Miryam Moscona — Poeta y novelista judío-mexicana de fama internacional/Internationally famous Mexican Jewish Poet and Novelist — “Tela de cebolla”/”Onion Skin” –fragmento de una novela sobre los sefaradíes en México y Bulgaria/extract from a novel about Sephardic Jews in Mexico and Bulgaria

Miryam Moscona

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Myriam Moscona (1955) es poeta y periodista. Es autor de nueve libros, entre ellos Vísperas 1996), El que nada (México, 2006) y De par en par ( México, 2009). Su libro De frente y de perfil (DDF, México, 1996), presenta retratos literarios de 75 poetas mexicanos, con fotografías de Rogelio Cuéllar. Tela de sevoya (2012) y León de Lidia (2024) es una narración híbrida que entrelaza la memoria y la ficción; el telón de fondo del libro es el idioma familiar de Moscona, el ladino o el judeoespañol. Su secuencia de libro, Ivory Black (Negro marfil)”, traducido del español por Jen Hofer, recibió el Premio Harold Morton Landon 2012 de la Academia de Poetas Americanos. Moscona ha recibido numerosos premios, entre ellos el Premio de Poesía Aguascalientes y el Premio Nacional de Traducción de Poesía; Ella es beneficiaria del Sistema Nacional de Creadores de Arte, y recibió una beca de la Fundación Guggenheim. Selecciones de su trabajo también se han traducido al alemán, italiano, francés, hebreo, árabe, ruso, búlgaro, chino y sueco.

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Myriam Moscona (1955) is a poet and journalist. She is the author of nine books, including Vísperas (1996), El que nada (Mexico, 2006) and De par en par (Mexico, 2009). Her book De frente y de perfil ( Mexico, 1996), presents literary portraits of 75 Mexican poets, with photographs by Rogelio Cuéllar. Tela de sevoya (2012) and León de Lidia (2024) are hybrid narratives that intertwine memory and fiction; the book’s backdrop is Moscona’s familiar language, Ladino or Judeo-Spanish. Her book sequence, Ivory Black (Negro marfil),” translated from Spanish by Jen Hofer, received the 2012 Harold Morton Landon Award from the Academy of American Poets. Moscona has received numerous awards, including the Aguascalientes Poetry Prize and the National Poetry Translation Prize; she is a beneficiary of the National System of Art Creators, and received a Guggenheim Foundation Fellowship. Selections of her work have also been translated into German, Italian, French, Hebrew, Arabic, Russian, Bulgarian, Chinese, and Swedish.

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DISTANCIA DE FOCO

¿Todos los abuelos de la tierra hablarán con esos giros tan extraños? Esther Benaroya creció envuelta en ese español entreverado con palabras de otros mundos. El judeo-español no fue la lengua de sus estudios pero sí la que escuchó de sus padres y abuelos. Más adelante vino a hablarla lejos, “adonde arrapan al güerko: Meksiko? Meksiko era para mozotros, en la karta, solo un payis ke de la banda izkyedra le enkolgava una lingua larga kon el nombre de la Basha Kalifornia”. Al poco tiempo de su llegada, Esther Benaroya, la abuela paterna, decide ir a Sears Roebuck, aquella tienda departamental, abierta ante sus ojos alterados por luz de neón. Necesita comprar pasadores para aplacarse los rizos. Sube las escaleras eléctricas con un temor que nadie parece distinguir. Se encamina al segundo piso y, muy segura de lo que busca, aborda a una dependienta: “senyorita, kero merkar unas firketas para los kaveyos”. “¿Unas qué?” “trokas, firketas”. La empleada no alcanza a comprender. Desde hace algunas semanas, se aprendió la palabra “chingada” y luego “chingadera” pero ella prefiere el diminutivo: “chingaderika”. Así pues, se corrige: “kero unas chingaderikas, bre”. La empleada se sonroja y va disparada en busca del gerente. Esther Benaroya sale con un empaque de cartón lleno de pasadores con punta engomada. La hace feliz desesperar a la gente. Ya se la dicho que la palabra “chingadera” es una majadería en ese país, pero ella no se inmuta. Es su forma de decir “agora avlo vuestro espanyol komo lo avlash vosotros en la Espanya i en Meksiko”. Unos se escandalizan, otros la ignoran o se carcajean ante sus chifladuras. Antes de llegar a México, sólo podía decir que era un país lejano donde se usaban chapeos de charro y se comía picante en forma exagerada. “Dize el marido miyo ke los mushos le kedan kemando dospues de estas komidas de foegos” Al desembarcar en estas tierras pensó por un momento que todos los mexicanos eran de sangre judía. Todos hablaban español, esa lengua de los sefardís de Turquía y de Bulgaria. “Ama aki lo avlan malo, malo… no saven dezir las kozas kon su muzika de orijín”.

MOLINO DE VIENTO

En mi otra vida, la que recuerdo sólo en fragmentos, la que irrumpe a media mañana con mensajes de otros mundos, en esa vida, digo, me he visto al lado de un hombre que me recibe de frente y sin ningún miramiento comienza a desnudarse. Me ofrece todo lo que se quita. “Te regalo esta ropa vieja” –me dice. “Úsala aunque esté gastada”. Cuando me pruebo los pantalones siento cómo se me escurren del cuerpo, no hay forma de ceñirlos a mi cintura. “Usa otra parte de ti para apretarlos”, me dice pausadamente. Capto sus indicaciones. Llevo una trenza larga. Con un instrumento que él pone en mis manos, la corto de tajo. La trenza me sirve para tejer un cinturón y atarme la ropa al cuerpo. Es un hombre de mediana estatura. Ojos grandes, brillosos. Conozco su cara, sus gestos. Lo veo mirarme y siento un impulso casi incontrolable de abrazarlo. Hay algo que me detiene. Me tomo la cabeza con las manos, cierro los ojos cuando irrumpe su voz al leerme estas líneas de un libro en caracteres cirílicos: Quiero darte un consejo. Nunca pronostiques una muerte trágica en lo que escribes porque la fuerza de las palabras es tal, que ella, con su poder de evocación, te conducirá a esa muerte vaticinada. Yo he llegado a esta edad porque siempre he eludido hacer predicciones sobre mí mismo. Algo me hace explotar en llanto. Cuando vuelvo en mí, lo busco. Ya no está. Sólo aparece cuando lo olvido. ¿Lo olvido?

DISTANCIA DE FOCO

Muerto en su cama, en México, a sus cuarenta y siete años. Me prometió un cochecito de cuerda que se desliza por la pared y nunca me lo dio. Me regaló una muñeca con chaleco rojo a cuadros y pelo crespo. No me gustan las muñecas aunque ésta sabe decir algunas frases con una voz aguda y fea, pero ¡sabe hablar! Expulsa las palabras desde un disco interno, allí pego la oreja, sobre sus pechos duros, de plástico. Sus palabras y las de mi padre muerto son igual de falsas. Un rostro con líneas borrosas, apenas las distingo. Mi padre es de Plovdiv, una ciudad en las montañas de Bulgaria. Sé poco de él. Sé que de niño lo llevaron a vivir a Estambul, en su casa se hablaba ladino, volvió a Plovdiv ya en su juventud. Cuando comenzó la Segunda Guerra, a los judíos de Bulgaria se les impidió circular libremente por las calles; podían hacerlo dos o tres horas al día y volver al toque de queda, siempre a una hora convenida. Debían usar esa estrella amarilla pegada a su ropa. No en las mangas, como en Europa Central, sino arriba del pecho en un lugar muy visible para diferenciarse de los otros. Sus casas y negocios también debían distinguirse con claridad. Un ideólogo antisemita de Bulgaria de nombre Alexsander Belev (a quien le llamaban “el rey judío”), amigo cercano del representante de la Gestapo en su país, había pasado una temporada en la Alemania nazi para estudiar las leyes antisemitas. Era un convencido del exterminio judío, vivía ansioso de colaborar con ese “noble propósito” y desde el Ministerio del Interior se encargó de preparar la nueva política judía del Estado Búlgaro que mantenía en esos momentos excelentes relaciones con los nazis. Empezó a fertilizar el terreno para preparar los convoyes con buenos resultados, aunque a última hora se frustró su plan: el tren fue detenido y la gente que iba a ser entregada en los campos de concentración fue puesta en libertad. De uno de esos vagones, vagones, incrédulo, agradecido, descendió en 1943 mi padre, con sus ojos grandes, envuelto en un abrigo gastado, casi al incio de la primavera.

DEL DIARIO DE VIAJE

Algunos pasajeros del avión se parecen a mi familia materna. Boca ancha y el corte de huesos de la cara. Mientras se escuchan los avisos de aterrizaje pienso en aquellas cosas que debieran hacerse a solas. Ahora, en este tiempo, a esta edad, llegar a Bulgaria por primera vez. Hacer el recuento, pensar en las decenas de generaciones que vivieron en este país y hablaron el judezmo. Las palabras son frágiles y la memoria que tengo de ellas está rodeada de calor. Llega el avión a Sofia, rasgada por una lluvia delgada, constante. Hay algo que hace fricción. Es la memoria: el eslabón abierto de una larga cadena. Esa abertura que me une y me separa es la que me ha traído aquí. Ande topes una senyal, alevanta la kara. Eso hago en la sinagoga de la ciudad levantada en 1909. Subo la mirada a la lámpara más grande en los Balcanes: tiene 460 luces que equivalen a 460 plegarias. La influencia árabe, la sillería, las columnas verdes, los contrastes de tono. “This is the life”, dice el cuidador. “Our style is colorful, is warmer”. En el fondo, arriba del tabernáculo, hay una inscripción en hebreo. “Conoce frente a quién estás parado”. (Haga lo que haga, sé que Dios me mira, incluso en el baño me observa como un cíclope y yo le pido perdón. Suelto frente al tabernáculo un tembloroso “guay de mi-no”. Así, como me enseñó la abuela). A la salida, enciendo dos velas sobre un pequeño estanque de aceite. Una por ella y otra por él, como en los viejos tiempos. Doy la vuelta en la esquina, veo el nombre de la calle Ekzarh Yosif. Casi el de mi abuelo. Sonrío. ¿Mencioné a las dos madres? Ahora espero a una mujer mayor, reducida a un metro cincuenta. “En la chikez fui una mujer de alturas”, me dice cerrándome un ojo después de saludarme en la lengua que me hace evocar un título del escritor israelí de origen rumano Aharon Appelfeld: La herencia desnuda. Eso se aproxima al calor del judeo-español en sus capas cubrientes. Y luego la mujer con su voz nasal, venida de Pasarjik, a cien kilómetros de Sofia. Allí pasó su infancia. Yo, en cambio, en mi herencia desnuda, más allá de la lengua, en los cuerpos que rodean mi chikez, papá y mamá, traigo, digo, la necesidad de inventarles biografías porque los perdí de vista, por eso vine, porque me dijeron que aquí podría descubrir la forma de atar los cabos sueltos.

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FOCAL DISTANCE

Do all grandparents on Earth speak with such strange twists of phrase? Esther Benaroya grew up surrounded by that Spanish interspersed with words from other worlds. Judeo-Spanish wasn’t the language of her studies, but it was the one she heard from her parents and grandparents. Later, she came to speak it far away, “where they catch the güerko: Meksiko? Meksiko was for us, in the karta, only a peasant who from the left-wing gang would utter a long language called Basha Kalifornia.” Shortly after her arrival, Esther Benaroya, her paternal grandmother, decides to go to Sears Roebuck, that department store, opened before her neon-lit eyes. She needs to buy hairpins to tame her curls. She takes the escalator with a fear that no one seems to recognize. She heads up to the second floor and, very sure of what she’s looking for, approaches a saleswoman: “Lady, I want some firketas for the kids.” “Some what?” “Trucks, firketas.” The clerk doesn’t understand. A few weeks ago, she learned the word “chingada” and then “chingadera,” but she prefers the diminutive: “chingaderika.” So she corrects herself: “I want some chingaderikas, bre.” The clerk blushes and rushes off to find the manager. Esther Benaroya comes out with a cardboard box full of glue-tipped bobby pins. It makes her happy to drive people crazy. I’ve already told you that the word “chingadera” is a swear word in that country, but she doesn’t flinch. It’s her way of saying, “Now I have your Spanish, just like you have it in Spain and in Mexico.” Some are shocked, others ignore her or laugh at her antics. Before arriving in Mexico, all she could say was that it was a faraway country where people wore charro hats and ate spicy food to excess. “My husband says his muscles are burning after eating these fires.” Upon landing in these lands, she thought for a moment that all Mexicans were of Jewish blood. They all spoke Spanish, the language of the Sephardim of Turkey and Bulgaria. “My dear, they speak badly here, badly… they can’t sing their songs with their traditional music.”

WINDMILL

In my other life, the one I remember only in fragments, the one that bursts in mid-morning with messages from other worlds, in that life, I say, I have found myself next to a man who greets me head-on and without any consideration begins to undress. He offers me everything he takes off. “I’m giving you these old clothes,” he tells me. “Wear them even if they’re worn out.” When I try on the pants, I feel them slipping from my body; there’s no way to cinch them around my waist. “Use another part of you to tighten them,” he tells me slowly. I take his instructions. I have a long braid. With an instrument he places in my hands, I cut it short. I use the braid to weave a belt and tie the clothes to my body. He is a man of medium height. Large, shiny eyes. I know his face, his gestures. I see him looking at me and I feel an almost uncontrollable urge to hug him. There’s something that stops me. I hold my head in my hands and close my eyes as his voice breaks in, reading me these lines from a book in Cyrillic script: I want to give you some advice. Never predict a tragic death in what you write, because the power of words is such that, with their evocative power, they will lead you to that predicted death. I’ve reached this age because I’ve always avoided making predictions about myself. Something makes me burst into tears. When I come to, I look for it. It’s gone. It only appears when I forget it. Do I forget it?

FOCAL DISTANCE

Dead in his bed, in Mexico, at forty-seven years old. He promised me a wind-up car that slides along the wall and never gave it to me. He gave me a doll with a red checked vest and curly hair. I don’t like dolls, although this one can say a few phrases in a high-pitched, ugly voice, but it can talk! It ejects words from an internal disk; I press my ear to it, against its hard, plastic breasts. Its words and those of my dead father are equally false. A face with blurred lines, I can barely distinguish them. My father is from Plovdiv, a city in the mountains of Bulgaria. I know little about him. I know that as a child he was taken to live in Istanbul; Ladino was spoken in his house; he returned to Plovdiv in his youth. When World War II began, Bulgarian Jews were prevented from moving freely in the streets; they could do so for two or three hours a day and return at curfew, always at an agreed-upon time. They had to wear that yellow star attached to their clothing. Not on the sleeves, as in Central Europe, but above the chest in a highly visible place to distinguish them from others. Their homes and businesses also had to be clearly distinguished. An anti-Semitic ideologue from Bulgaria named Alexsander Belev (who was nicknamed “the Jewish king”), a close friend of the Gestapo representative in his country, had spent time in Nazi Germany studying anti-Semitic laws. He was convinced of the need to exterminate the Jews, eager to collaborate with that “noble purpose,” and from the Ministry of the Interior, he was in charge of preparing the new Jewish policy of the Bulgarian state, which at the time maintained excellent relations with the Nazis. He began to lay the groundwork for the convoys with good results, although at the last minute his plan was thwarted: the train was stopped, and the people who were to be handed over to the concentration camps were released. From one of those wagons, wagons, incredulous, grateful, my father descended in 1943, with his big eyes, wrapped in a worn coat, almost at the beginning of spring.

FROM THE TRAVEL DIARY

Some of the plane’s passengers resemble my maternal family. Wide mouths and the cut bones of their faces. As the landing announcements are heard, I think about those things that should be done alone. Now, at this time, at this age, arriving in Bulgaria for the first time. Taking stock, thinking about the dozens of generations who lived in this country and spoke Judezmo. Words are fragile, and the memory I have of them is surrounded by heat. The plane arrives in Sofia, torn by a light, constant rain. There’s something that creates friction. It’s memory: the open link in a long chain. That opening that unites and separates me is what brought me here. And when you touch a sign, raise your kara. That’s what I do in the city’s synagogue, built in 1909. I raise my gaze to the largest lamp in the Balkans: it has 460 lights, equivalent to 460 prayers. The Arabic influence, the ashlar, the green columns, the contrasting tones. “This is life,” says the caretaker. “Our style is colorful, it’s warmer.” In the background, above the tabernacle, there’s an inscription in Hebrew: “Know before whom you stand.” (Whatever I do, I know God is watching me; even in the bathroom, He watches me like a Cyclops, and I ask for His forgiveness. I let out a shaky “Woah de mi-no” in front of the tabernacle. Just like Grandma taught me.) On the way out, I light two candles over a small pool of oil. One for her and one for him, just like in the old days. I turn the corner and see the name of Ekzarh Yosif Street. Almost my grandfather’s name. I smile. Did I mention the two mothers? Now I’m waiting for an elderly woman, reduced to about five feet five inches. “As a child, I was a woman of heights,” she tells me, winking after greeting me in a language that evokes a title by the Romanian-born Israeli writer Aharon Appelfeld: The Naked Inheritance. That approximates the warmth of Judeo-Spanish in its covering layers. And then the woman with her nasal voice, from Pasarjik, a hundred kilometers from Sofia. That’s where she spent her childhood. I, on the other hand, in my naked heritage, beyond language, in the bodies that surround my child, my father and mother, I bring, I say, the need to invent biographies for them because I’ve lost sight of them, that’s why I came, because they told me that here I could discover the way to tie up the loose ends.

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LIbros de Myriam Moscona/Books by Miryam Moscona

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Judíos de Bulgaria antes de la WW2/Jews of Bulgaria before WW2

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Hernan Rodríguez Fisse — Novelista judío-chileno — “Prefiero Chile”/ “I Prefer Chile” — fragmentos de la novela sobre el éxito de los inmigrantes judíos de Chile/Excerpts from the novel about the success of Jewish Immigrants in Chile

Hernan Rodríguez Fisse

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Hernan Rodríguez Fisse nació en Santiago de Chile en 1950, siendo su padre nacido en Edirne y su madre en Estambul. Ambas familias descienden de judíos exiliados de España en 1492. Emigraron a Chile en 1949. Es Licenciado en Administración Pública por la Universidad de Chile y Postgraduado en Periodismo por la Universidad Católica de Chile. Tiene un Magíster en Ciencias Políticas y un Doctorado en Relaciones Internacionales. Es profesor de negocios internacionales y negociación empresarial y resolución de conflictos en la Universidad de Chile, Universidad de Santiago y Universidad Federico Santa María. Es Director y Editor de la revista de arte, ciencia y literatura Zejel y Colaborador permanente de las revistas El Amaneser de Estambul, Aki Yerushalayim de Israel, Foro de México. Ha sido líder de la comunidad sefardí de Santiago durante los últimos treinta años y en la actualidad enseña ‘djudezmo’ a los miembros.

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Hernan Rodríguez Fisse was born in Santiago de Chile in 1950, his father being born in Edirne and his mother in Istanbul. Both families descend from Jews exiled from Spain in 1492. They emigrated to Chile in 1949. He has a degree in Public Administration from Universidad de Chile and a graduate degree in Journalism from Catholic University of Chile. He has a Master of Arts in Political Science and a Doctor in International Relations. He teaches international business and business negotiation and conflict resolution at the Universidad de Chile, Universidad de Santiago, and Universidad Federico Santa Maria. He is Director and Editor of the Art, Science and Literature magazine Zejel and a permanent Collaborator of the magazines El Amaneser of Istanbul, Aki Yerushalayim of Israel, Foro of Mexico. He has been a leader of the Sephardic community of Santiago for the past thirty years and at present teaches ‘djudezmo’ to the

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La obra ganadora de la 26ª versión del Premio Revista de Libros, en la categoría biografías y memorias, organizado por CMPC y El Mercurio, corresponde a un bello retrato de una familia de inmigrantes provenientes de Turquía a comienzos de los años 30. Jacques Rodríguez –turco sefardita– es el protagonista de esta historia de viajeros, inmigrantes, trabajadores y entusiastas; una vuelta por el mundo que arranca en Estambul, sigue por París y termina en Valparaíso, Santiago y Osorno, arraigándose definitivamente en Chile.

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The prize-winning work of the 26th version of the Revista de Libros Award, in the biographies and memoirs category, organized by CMPC and El Mercurio, corresponds to a beautiful portrait of a family of immigrants from Turkey in the early 1930s. Jacques Rodríguez – Sephardic Turk – is the protagonist of this story of travelers, immigrants, workers and enthusiasts; a tour of the world that starts in Istanbul, continues through Paris and ends in Valparaíso, Santiago and Osorno, definitively taking root in Chile.

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Las camisas y corbatas que Jacques vendía en la tienda eran de la marca Wings y estaban fabricadas por una empresa nacional de propiedad de dos socios, los señores Luis Nun y Max German, cuyas oficinas estaban ubicadas en la calle Salas 344 de Santiago. Los pedidos eran tomados por vendedores viajeros, quienes visitaban todas las tiendas y casas comerciales del país viendo lo que faltaba. Lo mismo ocurría con la ropa destinada a la venta. Cuando algún producto se agotaba, la tienda enviaba un telegrama a la fábrica o al proveedor, especificando el detalle de los despachos que requería. El vendedor viajero era quien se encargaba de visitar todas las casas comerciales y de revisar los stocks, y ganaba un porcentaje de las ventas totales. Al día siguiente del cumpleaños de Jacques, en agosto de 1939, Luis Nun, uno de los propietarios de la fábrica de camisas Wings, visitó la tienda de Osorno, y después de reunirse con los dueños de La Femme Chic saludó personalmente a cada uno de los vendedores. Al momento de estrechar su mano, Jacques sintió que le depositó un pequeño papel muy doblado y le guiñó el ojo, sin que nadie de los presentes se diera cuenta. Al retirarse, Jacques se fue a un costado del local para abrir el papel y leyó: «Lo espero a almorzar en el Jockey Club». Muy extrañado concurrió a la cita, con la misma sensación de cuando trabajaba en la Casa Rosemblitt de Santiago, antes de llegar a Osorno. Fue así como el dueño de las camisas Wings le ofreció el trabajo de vendedor viajero de la zona entre Rancagua y Puerto Montt, y la representación de su marca. Le pagarían una comisión del diez por ciento por las ventas a todas las casas comerciales. Además le permitían incluir otras marcas, siempre que no fueran competencia directa, es decir, ni camisas ni corbatas. Con este nuevo trabajo Jacques podría aumentar sus ingresos de manera significativa, aunque el sueldo no incluía el pago de viáticos y debía financiar los hoteles, el transporte y la comida por su propia cuenta. Si bien esto último implicaba un gran riesgo —porque involucraba gastos antes de las primeras pagas—, Jacques quedó muy entusiasmado con la oferta y le daría su respuesta a don Luis en un plazo máximo de treinta días, vía telegrama. Durante ese tiempo Jacques conversó con cada uno de los vendedores viajeros que llegaron a la tienda, entre los cuales estaba Rafael Conforti, quien representaba a Tejidos Caffarena. Conforti le explicó que el trabajo no era fácil por el tiempo que se estaba fuera de casa, que sumado equivalía a unos seis meses al año. Él hacía un mínimo de cinco giras al año recorriendo los negocios de Rancagua, San Fernando, Curicó, Talca, Linares, Chillán, Concepción, Los Ángeles, Temuco, Valdivia, Osorno y Puerto Montt. Le enfatizó que era fundamental tener varias marcas para incrementar sus ingresos; él, por ejemplo, le vendía a La Femme Chic solo los productos Caffarena, pero también tenía los calzados Guante y las telas Yarur, entre las marcas más importantes que ofrecía entre sus clientes. Luego de mucho meditar, Jacques tomó la decisión y mandó a Santiago el siguiente telegrama: «Acepto trabajo ofrecido. Siempre y cuando obtenga otras muestras. Agradezco contactos con firmas comerciales». Dos semanas después le llegó la respuesta: «Impermeables Búfalo necesita vendedor viajero».

Jacques se puso en contacto con aquellas firmas a las que podría ofrecer sus servicios de vendedor viajero por el sur. Se reunió con León Cherniavsky, quien le entregó la representación de los impermeables Búfalo, que tenían un popular eslogan que daban por radio: «Cuando llueve todos se mojan, menos los que usan impermeables Búfalo». Don León, delante de Jacques, llamó a la fábrica de casacas de Grossman y Cía. y le dijo al dueño que tenía al mejor vendedor para el sur, así que le recomendó entregarle muestras, ya que en enero iniciaría su primera gira. Apenas cortó se comunicó con otro amigo, de apellido Mireman, y le pidió que preparara su mejor muestrario de pañuelos para el nuevo vendedor estrella. Al día siguiente, mientras retiraba las muestras, Jacques le comentó a Grossman que le gustaría vender también ropa interior masculina y calcetines, por lo que lo contactó con los dueños de las fábricas de camisetas y calzoncillos Smart y calcetines Peruggi. En ambas obtuvo la representación, así que reunió más de seis marcas y siete productos diferentes, tal como se lo había recomendado Conforti. Preparó, con mapa en mano, su primera gira nacional entre Rancagua y Puerto Montt.

Tras el descanso del feriado, llegó a la fábrica de camisas Wings, donde le tenían preparado un completo muestrario con diferentes diseños, incluyendo uno de cuello paloma que se usaba con «humitas». Los colores y diseños de las corbatas eran muy combinables y le adjuntaron una lista con los precios de cada artículo. Le hicieron entrega, además, de un bloc para anotar los pedidos, hecho con tres copias y calcos, ya que debía dejar una para el cliente, otra para solicitar los despachos y la tercera para él a modo de respaldo. Hizo lo mismo con cada una de las marcas de la cual era representante y, al llegar a retirar las casacas, el señor Grossman le informó que lo había visitado el dueño de la fábrica de paraguas Cosmos, quien era su amigo, y le había dejado un muestrario, por si le interesaba llevárselo, respetando la comisión del diez por ciento de las ventas. Jacques aceptó, pero cuando le entregaron los impermeables Búfalo, se arrepintió de haber aceptado los paraguas, ya que la cantidad de mercadería superaba lo imaginado. Sumó en total cuatro valijas y dos baúles, más la maleta donde pondría su ropa. Su pasaje en el tren hasta Osorno tenía fecha para el 6 de enero de 1940 y le había costado doscientos cuatro pesos. Llamó de inmediato a su amigo Julio Recordón Burnier para reservar una habitación en su hotel. Este le ofreció ir a buscarlo a la estación, y tras contarle Jacques la cantidad de muestras que llevaba consigo calcularon que tendrían que hacer por lo menos dos viajes con su Buick. Jacques estaba agradecido y emocionado por el ofrecimiento de su amigo sureño. En el Hotel Burnier le facilitaron uno de los salones de reuniones para su trabajo. Se instaló en el cubículo de la telefonista y fue llamando, uno por uno, a todos los dueños o encargados de compras en los locales que vendían ropa de hombre, a quienes citó en distintos horarios. La gran mayoría concurrió a su improvisado «salón de ventas», donde exhibía sus muestrarios mientras un mozo del hotel les ofrecía café con galletas o un pisco sour, si era la hora del aperitivo. Toda su gestión comercial fue una verdadera revolución, ya que, hasta ese momento, lo habitual era que el vendedor viajero se presentara en el local con sus maletas, sin ninguna privacidad. Al cuarto día de trabajo, el total de ventas hizo que Jacques vislumbrara un futuro muy positivo.

Al quinto día hizo un análisis con las muestras de mayor venta y partió con ellas, en tren, hasta Puerto Montt, recorriendo más liviano los ciento treinta kilómetros de distancia. En 1940 Puerto Montt no tenía infraestructura hotelera, ni siquiera algo parecido al Burnier. Jacques se alojó dos noches en una residencial e hizo las ventas al estilo tradicional, visitando local por local. Puerto Varas tenía un antiguo hotel llamado Bellavista, y allí se quedó, pero como eran pocas las tiendas en la ciudad, prefirió visitarlas personalmente. Con el dueño de la Casa Kauak inició una larga amistad y jugaba con él al dominó, al mediodía o por la tarde, una vez que cerraba la tienda, contemplando el volcán Osorno y su nieve eterna. En Temuco se alojó en el Hotel La Frontera, cuyo dueño era Julio Recordón Borel, padre de su amigo del mismo nombre. Allí le dieron facilidades similares a las del Hotel Burnier, permitiéndole usar un salón para recibir a los clientes. La estrategia de Jacques fue visitar personalmente todos los locales de venta de ropa masculina e invitar a los propietarios o encargados al hotel para una exhibición de la mercadería. En esta ciudad existían numerosos inmigrantes provenientes de ciudades que pertenecieron al Imperio Otomano, como Monastir, Salónica, y la mayoría de ellos hablaban en castellano antiguo, por lo que Jacques fue muy bien recibido —incluso lo invitaban a cenar a sus casas— y aseguró sus ventas en la zona. Informado de que en Valdivia tendría el mismo problema que en Puerto Montt respecto a la falta de hoteles, decidió viajar desde Temuco con menos muestras, y durmió en una modesta residencial donde amaneció con el cuerpo picado de pulgas. La amistad con un señor Ergas, dueño de la principal tienda de la calle Picarte en Valdivia, le permitiría en el futuro alojarse en su residencia. Asimismo, el dueño de la Casa Taboada lo invitaba a cenar a su casa cada vez que cerraban un negocio. Valdivia, con su río que cruzaba la ciudad, le recordaba Estambul con su Bósforo. Quedó maravillado con la ciudad y aprovechó de pasear en un pequeño vapor por Niebla, Mancera y Corral. Escuchó que los alemanes pronunciaban faldivia y los chilenos le decían que era «la perla del Calle-Calle». Después de Viña del Mar y Puerto Varas, Valdivia se convertiría en su tercera ciudad favorita. Años después se haría cliente frecuente de los mazapanes que allí se fabricaban y de la tortilla de erizos que preparaban en el Club Español. Concepción fue desde un principio una gran incógnita para Jacques, pues no sabía cómo funcionaba su comercio tras el terremoto del año anterior. Llegó al Claris Hotel en la calle Caupolicán, pero como no estaban los dueños, no le dieron ninguna facilidad para exhibir la mercadería. Sus ventas no serían muy auspiciosas, ya que solo le compraron sus mercancías en dos negocios de la ciudad: La Sastrería Inglesa, en la calle Aníbal Pinto, y Casa García, en Barros Arana. Años después, Concepción se convertiría en la mejor plaza comercial del sur de Chile. En la vecina ciudad de Los Ángeles logró vender mucho más que en la capital regional; recién se había construido el Hotel Mariscal Alcázar y recurrió a sus clubes sociales para almorzar y cenar. En Chillán observó que la reconstrucción avanzaba a paso acelerado, pero como el daño había sido tan grande, la preocupación principal de su población era obtener alimentos antes que comprar ropa.

Luego de treinta y cinco días de intenso trabajo, Jacques regresó a Santiago con la certeza de que debía introducir algunos cambios en su próxima gira, la cual comenzaría en abril. La principal modificación consistiría en dividir su periplo en tres etapas. En un primer viaje cubriría desde Puerto Montt a Temuco y regresaría a Santiago. Luego partiría para vender en Concepción, Los Ángeles y Chillán. Y finalmente se concentraría en las ciudades más cercanas a la capital, llegando solo hasta Linares. Tenía claro que esto significaba un aumento en el gasto de transporte, pero no sería tan agotador al hacerlo de un modo más eficiente, aprovechando la venida a Santiago para visitar las fábricas y apurar los pedidos de sus clientes. Los encargados de los despachos se convirtieron en sus fieles aliados, gracias a los generosos obsequios que Jacques les ofrecía.

Su segunda gira de ventas fue mucho más exitosa gracias a sus mejoras y obtuvo muy buenas comisiones. Trabajar viajando era lo que más disfrutaba Jacques, pues calzaba muy bien con su personalidad, y lo tenía muy entusiasmado. Su buen gusto lo ayudó a mejorar, poco a poco, los muestrarios según sus conocimientos del cliente sureño. Y se concentró además en los artículos de mayor rotación, dejando de lado los de muy baja venta. Se dio cuenta de que las camisas y corbatas que él usaba tenían mayores ventas y aprovechó entonces su porte para exhibir sus propios artículos. Pero el entusiasmo que sentía Jacques por su trabajo se opacaba al enterarse de lo que ocurría en Europa en medio de la Segunda Guerra Mundial. Una foto del diario le informaba que las tropas alemanas desfilaban bajo el Arco de Triunfo en París el 14 de junio de 1940. Un terrible nudo se apoderó de su garganta.

Transcurrido menos de un año desde que tuvieron su primera salida, Jacques adquirió en la Joyería París un anillo de compromiso y le pidió matrimonio. Amelia le dijo que sí y fijaron como fecha el mes de septiembre de 1942 para realizar la boda, determinando, además, que sería en una sencilla ceremonia en el Registro Civil, de modo que cada uno pudiera mantener sus respectivas creencias religiosas: ella era católica, él, judío. Asumieron que cada uno profesara su fe libremente, con respeto y sin interferencias, y acordaron que los hijos serían judíos. Se retrataron juntos en el mismo estudio fotográfico de aquella primera vez

No habían pasado ni tres días cuando una carta de su hermano David se cruzó con la suya. Llegó al domicilio de Ernesto. «Tenemos boda en Estambul. Me voy a casar con Fortunée Fisse Cohen, prima de las mellizas Cohen que tú conocías. Estamos de novios hace bastante tiempo, pero como me han llamado al Ejército tres veces, porque no se sabía si Turquía participaría de la guerra, hemos estado postergando la fecha del matrimonio. Será el 22 de marzo de 1942, en la sinagoga Apollon, si es que no se presenta ningún inconveniente. Estoy contento con mi novia, es muy dulce, cariñosa y por supuesto muy linda. Es la tercera de cinco hermanas y tiene un solo hermano, que es el mayor. El padre es dueño de un negocio en el Bazar de las Especias de Estambul, por lo que los aliños no faltarán en nuestras comidas».

El 8 de septiembre, en la oficina del Registro Civil de la comuna de Santiago, se efectuó la ceremonia de matrimonio entre Jacques y Amelia. Ernesto fue el testigo de boda de Jacques, y de Amelia fue su hermano Carlos. Por la noche realizaron una sencilla fiesta en el Hotel Crillón, de la calle Ahumada, y partieron a las Termas de Jahuel a disfrutar de su luna de miel

De equipar el nuevo hogar se encargó Amelia, quien a partir de la boda se hizo cargo de administrar todo el ingreso familiar, dejando en poder de Jacques solo lo indispensable para sus giras. Dos años después serían los primeros clientes que abrieron una cuenta corriente bipersonal a nombre de ambos en el recién inaugurado Banco Israelita, que estaba en la calle San Antonio esquina Moneda.

En marzo del mismo año, un especialista confirmó el embarazo de Amelia. . . El 3 de octubre de 1943 nació un robusto varón en la Clínica Central de la calle San Isidro, a quien llamaron David, dejando muy contenta a la familia en Estambul. A la semana de nacido, el primogénito fue circuncidado por un rabino, de acuerdo a los preceptos de la religión judía. Pronto comenzarían a llamarlo Davico, para diferenciarlo del tío. La foto del recién nacido, con sus datos escritos al reverso en letra verde, fueron enviados por correo hasta Turquía. Jacques estaba dichoso, era padre y a su vez convertía en abuelos a los suyos. La generación de los nacidos en Chile había comenzado. La decisión del inmigrante, de quedarse en Chile, daba su primer fruto.

Hernán Rodríguez Fisse. Prefiero Chile (Spanish Edition) . Ediciones El Mercurio. Kindle Edition.

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Libros de Hernan Rodríguez Fisse/Books by Hernan Rodríguez Fisse

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members.

Marcelo Birmajer–Novelista judío-argentino/Argentine Jewish Novelist”– “Un hombre rico”/”A Rich Man” — Un capítulo sobre la comida y la ambición/A chapter about food and ambition–de la novela “El club de las necrologías”/from the novel “The Necrology Club”–

Marcelo Birmajer

Polifacético autor argentino, Marcelo Birmajer es novelista, escritor de cuentos, periodista cultural, ensayista, escritor de relatos, autor teatral, humorista, traductor… algunos de sus guiones cinematográficos han recibido premios com el Oso de Plata o el Premio Clarín. Como periodista, ha colaborado en numerosos periódicos y revistas de habla hispana.

En su vertiente como novelista, Birmajer se caracteriza por tratar frecuentemente temas y personajes judíos (ese era su origen), con finas descripciones y con gran sentido del humor. En la periodística, sus ensayos y artículos, están muy bien documentados y analizados con rigor.

Birmajer ha recibido varios premios, entre ellos el White Ravens, traduciéndose sus obras a varios idiomas.

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Multifaceted Argentine author, Marcelo Birmajer is a novelist, short story writer, cultural journalist, essayist, short story writer, playwright, humorist, translator… some of his film scripts have received awards such as the Silver Bear or the Clarín Award. As a journalist, he has contributed to numerous Spanish-language newspapers and magazines.

In his novelist side, Birmajer is characterized by frequently dealing with Jewish themes and characters (that was his origin), with fine descriptions and with a great sense of humor. In journalism, his essays and articles are very well documented and rigorously analyzed.

Birmajer has received several awards, including the White Ravens, and his works have been translated into several languages.

De:/From: Marcelo Birmajer. El Club de las Necrológicas. Buenos Aires: Sudamericana, 2012, pp. 17-24.

UN HOMBRE RICO

 Genaro se había hecho rico por su propia cuenta. Provenía de un sólido hogar de clase media, a su vez levantado de la nada por su padre. Pero él había llegado a ser un hombre rico, desahogado, con la capacidad de decidir qué día y en qué momento trabajar; su poder, sus contactos, eran logros exclusivamente personales. De hecho, representaban una ruptura con la vida esforzada y fatigosa de su padre y su madre.

  El abuelo paterno, Jacinto Dabar, aunque recibía el mote de “turco” como cualquier sefaradí, provenía de Siria, específicamente de Damasco. Había dejado una esposa allá, y consiguió otras dos en la Argentina. A sus dos familias mantenía vendiendo exquisiteces orientales en un carrito ambulante—con la inscripción “Maijlef”–: lasamachín, kipe, murrak, bureka, kedaife. Cuando la esposa siria llegó a reclamar su parte, la sumó a pensionadas.

         Como a la abuela de Gernaro, Raquel, y la otra esposa, Manuela—ambas judías sefardíes–, Jacinto las había conocido al mismo tiempo, no había prioridades ni bastardos; o todos eran legítimos o ninguno era. Pero mientras que los hijos de Manuela eran cinco, Lázaro era el único. Raquel dio ese único hijo sin dificultades; pero como si el vientre hubiera advertido antes que la propia mujer con quién ella se había casado, luego de Lázaro se tornó yermo.

         De modo que Jacinto consideró que Manuela y su prole precisaban una casa; mientras que Raquel y su hijo, Lázaro, podrían vivir en un conventillo. Todos habitan en el barrio de Flores. Lo que inicialmente podría haber parecido una desventaja, en ningún caso un desprecio, para Raquel y Lázaro, acabó siendo un privilegio: porque cuando llegó la esposa siria, Menesa (al menos ese era su nombre en la Argentina), con sus dos hijos, Jacinto no tuvo más remedio que ubicarla en la misma casa que ocupaban—literalmente ocupaban, en el sentido de que no le pertenecía a Jacinto ni pagaba legalmente un alquiler–, Manuela y sus cinco hijos. Allí Jacinto dormía noche por medio, y hacía uso indiscriminado de sus dos esposas, confundiéndoles el nombre. Era bueno con los chicos.

         Hasta Genaro recordaba con cariño a su abuelo, por los pocos años que lo tuvo cerca; el olor a almíbar en sus manos, los dedos parecían otra masita oriental. Sus abrazos delicados y sus palabras en ladino. Pero Lázaro lo odiaba. Le había dado una infancia horrible. Escapando a Siria cuando su nieto tenía cinco años, Jacinto abandonó en la Argentina a sus tres esposas y sus tantos hijos. Y el carrito.

         En el 48, más corrido por las turbas de Damasco que por sus propias ganas, alcanzó fronteras con del recién nacido Israel, fue uno más de los 6.000 muertos, el uno por ciento de la población judía, caídos en la guerra de Independencia. Pero ni siquiera esta muerte permitió a Lázaro reconciliarse al menos con el recuerdo de su padre, su cerebro y corazón se dedicaron a una única aventura: conseguir una casa propia.

         Aunque Lázaro nunca lo explicitó, el oficio que asumió—un verbo, para el caso, más adecuado que “eligió—era indudable una herencia paterna.

  Trabajó de cadete de peleteros afortunados, de los textiles de las calles Nazca y Avellaneda, fue repartidor de diarios, y llegó a atender un negocio en el Once. En el Once conoció sus dos únicas certezas: el barrio en el que quería alzar su casa, y la mujer con la que deseaba pasar la vida.

         Genoveva era blanca, tranquila, inteligente, pero no iluminista, con sentido común, de escondida sensualidad, nada ostentosa, ama de casa que no negaba su feminidad puertas adentro. Lázaro repitió durante medio siglo que Dios le había quitado como hijo se lo había dado como marido. Los padres de Genoveva efectivamente provenían de Smirna, Turquía, y eran más ilustrados que los de Lázaro. Pero el empuje, la fuerza, el tesón con que Lázaro persiguió sus obsesiones—su casa, su mujer, su barrio–, no podía ser opacado por libros ni jerarquías; ni siquiera por generaciones. Aunque le hubiera gustado llevar un destino profesional, arquitecto o ingeniero, una tarde de lluvia, todavía trabajando en el Once y viviendo en un departamento alquilado en Floresta, con Genoveva ya casados, ella cocinó lasmashín por primera vez como esposa, el aroma convocó a unos vecinos y nació lo que con el tiempo llegaría a llamarse El Imperio de Sefarad.           

         Por motivos no aclarados, Lázaro heredó el carrito de Jacinto. Pero no lo quiso conservar, y lo vendió a un botellero. En cambio, como ya se dijo, sin reconocerlo, se quedó con el oficio. Primero se encargó de comprar las materias primas para Genoveva y ella vendía, en casa, a los vecinos, que se acercaban a la ventana. Pero a Lázaro no le gustaba que su esposa entrara en contacto, a solas, con tantos extraños. La fama de los lasmashín crecía, y Genoveva no daba abasto. Lázaro consiguió trabajo en un puesto de diarios, casi por el mismo dinero que le pagaban en el negocio de tela, también en el Once, con la ventaja de atender el kiosko de tres de la mañana a doce del mediodía, y llegar a casa para trabajar codo a codo con Genoveva. Con este nuevo arreglo, el matrimonio apostó por más: kedaífes. A pedido del público, extendieron el repertorio a todo lo que había vendido Jacinto: kipe, murrak, bureka. Ya estaba todo inventado. No sin ávergüenza, Lázaro se vio obligado a comprar un carrito; con alegría contrató un cadete. Entonces abandonó el puesto de diarios, pero no su sueño de vivir en el Once.

         Le pusieron El Imperio de Sefarad. Existe una pizzería, clásica de los judíos askenazíes de Villa Crespo, llamada Imperio también. Allí coinciden los judíos comunistas y los cuentapropistas, que inicialmente festejaron juntos la creación de Israel, y luego en 1956, cuando la URSS se puso hostil contra el estado judío, y mucho más de lo que ya era contra los judíos en general, se separaron. Pero el Imperio de Canning y Corrientes continuó como territorio neutral, alternándose los días de visitas los judíos pro-soviéticos y los judíos a secas.

  Lázaro quiso abrir su propio Imperio, donde coincidirían todos los judíos sefaradíes, sin distinción de ideas ni orígenes, lo mismo los turcos, incluso libaneses, franceses e italianos. Lo consiguió por varios motivos: en primer lugar, que no hubo entre los judíos sefardíes ninguna zanja ideológica como la que, desde el Exilio hasta nuestros días, atenazaba a los judíos de la Europa fría, neuróticos y autodestructivos.

             Cuando fue posible, frizó sus maravillosos productos, y los kipes viajaron a las provincias del Norte, en micros, igual que las telas y las ropas confeccionadas en los talleres de Flores, Floresta y el Once. Los vecinos de Flores y Floresta, y los del Once y Villa Crespo, sin distinción de orígenes, acudieron a la casa-despensa de Flores, que muy pronto dejó de ser casa y permaneció hasta el final como despensa y restaurante de parado, con dos empleados, más Genoveva y Lázaro: El Imperio de Sefarad.

            Genero nació en el Once, en la calle Tucumán, entre Agüero y Anchorena, justo al frente al club Macabi—del que lo nombraron socio vitalicio y al que concurría hasta los 15 años–, el día que sus padres se mudaron. Lázaro nunca dejó de considerar un milagro el nacimiento de su primogénito el mismo día que concretaba su anhelo de casa propia en el Once. Genero, en la adultez, reacio a aceptar la mística de su nacimiento, afirmaba: “Un milagro es una casualidad vista por un creyente.”.

           Genaro nació literalmente en casa, y Genoveva fue asistida por una de las señoras de la limpieza y un médico del club Macabi.

         En ese momento, en Floresta, en El Imperio de Sefarad, los comerciantes comían de pie, acodados en unos pocos tablones de fórmica, durante la pausa del almuerzo.

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A RICH MAN

Genero had become rich by his own means. He came from a solid middle-class home, in turn built from nothing by his father. But he had become a rich man, comfortable, with the ability to decide what day and at what moment to work; his power, his contacts, were exclusively personal achievements. In fact, they represented a rupture from the hardworking and exhausting life of his mother and father.

         His paternal grandfather, Jacinto Dabar, even though he had the nickname, “Turk,” like any Sephardic Jew, he came from Syria, specifically Damascus. He had left behind a wife there, and he obtained two more in Argentina. He maintained his two families, selling oriental delicacies from a movable cart—with the inscription “Mailef”– lasmachín, kipe, murrak, bureka, kedaife. When the Syrian wife arrived to claim her art, he added her to his pensioners.

         As for Genaro’s grandmother, Raquel, and the other wife, Manuela—both Sephardic Jews–, Jacinto had met them at the same time, there were no priorities or bastards; or they all were legitimate, or none was. But while Manuela had five children, Lázaro was an only child. Raquel gave birth to that only son without difficulties, but as if her womb had warned her before the woman herself with whom he had married, after Lázaro, he became impotent.

         So that Jacinto considered that Manuela and her offspring required a house, while Raquel and her son Lázaro could live in a tenement house. They all lived in the Floresta neighborhood. What could initially could have appeared to be a disadvantage, though never a slight, ended up being a privilege: because when the Syrian wife Menesa (at least that was her name in Argentina) with her two kids, Jacinto had no choice than to put her in the same house that occupied—literally occupied, in the sense that it didn’t belong to Jacinto nor did he legally pay rent–. By Manuela and her five children. Jacinto slept there for half a night, and he made indiscriminate use of his two wives, confusing their names. He was good with the children.

         Even Genaro remembered his grandfather with affection, for the few years that he had him nearby; the smell of syrup on his hands, the fingers that seemed to be another oriental pastry. His delicate arms and his words in Ladino. But Lázaro hated him. He had given him a horrible childhood. Escaping to Syria when his grandchild was five, Jacinto abandoned his three wives and their numerous children. And the cart.

         In 1948, kicked out by the mobs of Damascus more than by his own wishes, he reached the borders of the recently born Israel, he was one of the 6,000 dead, one per cent of the Jewish population, fallen in the war of Independence. But not even that death allowed Lázaro to reconcile himself even with memory of his father, his brain and heart were dedicated to one adventure: getting his own house.

         Although Lázaro never explicitly stated it, the trade that he assumed—a verb, for the case, more fitting that “chose”—was undoubtably a paternal inheritance.   

He worked as an errand boy for fortunate furriers, of the textiles of Nazca and Avellaneda Streets, he was a newspaper deliverer and he ended up looking after a business in Once. In Once he encountered his two things, he was certain of: the neighborhood where he wanted to build his house and the woman with whom he desired to spend his life.     

          Genoveva was white, tranquil, intelligent, but not illuminist, with common sense, of hidden sexuality, not at all ostentatious, housewife who didn’t deny her femininity behind closed doors. Lázaro repeated for half a century that what God had taken away from his boyhood, He had given it back as a husband. Genoveva’s parents, indeed, came from Smyrna, Turkey, and were more cultured than Lázaro’s. But the spirit, the force, the determination with which Lázaro pursued his obsessions–his house, his wife, his neighborhood–, couldn’t be obscured by books or hierarchies, not even by generations. Although he would have liked to follow a professional destiny, architect, engineer, one rainy afternoon, still working in Once and living in an apartment in Floresta, already married to Genoveva; she cooked lasmashín for the first time as a wife, the aroma brought forth a few neighbors y was born the which with time would be called El Imperio de Sefarad. [The Empire of Sepharad.]

          For reasons that were not clear, Lázaro inherited the food cart from Jacinto. But he didn’t want to keep it and he sold it to a junkman. On the other hand, as has already been said, without recognizing it, he already had with a trade. First, he took charge of buying the raw material for Genoveva, and she sold, at home, to the neighbors, who came up to the window. But Lázaro didn’t like the idea that his wife come in contact, alone, with so many strangers. The fame of the Lamashín grew, and Genoveva couldn’t keep up. Lazaro found a job at a newspaper stand tant paid him almost as much as the fabric store, also in Once, with the advantage of looking after the kiosk from three in the morning to twelve noon and arrive home to work along side Genoveva. With this new arrangement, the couple went further: kedaifes. On public demand, they extended their repertory to include everything that Jacinto had sold: kipe, murrak, bureka. Everything was in place. It was not without embarrassment that Lázaro saw himself obligated to buy a food cart; with joy, he hired an assistant. Then I left the news stand, but not his dream to live in Once.

          They named it the Imperio de Sepharad. A pizzeria existed, typical of the Ashkenazi Jews of Villa Crespo, also called Imperio. There, the Communist Jews and those of the opposition, who initially celebrated the creation of Israel, and later in 1956, when the USSR became hostile to the Jewish State, and much more than it was already against towards Jews in general, they separated. But the Imperio of Canning and Corrientes continued as neutral territory, alternating the days open to the pro-Soviet Jews and the rest of the Jews.

Lázaro wanted to open his own Imperio, where all the Sephardic Jews would meet, without distinction of ideas or origin, the same for the Turks, including Lebanese, French and Italians. He achieved that for various reasons: in the first place because, among the Sephardic Jew, there was no ideological divide like that since the Exile to our times, tormented the Jews from the cold Europe, neurotic and self-destructive.

Whenever possible, they froze their marvelous products, and the kipes traveled in small buses, the same as the fabrics and clothing made in the workshops of Flores y Floresta, and those of Once and Villa Crespo. The neighbors of Flores and Floresta, and those of Once and Villa Crespo, of every background, came to the home-dispensary in Flores, so that soon it ceased to be a home and remained until the end as a dispensary and restaurant in which on stood, with two employees, plus Genoveva and Lázaro: El Imperio de Sefarad”.

         Genero was born in Once, on Tucumán Street, between Agüero and Anchorena, right in front of the Macabí Club—to which they named him a life-time member and to which he went until he was 15–, the day that his parents moved. Lázaro never ceased to consider it a miracle the birth of his first-born son on the same day that he fulfilled his desire for his own home in Once. Genero, as an adult, unwilling to accept the mysticism of his birth: affirmed “a miracle is a coincidence viewed by a believer.”

         Genero was literally born “at home.” And Genoveva was aided by a series of cleaning ladies and a doctor from the Macabí Club.

         At that moment, in Floresta, in the Imperio de Sefarad, businessmen ate standing up, bent over a few thick planks of formica, during the lunch break.

Translated by Stephen A. Sadow

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Algunos libros de Marcelo Birmajer/Some Books by Marcelo Birmajer

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Carlos Szwarcer — Cuentista e historiador judío-argentino/Argentine Jewish Short-story Writer and Historian — cuento/short-story: “El grito del difunto”/ “The Deadman’s Scream” Cuento sefaradí/Sephardic Story

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Carlos Szwarcer

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Carlos Szwarcer es historiador, periodista y cuentista judío-argentino. Es especialista en la historia de los sefardíes en la Argentina y ha coleccionado muchos testimonios orales de la gente vieja sefaradí de los barrios de Buenos Aires.

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Carlos Szwarcer is an -Argentine Jewish historian, journalist and short-story writer. He is a specialist in the history of Sephardic Jews of Argentina, and he has collected many oral testimonies from older people in Sephardic neighborhoods of Buenos Aires.

Café Izmir

El reloj/The Watch

El hechizo Sefaradí/Sephardic Charm

Los boios de Simbul

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“El Grito del Difunto”

Por Carlos Szwarcer

 

Transcurre el año 1920. A los pocos meses de llegar a Buenos Aires, Alejandro recibe una infausta noticia: una carta enviada desde Esmirna, Turquía, le informa que su adorada madre ha fallecido inesperadamente, días después de dar a luz a su pequeño hermanito. La lectura de ese papel rugoso y lejano lo impacta de tal modo que lo tira y pisotea una y otra vez contra las baldosas. Violentamente arroja su cajoncito de lustrar botas – con el que se gana la vida – y comienza a pegarse el pecho con los puños, aúlla como un animal herido. Al fin se lleva las manos al rostro desencajado, y comienza a llorar.

En esa habitación mínima del inquilinato de la calle 25 de Mayo, cercana al puerto, compartida con dos paisanos, el desmedido y severo ataque de nervios pasa -con la velocidad de un rayo- del temblor descontrolado a una rara inmovilidad y cae pesadamente al piso. Sus compañeros de pieza, desesperados, lo acomodan sobre su cama e intentan reanimarlo, le abofetean las mejillas, le sacuden los hombros, pero no hay reacción.

Muis asevera desconsolado: “¡Se murió Alejandro… Se murió Alejandrico!” Jacobo lo hace callar: “¡Dancavé… el Dió ke no mos traiga!”(1).Lo ven tan tieso y cadavérico que llaman a la Asistencia Pública. La llegada del médico, desmorona rápidamente cualquier esperanza: lo da, efectivamente,  por muerto, ante la angustia de los amigos y vecinos.

Es viernes, los sábados no se entierra; aceleran los trámites fúnebres. No es justo que termine así, con tanta vida por delante. ¡Ke ora negra y preta(2)! Se escucha a Estrella, una  de las vecinas: “Famiya que no tiene el manzebiko… a ken  dizirle(3). Están todos en Turkiya”, agrega desorientada. La sala y el patio se van poblando. Deambulan conocidos y curiosos meditabundos. Un allegado, providencialmente, por aquél” perdido por perdido” o bien porque no se resiste a creer en el diagnóstico del profesional, decide llamar a un médico particular, de su confianza. Las miradas perdidas de los más íntimos y los llantos entrecortados de las mujeres agobia más el cansino paso del tiempo, marcado en lánguido compás por el péndulo del reloj de pared. Unos minutos o un siglo después llega el otro galeno y comienza a revisar nuevamente y detenidamente al occiso, de arriba abajo, de la cabeza a los pies, de los pies a la cabeza. Repentinamente, transforma su ceño fruncido en un gesto de ostensible contrariedad. Levanta la vista y, absorto, deslizando una mueca de excitación que no puede disimular, afirma entrecortadamente: “Este muchacho está vivo.

Después del lógico alboroto inicial, explica a los incrédulos y desconfiados presentes, que el joven inerte se encuentra en estado cataléptico, que podía hacer algo por él, si bien deja en claro que es un asunto por demás riesgoso, tanto que el enfermo de sólo dieciocho años podría quedar con alguna deficiencia física permanente. En esos instantes dramáticos, no hay ninguna otra cosa que elegir, es la vida o la muerte. Autorizado el médico a hacer lo necesario, aún a expensas de que el inmigrante esmirlí quedara con algún tipo de invalidez, procede a concentrarse sobre el método a utilizar para sacar del trance al paciente.

Muis, flaco y desgarbado, se aprieta entrelazando fuertemente los dedos huesudos de sus manos, como orando, y susurra: “!Ke el Dió te avilumbre!”(4), palabras ininteligibles para el facultativo que da una vuelta alrededor de la cama y observa con curiosidad aquellos párpados que juzga sombríos, aunque el rostro juvenil conserva un halo de misterio. Coloca el dedo pulgar sobre la órbita de uno de los ojos y espera un momento para luego presionar fuertemente. Alejandro, el finado, pega un grito visceral, un sonido casi de ultratumba que estremece a todos, se incorpora en la cama como impulsado por un resorte. Su cuerpo sentado, intensamente agitado, sus ojos súbitamente abiertos emergen tan redondos y brillantes como dos lunas plateadas que perforan el umbrío espacio. Inmediatamente la sorpresa estalla como un vendaval que, como rara mezcla de estupor y júbilo, invade el cuarto.

   -¿Amán… Amán… Kualo es esto?(5), exclama Jacobo, estupefacto.

   En torno al frustrado “lecho de muerte”, sollozos y risas patéticas acompañados por saltos de alegría, instintivos movimientos que semejan una danza de seres perplejos delante del “paisano sefaradí”(6) vuelto a la vida. Su ataúd tendrá que esperar todavía unos largos cuarenta y cinco años para hospedarlo.

Contará luego Alejandro que había quedado paralizado dentro de un inevitable sopor, y que escuchaba, como de lejos, las voces y los llantos, pero que le era absolutamente imposible moverse o dar alguna señal. Durante ese “tiempo suspendido” pasaron por su mente imágenes difusas, de su “chikez”(7) humilde pero feliz, correteando por las angostas callejas de la judería. Trabajando desde muy chico como lustrabotas para ayudar a la familia. Cada hermano aportaba lo suyo, pero él era el mayor y le tocaba la responsabilidad de “abrir caminos” Rememora cada detalle de la doliente despedida de su familia… Sus labios secos por los nervios, alejándose por primera vez de su hogar, de sus colores, de sus sabores, de sus apegos, para buscar un nuevo horizonte para él y para el resto. Pero si algo quebró su ánimo fue la despedida de su mamá: antes de partir hacia el barco que lo traería a América, se sentó en el piso de la sobria casita del Karatash(8), apoyó su cabeza en el regazo de su madre, que sabiendo la gravedad del momento comenzó a canturrear fragmentos de antiguas romanzas de Sefarad(9), las mismas que le cantó por años a él y a sus hermanitos, para acunarlos, para que se durmieran serenos: “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo…”(10). Alejandro retrasa la partida, no quiere marcharse, pero su madre insistirá: “Debes irte hiyico, aquí nada mos queda. ¿O Keres ir a la gerra? Vate kirido bojor. Nos adjuntaremos en Aryentina. ¡Agora tú, luego mozotros!”(11).

Todo esto me pasaba por el “meoio”(12), relatará al reponerse. Mencionará el fuerte dolor en la frente y como, de pronto, se vio sentado en la cama, rodeado por un puñado de gente que lo miraba como a un fantasma. Este hecho, originado por la noticia de la muerte de su madre en su Turquía natal, hubo de quedar como anécdota familiar un tanto siniestra y de muy fuerte impacto en su familia por tres generaciones. En lo sucesivo, el esmirlí cada vez que alce su copa para brindar exclamará en hebreo lejaim (¡salud, por la vida!). Ese viernes nació de nuevo.  “¡Mazal bueno tendrás!”(13), le auguró una anciana vecina sefaradí.

Alejandro formará una familia y trabajará sin descanso. De Esmirna fueron llegando todos sus parientes a Buenos Aires, menos su madre, claro. Muchos años después, días antes de su segunda definitiva muerte, le comenta afligido a una de sus hijas: “No hago más que ver por todos lados el rostro de mi madre que me llama”. Insistirá en esas apariciones, presiente que algo habrá de ocurrirle. Su hija lo reta como a un niño y le pide que no piense en pavadas.

La semana siguiente, una tarde soleada de otoño, Alejandro fallece, a los sesenta y tres años. Buenos Aires, sigue su vertiginoso ritmo, como corresponde a una gran urbe. En uno de sus barrios, Villa Crespo (territorio sefaradí), siete días se prenderán velas y se leerá el kadish(14). Alejandro tuvo una vida intensa, tanto que murió dos veces. Ni su mujer, ni sus hijas, ni sus nietos, lograron colmar del todo ese vacío abismal que jamás dejó de sentir por  la separación y el desencuentro de quien le dio la vida.

Las historias se tejen a veces dulces, a veces crueles. Nunca somos dueños completamente de nuestra existencia. Una tradicional canción de cuna llega desde tiempos inmemoriales y se renueva en cada generación. “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo… hiyo de la madre… chico se haga grande…! ¡Ay… durmite mi alma…!” (15). Alejandro y su madre descansan en paz. Amén.

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Notas:

1) Dankavé: Individuo que atonta con sus palabras o por la repetición de las mismas.  ¡Qué Dios no nos traiga eso! (Dicho que pretende alejar malos presagios).

2) ¡Qué hora negra y oscura! (Mal momento. Tiempo cargado de negatividad).

3) Familia no tiene el joven aquí. ¿A quién avisarle?

4) ¡Qué Dios te alumbre, te ilumine!

5) ¿Qué es esto? Dicho que expresa asombro, sorpresa.

6) Aquí se refiere al inmigrante judeo-español, cuya lengua es el djudezmo.

7) Niñez, infancia.

8) Barrio judío de Esmirna.

9) Nombre hebreo de España.

10) Comienzo de una canción de cuna para dormir al niño: Nani, nani… (Noni, Noni, quiere el hijo)

11) “Debes irte hijito, aquí nada nos queda. ¿O quieres ir a la guerra? Vete querido “bojor” (sobrenombre dado al hijo mayor). Nos juntaremos en Argentina. ¡Ahora tú, luego nosotros!”.

12)“Todo esto me pasaba por la mente”.( Meoio: cerebro, cabeza, mente).

13) ¡Buena suerte tendrás! Mazal: suerte.

14) Oración de homenaje a los muertos.

15) “Nani… quiere el hijo… hijo de la madre… chico se haga grande… ¡Ay… duérmete mi alma…!”.

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* Relato basado en hechos reales.

* Publicado en “Los Muestros” Nº 62. Marzo de 2006. Bruselas. Bélgica.

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“The Deadman’s Scream”

By Carlos Szwarcer 

The event takes place in 1920. A few months after arriving in Buenos Aires, Alejandro receives a terrible letter sent from Smyrna, Turkey, which informs him that his adored mother had died unexpectedly, days after giving birth to his tiny little brother. The reading of that wrinkled and distant paper impacts him in such a way that he drops it and steps on it over and over again on the floor tiles. He violently throws his shoeshine box—with which he made his living—and begins to punch himself in his chest with his fists, wailing like a wounded animal. Finally, he raises his hands to his distorted face and begins to cry.

In that small rented room in 25 of May Street, near the port, shared with two other Jews, the extreme and severe attack of nerves passes—with the velocity of lightning—from uncontrollable tremors to a rare immobility and he falls heavily to the floor. His roommates, desperate, place him on the bed and try to revive him, they shake his shoulders, but there is no reaction.

Muis confirms, disconsolate: ¡Alejandro Died…Alejandrico died! Jacobo makes him be quiet: “Dancavé… el Dió ke no mos traiga!”(1). They see him so tight and cadaver-like that they call Public Assistance. The arrival of the doctor, rapidly dispels any hope, he is taken, effectively for dead, among the anguish of friends and neighbors.

It is Friday; they don’t do burials on Saturday; they speed up the funeral procedures. It’s not right that he end so, with so much life ahead of his. Ke ora negra y preta(2). Says Estrella, one of the neighbors: “Famiya que no tiene el manzebiko… a ken  dizirle(3). Están todos en Turkiya, she adds, disoriented. The room and the patio are filling up. Acquaintances and the curious deep in thought. A close friend, providentially, not accepting ”what is lost is lost” or well because he  can’t  believe the diagnosis of the professional, decides to call a private doctor, one they trust, The hidden faces of the most intimate and the broken wailing of the women, weigh down the weary passage of time, marked in languid beats by the pendulum of the wall clock. A few minutes or a century later, the other doctor arrives and begins to check the deceased once again and slowly, from top to bottom, from head to foot. Suddenly, his wrinkled brow transforms into a frown of ostensible vexation. He raised his eyes and, absorbed, letting go a grimace that he couldn’t fake: “This boy is alive.”

After the expectable original excitement, he explains to the incredulous and suspicious who are present that the inert young man was in a cataleptic state, that he could do something for him, although  he makes it clear that in such a risky matter, especially for a sick boy of only eighteen years old, there could be a permanent impairment. In those dramatic moments, there is no choice, it is life or death. The doctor is authorized to do what is necessary, even at the expense of the immigrant from Smyrna be left with some sort of handicap.

Muis, skinny and clumsy, strongly squeezes the interlaced bones of his hands, as if he were praying, and sighs: “!Ke el Dió te avilumbre!”(4), words unintelligible for the doctor who goes around the bed and observes with curiosity those eyelids that he judges dull, although the young face conserves a halo of mystery. He places his thumb on the socket of one of his eyes and waits a moment and then presses hard. Alejandro, the dead one, lets out a visceral scream, a sound almost beyond the grave that makes everyone shiver. He sits up in the bed as if pushed by a spring. His seated body, intensely agitated, his eyes suddenly open, emerge as round and brilliant as two silver moons and they perforate the dark space. Immediately, the surprise explodes like a strong wind that, like a rare mixture of stupor and joy, invades the room.

  – ¿Amán… Amán… Kualo es esto?”(5), Jacobo exclaims, dumbfounded.

Around the thwarted “death bed,” sighs and pathetic laughing, accompanied by outbursts of joy, instinctive movements that resemble a dance of beings perplexed by the Sefaradí Jew(6) returned to life. His coffin will have to still wait some long forty-five years to lodge him.

Alejandro will later tell that he had fallen paralyzed inside an deep stupor, and that he heard, as if at a distance, the voices and the crying, but it was absolutely impossible to move or give a signal. During that “suspended time” diffuse images passed through his mind, of his “chikez,”(7) humble but happy, running about the narrow streets of the Jewish section. Working, from the time he was very small as a shoe shine boy to help his family. Each brother did his part, but he was the oldest, it was his responsibility to “pave the way”. He remembers every detail of the painful goodbye from his family… His lips dry from nerves. Leaving home for the first time, from his colors, his tastes, his ties, to seek a new horizon for himself and the rest. But if anything broke his spirit, it was, saying goodbye to his mother before leaving for the ship that would bring him to America, he sat on the floor of the dark little house of Karatash(8). He rested his head in his mother’s lap, who, knowing the gravity of the moment, began to sing softly fragments romanzas, ballads of Sefarad(9), the same that she sang for him and for his little brothers to rock them so that they would sleep serenely. “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo…”(10). Alejandro puts off his departure, he doesn’t want to leave, but his mother will insist “Debes irte hiyico, aquí nada mos queda. ¿O Keres ir a la gerra? Vate kirido bojor. Nos adjuntaremos en Aryentina. ¡Agora tú, luego mozotros!”(11).

  “All of this happened to me because of  the “meoio”(12), he will  tell when he recovers. He will mention the severe pain in his forehead, and how, suddenly, he saw himself seated on the bed, surrounded by a fistful of people who looked at him as if he were a ghost. This event, caused by the death of his mother in his native Turkey, was to continue as a bit sinister and of great impact on his family for three generations. In consequence, the the man from Smyrna every time he raised his cup to toast will exclaim in Hebrew lejaim (good health, to life!) That Friday, he was born again. “¡Mazal bueno tendrás!”(13), a Sefaradí old woman and neighbor predicted for him.

Alejandro will form a family and he will work without rest. From Smyrna were arriving to Buenos Aires all his relatives Many years later, days before his second and definitive death, distraught, he commented to one of his daughters: I don’t do anything but see everywhere the face of my mother who calls me. He will insist of those apparitions, prescient that something will happen to him. His daughter scolded him like a child and asked him not think nonsense. The next week, a sunny afternoon in October, Alejandro dies, at sixty-three years old. Buenos Aires continued its vertiginous rhythm, as would be expected in a great city. In one of its neighborhoods Villa Crespo (Sephardic territory) for seven days they will light candles and will read  the Kaddish(14). Alejandro had an intense life, so much so that he died twice. Not his wife, nor his daughters nor his grandchildren were able to completely fill that abysmal emptiness that he never ceased to feel for the separation and failure to reunite with woman who gave him life.

The stories are woven at times sweet, sometimes cruel. We are never complete owners of our existence. A traditional lullaby comes from time immemorial and is renewed in every generation. .  “Nani, nani, nani… nani kere il hiyo… hiyo de la madre… chico se haga grande…! ¡Ay… durmite mi alma…!” (15). May Alejandro and his mother rest in peace. Amen.

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Notas:

1) Dankavé: An individual who bewilders others with his words or by repeating them. That God not bring us that! (A refrain intended to chase away evil omens.)

2) What a black and dark hour! A difficult moment. (A time loaded with negativity.)

3) The young man has no family here. Who will counsel him?

4) That God shed light on you, brighten your life!

5) What’s this? A question that expresses surprise, amazement. 

6) A Sephardic Jew, whose language is djudezmo (also known as Ladino.)

7) Childhood..

8) Jewish quarter in Smyrna.

9) Hebrew name for Spain.

10)  Beginning of a lullaby. Nani, nani… (Noni, Noni, loves the child. . .)

11) “You must leave my dear son, Or, do you want to go to war Go dear”bojor” (nickname given to the oldest son)  here nothing is left for us. We will reunite in Argentina. Now you, then us!

12) “All this passed through my mind. (Meoio, mind).

13) You will have good luck! Mazal: luck.

14) Pray to honor the dead.

15).”Nani. . .loves the child. . .the little one grows. . .Ay! sleep my soul. . .!

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* This story is based on true events.

* Published in “Los Muestros” Nº 62. March, 2006. Brussels. Bélgium..

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Translated by Stephen A. Sadow