Pedro Orgambide (1929-2003) Escritor judío-argentino/Argentine Jewish Writer — “El tío Ezra y su sobrina Orqueída” “Uncle Ezra and his Niece Orchid” — cuento político/political short-story

Pedro Orgambide

Pedro Orgambide nació en Buenos Aires en 1929. Orgambide publicó libros y ensayos en Argentina, así como mantuvo un compromiso con la cultura. Debió exiliarse en 1974 a México hasta 1983, cuando pudo regresar a la Argentina, durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. De dilatada trayectoria creativa y compromiso social, Pedro Orgambide escribió más de 40 obras, entre novelas, teatro, cuentos, ensayos y libretos para la televisión. Por su pasión por la música. Orgambide escribió los textos y las letras de Eva, el gran musical argentino, Continuando su labor política iniciada en Argentina, Orgambide trabajó con la organización guerrillera de izquierda Montoneros.  A causa de sus relaciones políticas, la Junta Militar argentina prohibió su difusión cultural durante la dictadura en una lista donde se encuentran Julio Cortázar, María Elena Walsh, David Viñas, Tomás Eloy Martínez,  Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui y Héctor Alterio, por sus “antecedentes ideológicos marxistas”.  Durante su exilio mexicano (1974-1983), no cesó su actividad literaria, cultural y política. En 1975 fundó la revista Cambio, junto con Juan Rulfo, Julio Cortázar y José Revueltas, publicada por la Editorial Extemporáneos entre los años 1974 y 1976. En 1981, fundó la editorial Tierra del Fuego junto con otros escritores argentinos, David Viñas, Jorge Boccanera y Humberto Costantini.  En 1976 obtuvo en La Habana el Premio Casa de las Américas por el libro de relatos y mini-ficciones Historias con tangos y corridos Al año siguiente (1977), recibe el Premio Nacional de Novela de México. También obtuvo el Premio Konex – Diploma al Mérito en 1994. En 2002 fue nombrado Ciudadano Ilustre de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

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Pedro Orgambide

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Pedro Orgambide was born in Buenos Aires in 1929. Orgambide published books and essays in Argentina, as well as maintained a commitment to culture. He had to go into exile in Mexico in 1974 until 1983, when he was able to return to Argentina, during the democratic government of Raúl Alfonsín. With a long creative career and social commitment, Pedro Orgambide wrote more than 40 works, including novels, theater, short stories, essays and scripts for television. For his passion for music. Orgambide wrote the texts and lyrics for Eva, the great Argentine musical. Continuing his political work begun in Argentina, Orgambide worked with the left-wing guerrilla organization Montoneros. Because of its political relations, the Argentine Military Junta prohibited its cultural diffusion during the dictatorship in a list where Julio Cortázar, María Elena Walsh, David Viñas, Tomás Eloy Martínez, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui and Héctor Alterio are found, for their ” Marxist ideological antecedents “. During his Mexican exile (1974-1983), his literary, cultural and political activity did not cease. In 1975 he founded the magazine Cambio, together with Juan Rulfo, Julio Cortázar and José Revueltas, published by Editorial Extemporáneos between 1974 and 1976. In 1981, he founded the Tierra del Fuego publishing house together with other Argentine writers, David Viñas, Jorge Boccanera and Humberto Costantini. In 1976 he won the Casa de las Américas Prize in Havana for the book of short stories and mini-fictions Historias con tangos y corridos. The following year (1977), he received the National Novel Prize of Mexico. He also obtained the Konex Award – Diploma of Merit in 1994. In 2002 he was named Illustrious Citizen of the Autonomous City of Buenos Aires.

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Tío Ezra y sus sobrina Orquídea

El tío Ezra no estaba en el mundo cuando la Inquisición se dio a la tarea, fanática e inútil, por seguir a los libreros. Pero el Tío Ezra había leído tanto sobre aquellos tiempos, que al fin, creía que haberlos vivido. Varios siglos después, en una vieja librería en el Barrio de Once, en Buenos Aires, el Tío Ezra puso en su catálogo un libro de Claude Fell titulado Mecánisme et activité de la censure inquisitorial de 1600 a 1640, publicado en París en 1960. Su sobrina Orquídea hizo la ficha. Después le sirvió té a su Tío Ezra, librero y especialista en temas de la Inquisición. El tiempo (una de las obsesiones de Ezra Midlin) anulaba esas ilusorias distancias a través de la literatura y el Tío Ezra creía ser (era por un instante) el librero Ignacio Laert, perseguido por los inquisidores. “Es el librero con quien conviene estar con mucho cuidado, pues a libros políticos y vedados les ha sentido mucha inclinación. . .” El Tío Ezra podría pensar que hablaban de él. Su afición a libros políticos, censurados, vedados, escarnecido  por el poder de los hombres venía de muy lejos, de una adolescencia peregrina por Rusia y Polonia y Alemania y Europa Central, de infatigables y persistentes lecturas en trenes de carga, calabozos y tabernas de conspiradores. Es cierto que todo esto había quedado atrás, en el engañoso “antes” de Tío Ezra, un tiempo de zares, zarinas, archduques, valses vieneses, cartas de Rosa Luxemburg, viejas actas de la Inquisición, periódicos anarquistas, documentos y refutaciones teológicas de Savonarola, escritos humanistas de Miguel Servet, textos de enciclopedias, panfletos jacobinos, cartas de Robespierre y de Murat, manuscritos del joven Marx, en fin, todo este papeleo de la Historia, ese nudo del mundo que el Tío Ezra había transformado en pacífica y melancólica contemplación. Mientras tomaba el té que le servía su sobrina Orchid, el Tío Ezra contabilizaba el tiempo, lo apresaba en sus anaqueles, con esa ingenua avaricia de los eruditos y los filatelistas, conocedores de un error, una cita incorrecta, de las debilidades  y desmesuras de la gente de acción. Algunos traductores de El Capital lo hacían reír, los omisiones por pereza o ignorancia de los editores lo indignaban. Salvo esas inocentes distracciones, el Tío Ezra no se permitía otro placer, salvo cuidar de su sobrina Orquidea. Como su querido Heine, él podía decir que llevaba el contrabando en la cabeza. Varias veces, en su dilatada vida de librero, había recibido la visita de la policía, pero a decir verdad, nunca lo habían molestado con prisiones. Sus clientes eran gente inofensiva, como él profesor de historia, simpatizantes del viejo Partido Socialista, decorosos ancianos profesores de historia que buscaban alguna fecha, algún dato de la historia olvidada. En la trastienda, junto al samovar humeante, ciertas noches de invierno, se reunían algunos de los periodistas israelitas, viejos amigos del Tîo Ezra. Solían citar a Scholem Asch, a Leo Peretz, a los escritores de la diáspora, que ya nadie leía, sobre todo los jóvenes, como decía el doctor Brustein. Hablaban en idish, el menospreciado idioma que Tío Ezra valoraba como el buen té, el pan negro , el pepino, el arenque ahumado, la amistad. También hablaba en idish con su sobrina Orquídea, la hija de Sara y Saúl, el viejo actor que había muerto en el asilo de Burzaco recordando la efímera gloria de llevar el gran arte a los colonos de Moisés Villa y de Rivera. En fin: ella es mi flor, mi vida, pensaba el Tío Ezra mientras veía crecer el fruto de ese apasionado amor senil de su hermano, el actor, y de la pobre Sara.

–Si viviera tu mamá—decía en idish el Tío Ezra—se moriría al verte tan delgadita. ¿Qué ganas de no comer?

–Estoy comiendo, tío.

–Como un pajarito. En mis tiempos las muchachas comían como leñadores.

–No quiero ser leñador, tío.

–¿Qué quieres ser, a ver? ¿Cantante de televisión? ¿Actriz como tu madre?

–Soy taquidactilógrafa—se reía Orquidea.

–Yo no me río. Yo no me río. No se puede trabajar, estudiar, salir a bailar, si no está bien comido. . .¡Claro! . . .a ella no le importan esas cosas! . . . ¡Ella tiene que conservar su silueta para la televisión!

–Pero tío . . .

–No me interrumpas, Orquídea, no me interrumpas. . . Le prometí al orgulloso de tu padre (que no quiso venir conmigo después de lo de Sara) que te iba a cuidar como a una hija. Y voy a cumplir.

–Mario no fue a trabajar. Lo llevaron preso.

–¿Mario? ¿Qué Mario?

–El chico con quien fui a bailar la semana pasada. El patrón dice que es terrorista.

–Beis, bies. . .

–Me gusta Mario, tío. Tengo miedo que le pase algo malo.

“Come, come. . . ¿O quieres matar al Tío Ezra de un disgusto?

–Tío, no tengo hambre.

–Come lo mismo. Uno nunca sabe cuando llegará otro tiempo de hambre para nosotros.

–Nunca más volveremos a pasar hambre.

–¿Quién te lo dijo, Orquídea? Oh, Dios ¿quién te lo dijo que el mundo era bueno?

–Me engordas como una vaca. Yo no soy una vaca, Tío Ezra.

–Tágule, paloma. ¿qué modales son esos? ¿Qué diría tu madre si volviera?

–Que soy una vaca.

–Tuve un amigo en Rusia, un pintor. Pintaba vacas que volaban, corderitos que volaban, muchachas vestidas de novia que volaban a la Luna.

–Yo no soy un vaca, Tío Ezra.

–No, no. Claro que no. Eres la más hermosa, la más dulce de las sobrinas.

–Porque no tienes otras.

–Te tengo a ti y me basta. Hazme un favor, Orquídea, come un poquito más, ¿sí?

–¿De qué hablaban tus amigos ayer, tio Ezrá?

–Beis, beis, nada que importe.

–No soy una niña, tío Ezra.

–Líos. . . ¿qué quieres saber? Huelgas y cosas así. . .

–Pusieron una bomba en la sinagoga, ¿crees que nos perseguirán? ¿Qué le pasará a Mario?

–No lo sé. Orquidea, no lo sé. El mundo no es bueno para nosotros. En Rusia yo tenía un amigo que pintaba violinistas que volaban, novias y corderitos que volaban a la Luna.

–¿Dónde está tu amigo, tío Ezra?

–¿Quién puede saberlo?

–¿Sabes? Me gustaría volar hasta la Luna.

–Sigue comiendo, Orquidea.

Esta misma tarde de 1976, una vez que Orquídea termina de tomar el té y parte hacia la oficina, Ezra Midlin vuelve a leer el índice inquisitorial de 1613. “Son tantos los libros que con los herejes enemigos de nuestra Santa Fe procurado, procuran ofender la pureza de su doctrina, con el zelo que nos toca de conservarla obliga a tratar de con nuevo cuidado el remedio” . . . –¿Qué otro remedio inventarán, Dios Mío?—se pregunta Tío Ezra que vio quemar los libros en las calles de Berlín, cuarenta años atrás . . . ¿Qué otro remedio?, se dice y le parece ver a su amigo Itza, arrojándose a la ventana con un libro prohibido. Pobre Itza, era amigo de Thomas Mann, de Jacob Wassermann . . . hasta Stefan Zweig (recuerda Ezra) . . . y de los nuevos , los jóvenes, porque . . . “van saliendo cada día nuevos autores, que casi con mejor insolencia y furor que los pasados escriben, divulgando sus errores. . .” Fue un error. Mario, seguramente fue un error y esta noche estarás de regreso con papá y mamá, sheine ingul . . un error . . .   Todo es un gran error –piensa Tío Ezra mientras camina entre los anaqueles repletos de libros. Un error, muchacho.

En la visión de Tío Ezra, la Humanidad es un sucesión de libros prohibidos que en su continua producción y destrucción crea un inmenso Libro de omisiones, donde los más arriesgados se atreven a leer, donde nuevos copistas reparan los párrafos quemados en un sótano de Salamanca (1622) o las calles de Berlín (1934) o en un cuartel de la ciudad de Córdoba (1976), un mismo libro condenado, inabarcable, invicto a las hogueras, que Ignacio Laert y Ezra Midlin y todos los libreros de la Tierra deben conservar. Es su único deber, al fin de cuentas, la condición misma de ese oficio que se ha transformado en su arte, su manía, su vicio; no espera ninguna recompensa por su adicción; por el contrario, sabe que, de algún modo, ella lo acerca a la triste suerte de los condenados. Por prudencia. por temor, intenta disimular los libros más peligrosos entre viejos mapas del Nuevo Mundo y algunos pájaros embalsamados. No obstante, la tarea de juzgar por sí mismo sobre la peligrosidad de los textos, le parece una tarea tediosa e inútil. Un librero le informa que han prohibido un libro de José Martí; otro, que han requisado el libro del general Bartolomé Mitre acerca de los guerrillas en tiempos de la Independencia. “Tonterías, tonterías” dice el Tío Ezra mientras acaricia un librito vedado del Siglo XVII que habla de la igualdad de todos los hombres ante Dios. Sin embargo, es difícil tranquilizarse. Esa tarde, Orquídea regresa llorando.

–Mataron a Mario. Dijeron que intentó fugarse. ¡Lo mataron, tío Ezra!. . .

–Beis, beis . . . ¿qué mundo es éste se preguntó el librero.Esa noche el Tío Ezra suena el mundo: es una vasta biblioteca de libros vedados, en la que extravían algunos jóvenes bellos e inmortales, que leen, sin prisa, la historia de los hombres. Un joven moreno, cubierto con una túnica, antiguo sacerdote de la India, recuerda que el primer hombre (la persona primordial, dice) fue el purusa desprendido del pensamiento (el aliento) de los dioses y cita el canto IV del ring Veda. Un joven chino, dirigente de la Revolución Cultural, comienza a pintar en grandes caracteres, un poema de Mao, refuta la tesis del sacerdote, abomina de Confucio, recuerda a los viejos príncipes (centros del mundo) a los mandarines que inmovilizaban la vieja poesía en los rituales, las ceremonias de la escritura. Otro, de modales ambiguas, recita en griego una canción de Safo, defiende la tesis de una erótica de la persona humana, menos ruidoso que la revolución chino, que el verso yámbico y el realismo de Homero. Árabes y persas aplauden al joven, pero el escriba egipcio, con modestia, recuerda las relaciones entre la producción agrícola y el poema, evoca las márgenes del Nilo y una frase de Marx. En tablillas de arcilla, en pergaminos, los copistas y escribas intentan fijar las palabras, otros mueven cilindros de oraciones; algunos esculpan piedra, otros escriben con navajas en hojas de bambú. Un joven pragmático de los Estados Unidos propone la utilización de microfilm y de las computadoras que pueden procesar la información que pueden—dice—ordenarlas con una memoria menos falible que la de los hombres, con lógica electrónica. El soviético se opone, aduce una maniobra del imperialismo cultural. Y los jóvenes del Tercer Mundo optan por la alfabetización masiva y la edición de libros populares. Un argentino que habla de la generación del ’40, prefiere la edición reducida, numerada y con firma del autor. Se ve el Tío Ezra, complaciendo a todos, ecuánime entre los épicas que registran batallas y las poetisas del Siglo XIX, entre los altivos renacentistas y los jóvenes aztecas de la Casa del Canto, entre los bulliciosos surrealistas que proponen transformar la biblioteca en un cabaret literario y los pálidos heresiarcas que no quieren hablar. Pregunta a los cabalistas pero ellos le  responden, en hebreo, con palabras enigmáticas, con nombres (menos el Nombre) y una serie de números. Su sobrina Orquídea sirve el té y vuela, vestida de novia, entre los anaqueles, junto al samovar, un corderito, un violinista y una vaca de Rusia y el retrato de Mario. Es entonces cuando el joven rubio de camisa parda, el SS, confiesa a los demás que tienen los días, los siglos contados, que el incendio de la biblioteca de Alejandría fue sólo un señal, que ahora sí, la cosa va en serio, porque no queremos extranjeros que ensucien el ser nacional, abran la puerta, carajo.

El Tío Ezra abre la puerta y entran los hombres y preguntan por Orquídea y dicen que vieron su dirección en la libreta de Mario y el Tío Ezra quiere explicarles que ella es una muchacha que no se mete en líos, pero los hombres de anteojos oscuros y los otros uniformados apuntan al Tío Ezra y comienzan a requisar los libros, libros vedados y prohibidos a los que ha sentido mucha inclinación, no toquen a Orquidea, no la toquen, pero alguien lo golpea en la cabeza y el Tío Ezra despierta en una librería de Amsterdam de 1616 y sabe que la pesadilla continúa.

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Uncle Ezra and His Niece Orquid

Uncle Ezra was not on this world when the Inquisition gave itself over the the task, fanatical and useless, of going after booksellers. But Uncle Ezra had read so much about those times, that, finally, he believed that he had lived them. Several centuries later, in an old bookstore en Barrio Once in Buenos Aires, Uncle Ezra put into his catalogue a book by Claude Fell, entitled Mecánisme et activite de censure inquisitorial de 1600 a 1640, published in Paris in 1960. His niece Orquídea made up the file card. Then she served tea to her Uncle Ezra, bookseller and specialist in topics dealing with the Inquisition. Time (one of Ezra Midlin’s obsessions) anuleed those illusory distance through literature and Uncle Ezra believed himself to be (for an instant) the bookseller Ignacio Laert, persecuted by the inquisitors. “It is the bookseller who must act with great care, political and banned books have been felt has made them feel a great deal of interest. . .” Uncle Ezra felt that they were speaking about him. His affection for political, censured, prohibited, scarred by men’s power came tor very far, from a peregrine adolescencia through Russia and Poland and Germany and Central Europe, from tireless and persistent reading in freight trains, jails and conspirator’s taverns. It is true that all of this had remained behind, in the tricky “before” of Uncle Ezra, a time of tzars, tzarinas, archdukes, Viennese Waltzes, letters from Rosa Luxemburg, old acts of the Inquisition, anarchist periodicals, documents and theological refutations of Savonarola, Humanist writings by Miguel Servet, texts of encyclopedias, Jacobin pamphlets, letters by Robespierre and Murat, manuscripts by the young Marx, in sum, all of this papaleo of History, that knit of the world that Uncle Ezra had transformed into pacific and melancholy contemplation. While he was drinking the tea that his niece Orquid served him, Uncle Ezra paid attention to the time, captured it in his shelves, with that ingenious avarice of the erudite and the stamp collectors, connoisseurs or an error, and incorrect citation, of the weaknesses and the excesses of men of action. Some of the translations of Das Kapital made him laugh, the omissions by laziness or ignorance of the editors made him indignant. Beyond those innocents distractions, Uncle Ezra did not permit himself any other pleasure, except taking care of his niece Orchid. Like his beloved Heine, he could say that he carried the contraband in his head. Several times, during his long life as a bookseller, he had received a visit by the police, but to tell the truth, they had never bothered him with imprisonment. His clients were inoffensive people, like him: history professors, sympathizers of the old Socialist Party, decorous old people who were looking for a certain date, a bit of information that the memory forgot. In the backroom, together with the smoky samovar, some Saturday nights, some of the Jewish journalists would meet, old friends of Ezra. They usually cited Sholem Asch, Leo Peretz, the writers of the Diaspora, who nobody read anymore, especially the young people, as Dr. Brustein said. They spoke in Yiddish, that disparaged language that Uncle Ezra valued as much as good tea, black bread, cucumbers, smoked herring, friendship. He also spoke Yiddish to his niece Orchid, the daughter of Sara and Saul, the former actor who had died in the Burzaco asylum, remembering the ephemeral glory of bringing great art to the colonists of Moisés Villa and Rivera. So, she is my flower, my life, Uncle Ezra thought, while he saw this fruit of that passionate senile love of his brother, the actor and the poor Sara.

“Mario didn’t go to work. They arrested him.”

“Mario? What Mario?”

The boy with whom I went dancing last week. The boss says he is a terrorist.”

“Beis.. .beis. . .

“I like Mario, uncle. I’m afraid that something bad is going to happen to him.”

“Eat, eat. . . or do you want to kill your Uncle Ezra with annoyance?””

“Uncle. . .I’m not hungry”.

“Just the same, eat. You never know when we’ll have another time of hunger.”

“We’ll never be hungry again.”

“Who told you, Orchid? Oh, God, who told you that the world was good?”

You are fattening me like a cow. I am not a cow, Uncle Ezra.”

“Taiguele, dove, watch your manners? What would your mother say if she were alive?”

“That I am a cow.”

“I had a friend in Russia, a painter. He painted cows that flew, little lambs that flew, girls dressed as brides that flew to the Moon.”

“I’m not a cow, Uncle Ezra.

“No, no, of course not. You are the most beautiful, the sweetest of the nieces.”

“Because you don’t have any others.”

“I have you, and that’s enough for me. Do me a favor, Orchid, eat a little bit more, yes?

“What were your friends talking about yesterday, Uncle Ezra?

“Beis. . beis. . .nothing important.”

” I am not a little girl, Uncle Ezra.”

“Troubles. . .what do you want to know? Strikes and things like that. . .”

“The placed a bomb in the synagogue. Do you think they are persecuting us? What will happen to Mario?”

“I don’t know, Orchid, I don’t know. The world is not good for us. In Russia I had a friend who painted violin players who flew, brides and little lambs that flew to the Moon.

“Where is your friend, Uncle Ezra?”

“Who could know?”

“You know? I want to fly to the Moon.

“Keep eating, Orchid.”

“I’m not a cow, Uncle Ezra.”

That same afternoon in 1976, once that Orchid finished her tea and left for the office, Ezra Midlin read the Inquisitorial Index of 1613. “There are so many books that the heretics, enemies or our faith are procuring, they succeed in offending the purity of our doctrine, that the zeal that makes us conserve it obliges us to insure the remedy with new caution.” “What other remedy will they invent, My God,” Uncle Ezra asked himself, he had seen the burning of books in the streets of Berlin, forty years ago. . .What other remedy,” he said to himself, and he seemed to see his friend Itza, throwing himself out a window with a prohibited book. Poor Itza, he was a friend of Thomas Mann, of Jacob Wasserman. . .even Stefan Zweig (Ezra remembers). . .and of the new ones, the your, because. . .”everyday are coming out new authors, who write with almost more insolence and furor than the past ones, divulging their errors. . .” It was a mistake. Mario, certainly was a mistake and tonight, you will be on the way home with papa and mama, sheine ingul . . .a mistake. . .Everything is a great mistake”, Uncle Ezra thinks while he walks among the shelves full of books. A mistake, my boy.

In Uncle Ezra’s view, Humanity is a succession of prohibited books that in their continuous production and destruction creates an immense Book of omissions , where the bravest dared to read, where new copyists repair the burnt paragraphs in a basement in Salamanca (1622) or the streets of Berlin (1934) or in a barracks in the city of Córdoba (1976), a same book, condemned, immeasurable, undefeated by the bonfires, that Ignacio Laert and Ezra Midlin and all the booksellers of the World should save. It is their only responsibility, at the end of the day, the same condition of this trade that has been transformed in its art, its mania, its vice; it doesn’t expect and recompense for its addiction; on the contrary, it knows, it brings closer the sad luck of the condemned. By prudence, by fear, it intents to hide the most dangerous books between old maps of the New World and some embalmed birds. However, the task of judging by itself the danger of the texts, seemed to him a tedious and useless task. A bookseller informed him that they have prohibited a book by José Martí: another, that the have requisitioned the General Bartolomé Mitre’s book about the guerillas in the times of the Independence. “Nonsense, nonsense,” Uncle Ezra says while he caresses a small prohibited book from the XIXth century that speaks about the equality of all men before God. Nevertheless, it is difficult for him to keep calm. That afternoon, Orchid returned crying.

“They killed Mario. They said he was trying to escape. They killed him, Uncle Ezra!”

“Beis, beis . . . what kind of world is this?, the bookseller asked himself.

That night, Uncle Ezra dreamed the world: it is a vast library of forbidden books in which some beautiful and immortal young people wandered, who read without hurrying, the history of men. A dark-skinned young man, covered with a tunic, ancient priest of India, remembers that the first man (the primodial person, he says) was the disinterested purusa of thought (the breath) of the gods, and he cites the Canto IV of the Ring Veda. A Chinese young man, director of the Cultural Revolution, begins to paint in large characters, a poem by Mao, refutes the thesis of the priest, abhors Confucius, remembers that the ancient princes (centers of the world) the Mandarins who immobilized the old poetry in the rituales, the ceremonies of writing. Another, of ambiguous manners, recites in Greek a song by Sappho, defends the thesis of an erotica of the human person, less noisy than the Chinese Revolution, the the iambic verse and the realism of Homer. Arabs and Persians applaud the young men, but the Egyptian scribe, with modesty, remembers the relationship between agricultural production and the poem, evokes the banks of the Nile and a phrase by Marx. On tablets or clay, on parchments, the coyists and scribes try to set the words others move cylinders of prayers, others sculpt stone, others write with razors on bamboo leaves. A pragmatic young man from the United State proposes the utilization of microfilm and the computers that can process information that can–he says–order it with a memory that is less failable that that of men, with electronic logic. The Soviet opposes, adduces a maneuver of cultural imperialism. And the young people of the Third World opt for massive alphabetization and the edition of popular books. An Argentine who speaks of the Generation of ’40, prefers the limited edition, numbered and with the author’s signature. Uncle Ezra is seen, pleasing all, unruffled by the epics that record battles and the female poets of the XIXth Century, between the haughty of the Renaissance and the young Aztecs from the House of Song, among the boisterous surrealists who propose transforming the library in a literary cabaret and the pallid heresiarchs who don’t want to speak. He asks the Kabbalists but they respond to him in Hebrew, with enigmatic words, with names (except the Name) and a series of numbers. His niece Orchid serves the tea and flies, dressed as a bride, among the shelves, near the samovar, a little lamb, a violin player and a cow from Russia and the portrait of Mario. It is then when the blond young man in a brown shirt, confesses to the others that they have their days, they centuries counted, that the burning of the Library of Alexandria was only a signal, that now, yes, things are serious, because we don’t want strangers who dirty the national being, open the door, shit.

Uncle Ezra opens the door, and the men enter and ask for Orchid and as they saw her address in Mario’s address book, and Uncle Ezra wants to explain to them that he is a girl that doesn’t get into trouble, but the men with the dark glasses and the others in uniform point at Uncle Ezra and begin to register the books, forbidden and prohibited books to those who have felt a great deal of inclination, don’t touch Orchid, don’t touch her, but someone hits him in the face, and Uncle Ezra awakens in a bookstore in Amsterdam in 1616, and he knows that the nightmare continues.

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Algunos libros de Pedro Orgambide/ Some of Pedro Orgambide’s Books

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