep away from him, that he was impious, a traitor. Of course, far from convincing me, I was encouraged to find out something more about that personage. I returned home and I consulted a dictionary. In two or three lines, it informed me that he was a Dutch philosopher. The dates of his birth and death, and that his motto was a phrase in Latin that I don’t remember. . . “Deus sive Natura, I said. “Excuse me” “That is how is philosophy is defined: God, of be it Nature.” “Ah. I didn’t know what it meant.” “Now he knew. What happened next?” “I spent the week end obsessed by Spinoza. Truthfully, I didn’t have anything to think about him, because I didn’t know anything. Also, in the town, there wasn’t anyone with the knowledge necessary to clarify the panorama. The unusually implacable words of the rabbi came back to me; a man generally friendly and tranquil. On Monday, I asked my father for a few hours off, I am employed in his business, and I returned to the city.”
I went to the Public Library, where I asked to use an encyclopedia. When I told the aged librarian the theme that I wanted to know about, she looked at me with amazement and mistrust. Nevertheless, she oriented me in my search, Upon entering the reading room, I carried in my hands an old volume, the letters golden letters on the spine worn by time and usage; when I opened it, the crackling of the very dry pages, yellowed, produced in me a shiver that was almost like a warning. Rapidly, I found what I was seeking, Spinoza, Benito. Jewish philosopher born in Amsterdam, of a Sephardic family. I took down notes on some loose pieces of paper, especially, the books he had written. The point that affected me the most was when I learned that he had been expelled from Judaism for his heretical positions. On returning the book, I asked the person in charge if the Library had any books by that author. She said no, but on seeing my grimace of dismay that surely passed over my face, she observed me carefully.”
“Then, she wanted to know why I, a person so young, was looking for writings by a man who had lived so many years ago and left behind such a poor reputation in religion and philosophy. I didn’t know how to answer her, but something told me that there I could have the opportunity to clarify something more. “I heard that someone was speaking about his teachings and it awakened my curiosity,” I answered have-heartedly.”
“In that case, there is very little you can get here. If you are as interested as you say, there is in the Capital,a bookstore, run by a very special gentleman who can probably help you in your search. He is discreet and well-meaning. Go see him.” “She took a piece of paper from those that were used to note down requests and rapidly scribbled some lines.” “I hope that he will he helpful in resolving your doubts. But don’t believe too much in what Spinosa has to say. Good day.” “She didn’t give me time to do anything, not even thank her since she disappeared into a small office nearby.”
Don Segismundo stopped the reading and raised his eyes as if to focus on an event in the past that was circulating in front of his eyes.
“I suppose it’s unnecessary to state the address that the good lady gave you was of this bookstore. When I opened the store, I sent out, I think, hundreds of announcements to public and private libraries in a broad area around this city. I’m pleased to know that they arrived and were valued.”
“Do you have a list of the recipients.” I asked anxiously.
“I found them in a telephone book. That was my list. I’m sorry.”
“Don’t worry.”
Our host returned to his reading and the story of his unexpected client: “Several days of doubt and indecision passed by. I wondered if to satisfy a whim I ought to sacrifice a day of work, as well as the money for the train and then if it was justifiable to waste about books of an imprecise destination. But the desire to know remained and every once in a while, returned pushing me with its sting. Until this morning I couldn’t fight any longer against this fixed idea. I invented an excuse to delay my entry into the business it had me there. What can help me to save this situation? The only thing I could do is offer him books so that he knew the man and his doctrine. Perhaps I can give him some bits of information and details, but there is nothing better to read the scholars about a theme in order to know it in depth.
“I thought for a few moments about which books could be the texts that might serve him as an introduction to such a complex issue and a resource occurred to me that could have a favorable result. . . ”Wait a moment,” I told him.
“I went over to some shelves where authors and philosophical were kept, I took two volumes and I returned to where the young man was impatiently waiting. Seeing him in this state, I asked him if he felt okay.” “Yes,” he replied. What happened is that I have to return to work very soon. My papa is beginning to suspect that I’m involved in something strange”. “Okay, let’s take advantage of the time in the best way possible. Here I have a book with which you will come in contact for the first time with the master from Amsterdam. A biography written by Karl Gebbart, I believe it is a work understandable by a neophyte and the Tractate Theological-Political, which, although it’s title seems catastrophic, his style permits a rapid access; of course, it has its difficulties, I won’t deny it, but Spinoza is a master in the art of making the complicated accessible”.
“I gave him the books, and he looked at them as if they were objects from another world. He flipped through the pages without looking for something specific, until, with a tone of resignation, he confessed, “I can’t buy them. I don’t have enough money.”
“Then, I did something that I had never done until then and that I rarely did in the future.” “Take them, on trust. You will pay for them as you can.
“But you don’t know me. You don’t even know my name, he protested” “Don’t you believe it. I know you better than you think. Moreover, a name doesn’t make any difference. What’s important is the person.”
“He looked at me with a teary shine in his eyes. Then, he looked in his pants pocket, extracted a bill of a very small denomination and he extended it to me.”
Costa Rica es el hogar de aproximadamente 4000 judíos, la mayoría de ellos descendientes de los más de 300 inmigrantes de Zelechow, Polonia, que llegaron a principios de la década de 1930 en busca de oportunidades económicas y huyendo de las primeras señales de advertencia del gobierno nazi. El Museo de la Comunidad Judía de Costa Rica de San José presenta la historia de esa inmigración, así como los primeros años de los hombres como vendedores de puerta en puerta, cuando se ganaron el apodo yiddish de “clappers” por el sonido que hacían tocando puertas—se desarrolla a través de una serie de fotografías de archivo, paneles informativos y artefactos rituales. Valiosos shofars, tallits e instrumentos de brit milah atestiguan la adhesión de los primeros pobladores a la vida religiosa. El museo es parte del Centro Israelita Sionista de Costa Rica, un extenso campus inaugurado en 2004. Con 2.500 miembros, esta es la dirección principal ortodoxo para gran parte de lo judío en el país: servicios de adoración diarios, certificación de kashrut, mikvehs, educación escolar diurna, programas para personas mayores y sociedad funeraria. Hay una sinagoga reformista. Los judíos ocupan un lugar elevado y enrarecido en la sociedad costarricense. Operadores turísticos usan misma palabra: “elegante”, utilizada con reverencia en lugar de como un insulto—cuando lucha en inglés para describir a los judíos locales, muchos de los cuales son dueños de importantes concesionarios de automóviles, franquicias de comida rápida y otros negocios exitosos.
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Costa Rica is home to approximately 4,000 Jews, most of them descendants of the 300-plus immigrants from Zelechow, Poland, who arrived in the early 1930s looking for economic opportunity and fleeing the early warning signs of Nazi rule. In San José’s Museo de la Comunidad Judía de Costa Rica, the story of that immigration as well as the men’s early years as door-to-door salesmen—when they earned the Yiddish sobriquet “klappers” for the sound they made knocking on doors—unfolds through a series of archival photographs, informational panels and ritual artifacts. Treasured shofars, tallits and brit milah instruments testify to the earliest settlers’ adherence to religious life. The museum is housed in the Centro Israelita Sionista de Costa Rica, a sprawling multi-acre campus opened in 2004. With 2,500 members, this is the main address for most things Jewish in the country—daily Orthodox worship services, kashrut certification, mikvehs, day school education, senior programs and burial society. There is one Reform congregation. Jews inhabit a lofty, rarified place in Costa Rican society. Tour leaders use the word “fancy,” with reverence rather than as a slur—when struggling in English to describe local Jews, many of whom own prominent car dealerships, fast-food franchises and other successful businesses.
“Paz y amor” celebra no solamente la sobrevivencia de Sarita y su familia, sino la recepción que recibieron de los judío costarricenses y la solidaridad de esa comunidad. Trata de la adaptación de Sarita a su vida nueva en Costa Rica. También, es una historia de amor entre Samuel Rovinski que llegará a ser un escritor importante y su querida Sarita.
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“The Mountain of Saw Dust”
“Peace and Love’”celebrates not only the survival of Sarita and her family, but also the reception they received by the Costa Rican Jews and the solidarity of that community. It deals with Sarita’s adaptation to her new life en Costa Rica. Also, it is adolescent love story between Samuel Rovinski, who would become an important writer, and his beloved Sarita.
Parque de la Vida – en honor de los 190 sobrevivientes del Holocausto que hicieron sus vida en Costa Rica/ Life Park – in honor of the 190 Holocaust survivors who made their lives in Costa Rica — Velma Faingerziedt, directora
Centro de Espiritualidad y Cultura Judía.Promoviendo los valores de nuestra tradición desde una perspectiva plural, moderna y espiritual. Miembro del movimiento Masorati – Conservador.
Centro de Espiritualidade e Cultura Judaica, promovendo os valores da nossa tradição numa perspectiva plural, moderna e espiritual. Membro do movimento Masoratí – conservador.
Center of Jewish Spirituality and Culture, promoting the values of our tradition from a plural, modern and spiritual perspective. Member of the Masorati movement – Conservative.
Ser uma comunidade judaica de referência no judaísmo liberal, crítico e pensante para o Brasil. Uma kehilá kedoshá baseada em valores e conteúdo, e fundamentada no Ticun Olam e na assistência social. Relevante para seus membros e reconhecida como modelo de acolhimento, de inserção social, de integração comunitária e de educação abrangente.
Ser una comunidad judía de referencia en el judaísmo liberal, crítico y pensante para Brasil. Una kehilá kedoshá basada en valores y contenidos, y cimentada en Ticun Olam y asistencia social. Relevante para sus miembros y reconocida como modelo de acogida, inserción social, integración comunitaria y educación integral.
To be a Jewish community of reference in liberal, critical and thinking Judaism for Brazil. A kehilá kedoshá based on values and content, and founded on Tikun Olam and social assistance. Relevant to its members and recognized as a model of reception, social involvement, community integration and comprehensive education. – Website
La Comunidad Bet El de México es una congregación pluralista e incluyente, suscrita a los principios del Movimiento Conservador o Masortí Mundial, que brinda a sus socios una forma de vivir el judaísmo a tono con el mundo moderno, permitiendo a la familia rezar juntos y ofreciendo espacios a la participación activa de todos sus miembros.
A Comunidade Bet El do México é uma congregação pluralista e inclusiva, inscrita no princípios do Movimento Conservador ou Masorti Mundial, que oferece aos seus membros uma forma de viver o judaísmo em sintonia com o mundo moderno, permitindo que a família reze em conjunto e oferecendo espaços para a participação ativa de todos os seus membros.
.Bet El unit in Mexico is a pluralistic and inclusive congregation, pluralistic and inclusive region, subscribed to the principles of the Conservative Movement or World Masorti, which offers its members a way of living Judaism in tune with the modern world, allowing the family to pray together and offering spaces for the active participation of all its members. – Sitio web
Harry Abend. Arquitecto, escultor y orfebre judío-polaco-venezolano. Su obra, se expuso en Caracas, Valencia, Brasil, Londres y Nueva York. Y en ella usó bronce, madera, cemento y otros.Nacido en Yaroslau, Polonia en 1937, llegó a Venezuela a los 11 años de edad. Comenzó a trabajar como escultor a partir de 1958, cuando estudiaba en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad Central de Venezuela. Abend inició su actividad expositiva en 1961 y, en 1963, obtuvo el Premio Nacional de Escultura con la obra “Forma”. Un año después trabajó en Caracas junto con el escultor inglés Kenneth Armitage y artistas jóvenes venezolanos. En 1967 egresó de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV. A finales de esta década realizó relieves que fueron integrados a la arquitectura de varios edificios caraqueños, entre ellos la Sinagoga de la Unión Israelita (1969) y el Hotel Caracas Hilton, hoy Hotel Alba Caracas (1969). También la Sala Plenaria de Parque Central (1974) y la Sinagoga de la Asociación Beth-El (1974-1975). Pero fundamentalmente destacado su trabajo en el Teatro Teresa Carreño (1980-1982). Luego, en 1976, el artista se mudó a Londres donde continuó desarrollando sus trabajos en madera y metal. Allí expuso en galerías como la Roundhouse Gallery y la Hayward Gallery. Pero en la capital británica vivió hasta 1982, cuando volvió a Venezuela. En los últimos años Harry Abend continuó trabajando y exponiendo. En 2019, como parte de la exhibición “Harry Abend: lo inesperado”, de la Sala Mendoza, lanzó un libro retrospectivo de su obra .
Harry Abend. Polish Venezuelan Jewish architect, sculptor and goldsmith. His work was exhibited in Caracas, Valencia, Brazil, London and New York. And in it he used bronze, wood, cement and others.Born in Yaroslau, Poland in 1937, he came to Venezuela at the age of 11. He began working as a sculptor in 1958, when he was studying at the Faculty of Architecture and Urbanism of the Central University of Venezuela. Abend began his exhibition activity in 1961 and, in 1963, he won the National Sculpture Prize with his work”Forma.” A year later he worked in Caracas together with the English sculptor Kenneth Armitage and young Venezuelan artists. In 1967 he graduated from the UCV Faculty of Architecture and Urbanism. At the end of this decade he made reliefs that were integrated into the architecture of several Caracas buildings, among them the Synagogue of the Israelite Union (1969) and the Hotel Caracas Hilton, today Hotel Alba Caracas (1969). Also the Central Park Plenary Hall (1974) and the Beth-El Association Synagogue (1974-1975). But his work at the Teresa Carreño Theater (1980-1982) was outstanding. Then, in 1976, the artist moved to London where he continued to develop his works in wood and metal. There he exhibited in galleries such as the Roundhouse Gallery and the Hayward Gallery. But he lived in the British capital until 1982. In recent years, Harry Abend continued working and exhibiting. In 2019, as part of the exhibition “Harry Abend: the unexpected” by Sala Mendoza, he launched a retrospective book of his work.
En Buenos Aires, hay una plétora de sinagogas que sirven a la comunidad de 160,000 mil judíos. La gran mayoría de los que pertenecen a las sinagogas son ortodoxos: Askenazí, de origen europeo y un número Sefardí, de origen de los descendientes de los que tuvieron que dejar España después de 1492. Además, hay sinagogas de Masorti Olami (Conservadora) que tienen rabinos y cantores entrenados en el Seminario Judío-latinoamericano “Marshall Meyer Z”L”. Hay dos templos reformistas. Y hay numerosos centros de Jabad Lubavitch, ultra-ortodoxo. También, hay asociaciones de judío laïcos o culturales
In Buenos Aires, there is a plethora of synagogues that serve the community of 160,000 Jews. The vast majority of those who belong to synagogues are Orthodox: Ashkenazi of European origin, and Sephardic, of origin from the descendants of those who had to leave Spain after 1492. In addition, there are synagogues of Masorti Olami (Conservative) whose rabbis and singers were trained in the Jewish-Latin American Seminary “Marshall Meyer Z” L “. There are two reform temples. And there are numerous centers of Chabad Lubavitch, ultra-orthodox. There are also associations of non-believing or cultural Jews.
De todas las sinagogas de Argentina, la gran mayoría están en Buenos Aires, la capital, que refleja en parte, el hecho de que hasta 80% de los judíos del país viven dentro o cerca de Buenos Aires. La Seminario Rabínico “Marshall Meyer Z”L” queda allí tanto como las sedes culturales la Asociación Mutual Israelita Argentina y La Hebraica y también el Congreso Judío-Latinoamericano. Y hay redes de escuelas judías y programas deportivas.
La situación en el interior del país es bien diferente. En las otras ciudades grandes, Córdoba, Rosario y Tucumán, el número de judíos no pueden soportar más de dos o tres sinagogas. En otros lugares, los socios luchan para mantenerse en comunidades o kehilot mucho más chicas. Estas sinagogas existen desde el calor de la provincias del Chaco y Resistencia hasta el frío de Tierra del Fuego en el sur. Son ortodoxos or masorati olam (Conservadores). Recientemente, Jabad Lubavitch, la organización ultra-ortodoxa, ha extendido sus servicios religiosos y sociales a lugares que antes tenía poca vida judía.
En las provincias de Entre Ríos y Santa Fe quedan sinagogas chicas fundadas a fines del siglo XIX en las colonias agrícolas en la pampa. Ahora unas pocas de estas sinagogas son activas; las otras han vuelto a ser museos de la época de “los gauchos judíos”, los primeros pioneros judíos en la Argentina.
Of all the synagogues in Argentina, the vast majority are in Buenos Aires, the capital, which reflects in part the fact that up to 80% of the country’s Jews live in or near Buenos Aires. “Marshall Meyer Z”L” Rabbinical Seminary is there as well as the cultural headquarters of the Argentine Israelite Mutual Association and La Hebraica and also the Jewish-Latin American Congress. And there are networks of Jewish schools and sports programs.
The situation in the interior of the country is quite different. In the other large cities, Córdoba, Rosario and Tucumán, the number of Jews cannot support more than two or three synagogues. In other places, members struggle to stay in much smaller communities or kehilá. These synagogues exist from the heat of the provinces of Chaco and Resistencia to the cold of Tierra del Fuego in the south. They are orthodox or masorati olam (Conservatives). Recently, Chabad Lubavitch, the ultra-Orthodox organization, has extended its religious and social services to places that previously had little Jewish life.
In the provinces of Entre Ríos and Santa Fe there are still small synagogues founded at the end of the 19th century in the agricultural colonies on the pampas. Now a few of these synagogues are active; the others have returned to being museums from the time of “the Jewish gauchos”, the first Jewish pioneers in Argentina.
Marjorie Agosín nació en Chile en 1955. Comenzó a escribir poesía cuando era niña, y luego de que su familia se mudó a Atenas, Georgia, en 1969, continuó escribiendo poemas en español. Recibió una licenciatura de la Universidad de Georgia y una maestría y un doctorado de la Universidad de Indiana. Agosín es autor de numerosas colecciones de poesía, entre ellas En el umbral de la memoria: poemas nuevos y seleccionados (White Pine Press, 2003); Toward the Splendid City (Prensa Bilingüe / Editorial Bilingüe, 1994), ganadora del Premio de Literatura Latina 1995; y Sargasso (White Pine Press, 1993). Agosín, que escribe principalmente en español, invoca con frecuencia temas de desplazamiento e inmigración en su poesía. En una entrevista con Blackbird, ella dice: “Siento que no pertenezco. Me siento un extraño, lo cual es muy bueno para un poeta, sentirse un extraño”. Agosín es también autor de varias obras en prosa, entre ellas A Cross and a Star: Memoirs of a Jewish Girl in Chile (University of New Mexico Press, 1995) y I Lived on Butterfly Hill (Atheneum Books, 2015), ganadora del premio 2015 Premio Internacional del Libro Latino en ficción para adultos jóvenes.nActivista de derechos humanos, Agosín es conocida por su trabajo en la promoción de la justicia social y el feminismo. En 1998, recibió un Premio al Liderazgo de las Naciones Unidas en Derechos Humanos, y en 2002, el gobierno de Chile le otorgó el Premio Gabriela Mistral por logros en la vida. Galardonado con el prestigioso premio español Letras de Oro. Agosín es profesor de español en Wellesley College. Vive en Wellesley, Massachusetts.
The poet
Marjorie Agosín was born in Chile in 1955. She began writing poetry as a child, and after her family moved to Athens, Georgia in 1969, she continued to write poems in Spanish. He received a BA from the University of Georgia and an MA and Ph.D. from Indiana University.nAgosín is the author of numerous collections of poetry, among them On the Threshold of Memory: New and Selected Poems (White Pine Press, 2003); Toward the Splendid City (Prensa Bilingüe / Editorial Bilingüe, 1994), winner of the 1995 Latin Literature Award; and Sargasso (White Pine Press, 1993). In an interview with Blackbird, she says: “I feel like I don’t belong. I feel like a stranger, which is very good for a poet, to feel like a stranger.” Agosín is also the author of several prose works, including A Cross and a Star: Memoirs of a Jewish Girl in Chile (University of New Mexico Press, 1995) and I Lived on Butterfly Hill (Atheneum Books, 2015), winner of the award 2015 International Latin Book Award in fiction for young adults. A human rights activist, Agosín is known for her work promoting social justice and feminism. In 1998, he received a United Nations Leadership Award in Human Rights, and in 2002, the Chilean government awarded him the Gabriela Mistral Award for achievements in life. Recipient of the prestigious Letras de Oro Spanish award, Agosín is a Spanish professor at Wellesley College. She lives in Wellesley, Massachusetts.
Samuel Shats nació en Santiago, Chile y tiene un doctorado en ingeniería de la Universidad de Tel Aviv. Trabajó como docente, investigador y emprendedor antes de dedicarse a la fotografía. Su carrera fotográfica comenzó en 1969 cuando ingresó al Cine Club de Fotografía de Chile, institución que presidió de 1994 a 1996. En 1983 comenzó a desarrollar sus proyectos fotográficos personales. Ha expuesto en más de 17 exposiciones individuales y 30 exposiciones colectivas en Chile, Israel, Argentina, Brasil y Estados Unidos. Además de su actividad creativa ha sido juez, comisario y docente y ha dirigido un taller de creación fotográfica durante años.
Samuel Shats was born in Santiago, Chile, and holds an Engineering PhD from Tel Aviv University. He worked as a teacher, researcher, and entrepreneur before dedicating himself to photography. His photographic career began in 1969 when he joined the Chilean Photo Cine Club, an institution he chaired from 1994 to 1996. In 1983 he began to develop his personal photographic projects. He has exhibited in more than 17 individual exhibitions and 30 group exhibitions in Chile, Israel, Argentina, Brazil and the United States. In addition to his creative activity he has been a judge, curator and teacher and has directed a photographic creation workshop for years.
Alison Ridley llegó a Hollins University en 1991 después de completar su doctorado.en la Universidad Estatal de Michigan. Los intereses de investigación del profesor Ridley incluyen la picaresca española y el drama español del siglo XX. Ha publicado artículos sobre el dramaturgo español Antonio Buero Vallejo y la novela picaresca Guzmán de Alfarache. También ha presentado ponencias en congresos nacionales e internacionales.
Alison Ridley came to Hollins in 1991 after completing her Ph.D. at Michigan State University. Professor Ridley’s research interests include Spanish picaresque and 20th century Spanish drama. He has published articles on the Spanish playwright Antonio Buero Vallejo and the picaresque novel Guzmán de Alfarache. He has also presented papers at national and international conferences.
Pablo A. Freinkel (Bahía Blanca, Argentina, 1957). Licenciado en Bioquímica. Periodista y escritor. Sus artículos y notas se han dado a conocer en Buenos Aires, New York y Jerusalem; y en medios online nacionales y extranjeros. Es autor de cuatro libros: Diccionario Biográfico Bahiense, el ensayo Metafísica y Holocausto, y las novelas El día que Sigmund Freud asesinó a Moisés y Los destinos sagrados. Escribió el guión del documental Matthias Sindelar: un gol por la vida. Ha dictado conferencias sobre Spinoza, Maimónides y literatura judía argentina actual, en diferentes instituciones del país. Se encuentra en redacción El lector de Spinoza.
Pablo A. Freinkel (Bahía Blanca, Argentina,) who has a degree in biochemistry. He is a journalist and writer. His articles and notes have been published in Buenos Aires, New York and Jerusalem, in Argentine and international online media. Freinkel is the author of four books: Diccionario Biográfico Bahiense, Metafísica y Holocausto, and the novel El día que Sigmund Freud asesinó a Moisés and Los destinos sagrados. He wrote the script for Matthias Sindelar: un gol por la vida. He has lectured on Spinoza, Maimonides and on contemporary Argentine-Jewish literature throughout Argentina. His El lector de Spinoza is in press.
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Escrita con un pulso narrativo muy dinámico y hasta casi hipnótico -de esos que dificultan la interrupción de la lectura- Pablo Freinkel nos relata una historia que, si bien se desarrolla cercana a la comunidad judía (son imperdibles y muy interesantes los detalles acerca de las costumbres y tradiciones del pueblo judío) nos atrapa de principio a fin. — Pablo Bauchiero, Buenos Aires, 2019.
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Written with a very dynamic and even almost hypnotic narrative pulse – one of those that make it difficult to interrupt reading – Pablo Freinkel tells us a story that, although it takes place close to the Jewish community (the details about the customs and traditions of the Jewish people) grabs us from beginning to end. — Pablo Bauchiero, Buenos Aires, 2019.
— ¡Eso es lo de menos! —Sonia se exasperó por no poder hacerse comprender cómo deseaba— ¡Debe haber algo! ¡Yo sé que hay algo!
Intenté calmar su enojo con una recopilación de los hechos conocidos hasta ese momento.
-Hace muchos años, según te contó un hombre mayor, un grupo de judíos, quizá disidentes o marginales de la comunidad central, se reunía en esta casa para celebrar sus fiestas.
Un paredón cortaba de manera abrupta la callejuela sombría. A escasos metros de allí, frente a nosotros, la fachada del inmueble mostraba las cicatrices de años a la intemperie y la ausencia de mantenimiento. No había diferencia alguna entre este y las construcciones de su entorno, excepto que encima de la puerta de entrada se destacaba una estrella de David inscripta en un círculo. No era un símbolo extraño en sí, ya que la mayoría de los templos hebreos presentaba esa ornamentación. El enigma consistía en saber si alguna vez ese edificio había funcionado como sede de alguna institución comunitaria.
A mi lado, Sonia, anhelante, esperaba una reacción que la convenciera de que no se había equivocado.
-¡Sí! —aplaudió, exaltada—. Creí que no te ibas a acordar.
—También me dijiste entonces que era un buen material para investigar y que te parecía… romántico —casi se desmayó de la emoción. Se pegó a mí y pude sentir el palpitar de su corazón. Todo su cuerpo emanaba un hálito de tierna calidez.
Hacía referencia a una circunstancia ocurrida un par de años atrás, cuando yo me encontraba en la disyuntiva de exponer una investigación periodística acerca de las causas que habían motivado al doctor Sigmund Freud a declarar que el héroe hebreo Moisés no fue más que un simple egipcio sin conexión alguna con el pueblo elegido, la cual creía que iba a constituirse en la base de mi lanzamiento profesional y personal, o huir sin atenuantes para continuar mi existencia carente de sentido. Finalmente, presenté mi labor y no sucedió ninguna de las alternativas consideradas. Ahora, según la apreciación de mi esposa, el misterio de esta casa se presentaba como una segunda oportunidad, en esta ocasión para salvarme de caer en una depresión de límites imprecisos.
—No entiendo —dije eligiendo las palabras para no provocar su frustración—. ¿Qué hay para investigar? Es una casa antigua que no dice nada, y sí, tal vez en algún momento, haya funcionado como templo o club social.
Fue entonces cuando explotó:
—¡Eso es lo de menos! ¡Debe haber algo! ¡Yo sé que hay algo!
Miró el despojo que tenía ante sus ojos casi llorosos por la desilusión, como si le quisiera arrancar alguna palabra, una clave que la condujera a una pista y de allí a la resolución de su secreto. Las mejillas habían enrojecido, un ligero temblor agitaba sus labios y por encima de ellos brillaban unas gotas de transpiración. De pronto, de uno de los bolsillos de su campera extrajo una cámara fotográfica. Tomaba instantáneas casi sin mirar, en sucesión ininterrumpida; se movía de aquí para allá, enfocándose en la estrella inscripta en el círculo. Yo la miraba hacer y creía ver en sus acciones una manera de evitar la rendición, el naufragio definitivo de su esperanza. Poco a poco su humor fue cambiando; el enojo se moderaba, la crispación mudaba en desenfado. De inmediato comenzó a reírse, a expresar una alegría juguetona y despreocupada. Llovieron fotografías sobre mí desde todos los ángulos posibles, incluso los más descarados. Yo me contagié de su cascabeleo. La risa se nos pegaba, uniéndonos en una danza mágica. Hasta que interrumpió el descontrol con una frase concluyente:
It was then that she exploded: “That’s the least of it! There has to be something. I know that there is something!”
She looked at the dilapidation in front of her almost tearful eyes, as if she wanted to pull out a word, a key that would lead her to a trail and from there a resolution of its secret. He cheeks had reddened, a light trembling in her lips and above them shined a few drops of perspiration. Immediately, from one of the pockets or her jacket, she took out a camera. She took snapshots, almost without looking, in uninterrupted succession; she moved from here to there, focusing on the star WRItten in the circle. I watched her do it and believed I saw in her actions a manner to avoid surrender, the definitive ship wreck of her hopes. Little by little, her mood was changing; her anger cooled, the tension became ease. Suddenly, she began to laugh, to express a playful and unworried joy. Photographs rained over me from all angles, including the most shameless. I was infected by her jingling. The laughter stuck us together, uniting us in a magical dance. Until she interrupted the lack of control with a concluding phrase:
— ¡Me muero de hambre!
La miré, seguramente con la estúpida expresión de un hombre enamorado. El arrebol de sus mejillas se había intensificado; brillaban sus ojos, los labios entreabiertos invitaban al encuentro, el deseo vibraba en cada fibra de nuestro ser. Ella puso fin a ese momento con un gesto indolente, un mohín que la hizo más bella si esto era posible. Guardó la cámara y empezó a caminar hacia la calle que marcaba el límite de la cortada. En eso se detuvo mirando a su alrededor.
— ¿Qué pasa? —quise saber hablándole desde unos pasos atrás.
—Ni siquiera sabemos cómo se llama este recoveco —miró a uno y otro lado buscando en vano un cartel de señalización—. No podemos irnos sin saberlo. ¡Es importante!
Sin pensarlo, encaró hacia una de las casas y tocó el timbre. El ladrido de uno o varios perros respondió a la chicharra y poco después se asomó una mujer mayor, menuda, cuya cabeza estaba cubierta por pequeños ruleros colocados apretadamente uno junto al otro, con una redecilla invisible sosteniendo el conjunto. Nos miró con precaución dando un paso atrás, hacia el interior. Usaba un vestido viejo y encima un abrigo de lana deformado por los varios de años de servicio.
— ¿Qué se les ofrece? —graznó una voz pastosa.
—Discúlpenos, buena señora —Sonia utilizaba sus mejores modales, pero estos a veces se confundían con un tono sarcástico—, ¿sería tan amable de decirnos el nombre de esta calle?
La mujer nos volvió a mirar, sus ojos relampaguearon y con una sonrisa en sus labios finos y resecos, respondió antes de desaparecer tras la puerta:
—La calle de Caín.
La actitud y las palabras de la vieja habían impresionado a mi esposa, que se mantuvo en silencio por varias cuadras rumbo a nuestro departamento. Me sorprendía su falta de reacción, la ausencia de comentarios, el andar cabizbajo. Verdaderamente, ese encuentro había hecho un fuerte impacto en Sonia. Permanecía callada ante mis insistentes requisitorias, se molestaba cuando yo la distraía del ensimismamiento en que se había sumido. A poco de llegar a destino, se paró en seco y me miró como si fuera la primera vez que me tenía frente a ella. Entonces dijo con una gravedad que apenas le conocía:
— ¿Cómo hizo esa mujer para ponerse los ruleros uno tan cerca del otro sin que se le escapara una sola mecha de pelo?
La observé incrédulo, pasmado, sin poder salir de mi asombro. Había andado casi un kilómetro sin hablar, creyendo que estaba sumergida en vaya uno a saber qué pensamientos profundos, y lo único que había ocupado su mente era la destreza de la anciana para colocarse esos ridículos adminículos en la cabeza.
— ¿Eso es todo? —le pregunté atorado por la rabia.
— ¿Qué?
—Lo único que te llamó la atención de esa mujer.
—Es una tontería, ya sé. Pero hay que reconocerle habilidad y pericia para lograr esa perfección.
Me di vuelta y seguí mi camino, dejándola varios metros atrás. Ella corrió para ponerse a la par y empezó a embromarme, a burlarse de mí hasta que no toleré más y, atrayéndola hacia mí, le estampé un beso apasionado que la dejó sin aire.
— ¡Caballero! ¿Cómo se atreve?
Una vez en casa, retiró una pizza del freezer y la colocó en el horno de microondas. A pesar de que reconocía su utilidad en momentos complicados, yo detestaba esas comidas rápidas y para no ocasionar una discusión inútil dejé pasar la cuestión. En tanto la electricidad hacía su trabajo, ella fue a la computadora. Conectó la cámara digital al CPU y la primera toma apareció en la pantalla. Era una imagen panorámica de la casa: la puerta, las dos ventanas, el estado general de deterioro. Una a una, desfilaban las fotografías sin aportar ningún detalle que nos pusiera en la huella. La alarma del horno nos sacó de clima justo cuando empezaban a verse las fotos que me ubicaban en la escena en cuestión.
Fuimos a almorzar sin expectativas de hallar nada. La primera ronda de imágenes había sido decepcionante, circunstancia que se tradujo en la falta de ímpetu siquiera para comentar la reciente aventura. Mientras comíamos, Sonia tenía la vista fija en la bandeja de la pizza como si la interrogara en procura de respuestas. Me molestaban esos silencios, así que para licuar la tensión traté de ver las cosas con optimismo:
—Es inútil hacerse problemas por algo que no sabemos si existe. Vamos a echarle una mirada a esas fotografías y si no obtenemos resultados concretos, nos despedimos de todo el asunto.
—No —replicó sin atenuantes—. Puedo sentir que allí efectivamente tenemos una punta de lo que buscamos.
—¿Y qué buscamos? —pregunté interesado en su respuesta.
—Te lo diré cuando lo encontremos.
Los argumentos de esa naturaleza no se pueden discutir: A es B porque B es A, carecen en absoluto de lógica. Puse un punto final y elogié el excelente sabor de la pizza.
Después de hacer orden en la cocina, regresamos a la computadora. Otra vez desfilaron las imágenes. Esta vez, utilizamos el zoom para observar detalles que a simple vista se nos pudiesen haber escapado. Miramos una por una hasta que en la pantalla brilló nuevamente la primera de la serie dedicada a mí. Sonia esbozó una sonrisa; acercaba y alejaba la imagen a gusto mientras uno de mis ojos ocupaba todo el espacio o mi nariz se reducía hasta la insignificancia. Ahora ella jugaba, se divertía. Repetía la misma operación con cada una de las tomas estallando en carcajadas. En realidad, yo ya me estaba aburriendo y le prestaba poca atención.
—Miren la orejita de Marquitos —escuché que decía en tono dicharachero. Desvié la mirada hacia la pantalla y en efecto allí estaba mi oreja en primer plano. Iba a decirle que ya era suficiente cuando noté un detalle repentino, apenas una sombra.
—Esperá, esperá —le dije con un grito cuando se aprestaba a avanzar. Sonia se sobresaltó y quedó estática—. Buscá el centro de la estrella… Andá paso a paso… no te apures.
La imagen quedó fija en el hexágono delimitado por la intersección de los dos triángulos que conformaban la estrella. Allí, en el centro, en medio de la figura de seis lados, destacaba lo que podía ser apenas un cambio de textura, una sombra o una de las tantas irregularidades en el revoque por obra del paso del tiempo. Tal vez, la necesidad de ver algo para compensar las horas perdidas en esa tarea. Tenía el aspecto de una letra “r” de imprenta al revés o, quizá, podía ser también una coma o un bastón. A pesar de la falta de precisión, era similar a algo conocido que todavía no podía precisar.
— ¿Ves esto? —pregunté acompañando una y otra vez el contorno que aparecía en la pantalla con mi dedo índice derecho extendido.
—Está muy borroso, quizá sea una imperfección.
— ¡Pero lo ves! —reiteré para borrar la duda que tenía.
—Sí, acá está —me quitó la mano y empezó a copiar mi movimiento—. No es tu imaginación. Creo.
La miré como haciéndole notar que su última observación estaba de más.
—Está bien, está bien —dijo cubriéndose la cabeza, previendo un posible ataque que naturalmente nunca llegó—. Bueno, querido, preparate. Mañana tenemos una nueva excursión hasta la casa del misterio. Pero en esta ocasión, llevaremos una escalera.
Una vez más, Sonia me sorprendió con su iniciativa. Las dudas que yo podía albergar, para ella eran certezas incontrastables. Allí había algo y teníamos la obligación de descubrirlo. Con total espontaneidad había titulado el asunto como “la casa del misterio”. Habrían de pasar varios días para que ella misma lo redefiniera como “la casa de Caín”.
“That’s the least of it!” Sonia was exasperated for not being able to be understood as she wished. There must be something! I know that there is something!
She tried to calm her anger with a review of the facts known up to that moment.
“Years ago, according to what an old man tole you, a group of Jews, perhaps dissidents or separated from the central community, met in that house to celebrate their parties.
A wall cut abruptly into the cheerless alley. A few meters ahead, in front of us, the façade of the building showed the scars of years of weather and the absence of maintenance. There was no difference at all between this one and the buildings of the area, except that above the entrance door stood out a Star of David within circle. In itself, it wasn’t a strange symbol, since the majority of Jewish temples carry this ornamentation. The enigma consisted in knowing if at one time that building had functioned as the headquarters for a community organization.
At my side, Sonia, eager, hoped for a reaction that would convince her that she hadn’t been mistaken.
“Yes!, she approved, very excited, “I thought you weren’t going to remember.”
“You also told me that then that it was a good subject to investigate and that it seemed to you ‘romantic.’ You almost fainted from the emotion. She stuck tight to me and I could hear the beating of her heart. Her entire body emanated a breath of tender warmth.
She was making reference to a circumstance that had occurred a couple of years earlier, when I entered in the quandary whether to expound a journalistic investigation about the causes that had motivated Dr. Sigmund Freud to declare that the Jewish hero Moses wasn’t not more than a simple Egyptian without any connection whatsoever with the chosen people, that he believed was going to constitute the my launch personally and professionally, or flee, without extenuating circumstances to continue my meaningless existence. Finally, I presented my work and neither of the considered alternatives took place. Now, according to my wife’s view, the mystery of this house presented itself as a second opportunity, in this occasion to save me from a depression of imprecise limits.
“You also told me that then that it was a good subject to investigate and that it seemed to you ‘romantic.’ You almost fainted from the emotion. She stuck tight to me and I could hear the beating of her heart. Her entire body emanated a breath of tender warmth.
She was making reference to a circumstance that had occurred a couple of years earlier, when I entered in the quandary whether to expound a journalistic investigation about the causes that had motivated Dr. Sigmund Freud to declare that the Jewish hero Moses wasn’t not more than a simple Egyptian without any connection whatsoever with the chosen people, that he believed was going to constitute the my launch personally and professionally, or flee, without extenuating circumstances to continue my meaningless existence. Finally, I presented my work and neither of the considered alternatives took place. Now, according to my wife’s view, the mystery of this house presented itself as a second opportunity, in this occasion to save me from a depression of imprecise limits.
“You also told me that then that it was a good subject to investigate and that it seemed to you ‘romantic.’ You almost fainted from the emotion. She stuck tight to me and I could hear the beating of her heart. Her entire body emanated a breath of tender warmth.
She was making reference to a circumstance that had occurred a couple of years earlier, when I entered in the quandary whether to expound a journalistic investigation about the causes that had motivated Dr. Sigmund Freud to declare that the Jewish hero Moses wasn’t not more than a simple Egyptian without any connection whatsoever with the chosen people, that he believed was going to constitute the my launch personally and professionally, or flee, without extenuating circumstances to continue my meaningless existence. Finally, I presented my work and neither of the considered alternatives took place. Now, according to my wife’s view, the mystery of this house presented itself as a second opportunity, in this occasion to save me from a depression of imprecise limits.
The attitude and words of the old lady had impressed my wife, who maintained silence for several blocks on the way to our apartment. Her lack of a reaction surprised me, the absence of comments, the walking head down. Truly, that meeting had had a strong impact on Sonia. She remained quiet against my insistent requests; she was bothered when I distracted her from the self-absorption into which she had sunk. A bit before arriving at her destination, she stopped cold and looked at me as if it were the first time she had me in front of her, Then, she said with a gravity that I hardly knew she had:
“How did that women put her rollers so close together without a single a single bit of hair escaping?
I observed her, incredulous, confounded, without being able to get over my surprise. She had walked almost a kilometer without speaking, I, believing that she was immersed in who knows what profound thoughts, and the only thing that had occupied her mind was the old lady’s skill in placing those ridiculous gadgets on her head
“That’s all?” tongue-tied with anger, I asked her.
“What?
“The only thing that caught your attention about that woman.”
“It’s nonsense, I know. But you have to recognize her skill and expertise in achieving that perfection. I turned around and continued on my way, leaving her several meters behind. She ran to catch me, and she began to tease me, to make fun of me until I couldn’t take it anymore, and bringing her close to me, I hurled a kiss at her that left her without air.
“Sir, how dare you?”
Once at home, she took a pizza from the freezer and placed in the microwave oven. Although I recognize their utility in complicated times, I detest these quick dinners and in order to avoid a useless discussion, I let the issue pass. As soon as the electricity did its work, she went to the computer. She connected the digital camara to the CPU and the first shot appeared on the screen. It was a panoramic image of the house: the door, the two windows, the general state of deterioration. One after one, the photographs filed past without adding any detail that might put us on the trail. The oven alarm took us out of the fixation just when photos that placed me in the scene in question,
We went to have lunch without the expectation of finding anything. The first round of images had been disappointing, a circumstance the translated into a lack of impetus to even comment on the recent adventure. While we ate, Sonia had her eyes fixed on the pizza tray as if she were interrogating it to search of answers. I detest these silences. These silences bother me, so to melt the tension, I tried to see things with optimism:
“It’s useless to create problems about something that we don’t know if it exists. We’ll take a look at these photos, and if we don’t get concrete results, we’ll say goodbye to the matter.”
“No” she replied without any hesitation. “I can feel that here we have, in effect, a starting point for what we’re looking for.”
“And what are we looking for?” I asked, interested in her answer.
“I will tell you when we find it.”
Arguments of this nature can’t be discussed: A is B because B is A, absolutely is illogical. I put a final point to it, and I praised the excellent taste of the pizza.
After straightening up the kitchen, we returned to the computer. Once again, the images filed by. This time, we used the zoom to observe details that at a quick look could have escaped us. We looked at one after another until on the screen shined again the first series dedicated to me. Sonia gave a hint of a smile and moved away from the image as she pleased, while one my eyes occupied all of the space or my nose was reduced to insignificance. Now she was playing, enjoying herself. She repeated the same operation with each of the shots, breaking out in loud laughter. Truthfully, I was getting bored and I didn’t pay much attention to her.
“Look at Marquitos’ ear” I heard in a chatty tome. I diverted my gaze to the screen and in effect there was my ear in the closeup. I was going to tell her to stop, when I noticed a sudden detail, hardly a shadow.
“Wait, wait” I told her with a shout when she was about to advance. Sonia was startled and stopped ecstatic. “Look in the center of the star. . . Go bit by bit. . . Don’t hurry. It had the aspect of the letter “r” printed backwards, or , perhaps it could also be a comma or a walking stick. Despite the lack of precision, it was similar
The image remained fixed in the hexagon delineated by the intersection of the two triangles that made-up the star. There in the center, in the midlle of the six-sided figure, stood out what could be a slight change in texture, a shadow or one of those many irregularities in plaster in the caused by the passage of time. Perhaps, the necessity to see something to compensate for the hours lost in the task. It had the aspect of the letter “r” printed backwards, or perhaps it could be a comma or a walking stick. In spite of the lack or precision, it was similar to something known that I could not yet determine.
“Do you see this?” I asked once and again with the outline that appeared on the screen with my right index finger.
“It’s very blurred. Perhaps, it’s an imperfection.?
“But you see it!” I reiterated to put away the doubts she had.
“Yes, here it is!” She took away my hand and began to copy my movement. “It’s not your imagination. I think.”
I watched her making a note that her last observation was a bit too strong.
“It’s okay! It’s okay! I said, covering my face anticipating an attack that naturally never happened/arrived.
“Good, my dear! Prepare yourself. Tomorrow we will have a new excursion to the mystery house. But this time, we’ll bring a ladder.
Once more, Sonia surprised me with her initiative. The doubts that I could harbor were for her unshakeable certainties. There was something there, and we had the obligation to find it. With total spontaneity, she had entitled the matter: “the house of mystery.” Several days would have to pass before she would redefine it as “The House of Cain.”
Algunas sinagogas de Ecuador, de Perú, Bolivia y Paraguay/Some of the Synagogues of Ecuador, Perú, Bolivia and Paraguay
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Ecuador
La comunidad judía ecuatoriana es un grupo homogéneo, un hecho que ha facilitado una gran organización comunal. La comunidad judía de Quito tiene su propio edificio, un hogar para ancianos y sinagogas que ofrecen servicios en Shabat y días festivos. Beit Chabad en Ecuador ofrece comida kosher.
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The Jewish population of Ecuador is approximately 600. The Ecuadorian Jewish community is a homogeneous group, a fact which has facilitated great communal organization. The Jewish community of Quito has its own building, a home for the aged, and a synagogue that holds services on Shabbat and holidays. Beit Chabad in Ecuador offers kosher food.
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Comunidad Judía del Ecuador -Quito Comunidad Judía del Ecuador – Interior Sinagoga Judía Sefardita – Quito Sinagoga de la Comunidad de Guayaquil
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Perú
Hoy Perú es el hogar de aproximadamente 2.500 judíos, la mayoría de los cuales viven en Lima, la capital. Hay comunidades activas en Guayaquil e Iquitos.
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Today Peru is home to approximately 2,500 Jews, most of whom live in Lima, the capital. There are also active communities in Guayaquil and Iquitos.
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1870 Asociación de Beneficia y Culto – Lima 1870 Asociación de Beneficia y Culto – Interior – Lima Sinagoga de San Isidro “Shavei Israel” – Lima Centro Cultural Sharon – Ashkenazi -Lima Templo de Iquitos – Amazonas
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Bolivia
La pequeña pero activa comunidad judía de Bolivia tiene alrededor de 400 miembros, la mayoría de los cuales viven en La Paz. También hay comunidades más pequeñas en Cochabamba y Santa Cruz de la Sierra.
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The small but active Jewish community of Bolivia has around 400 members, most of whom live in La Paz. There are also smaller communities in Cochabamba and Santa Cruz de la Sierra.
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Círculo Israelita de Bolivia – La Paz Sinagoga Ortodoxa – Cochabamba
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Paraguay
La comunidad judía de Paraguay es pequeña y comprende solo unas 1.000 personas. En gran parte tradicional, aunque no ortodoxa, la judería paraguaya es muy sionista y se concentra en Asunción, la capital.
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The Jewish community of Paraguay is small, comprising only some 1,000 people. Largely traditional, though not Orthodox, Paraguayan Jewry is highly Zionist and concentrated in Asunción, the capital.
Today, Puerto Rico is home to approximately 1,500 Jews, the largest Jewish community in the Caribbean. Most Jews live in the capital San Juan which boasts three synagogues, a Jewish Community Center and a kosher grocery store. The island also is home to a Hebrew school, a Zionist youth club, and other Jewish organizations. The island’s Chabad center offers a kosher restaurant and catering, serving over 30,000 meals annually.
No cenário brasileiro, uma tradição histórica: não existe um estilo arquitetônico único para as sinagogas. Elas refletem o momento vivido por uma determinada comunidade, como as características geográficas e culturais do meio onde ela se insere combinadas com tradições carregadas por aquela coletividade na Diáspora. Por exemplo, no Rio de Janeiro, sinagogas combinam a necessidade de conviver com o calor típico da cidade com tradições provenientes da longínqua Europa oriental. Do alto da sua experiência fotografando mais de uma centena de sinagogas, opina Niels Andreas: “Nenhuma sinagoga é igual à outra, embora elas sejam compostas sempre pelos mesmos elementos, como rolos da Torá, menorot, entre outros” Adaptado da revista MORASHÁ, São Paulo.
________________________________There are more than 110 synagogues in Brazil, almost half of them in São Paulo, the city with the highest concentration of Jewish population in the country.
In Brazil, there is no single architectural style for synagogues. They reflect the moment lived by a particular community, such as the geographic and cultural characteristics of the environment in which it is inserted combined with traditions carried by that community in the Diaspora. For example, in Rio de Janeiro, synagogues combine the need to live with the typical heat of the city with traditions from far eastern Europe. From the height of his experience photographing more than a hundred synagogues, Niels Andreas opines: “No synagogue is the same as the other, although they are always composed of the same elements, such as Torah scrolls, menorot, among others” Adapted from the magazine MORASHÁ, São Paulo.
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Alguns exemplos da arquitetura das sinagogas de Brasil/Some Examples of Brazilian Synagogue Architecture
Sinagoga Beth El, São Paulo Sinagoga Ohel Yaakov, São Paulo
Sinagoga Israelita Brasileira, São Paulo
Grande Templo Israelita, Rio de Janeiro Sinagoga Israelita de Petrópolis, Rio de Janeiro Sinagoga Francisco Frischmann, Curitiba Sinagoga Shear Hashamiam, Belém Sinagoga Kahal Zur Israel, Recife Sinagoga União Israelita, Porto Alegre Beit Yaacov Synagogue Rebi Meyr (interior), Manaus, Amazonas