Esther Seligson (1941-2010) –Escritora y cuentista judío-mexicana/Mexican Jewish Writer and Short-story Writer–“El sembrador de estrellas”/ “The Sower of Stars” — un cuento misterioso/a mysterious short-story

Esther Seligson

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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969, apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol. En 1973 recibió al Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y  La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras(1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010). “No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de miles de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”. Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años. En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una compilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.

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Esther Seligson estudió letras francesas e hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y empezó a publicar a los 24 años de edad en la revista Cuadernos del viento. En 1969 apareció su primer libro de cuentos Tras la ventana de un árbol. En 1973 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por su novela Otros son los sueños. Entre sus principales obras están Luz de dos (1978), Diálogos con el cuerpo y La morada en el tiempo (1981), Isomorfismos (1991) y Hebras (1996), Rescoldos (2000), A campo traviesa (2005), Toda la luz (2006) y Todo aquí es polvo (post mortem, 2010). “No puedo decir que mi literatura sea judía —afirmaba— porque hay elementos de la mitología griega, de hinduismo y de taoísmo, soy una lectora apasionada del I Ching, de sofismo y de millas de cosas. Ahora evidentemente no voy a negar que soy judía […]; considero que mi literatura es más mexicana que judía y eso lo señalaron hasta en Jerusalén”. Otra de sus pasiones fue el teatro, al que dedicó muchas reseñas y ensayos; así como la traducción de autores como Edmond Jabés y Emil M. Cioran. Fue maestra del Centro Universitario de Teatro por más de 25 años. En 1990 publicó El teatro, festín efímero (Reflexiones y testimonios), una recopilación de textos y entrevistas a los directores, dramaturgos y actores de una de las épocas más prolíficas de la escena mexicana.

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Siempre esperando, pero sin bus­car nada, sigue su camino.

Martín Buber, Yo y Tú

Él llegaba todas las mañanas a barrer el templo. Ésa había sido su tarea desde que tenía memoria, desde que su madre viniera a entregarlo como sirviente, desde las primeras espigas de la primera cosecha que recordaba y los primeros rayos del sol que mojaran sus ojos somnolientos acostumbrados a abrirse ape­nas antes del mediodía, desde la primera sangre tibia que salpicara sus rodillas y se le cuajara en la pupila atónita y el olfato asqueado. Todo estaba ya vivido, meado; no sabía desde dónde, ni cuándo el recuerdo se encontró ya ahí, completo en sus mínimos detalles, como una arquilla harto familiar cuyo contenido fuera desplegándose ante él sin titubeos ni faltantes. Y él lo reconocía, igual, sin vacilación alguna. De su cuartito en la parte baja de la ciudad hasta los umbra­ les del templo tenía que atravesar el serpenteo de ca­llejuelas del barrio de teñidores, su olor acre y áspero, su desorden de paños abatanados, trapos percudidos y macetones floridos, y subir al alba para empezar un quehacer que, insensible y silencioso, pasó a transformarse en la razón de su existencia. Aprendió a levantarse aun antes de que despuntaran los rezos en la alta madru­gada, antes de que la montaña y los senderos se cubrieran de rocío, ese súbito relente que en un cerrar de ojos descendía y desaparecía como el ondeo de un finísimo cendal antes de que el augur y el sacerdote empezaran con su trajín de fuentes, copas, tazones y vasos, y de hornillos, anafres, sebos y torcidas, antes, mu­cho antes de que nada, ni siquiera el revoloteo de cualquier palomilla parpadeara o chispeara bajo el cielo en esa invisible hora nocturna en que el aliento de las cosas quietas y de los seres vivos se pasma con asombro de recién parido. Salvo las estrellas, que nunca duermen y siem­pre están abiertas. Así fue como supo identifi­carlas, las más distantes y solitarias -porque las estrellas son lejanas entre si y caladas de so­ledad-, las pequeñas, las brillantes, las vagabundos-por la calle principal y que arrancaban casi desde el cruce de caminos donde venían a encontrarse las vías más importantes de la comarca con sus caravanas de mercaderes y peregrinos, para observarlas a su albe­drío, sin prisa. Y no sólo por eso.

A esa hora, pues se le tenía prohibido acercarse al templo, embozado y silente, de tanto en tanto, llegaba el leproso ciego, aquel de quien se decía fue profeta y favorito entre reyes y sobre el que cayera el mal divino nunca se supo bien a bien a causa de cuáles transgre­siones ocurridas en el santuario -lo sagrado es into­ cable muchacho, no intentes nunca cruzar el umbral ni descorrer el velo, aunque tire de ti, aunque te empuje su voz: resiste, date media vuelta, no mires, no alargues la mano-, aquel que hablaba con los espíritus y conocía el nombre de los ángeles y nombraba sin equívoco a cada uno de los moradores de la ciudad. Él le habló de ellas. Dijo que eran diosas, de ahí que parecieran tan vivas, y que cada una anhelaba en la tierra a su ge­melo. Las había terribles, puntualizó, estrellas maldi­tas devoradoras de almas, otras lascivas y melancóli­cas, insaciables todas, traviesas, sedientas de luz y al­mizcles, guerreras algunas, pastoras, tamborileras. Se hubiese dicho que hablaba de un fluido sutil que tras­ pasaba con su filigrana de murmullos las paredes de las casas y los sayos de sus habitantes, un fluido que religaba sin interrupción la vida de los espacios allá arriba y la de los meses y los días aquí abajo. Y él se fue habituando a mirar así, sin fragmentar, sin separar, como cuando barría después de los servicios del atardecer y con la basura de desperdicio que se mezclaban los objetos perdidos y rara vez reclamados, cinchos, fajas, pañuelos , saquitos llenos de sal o de especias aromáticas, piedras preciosas, fíbulas, arrancadas, amuletos, una variedad a find de cuentas bastante bastante finita de enseres basaban a formar parte de los bienes del templo y redistribuían a los menesterosos. Nunca había hurtado o codiciado nada para sí. Salvo la amatistas–su fuerza es sobrenatural, protegen a los hechizos y de la nostalgia–. para sembrarlas consagradas a alguna estrella y arbustos del huerto en la luna nueva. Después de la escalinatas barría las tres calzadas, limpiaba los espejos de agua, el gran atrio, y sólo al último penetraba en las salas de del santuario. Aguardaba no sabía qué exactamente y alargaba el momento de entrar seguro de que algo iba a detenerlo. Era una tirantez dentro del cuerpo que en ek origen con la espera del leproso, con la escucho de su paso firme y el leve golpe de su báculo al apoyarse. Pero más tarde, era justo cuando él partía que la expectativa se tornaba cas una zozobra, la certeza de ese algo inminente por ocurrir– desengáñate, el Destino nada tiene que con nuestras urgencias, y el llamado puede ni venir nunca. Aunque también, suele acontecer que ni siquiera nos percatemos del insta te en que se ha ofrecido–parecía caer sobre él como una mano pesado. Con los muchachos de su edad se fue a los bosques, a entregar su semilla en las hieródulas, a solazarse a bajo de las frondas en el deleite de los cuerpos, a buscarse en los juegos y en los sacrificios, las ofrendas y los festines. Un estupor vacío le quedaba al retorno. Y en la inmediatez del contentamiento su devoción fue concentrándose poco a poco hacia los misterios más ocultos del recinto sagrado, los rituales del en­cendido de las lámparas, la limpieza de los ceniceros, aspersorios y braserillos, el degüello de pichones y tórtolas, la calcinación de los panes ázimos. Le dieron una celda a un costado del patio de las purificaciones y, además, el cargo de portero. Empezó a rastrear en los gestos y miradas de los peregrinos y de aquellos que acudían regularmente a los servicios, un signo, el bruñido, la irisación de las creadoras estelares. Adivi­naba, bajo los rasgos distintos de los rostros, una misma súplica, una misma distorsión, almas mustias y asoladas, corazones sonámbulos y acanallados, la­ bios codiciosos, pesadumbre en las mejillas, soberbia en las frentes, dolor, a veces una chispa de alegría, un reto, un mentís a lo irrevocable; la esperanza ávida, la paz. Tomaba a las mujeres según se le ofrecían, sin preguntas, cauteloso, porque sabía que era posible perderse en ellas sin restitución, y porque le atemori­zaban esos seres secretos y sus indescifrables deman­das. Si alguna quería quedarse, él objetaba sus queha­ceres en el templo, su accesoria labor de hortelano, su constante vigilia, su espera.

Un día el profeta no regresó ni se supo más de su paradero, aunque un mil historias sobre su desapari­ción se contaron, que si lo habían visto en el Norte; que no, que hacia el Sur, del lado de los desiertos; que si recuperó la vista y bajo su pelliza no había ya señales del mal; que si fue arrebatado desde los cielos por un carro ígneo; que si tal que si cual. Fue enton­ces cuando él empezó a sentir su presencia mientras barría mientras sembraba. Creía ver sus mensajes entre las cenizas de los holocaustos, y escuchar su voz cuando hablaba con las estrellas -me traspasa un lejano llanto, un hueco abierto al desamparo, mí grito llama en todas las gargantas desde hace siglos, tan­ tos siglos. Todo termina y nada acaba, ¿en qué lecho tibio descansaremos por fin?-, cuando engarzaba las amatistas en la raíz de los rosales, los granados y los almendros. Quiso adquirir sabiduría y pidió al augur y al sacerdote que lo instruyeran. Aumentó la tesura en su cuerpo. El aprendizaje era lento largo. Le angust­ió saberse tan ignorante. La zozobra y la certeza eran una dolencia hermanada un pinchazo de espina viva en la sangre1 en el pensamiento. Había cumplido qui­nientas ochenta y ocho lunas y aún le era nebuloso su destino.

–Itamar despierta. El gallo ya cantó tres veces. Estás borracho…-

Ocurrió en la época de la sequía. La gente acudió desde alejadas comarcas acosada por el hambre y las epidemias para rogarle al Dios de la Montaña del Templo e implorar sus misericordias. Se corrió la voz de que en las cámaras interiores había reservas inmensas de trigo y aceite, y que se les daría provisión y vestido a los más necesitados: huérfanos, viu­das y ancianos principalmente. Ni los sacerdotes ni los soldados del rey lograron contener a aquella masa afiebrada que, de penitente contrito -todas nuestras acciones influyen en el orden del universo, tanto si son para bien como si son para mal; incluso lo que fraguas en tu corazón y en tu mente dará su fruto tarde o temprano-, terminó por transformarse en una fauce arrasadora. ¿Qué caso tenía, frente a la extenuación, pedir arrepentimiento y ayuno; frente a la enferme­dad y la muerte, fe y caridad? Saquearon los graneros de las casas ricas y asaltaron los corrales del palacio. Una lucha fratricida desmanteló incluso los coberti­zos en los barrios pobres y en el ala del templo donde se cobijaban los animales para inmolar. Y de no haber sido por la lluvia intempestiva, el fuego hubiese dado cuenta de la ciudad entera. Fueron tres días de pesadi­lla con sus noches completas. Él llenaba los cálices del candelabro con el aceite de oliva cuando Ella entró. Venía herida y con las ropas chamuscadas. La lavó, le aplicó ungüentos y le frotó bálsamos, reconfortó su cuerpo con potingues y templó su ánimo con sal­mos y consejas. Tuvo la sensación de que nadaban a contracorriente y de que Ella no se dejaba rescatar. Él se reconoció en la profundidad de esas aguas lejanas, luminiscentes. Y la amó una tarde, en el huerto, in­ terminable atardecer, hasta que lo venció el sueño. Le habría pedido que se quedara, pero cuando el sacer­dote lo sacudió para despertarlo imputándole ebrie­dad, Ella ya no estaba ahí junto a él, ni en ninguna parte. Salvo en el hueco de ternura que sus manos le dejaran sobre el rostro. en ninguna parte. Salvo en el hueco de ternura que sus manos le dejaran sobre el rostro

Corrieron ciento veintinueve lunas más. Aquellos sucesos formaban ya parte de las ha­blillas populares, que si la tormenta fue mila­ grosa, que si los justos y piadosos resucitaron, que si hasta hoy en día, en el templo, durante los rezos, las almas de los difuntos impeniten­tes aprovechan los susurros de los vivos para mezclar sus propias murmuraciones, sus pro­pios pasos furtivos, pasos que se prolongan fuera, por las calles de la ciudad, incesante romper de olas menudas murmuraciones como aletas de peces flotando azulosas por en­ cima de las cabezas de los orantes. El cotidiano fluir no se había interrumpido. Los campos de algodón los avellanos la lana trasquilada y las nieves blanquearon el horizonte a su tiempo, y a su tiempo también se le blanqueó el cabello y se le serenaron los recuerdos. No así la espera de ese algo impreciso y cierto. El desasosiego y la mordedura se ahondaron con el estudio. Igual que la soledad -has pecado por cuanto no serviste a tu Dios con alegría y gozo de cora­zón, por la abundancia de todas las cosas-, y la carencia. Ahora era él quien sabía nombrar por su nombre a las estrellas y determinar su influjo en la vida de los hombres. Curandero reputado y escriba, llegaba, no obstante todas las mañanas, después de atravesar el serpen­teo de callejuelas del barrio de curtidores, a barrer el templo. Y una madrugada, antes de que la montaña y los senderos se cubrieran de rocío, los vio subir por las anchas escalinatas de piedra. De inmediato supo quiénes eran. El niño tenía el mismo mirar de Ella, el fulgor, la sonrisa…

-Viene a quedarse contigo, Itamar. Es tu hijo.

Y desapareció, como aquella tarde, sin que él supiera cuándo mientras levantaba al niño en brazos.

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Always waiting, but seeking nothing, he goes on his way.

Martin Buber, I and Thou

He came every morning to sweep the temple. That had been his task for as long as he could remember, since his mother came to hand him over as a servant, since the first ears of corn of the first harvest he remembered and the first rays of the sun that wet his sleepy eyes accustomed to opening just before noon, since the first warm blood that splashed his knees and coagulated in his astonished pupil and disgusted nose. Everything had already been lived, pissed on; he did not know from where, or when the memory was already there, complete in its smallest details, like a familiar little chest whose contents were unfolding before him without hesitation or lack thereof. And he recognized it, just the same, without any hesitation. From his little room in the lower part of the city to the threshold of the temple he had to cross the winding streets of the dyeing district, its acrid and harsh smell, its disorder of worn cloth, shabby rags and flower pots, and go up at dawn to begin a task that, insensible and silent, became the reason for his existence. He learned to rise even before the dawn of prayers, before the mountain and the paths were covered with dew, that sudden dew that in the blink of an eye descended and disappeared like the flutter of fine silk before the augur and the priest began their bustle of platters, goblets, bowls and glasses, and stoves, braziers, fats and twisted meats, before, long before anything, not even the fluttering of a moth, flickered or sparkled beneath the sky in that invisible night hour when the breath of still things and living beings is amazed with the wonder of a newborn. Except the stars, which never sleep and are always open. That was how he knew how to identify them, the most distant and solitary ones – because the stars are far away from each other and soaked in solitude -, the small ones, the bright ones, the vagabonds – along the main street and that started almost from the crossroads where the most important roads of the region met with their caravans of merchants and pilgrims, to observe them at his leisure, without hurrying. And not only for that.

At that hour, for he was forbidden to approach the temple, muffled and silent, from time to time there came the blind leper, he who was said to have been a prophet and a favourite among kings, and on whom divine evil fell no one knew for certain what transgressions had occurred in the sanctuary – what is sacred is untouchable, boy, never try to cross the threshold or draw back the veil, even if he pulls you, even if his voice pushes you: resist, turn around, do not look, do not reach out your hand – he who spoke with the spirits and knew the names of the angels and named unmistakably each one of the inhabitants of the city. He spoke to him of them. He said they were goddesses, that is why they seemed so alive, and that each one longed on earth for her twin. There were terrible ones, he pointed out, cursed stars that devoured souls, others lascivious and melancholic, all insatiable, mischievous, thirsty for light and musk, some warriors, shepherds, drummers. One would have said that he spoke of a subtle fluid that passed with its filigree of murmurs through the walls of the houses and the robes of their inhabitants, a fluid that linked without interruption the life of the spaces up there and that of the months and days down here. And he grew accustomed to looking like this, without fragmenting, without separating, as when he swept after the evening services and mixed with the rubbish of waste that was lost and rarely claimed, belts, sashes, handkerchiefs, bags full of salt or aromatic spices, precious stones, brooches, amulets, a variety of items that were quite finite and that were used to form part of the temple’s property and redistributed to the needy. He had never stolen or coveted anything for himself. Except the amethysts – their power is supernatural, they protect against spells and nostalgia – to plant them consecrated to some star and bushes in the garden during the new moon. After the steps he swept the three roads, cleaned the pools, the great atrium, and only at the end did he enter the halls of the sanctuary. He waited, not knowing what exactly, and he put off the moment of entering, certain that something would stop him. It was a tension inside his body that originally came from the wait of the leper, from the hearing of his firm step and the light knock of his staff as he leaned on it. But later, it was just when he left that the expectation became almost a feeling of anxiety, the certainty of something imminent about to happen – forget it, Destiny has nothing to do with our urgencies, and the call may never come. Although it also often happens that it does not even come. nowhere. Except in the hollow of tenderness that her hands had left on his face.

One hundred and twenty-nine more moons passed. Those events were already part of popular tales, that the storm was miraculous, that the just and pious were resurrected, that even today, in the temple, during prayers, the souls of the impenitent dead take advantage of the whispers of the living to mix their own murmurings, their own furtive steps, steps that continue outside, through the streets of the city, incessant breaking of small waves, murmurings like fish fins floating blue above the heads of those praying. The daily flow had not been interrupted. The cotton fields, the hazel trees, the shorn wool and the snows whitened the horizon in their time, and in their time his hair also whitened and his memories calmed down. Not so the wait for that something vague and certain. The restlessness and the dullness deepened with the study. As did the loneliness – you have sinned because you did not serve your God with joy and gladness of heart, for the abundance of all things – and the lack. Now it was he who knew how to name the stars and determine their abundance of all things, and lack. Now it was he who knew how to name the stars and determine their influence on the lives of men. A renowned healer and scribe, he nevertheless arrived every morning, after traversing the winding streets of the tanners’ quarter, to sweep the temple. And one morning, before the mountain and the paths were covered with dew, he saw them climbing the wide stone steps. He immediately knew who they were. The child had the same look as Her, the glow, the smile…

“He’s coming to stay with you, Itamar. He’s your son.”

And he disappeared, like that afternoon, without him knowing when as he lifted the child in his arms.

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