Isaac Goldemberg — Escritor y poeta judío-peruano-norteamericano/Peruvian American Jewish Writer and Poet — “Ángel y Adonái”/”Angel and Adonai” — El primer capítulo de una novela en marcha, con el título tentativo de “A Dios al Perú”/The first chapter of a novel in progress with the tentative title “A Dios al Perú”

Isaac Goldemberg

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ISAAC GOLDEMBERG nació en Chepén, Perú, en 1945 y reside en Nueva York desde 1964. Ha publicado cuatro novelas, dos libros de relatos, trece de poesía y tres obras de teatro. Sus publicaciones más recientes son Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007).  Su obra ha sido sido traducida a varios idiomas e incluida en numerosas antologías de América Latina, Europa y los Estados Unidos. En 1995 su novela La vida a plazos de don Jacobo Lerner fue considerada en una encuesta de la revista Debate como una de las mejores novelas peruanas de todos los tiempos; y en el 2001 fue seleccionada por un Jurado Internacional de críticos literarios convocado por el Yiddish Book Center de Estados Unidos como una de las 100 obras más importantes de la literatura judía mundial de los últimos 150 años.  Goldemberg fue catedrático de New York University (1973-1986) y Profesor Distinguido de The City University of New York (1992-2019), donde dirigió el Instituto de Escritores Latinoamericanos y la revista internacional de cultura Hostos Review. Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua.  Es Miembro Numerario de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y profesor honorario de la Universidad Ricardo Palma.

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ISAAC GOLDEMBERG was born in Chepén, Peru, in 1945 and has resided in New York since 1964. He has published four novels, two story books, thirteen poetry and three plays. His most recent publications are Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) and Libro de las transformaciones (2007). His work has been translated into several languages ​​and included in numerous anthologies of Latin America, Europe and the United States. In 1995 his novel Libro de reclamaciones (2018), Philosophy and Other Fables (2016), Diálogos conmigo y mis otros (2013), La vida breve (2012), Acuérdate del escorpión (2010), Monos azules en Times Square (2008) y Libro de las transformaciones (2007). was considered in a survey by the Debate magazine as one of the best Peruvian novels of all time; and in 2001 it was selected by an International Jury of literary critics convened by the Yiddish Book Center of the United States as one of the 100 most important works of world Jewish literature of the last 150 years. Goldemberg was a professor at New York University (1973-1986) and Distinguished Professor at The City University of New York (1992-2019), where he directed the Institute of Latin American Writers and the international culture magazine Hostos Review. He is a Full Member of the North American Academy of Language. He is a Full Member of the American Academy of the Spanish Language and an honorary professor at the Ricardo Palma University.  

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Ángel y Adonái

Jamás sintió la muerte tan cerca como ese día que se cayó el ascensor. Desde antes de salir del departamento de su hermano tenía ya corazonada de que algo, tal vez una de esas fuerzas misteriosas que siempre rondaban a su mamá, lo colocaría al borde de una experiencia trascendental.

           Cuando llegó el ascensor, ya estaba allí la vecina del departamento del frente, una viejita rusa que tenía a todas luces que era un sobreviviente del campo de concentración. Ángel la saludó muy cortésmente, cosa que no estilaba en Nueva York, por la cual la viejita, que nunca antes lo había visto en el edificio, se asustó. No le devolvió el saludo, ni siquiera lo miró y cuando llegó el ascensor, por nada del mundo quiso entrar primero, por más que Ángel le regalara su mejor sonrisa y le dijera no tenga miedo, señora, soy el hermano de Jacobo, su vecino, pase, La viejita ni lo miró. Se quedó allí algo tiesa. Ángel entró y fue a parapetarse contra el rincón derecho, al lado de los botones.

           La viejita todavía dudó unos segundos antes de entrar e ir a colocarse en el rincón izquierdo. Ángel apretó el botón del vestíbulo, la puerta se cerró, el ascensor arrancó, y al segundo, se lanzó en una caída estrepitosa. Ángel sintió que sus huevos se le convertían en corbata, como se dice vulgarmente pero muy acertadamente. A la viejita se le desorbitaron los ojos. Quiso gritar, pero lo único que se le salió la garganta fue un vaho espeso, provocado por el terror. Y el ascenso seguía cayendo, cada vez más rápido, ganaba velocidad mientras más caía, y la caída había empezado en el décimo piso. A ninguno de los dos se le ocurrió apretar el botón de stop. Sabe Dios si estos mecanismos funcionaran o están ahí por puro gusto, cosa que a ninguno de los dos se le ocurrió pensar, porque cómo iban a pensar en eso teniendo ahí al enfrente a la muerte, mirándolos.

  Ángel y la vieja sí pensaron en eso; que se habían subido al ascensor con la muerte. Y la muerte era la otra, el otro. Si no hubiese sido tan grande el terror tan grande que cada uno de ellos, por separado, le tenía a la muerte, seguro se hubieran despedazado a golpes, arañazos, mordiscos. El caso es que el ascensor seguía cayendo y lo único que les quedaba ahora -pensó cada uno, por separado- era encomendarse a Dios.

          Entonces Ángel invocó la gracia divina: – Barúj atá Adonái, melej haolám. . . Barúj atá Adonái, melej haolám. . .Barúj atá Adonái, melej haolám. . .ahí no pasaba porque no conocía ninguna oración judía para evitar las caídas en ascensor. Barúj atá Adonái, melej haolám. . .y la vieja sí lo miraba estupefacta porque jamás se hubiese imaginado que ése que estaba ahí cayendo con ella quién sabe si al fondo del infierno era judío. Hubiese jurado que era indio, quizás apache, navajo, máximo mexicano, ¿pero judío?, ni en sueños. Tal era su ignorancia compartidos con millones de neoyorkinos judíos y no judíos, con respecto a la existencia a judíos que no fuese Isreil, Yurop y los Yunaited Esteits. Es decir, Israel, Europa y los Estados Unidos. Sin embargo, en esos ojos ignorantes, pero capaces de adivinar más de una verdad. Ángel encontró una extraña inspiración. Se encomendó a Jesucristo, pero para sus adentros, no fuese a ser la vieja entendiera español. Pero ni bien mencionó el nombre de Jesús, el ascensor se sacudió como si fuese a estallar en mil pedazos. Fue ahí cuando vio a Dios, reflejado en el espejito del lado superior izquierdo que servía para ver si alguien estaba escondido en el ascensor, un ladrón, un asesino, un violador. Esos Barújs atás Adonáis habían dado su fruto, ahí estaba nada menos que Adonái, igualito como siempre se lo imaginó desde el día que supo -mejor dicho- sintió que era judío.

Adonai le guiñó un ojo, luego le guiñó el otro, unos ojos que despedían llamaradas debajo de unas cejas de raíces enredadamente negras. Y no sólo le guiño el ojo sino le habló, no con palabras, más bien con un silbido, una especie de susurro de flauta que le impartía sosiego, esperanza. La muerte, que segundos antes le había tenido tan cerca, se desvaneció. Lo que ahora tenía enfrente de él ya no era la parca, sino la pobre vieja cagada de espanto, una pobre viejita que en ese momento ponía en duda la existencia misma de Dios, por más que fue Dios quien la salvó del campo de concentración, pero, ¿para qué?, para ponerla en brazos de la muerte en un ascensor de Nueva York? Eso pensaba la vieja. Eso pensaba porque la vieja, de espaldas al espejo, no podía ver a Dios. No, a Dios, no: A Adonái. A Adonái en el espejo, sonriéndole a Ángel, cómplice en su salvación. No la eterna, sino la de ahora.

          Hasta Dios sintió el sacudón. El espejo se partió, cayeron al   piso, en pedazos de vidrio, los ojos de Dios, su nariz, su boca, el mentón. Y encima de ellos, cayó de bruces Ángel, tasajeándose cara y brazos, pero los cortes no los sintió. La viejita, que se había sujetado a las barandillas del ascensor, no fue a dar contra el piso, pero el golpe la zarandeó de arriba abajo como a un acordeón. Ninguno de los dos sabría decir cuánto tiempo estuvieron en silencio mirando al vacío o mirando o sintiendo quién sabe que cosa, porque la viejita estaba segura de haber visto una sombra que salía de ascensor deslizándose por debajo de la ranura de la puerta, y Ángel estaba seguro de que algo abandonaba su cuerpo, una suerte de materia gaseosa como él imaginaba que debía ser su espíritu, pero consciente de que no era su espíritu sino el de Dios.

         ¡Apriete el botón de la alarma! -gritó la viejita en cuanto se dio cuenta que estaba con vida- ¡Aire, aire, me asfixio! -gritó palpándose la cara, la cabeza, el pecho.

         Ángel pensó que a la vieja le iba a dar un infarto, apretó el botón de la alarma y, acto seguido, se le acercó haciendo de tripas corazón, pues sabía que en casos como ése lo más indicado era darle respiración boca a boca. La viejita parecía un perrita chamuscada y sus fauces, desdentadas y cavernosas despedían un aliento nauseabundo, pero así y todo se le acercó. La viejita, empero, lo rechazó. Había olvidado que Ángel era judío y ahora lo veía como lo vio al comienzo: un indio, tal vez mexicano, que para el caso era lo mismo.

         -No se me acerque- le dijo, parapetándose contra la pared del ascensor-. Si me toca, lo reporto a inmigración. Se lo juró.

Sabía que ésa era la peor amenaza que se le podía hacer a un mexicano, en caso de que no fuera apache o navajo como supuso al principio.

         -No se preocupen, ahora mismo los sacamos.

         La voz  provenía del primer piso. Era Vladislav, el super yugoslavo del edificio, con toda seguridad del hombre más ocioso que mujer de carne y hueso jamás hubiese parido. El asunto es que esta vez, el yugoslavo mandó todo su inercia a la mierda, en cuestión de minutos ya estaban Ángel y la vieja saliendo como ratones por la pequeña abertura que quedó entre piso y piso cuando se abrió la puerta del ascensor.

         -¿Están bien, se han hecho algún daño?- les preguntó el super con una cara que en ese momento Ángel juró hacia lo imposible por no distorsionarse de la risa.

         Ni la vieja ni Ángel contestaron su pregunta. La vieja quería regresarse inmediatamente a su departamento y así se lo dijo. Y como no tenía ninguna intención de volver a meterse al ascensor, iban a tener que llevarla en brazos. Esta vieja está cojuda, habrá pensado Vladislav en yugoslavo, pero el caso es que se le veía muy deseoso de aplacar a la vieja, así que le dijo que ahorita mismo llamaba a su hijo y que entre los dos la llevarían a su departamento. En brazos y hasta el décimo piso. Vladislav fue a llamar a su hijo, que salió en piyama y chancletas, revelando un gran parecido con su papá, no tanto en los rasgos físicos como en la forma somnolienta de desplazarse.

         -¿Y usted como se siente? -le preguntó Vladislav a Ángel.

         -Supongo que bien -contestó Ángel dirigiéndose a la puerta. Ni siquiera se esperó para ver cómo padre e hijo, uno más vago que el otro, levantaban a la vieja en vilo, una de los pies y el otro de los sobacos, y se la llevaban escaleras arriba a su departamento.

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Angel and Adonai

He never felt death so close as on that day when the elevator fell. From before leaving his brother’s apartment he had a feeling in his heart that something, perhaps one of those mysterious forces that always surrounded his mother, would place him on the edge or a transcendental.

          When the elevator arrived, the neighbor from the front apartment was already there, a little Russian lady who gave the impression that she was a survivor of a concentration camp. Angel greeted her very courteously, something out of style in New York, to which, the little old lady, who had never seen him in the building before, was shocked. She didn’t return his greeting, not even looking at him, and when the elevator arrived, for nothing in this world did she want to enter first, no matter that Angel gave her his best smile and said don’t be frightened, mam. I am Jacob, your neighbor’s brother, come in. The little old lady didn’t even look at him. She stayed there somewhat tense. Angel entered and went to lean against the right corner, the side with the buttons.

       The little old lady still doubted for several seconds before entering and going to place herself in the left corner. Angel pushed the button of the vestibule, the door closed, the elevator set off and in a second, set off in a thunderous fall.Angel felt his balls become his necktie, as they say it vulgarly, gaining speed the more it fell. The little old lady’s eyes bulged She wanted to shout, but the only thing that left her throat was heavy vapor, provoked by terror. And the fall had begun in the tenth floor. It didn’t occur to either of them to push the stop button. God knows if these mechanisms function or are there as a decoration, something that occurred to neither of hen to think, because how were they going to think that having death in front of them, looking at them.

       Angel and the old lady definitely thought about that: that they had gone up into the elevator with death. And God was the other female, the other man. If the terror had not been so the terror, that each of them, separately, had toward death, surely they would be broken in pieces by blows, scratches and bites. The case is that the elevator continued falling and the only thing left to them now-each one thought alone- was to entrust themselves was to entrust themselves to God.

Then Angel invoked divine grace –Baruch Ata Adonai, melech HaOlom. . . Baruch Ata Adonai, melech HaOlom. . . Baruch Ata Adonai, Melech Ha.Olom. . .he didn’t go any further because he didn’t know any other Jewish pray for avoiding falls in elevators. Baruch Ata Adonai, Melech Ha.Olom. . .and the old woman looked at him, stupefied because she never would have imagined that he who was there who knows if to the bottom of hell was Jewish. She might have sworn that he was an Indian, perhaps apache or Navajo, but Jewish, not even in her dreams. Perhaps it was her ignorance, shared with millions of New Yorkers, Jewish or non-Jewish, with respect to the existence of Jews weren’t from Isreil, Yurop y los Yunaited Esteits. That is, Israel, Europe and the United States. Nevertheless, those ignorant eyes capable were capable of of guessing more than one truth. Angel experience a strange sensation. He entrusted his life to Jesus Christ, but for his insides, not because the old lady might understand Spanish. But he had not even mentioned the name of Jesus, when the elevator shook as if it were to explode into a thousand pieces. It was then when he saw God. Reflected in the small mirror on the upper left side that served to show if someone was hidden in the elevator, a thief, a murderer, a rapist. Those Baruchs atahs Adonais had given their fruit, here was nothing less than Adonai, exactly as he had always imagined him since the day that he knew—better said-felt that he felt Jewish.

          Even God felt the great crash. The mirror broke, in bits of glass, God’s eyes, his nose, his mouth, his chin fell to the floor. And on top of them, Angel fell face down, cutting his face and arms, but he didn’t feel the cuts. The little old lady, who had been holding on to the railings of the elevator, didn’t hit the floor, but the blow shook her from top to bottom like an accorrdian. Neither of the two would guess how long they were in silence looking at the emptiness or feeling who knows what, because the little old lady was sure she saw a shadow that slipped below the groove of the elevator door, and Angel was sure that something had left his body, a mass of gaseous material as he imagined ought to be his spirit, but aware that it wasn’t his spirit but that of God

          “Push the alarm button!” shouted the little old lady as soon as she realized that she was still alive. “Air, air, I can’t breathe!” she yelled, feeling her face, her head, her chest.

         Angel thought that the old lady would have a heart attack. He pressed the alarm button, and next, he came close to her, got up his courage, since he knew that in cases like that one, the best action was to give her mouth-to-mouth respiration. The little old looked like a charred little dog and her jaws, toothless and cavernous gave off a nauseating breath, but even so, he approached her. The little old lady, however, rejected him. She had forgotten that Angel was Jewish, and now she was seeing him as she saw him at the beginning: an Indian, perhaps Mexican, but in this case it was the same.

         “Don’t come near me.” she said, protecting herself against the elevator wall. “If you touch me, I will report you to Immigration. I swear it to you.”

         She knew that that was the worst threat that one could make to a Mexican, just in case he wasn’t Apache or Navajo as she first supposed.

         “Don’t worry, we’ll get you out now.”

         The voice came from the first floor. It was Vladislav, the Yugoslav super of the building, with all the assurance of the laziest man to whom a woman of flesh and blood had ever given birth. The issue is that this time the Yugoslav threw all his inertia to hell, in a question of minutes Angel and the old lady leaving like rats through the small opening between floors, when the elevator door was opened.

“Are you alright, have you suffered any harm?”, the super said with a face that, at that moment, Angel did everything he could to not break into laughter.

         Neither Anger nor the old lady answered the question. The old lady wanted to return immediately to her apartment, and she said so. An as she had no intention to go into the elevator again, they had to carry her in their arms. This old lady is stupid, Vladislav would have though in Yugoslav, but the fact was that he was very anxious to placate the old lady, so he said that right now he was calling for his son, and between the two of them would carry her to her apartment. In their arms and up to the tenth floor. Vladislav went to call his son who came out in pajamas and slippers, revealing a great resemblance to his father, not so much in physical traits as in the drowsy way of moving.

         “And how do you feel?,” Vladislav asked Angel.

         “I suppose I’m okay,” Angel answered, turning toward the door. He didn’t even wait to see how the father and son, each more lazy than the other, carried the old lady on tenterhooks, one by the feet and the other by the armpits, and they carried her upstairs to her apartment.

Translation by Stephen A. Sadow

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2021

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